Se trata de Eveline, un relato de James Joyce aparecido por primera vez de manera autónoma en 1904 en una revista, The Irish Homestead, y con su autor encubierto bajo un seudónimo, Stephen Daedalus, y publicado por fin diez años después, en 1914, incorporado ya al libro Dublineses, a mi juicio una obra maestra, de la que os hablé en extenso hace algunos meses en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro.
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martes, 3 de junio de 2025
EVELINE
En este ciclo final de la temporada, al que dimos comienzo hace quince días y que estará integrado en su totalidad por siete emisiones centradas en textos breves de diferente origen -artículos periodísticos, relatos literarios o fragmentos de novelas- y entresacados de lecturas personales más o menos recientes, hoy os traigo un magnífico cuento, emotivo y muy bello, y abierto también a muy jugosas reflexiones sobre la vida, las ilusiones y los anhelos, los miedos, el deber y la culpa, el desencanto y el fracaso, las esperanzas y el amor, el ilusionado atrevimiento y la poderosa fuerza de la costumbre, entre otras.
Se trata de Eveline, un relato de James Joyce aparecido por primera vez de manera autónoma en 1904 en una revista, The Irish Homestead, y con su autor encubierto bajo un seudónimo, Stephen Daedalus, y publicado por fin diez años después, en 1914, incorporado ya al libro Dublineses, a mi juicio una obra maestra, de la que os hablé en extenso hace algunos meses en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro.
Aunque voy a leeros el cuento íntegro, de modo que su correcta comprensión no requiere de ninguna explicación o comentario previo por mi parte, sí anticipo que en él, una muchacha, la Eveline del título, se ve atrapada entre el deber que la ata a su familia en Dublín y el deseo que la impulsa a huir con su amante hacia esos Estados Unidos que en la época representaban para muchos irlandeses -para muchos europeos- el prometedor anhelo de una vida mejor.
Para acompañar la conmovedora experiencia de la joven he decidido que sean catorce algo tristes y también bellísimas piezas de jazz vocal de los años treinta y cuarenta del pasado siglo (no estrictamente acomodadas, pues, al contexto temporal del relato), las que compongan la banda sonora del programa, todas ellas en las magníficas interpretaciones, intensas, delicadas, elegantes y llenas de sensibilidad, de algunas de las más destacadas voces femeninas de aquella época: Maxine Sullivan, Ella Fitzgerald, Una Mae Carlisle, Mildred Bailey, Ethel Waters, Anita O’Day, Ida James con el Nat King Cole Trio, Lee Wiley con la orquesta de Eddie Condon, Dorothy Ellis, Peggy Lee acompañada del Sexteto de Benny Goodman, Helen Forrest con la orquesta de Harry James, Ivie Anderson con la banda de Duke Ellington, Helen Ward con la de Teddy Wilson y Jo Stafford con su estupenda versión de la desesperanzada Lonesome Road.
Imagen: ¿Ramón Casas? (no he sido capaz de identificar ni el título ni el autor)
martes, 9 de enero de 2024
LOS MUERTOS
Bienvenidos a la emisión inicial de Buscando leones en las nubes por este 2024 que da sus primeros pasos. Alberto San Segundo, creador del programa y hablándoos ante el micrófono, os saluda, encantado de estar aquí un año más, y os invita a disfrutar con nosotros de una hora de radio muy singular. Y lo es porque, aprovechando una conjunción algo forzada de excusas, voy a recuperar una emisión ya radiada, con ligeras variaciones, en junio de 2002 y también en junio de 2006.
Se trata de volver a dedicar el programa a un cuento espléndido, emotivo y bellísimo, de cuya aparición se cumplen en este 2024 recién nacido ciento diez años, en una primera coincidencia de las dos que justifican mi elección de esta noche. En efecto, en 1914 el escritor James Joyce publicó su libro Dublineses, una recopilación de relatos entre los que se incluía el magistral Los muertos que sería objeto de una igualmente formidable traslación al cine, con el mismo título que el cuento, bajo la dirección de John Huston, en la que sería su última película, rodada, ya al borde de la muerte, en 1987. En mis programas de 2002 y 2006, el texto de Joyce apareció en la traducción, ciertamente mejorable, de Guillermo Cabrera Infante para la edición española de 1974 en Alianza Editorial. Para la presente emisión he elegido la versión, mucho más cercana y actual, de Nuria Barrios para Navona, publicada hace ahora tres años, en enero de 2021.
Como acompañamiento musical al conmovedor cuento del escritor de Dublín, sonarán las canciones de otro irlandés célebre e igualmente genial, éste de Belfast, el gran Van Morrison, cuyas melancólicas canciones se acomodan de un modo idóneo a la dulce tristeza del relato. Quiero advertiros, antes de empezar, que pese a que os voy a ofrecer tan sólo una recreación hecha de fragmentos del cuento citado, éste es demasiado largo para que, con el añadido de los temas musicales, pueda tener cabida, ni siquiera en extracto, en la escasa hora habitual del programa que, de esta manera, se extenderá por encima de los límites, por otro lado tantas veces superados, de los sesenta minutos.
Y todavía antes de dar comienzo al espacio, adelanto un breve apunte a propósito del relato de James Joyce cuyo espíritu -ya que no su texto íntegro- pretendo trasladaros. Estamos en Dublín en la noche del 6 de enero de 1904, hace, pues, ciento veinte años, en otro redondo aniversario que explica, tan cercano aún para nosotros el día de Reyes, esta nueva recuperación del programa. Un matrimonio, Gabriel y Gretta, acude al baile de Navidad que celebran todos los años sus tías, miss Kate y miss Julia. Llegan parientes y conocidos, amigos e invitados habituales. Se cena, se habla, se canta, se danza. Se suceden con rutina ritual, encuentros, charlas, bromas, pequeñas disputas, bailes, discursos. Al fin, todo acaba. Gabriel y Gretta se disponen a abandonar la casa de sus tías. En este punto nos acercamos al texto y empieza nuestro programa. Cae la nieve fuera de la casa de miss Kate y miss Julia. Pronto empezará a sonar la música de Van Morrison...
Los muertos
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martes, 21 de abril de 2020
CAE LA NIEVE
La interrupción de las emisiones regulares de Buscando leones en las nubes, ante la imposibilidad de grabar los programas a causa de la epidemia de coronavirus, y el hecho de que la última entrega emitida coincidiera, hace siete días, con los veinte años de existencia del espacio, “funcionan” como excusa para ocupar estas semanas “vacías” hasta su reanudación (que esperemos sean pocas, aunque me temo que no deberíamos descartar el horizonte de septiembre, o incluso alguno posterior) con la recuperación, aquí y en las ondas, en las que sí sigue siendo posible la difusión, de algunos programas antiguos que iré eligiendo en función de mis particulares criterios.
La interrupción de las emisiones regulares de Buscando leones en las nubes, ante la imposibilidad de grabar los programas a causa de la epidemia de coronavirus, y el hecho de que la última entrega emitida coincidiera, hace siete días, con los veinte años de existencia del espacio, “funcionan” como excusa para ocupar estas semanas “vacías” hasta su reanudación (que esperemos sean pocas, aunque me temo que no deberíamos descartar el horizonte de septiembre, o incluso alguno posterior) con la recuperación, aquí y en las ondas, en las que sí sigue siendo posible la difusión, de algunos programas antiguos que iré eligiendo en función de mis particulares criterios.
Unos criterios que, desde un punto de vista objetivo, no son otros que los de la calidad e interés que puedan atesorar las distintas selecciones de música y literatura que os he venido ofreciendo durante estas dos décadas, y que desde una perspectiva más personal y subjetiva tienen que ver con mi propia satisfacción con el resultado obtenido en determinadas emisiones.
Con las muchas limitaciones técnicas y de sonido, pero también las que se derivan de mi condición de aficionado y de mi correlativa falta de profesionalidad, de mis deficiencias en la locución, de mis, en definitiva, múltiples carencias radiofónicas, hay programas que me gustan mucho, cuyos textos y canciones logran todavía, tras nuevas escuchas, emocionarme, hacerme pensar, conmoverme, cambiar mi ánimo, ilusionarme o sumirme en un placentero estado de agradable melancolía.
Algunos de esos programas irán saliendo aquí en las próximas citas con la escasa pero fiel audiencia de Buscando leones en las nubes, empezando por el de hoy mismo, una emisión que se radió por primera vez el 24 de junio de 2002 y que se redifundió, ya con el blog abierto, el 11 de octubre de 2008. En ambos casos se presentó con el título de “Van Morrison/James Joyce” que ahora he cambiado al actual “Cae la nieve”, más poético y, sobre todo, menos expuesto a absurdas reclamaciones (en su momento, y a requerimiento de los abogados del “león de Belfast”, que debieron rastrear el nombre de su cliente en la biblioteca digital en la que deposito mis “producciones”, hube de retirar el programa por supuesta violación de los derechos de propiedad intelectual… en fin).
La emisión conjuga la lectura de fragmentos significativos del cuento Los muertos, de James Joyce, incluido en su libro Dublineses, con algunas de las más tristes canciones de otro irlandés ilustre (pero uno del sur y otro del norte). El cuento, como sin duda conocéis, ha sido objeto de traslación cinematográfica por John Huston, en una película de 1987, The Dead, testamento profesional del director, que es, sin duda, una de las mejores de la historia del cine (y probablemente la más bella que yo haya podido ver).
El programa, algo más largo de lo habitual, permite apreciar muchas de las insuficiencias antes reseñadas, agravadas por mi bisoñez de hace casi veinte años: una locución impostada y algo artificiosa, un mal sonido, diversas imperfecciones técnicas. El resultado final, sin embargo, es más que digno, porque creo que es fácil percibir la emoción que me embarga al narrarlo (lo cual, a mi juicio, es un valor) y, sobre todo, porque el texto de Joyce y la música de Morrison son, simplemente, inmejorables.
Un breve apunte, antes de comenzar, a propósito del relato de James Joyce cuyo espíritu -ya que no su texto íntegro- inspira el espacio. Estamos a principios del siglo XX, en Dublín. Un matrimonio, Gabriel y Gretta, acuden al baile de Navidad que celebran todos los años sus tías, miss Kate y miss Julia. Llegan parientes y conocidos, amigos e invitados habituales. Se cena, se habla, se canta, se danza. Se suceden con rutina ritual, encuentros, charlas, bromas, pequeñas disputas, bailes, discursos. Al fin, todo acaba. Gabriel y Gretta se disponen a abandonar la casa de sus tías. En este punto nos acercamos al texto y empieza nuestro programa. Cae la nieve fuera de la casa de miss Kate y miss Julia. Suena ya la música de Van Morrison…
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sábado, 11 de octubre de 2008


VAN MORRISON Y JAMES JOYCE
Cuando era un chaval, las orquestas que tocaban en las verbenas de los pueblos de Galicia (no lo he dicho, soy de Vigo, pese a mi anclaje de años en Salamanca) aceptaban (y hasta alentaban) las peticiones del público. Era así habitual que alguien de entre la concurrencia se acercara al escenario y, tímidos los niños, descarados los adolescentes, azoradas las muchachas, bravucones los mozalbetes, atrevidos los novios, circunspectos los adultos, alegres y risueños los ancianos, solicitara a la moderna vocalista (convertida en inconsciente objeto de deseo de todo el pueblo) o al maduro galán (que encanecía año tras año entre suspiros de las madres y la algo aviesa envidia de los maridos) o al joven cantante rebelde (rebelde, pero menos, condenado a enfundar su ansia de libertad en el uniforme fosforescente, el traje de lentejuelas, la pajarita opresora), alguna pieza musical con la pretensión (como digo casi siempre satisfecha) de que la orquesta la interpretara sin un excesivo ensañamiento.
En mi memoria está desde entonces la frase con la que siempre, en todo caso (matiné o sesión vespertina), en cualquier entorno (aldea rural diminuta o barrio urbano multitudinario), el cantante de turno (clásico o yeyé, aborigen o foráneo, oscuro o cetrino o luminoso y deslumbrante -en su acepción más literal: refulgiendo entre el resplandor de las americanas de fantasía) daba paso a la pieza solicitada, antes de perpetrar su interpretación: Atendiendo una amable petición...
Atendiendo una amable petición (un comentario que con tono urgente y apasionado se vertía ayer mismo en este blog) ofrezco hoy un programa (quizá el que más me gusta de los cerca de doscientos que ya han salido al aire; ciento ochenta y dos, exactamente) que tiene un doble protagonismo, en ese juego de espejos en el que a veces incurre Buscando leones en las nubes (en la entrada de ayer aparecen Raymond Carver y Tom Waits frente a frente). Por un lado, una decena de preciosas y tristísimas canciones de Van Morrison, el león de Belfast; por otro, un cuento, Dublineses, escrito por otro irlandés, esta vez de Dublín, James Joyce; un cuento que presento en la traducción de Guillermo Cabrera Infante y que fue la base de una excepcional película, la última suya, de John Huston, The Dead.
Tristeza, melancolía, intensidad, amor, deseo, pasión... eso quiero ofrecer... atendiendo una amable petición...
Van Morrison/James Joyce
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