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martes, 12 de mayo de 2015

 
UNA HISTORIA NO TIENE COMIENZO NI FIN
 
La segunda edición de Buscando leones en las nubes dedicada a la Feria del Libro de 2015, que estos días está celebrándose en la Plaza Mayor de Salamanca, se articula, como la de hace siete días, en torno a unos cuantos comienzos más o menos conocidos de algunas importantes obras de la historia de la literatura. Quince textos extraídos de En un lugar de la Mancha, el interesante librito, publicado por la editorial Comanegra, en el que, con sucintas glosas de Jordi Vicente e imágenes de Carlos Cubeiro, se recogen 50 grandes inicios de la literatura ilustrados y comentados. Las obras escogidas, muchas de ellas indiscutibles clásicos de la literatura universal, y sus respectivos autores son: La Divina comedia, de Dante Alighieri, Ana Karenina, de Lev Tolstói, La madre, de Maksim Gorki, Retrato del artista adolescente, de James Joyce, Scaramouche, de Rafael Sabatini, La vorágine de José Eustasio Rivera, El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, El Aleph, de Jorge Luis Borges, El túnel, de Ernesto Sábato, El fin de la aventura, de Graham Greene, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, El innombrable, de Samuel Beckett, Ciudad de cristal, de Paul Auster, Me llamo Rojo, de Orham Pamuk y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
 
Y arropando los fragmentos leídos aparece, como de costumbre, una banda sonora, de tono melancólico y algo triste, compuesta por canciones dulces e intimistas pertenecientes a discos que han visto la luz, en la mayor parte de los casos, en los últimos meses. Jill Barber, José James, Lilly Hiatt, Sufjan Stevens, Cassandra Wilson, Neil Young, Emily Saunders, Kevin Maohgany, Eliane Elias, Jackson Browne, Natalia M. King, John Pizzarelli, Thievery Corporation con Elin Melgarejo, Diana Krall con Michael Bublé y Krista Detor son los intérpretes que han sonado en el programa.
 
Os dejo como cierre a mi comentario -que se acompaña de algunas fotos extraídas de Awesome People Reading, la interesante página a la que ya me referí la semana pasada- un texto de exaltación de la lectura debido a Gustavo Martín Garzo y publicado en El País el 26 de noviembre de 2011.
 
 
 
La decadencia de las palabras. Gustavo Martín Garzo
 
“Acojamos el tiempo tal como él nos quiere”, esta es la cita de Shakespeare que Stefan Zweig elige como pórtico de su libro de memorias, El mundo de ayer; un libro en el que habla de esa generación que vivió entre las dos guerras haciendo suyo el sueño de una Europa unida por el arte y la cultura. La última generación capaz de creer en el ser humano, como se afirma en la contraportada del libro.
 
¿Es verdad esto? ¿Podemos afirmar que la crisis de la razón y de la cultura es tan grande hoy en día que ya no es posible un sentimiento así? Vivimos en un mundo convulso y complejo, lleno de flagrantes injusticias, pero no es peor que el que le tocó vivir a Stefan Zweig, y basta leer su libro para ratificarlo. Puede que exista, sin embargo, una diferencia esencial. Leyendo a los escritores de ese tiempo, se tiene la impresión de que en el nuestro hemos dejado de creer en el valor de las palabras. Stefan Zweig pertenece a un mundo que pensaba que los escritores tenían algo que decir y que, por lo general, contribuían con sus libros y artículos a mejorar las cosas; mientras que hoy día no me parece que nadie piense nada parecido.
 
Zweig era un heredero de la Ilustración e, influido por el psicoanálisis, estaba convencido de que bastaba con nombrar los problemas para que estos empezaran a resolverse. Su libro está escrito en el año 1942, cuando el nazismo extiende su red fatal sobre toda Europa, y, a pesar de todos los horrores que narra, está lleno de esperanza.
 
Es cierto que unos meses después de terminarlo se suicidará con su mujer en Brasil, pero no lo es menos que cuando tiene que elegir las palabras que van a cerrar sus memorias, y su propia existencia, elige unas que afirman el poder sagrado de la vida: "Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad". Es cierto, sin embargo, que muy pocas veces las palabras han valido menos que hoy. Se trata de una paradoja, puesto que cuanto más hablamos y escuchamos hablar menos parece valer lo que decimos. En nuestro tiempo, el lenguaje no solo se utiliza para ocultar la realidad, sino que nadie se hace responsable de lo que dice, por lo que ha dejado de extrañarnos que alguien pueda afirmar hoy justo lo contrario de lo que opinaba unos días atrás.
 
Y es en la política y en los medios de comunicación donde estos vicios han adquirido un descaro mayor. Miguel Delibes escribió hace años que la misión del escritor era la convocatoria de la palabra, y convocar la palabra es algo más que una actividad estética, tiene un valor moral. Al hablar o escribir buscamos hacer posible un espacio de conocimiento, responsabilidad y alegre locura, un espacio de encuentro con los demás. Son las palabras las que vuelven habitable el mundo.
 
Ser hombre es vivir en el lenguaje, alimentarse de palabras. Símbolo, según Covarrubias, viene de symbolum, que significa señal para reconocerse, aludiendo a una tablilla que, repartida entre dos o más personas, estos debían completar al encontrarse para identificarse entre sí. El origen de nuestro pensamiento es esa falta. O dicho de otra forma, hablamos con los demás, y les hacemos hablar, tratando de recibir de ellos lo que nos completa. No creo que hoy día muchos esperen algo así de los escritores. Se espera, a lo sumo, que amenicen las sobremesas de los políticos y de los medios de comunicación. En estos últimos años hemos asistido a una pérdida indiscutible del prestigio del universo del libro. Los cambios se han sucedido a una velocidad de vértigo, y el hombre actual apenas ha tenido tiempo para asimilarlos. No me refiero solo al hombre que podríamos considerar común. También entre el hombre culto de hoy y el de hace unas décadas hay diferencias esenciales. Hoy día, por ejemplo, sería difícil encontrar a un hombre, por muy culto que fuera, que conociera el latín y el griego, que pudiera recitar de memoria a Homero o a Virgilio, o ciertos monólogos de Shakespeare.
 
Las lecturas se suceden, pero nadie parece interesado en demorarse más de la cuenta en un libro, ni en aproximarse por tanto a ese ideal de lectura que le hacía afirmar a Joyce que el libro verdadero era aquel que exigía al lector que entregara su vida a la tarea de leerlo. El lector que alimenta con su elección las listas de libros más vendidos en nada se parece a ese misterioso lector del que hablara Lezama Lima, que llega a tener para una sola lectura la presencia y esencia de todos sus días.
 
Las mismas páginas de cultura de los periódicos, como hace poco denunciaba con lucidez Juan Goytisolo, cada vez se parecen más a las páginas de ocio o a las revistas del corazón, como si todo su afán fuera complacer a los que no leen en vez de a esos discretos lectores de los que hablaba Joyce. La abundancia de novedades, la inserción decidida en una cultura de la compra y el desecho, hacen incluso de esa figura improbable del lector de hoy algo bien distinto de lo que podía ser hace años. Es uno de los nombres más de ese acumulador insaciable en que se ha convertido el hombre occidental. Nunca este se ha movido más por lo que ve, lo que puede poseer de manera inmediata. “El materialismo, ha escrito Borges, dijo al hombre: hazte rico de espacio. Y el hombre olvidó su propia tarea. Su noble tarea de acumulador de tiempo. Quiero decir que el hombre se dio a la conquista de las cosas visibles. A la conquista de personas y de territorios. Así nació la falacia del progreso. Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de ser más extensa”.
 
La pérdida de prestigio y autoridad de la institución literaria parece indiscutible en nuestros días. Pero ¿y si esto no fuera tan malo? ¿Y si favoreciera el nacimiento de una relación distinta con los libros, aquella que por otra parte es la que siempre han tenido con ellos todos los verdaderos lectores? ¿Y si ese olvido general les estuviera favoreciendo, si favoreciera a los escritores, que olvidados de ese papel social pueden concentrarse de una forma más decisiva en su propia tarea, ocuparse tan solo de escribir mejor, de hacerlo como forma extrema de resistencia frente al mismo olvido y la muerte del pensamiento? ¿No fue visto en muchos círculos de vanguardia el éxito mismo como un signo de corrupción artística?
 
En un cuento de los hermanos Grimm, Los seis cisnes, una niña tiene que coser seis camisas de anémonas y permanecer en silencio varios años para conseguir que sus hermanos, hechizados por una bruja, recuperen la forma humana. El lector debe ser como esa niña. La literatura no nos entrega un saber, sino un espacio de incertidumbre y espera. Tiene que ver con lo que no conocemos, es el reino del secreto. Como hace la niña del cuento de los hermanos Grimm al tejer en silencio sus camisas, leer es depositar en el mundo una verdad perteneciente al alma.

martes, 5 de mayo de 2015

 
NO HE QUERIDO SABER
 
Bienvenidos una vez más a Buscando leones en las nubes, que esta semana os ofrece una emisión especial -que tendrá su continuación el lunes próximo- de celebración de la lectura con ocasión de la inminente apertura en nuestra ciudad de la Feria del Libro, que se inaugura dentro de unos días. Para ello, y con un fondo sonoro compuesto por deliciosas canciones (interpretadas por Fleurine con Brad Melhdau, Lila Downs, Matthew E. White, Van Morrison con su hija Shana, Grazie di Michele, The Staves, Jimmy Witherspoon, Dayna Kurtz, Cat Power, Joâo Gilberto, The Unthanks, Natalie Prass y Silje Nergaard), dulces y recogidas como es costumbre en nuestro programa, quiero proponeros, en la parte literaria de ambas ediciones, un interesante y espero que entretenido juego que tiene a los libros como protagonistas.
 
Para ello, entre los dos programas aparecerán una treintena de muy conocidos comienzos de libros, la mayoría grandes clásicos, extraídos de una publicación, cuyo título es un significativo En un lugar de la Mancha, en la que se recogen cincuenta grandes inicios de la literatura ilustrados y comentados. El libro, en el que Jordi Vicente nos ofrece comentarios, anécdotas y curiosidades sobre cada una de las cincuenta obras seleccionadas, y cuya presentación se complementa con otras tantas ilustraciones muy sugerentes y originales de Carlos Cubeiro, se publica en la barcelonesa editorial Comanegra de la que ya os hablé aquí hace unos meses en relación a otro volumen similar, ¿Hablas conmigo?, que incluía otro medio centenar de, en ese caso, frases “míticas” de la historia del cine.
 
La condición de juego a la que aludía unas líneas más arriba tiene que ver con la apuesta -a la que os invitaba en la versión radiofónica, en un plano íntimo y particular, sin repercusión externa ni en la emisión ni fuera de ella- que os llevara a intentar adivinar los títulos de las obras literarias cuyos comienzos se presentan en el programa. Si escuchándolo habéis intentado -u os disponéis a hacerlo ahora, al escuchar la emisión en el blog- averiguar los títulos y los autores seleccionados, llega el momento de salir de dudas acerca de los aciertos que hayáis podido tener con la referencia completa de dichas obras, por lo que anticipo -aviso para navegantes especialmente interesados- un particular e irrelevante spoiler que resuelve el por otro lado escaso misterio. Así, los textos leídos pertenecen a algunos significativos títulos de la historia de la literatura como son La vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, El gato negro, de Edgar Allan Poe, Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, La Regenta de nuestro Leopoldo Alas, Clarín, Crimen y castigo, el clásico de Fiódor Dostoyevski, Ethan Frome, quizá el menos notorio de todos los seleccionados, de Edith Warton, Por el camino de Swann, la obra magna de Marcel Proust, El extranjero, de Albert Camus, 1984, de George Orwell, El guardián entre el centeno, la muy difundida novela juvenil del enigmático J.D. Salinger, El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, con sus primeras palabras, tan citadas y, por último, Corazón tan blanco, la espléndida novela de Javier Marías.
 
Y precisamente de Javier Marías es el estupendo artículo, con la lectura como protagonista, publicado recientemente en El País Semanal del pasado 27 de marzo, que os transcribo íntegro como despedida de esta entrega. Además, os dejo acompañando el texto una espléndida foto seleccionada entre centenares de las que se encuentran en la extraordinaria página Awesome People Reading, que os recomiendo y de la que voy a “surtirme” más de una vez en el futuro.
 
 
Percebes o lechugas o taburetes. Javier Marías
 
El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.
 
Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.
 
A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.
 
Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

martes, 17 de febrero de 2015

 
DIME QUE ME HAS ESPERADO
 
Como es tradición casi todas las temporadas, cuando se acerca la ceremonia de entrega de los Oscars Buscando leones en las nubes dedica una emisión al cine con textos y canciones vinculados al séptimo arte. Así será también este año de manera que, siendo el próximo 22 de febrero la fecha elegida por la Academia de Hollywood para la celebración, os propongo esta semana un programa enteramente cinematográfico, muy singular y lleno de curiosidades, y espero que muy interesante también.
 
Desde el punto de vista de los textos, en la emisión aparecen dieciséis frases de cine, dieciséis fragmentos muy significativos de películas que forman parte, muchas de ellas con la categoría de clásicos, de la ya no tan corta historia del cine. Todos están extraídos de ¿Hablas conmigo? 50 grandes frases de películas míticas ilustradas y comentadas, un librito de diseño muy cuidado y visualmente muy atractivo, que con atinados textos de Jordi Vicente y sugerentes ilustraciones de Carlos Cubeiro, presentó este pasado año la editorial Comanegra. He prescindido voluntariamente de las frases más conocidas (Le haré una oferta que no podrá rechazar, Que la Fuerza te acompañe, En ocasiones veo muertos o Amar significa no tener que decir nunca lo siento, entre otras muchas), para decantarme por algunas líneas de texto que, perteneciendo sin embargo, como digo, a películas clásicas y siendo, en su mayor parte, muy reconocibles, no son tan populares, con lo que, además de su interés intrínseco, pueden estimular aún más vuestra curiosidad y el afán por identificar su procedencia. Y si es así y os decidís a jugar a las adivinanzas, preparaos, pues el párrafo que sigue es un spoiler indudable. Éstas son las películas en las que aparecen los fragmentos leídos: No soy ningún ángel, dirigida por Wesley Ruggles; El halcón maltés, el clásico de John Huston; otro clásico, Johnny Guitar, de Nicholas Ray; El séptimo sello, del maestro sueco Ingmar Bergman; Los 400 golpes, la preciosa primera película de François Truffaut; Fellini, ocho y medio, del genio italiano Federico Fellini; Dersu Uzala, la primorosa joya de Akira Kurosawa; Annie Hall, la cinta que llevo al éxito multitudinario a Woody Allen; El hombre elefante, del siempre perturbador David Lynch; El precio del poder, la excesiva cinta sobre la mafia de Brian de Palma; Casino, de nuevo la mafia y de nuevo con un cierto enfoque desmesurado, dirigida por Martin Scorsese; la lacrimógena pero bellísima Los puentes de Madison de Clint Eastwood; American Beauty, otra obra maestra, con la realización de Sam Mendes; Matrix, de los hermanos Wachowski, la única de todas las escogidas que no he visto; El hijo de la novia, otra entrañable película de Juan José Campanella; y por fin, la original, sorprendente y también emotiva Amélie, de Jean-Pierre Jeunet.
 
Y en la vertiente musical de la emisión, el enfoque es, a mi juicio, igualmente sugestivo. Serán también dieciséis -obviamente- las canciones que suenan en la hora de programa. Y todas ellas interpretadas por actores o actrices de cine que, por una vez -aunque algunos incurren en el experimento de un modo más habitual- dejan de lado su faceta actoral para convertirse en cantantes. Muchos de los temas -casi todos- han aparecido en la banda sonora de diversas películas (como Duets, Une affaire privé, Easy Virtue, Los juegos del hambre, Los fabulosos Baker Boys, de nuevo Annie Hall, Moulin Rouge, Nine, Beyond the sea, Walk the line, P.S. I love you o Ella siempre dice sí), algunos incluso han sido cantados en pantalla, en el seno de escenas en las que la trama argumental o las exigencias del guión o el carácter musical de la cinta obligaban al actor o a la actriz de turno a entonar la correspondiente melodía, otros en cambio constituyen iniciativas llevadas a cabo por sus protagonistas de manera paralela y ajena a sus respectivas carreras cinematográficas. Scarlett Johansson, Gwyneth Paltrow, Jeremy Irons, Marion Cotillard, Nicole Kidman, Kevin Spacey, Kate Winslet, Diane Keaton, Ewan McGregor, Jennifer Lawrence, Joaquín Phoenix con Reese Whitespoon, Hillary Swank, Paul Giamatti, Michelle Pfeiffer, Kim Basinger y Jessica Biel son los inspirados intérpretes -con una importante presencia entre ellos de guapas actrices- de las piezas emitidas.