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martes, 4 de julio de 2017


OTRA NOCHE SOLITARIA

Esta semana cerramos la breve serie de dos emisiones dedicadas a El arte de quedarse solo, la última entrega de los siempre apetecibles diarios del poeta y profesor José Luis García Martín, un tomo, publicado este año, que recoge sus anotaciones correspondientes a los años 2015 y 2016.

Como ya comenté hace siete días, la personalidad del autor es ciertamente controvertida. De pensamiento siempre original, emitido a menudo a contracorriente, García Martín parece regodearse en su permanente enfrentamiento con el mundo. Consciente y hasta orgulloso de su radical discrepancia con los valores generales, con las opiniones comunes, con las ideas consabidas, son innumerables las ocasiones en las que afirma, subraya y se vanagloria incluso de su superioridad intelectual y hasta moral frente al resto de sus conciudadanos -en particular los que pueblan ese singular universo que forman los escritores-, si bien su jactancia, su enfático narcisismo se ven algo mitigados por un permanente punto de humor, algo socarrón, que permite al lector -al menos eso ocurre en mi caso- dudar de la firmeza, la autenticidad y la convicción de una postura que parece muchas veces impostada. Leyéndolo, pareciera como si el autor se obstinara en demostrar a cada momento su irritante carácter y su desabrida forma de estar en el mundo, su figura un artefacto literario, inventado, pues, una ficción más, aunque para mi gusto de escaso interés y dudosa eficacia.

El corolario natural de un planteamiento tan desagradable, tan arisco, tan abrupto es, obviamente, la soledad, que inspira el título del libro y que permea la obra entera. Una soledad de la que, no obstante, García Martín, presume -de ahí la mención al “arte de quedarse solo”, como si se tratara de un logro, un refinado objetivo que debiera cultivarse- aunque, de nuevo a mi juicio, probablemente infundado, hay un tono algo amargo y triste, algo pesaroso y no deseado, algo compungido y melancólico, que casi siempre impregna las palabras del excelente poeta. Los textos que hoy he recogido para integrar el programa participan, en general, de esa intención algo suficiente y presuntuosa, y en ellos aparece esa áspera versión de sí mismo en la que su autor parece complacerse.

La soledad es también el leitmotiv que inspira las quince canciones que suenan entre las palabras de García Martín; unas canciones, como siempre en Buscando leones en las nubes, apacibles y recogidas, rezumando elegancia y sensibilidad, interpretadas por Roy Orbison, Mavis Staples, Paul McCartney, Bruce Springsteen, Doris Day, Bobby Vinton, Graça Cunha, Marc Broussard, Sia, Beck, Chris Isaak, Michael Kiwanuka, Millie Jackson, Charlie Musselwhite y Carrie Rodriguez con Bill Frisell.

Una vez más Edward Hopper comparece en estas páginas como complemento a los programas. Esta vez se trata de New York Movie, un cuadro de 1931.

martes, 20 de enero de 2015

 
VIENDO PARTIR LOS TRENES
 
La segunda emisión que Buscando leones en las nubes dedica a los trenes quiere explotar el enorme potencial metafórico del ferrocarril -encuentros, despedidas, aventuras, sueños, huidas, azares, suicidios, amores, soledades- el cual vuelve a aparecer esta noche en una edición repleta de interesantes textos y excelente música.
 
Desde el punto de vista literario he escogido para vosotros una docena de cuentos muy cortos que han sido premiados en alguno de los ocho certámenes de relatos breves que desde 2007 vienen celebrándose en nuestro país por iniciativa de la empresa Renfe, que busca las mejores narraciones con temática ferroviaria escritas por ciudadanos comunes, no profesionales de la literatura. Sin ser nada del otro mundo en sus calidades literarias, los textos que os ofrezco sí que resultan en general estimables y sirven para mostrar un amplio mosaico de las múltiples evocaciones que suscitan los trenes y su fecundo universo simbólico. Carlos Martín Arteaga, Irene Medina Garijo, Marina Aoiz Monreal, Pedro Zabalza López, Juan Luis Revuelta Sansegundo, Aránzazu Pasero, Clara Isabel Martínez Cantón, Carmen Iglesias Vázquez, Francisco Molina, Antonio José de la Cruz González, Raquel Pérez Arribas y José María Martínez Delgado, son sus autores.
 
Como complemento a los entrañables relatos, doce canciones preciosas, seleccionadas entre los centenares de piezas que tienen al tren como protagonista y que participan de la atmósfera íntima y soñadora, emotiva y sensible que es uno de los rasgos más destacados de la identidad de Buscando leones en las nubes. Sus intérpretes han sido Tony Joe White, Fiorella Mannoia, Mark Lanegan, Mary Gauthier, Johnny Cash, Ruth Cameron, Otis Rush, Jacqui Dankworth, Joni Mitchell, Chris Isaak, Emmylou Harris y Tom Waits.
 
De nuevo Edward Hopper, asiduo visitante de nuestra página, ilustra esta entrada con Chair Car, un cuadro de 1965 muy acorde con el tono de muchos de los relatos escogidos para completar el programa.

martes, 25 de noviembre de 2014

 
UNA VIDA SIN COMPLICACIONES
 
En un trimestre en el que muchas de nuestras ediciones se han centrado con más frecuencia de la habitual en las propuestas monográficas, con Cole Porter, Supertramp, Dan Rhodes o Lester Young como protagonistas principales, esta semana volvemos a nuestro espíritu originario con una emisión miscelánea, compuesta por piezas musicales y fragmentos literarios de orígenes y planteamientos muy diversos aunque unidos todos ellos por la común inteligencia y sensibilidad que rezuman, como podréis comprobar en unos minutos. Desde el punto de vista de la literatura he escogido textos, con un punto de tristeza la mayor parte de ellos, que, en general, cuentan pequeñas historias más o menos cerradas en sí mismas, aunque abiertas -paradójicamente- a emociones e interpretaciones variadas, aunque siempre con un enfoque tierno y conmovedor. Todos ellos han sido entresacados de libros escritos por Antonio Gómez Rufo, Pablo D´Ors, Marcos Ordóñez, Julio Ramón Ribeyro, Santiago Gamboa, Lluís-Anton Baulenas, Patricia Melo, Camille Laurens, Emmanuel Carrère, Alex Susanna, Medardo Fraile y Rainer María Rilke.
 
Las canciones que acompañan los fragmentos literarios, todas en la voz de mujeres, son también algo pesarosas y melancólicas, aunque delicadas y muy bellas; una docena de temas, de publicación reciente en su mayoría, que espero que os entusiasmen. Sus intérpretes han sido Sophie Zelmani, Carly Simon, Anjani, Marianne Faithfull, Asa, Bebel Gilberto, Lori McKenna, Lily & Madeleine, Chiara Civello, Kareyce Fotso, Birdy y Paula Cole, que nos ofrece como cierre del programa una preciosa versión del clásico Autumn leaves (o Les feuilles mortes, en su original francés) recogida en la banda sonora de Medianoche en el jardín del bien y del mal, la película dirigida en 1997 por Clint Eastwood. Precisamente, Les feuilles mortes protagonizará, en una serie algo insólita y sorprendente cuyo planteamiento os desvelaré dentro de siete días, nuestras emisiones de las dos próximas semanas.
 
Una vez más, Edward Hopper, esta vez con un cuadro de 1954, City sunlight, ilustra, con su atmósfera de soledad y desesperanza, el tema de esta entrada.
 
 
Parecía destinada a una vida sin complicaciones, cuya curva de progresión una persona negativa, de las que ella no frecuentaba, habría considerado desalentadora: estudios superiores pero no demasiado a fondo, el tiempo de encontrar un marido sólido y cordial como ella; dos o tres niños hermosos a los que se inculca principios firmes y un talante alegre; un chalé en un barrio residencial con la cocina bien equipada; grandes fiestas en Navidad y de cumpleaños, sin distinción de generaciones; amigos como ella misma; un tren de vida que aumenta de forma moderada pero constante; luego la partida de los hijos, uno tras otro, sus matrimonios, el cuarto del mayor que se transforma en sala de música porque hay tiempo de reanudar la práctica del piano; el marido se jubila, no se ha notado el paso del tiempo, vuelve a haber momentos de melancolía, momentos en que se te cae la casa encima, se sienten los días demasiado largos y las visitas de los hijos son cada vez más espaciadas; se vuelve a pensar en aquel tipo con quien tuvo una breve aventura, la única, en los primeros años de la cuarentena, entonces fue algo horrible, el secreto, la embriaguez, la culpabilidad, más adelante te has enterado de que tu marido también ha vivido la suya, que incluso llegó a pensar en divorciarse; un escalofrío te anuncia la cercanía del otoño, es ya el Día de Difuntos, y un día, tras un examen de rutina, descubres que tienes un cáncer y que, en fin, se acabó, dentro de unos meses estarás enterrada. Una vida ordinaria, pero ella había sabido asumirla, habitarla como una buena ama de casa sabe infundir alma a un hogar y hacerlo agradable para sus seres queridos. No parece que ella hubiera soñado nunca con alguna otra cosa ni que en secreto hubiera perseguido una quimera. No había en ella el más mínimo bovarysmo, la menor inclinación hacia las fugas, la inconsecuencia ni, por supuesto, la tragedia. Emmanuel Carrère


martes, 18 de noviembre de 2014

 
CONVIVENCIA MARITAL
 
Por tercera semana consecutiva Buscando leones en las nubes dedica su emisión al matrimonio a partir de un curioso -pero sólo eso- librito, de título Cásate conmigo, en el que el británico Dan Rhodes explora el mundo de las relaciones de pareja, con ironía y humor a veces despiadados, a través de ochenta relatos brevísimos centrados en los rituales del amor y el compromiso, los protocolos y ceremonias de la atracción, el emparejamiento, la boda y la convivencia marital. Con una visión más bien escéptica y en cualquier caso salvajemente descarnada y rezumando descreimiento y sarcasmo, el libro nos muestra algunas escenas de la vida matrimonial llevadas al extremo y poniendo de manifiesto sus contradicciones, las esperanzas y los sueños que la aventura de la vida en pareja conlleva pero también la frustración, la desilusión y el fracaso, a menudo inevitables. Todo ello narrado siempre, insisto, en un tono ligero y humorístico alejado del dramatismo.
 
Entre los muy cortos capítulos de Cásate conmigo, suenan canciones muy conocidas, creadas por algunos de los grandes nombres de la música popular de las últimas décadas, todas ellas en las voces de mujeres, en una nueva propuesta femenina de Buscando leones en las nubes. En concreto son Missy Higgins, Milla Jovovich, Corinne Bailey Rae, Dinah Shore, Orleya, Helen Schneider, Patti Smith, Marissa Nadler, Sarah Hickman, Natasha Bedingfield, Cat Power, Pru y Thea Gilmore quienes, interpretando canciones de Roxy Music, Lou Reed, Björk, Paul Simon, 10cc, The Mamas & The Papas, Prince, John Lennon, Tears for Fears, Coldplay, Oasis, Sade y Van Morrison, han completado la emisión de esta semana.
 
Cape Cod evening, un cuadro de 1939 de Edward Hopper, ilustra, con su muy habitual y pese a ello melancólica representación del tedio marital, este comentario.
 

 
Promesa
 
Mi mujer me dijo que me dejaba.
 
  —Pero no puedes —le dije—. ¿No recuerdas los votos que hicimos? Prometiste que siempre me amarías.
 
¿Votos? —contestó— ¿Promesas? -con una risa hueca me preguntó en qué siglo creía que vivíamos.
 
 
_________________
 
 
Aniversario
 
El día de nuestro primer aniversario tomé a Maranatha de la mano, la miré a los ojos y le dije que, aunque me parecía imposible la amaba aún más profundamente que el día de nuestra boda.
 
—Es curioso —dijo—, a mí me ha pasado justo al revés. Cuando lo pienso, me admiro de haber aguantado tanto. De ninguna manera voy a seguir aquí el año que viene.

martes, 22 de abril de 2014


NO ME DEJES

Hoy queremos cerrar la serie de emisiones dedicadas al desamor que han sonado aquí desde hace quince días con una nueva muestra de canciones y poemas tristísimos alusivos a nuestro desgarrador leitmotiv: la ruptura amorosa, el abandono, la terrible soledad que sigue al fin del amor.
 
Para ello, en el apartado musical, abandonamos el enfoque jazzístico que constituyó nuestra propuesta de estos dos lunes anteriores para centrarnos en temas del pop, grandes clásicos de la música popular de todos los tiempos -pese a ser, algunos de ellos muy recientes-, estremecedoras piezas que rezuman pasión contrariada e intensa melancolía, sensibilidad desatada y dolorosa emoción, insoportable amargura y conmovedora belleza. Canciones de Amy Winehouse, The Cure, Till Bronner con Madeleine Peyroux (cuya versión, íntima y muy melancólica, del ya de por sí triste clásico de Hank Williams, I’m so lonesome I could cry, cierra este post), Damien Rice, Sinead O’Connor, Mick Hucknall, Adele, Grant Lee Philips (que hace una muy sentida recreación del Boys don’t cry, de los Cure, con presencia así por partida doble en el programa), Vonda Shepard, Harry Nilsson, Caetano Veloso, Lee Hazlewood con Nancy Sinatra y Lyambiko, la bella germanoafricana que pone la voz y el alma en la banda del mismo nombre y que cierra el programa con el estremecido lamento, la desgarrada y emocionante petición -¡no me dejes!- de Ne me quitte pas, el clásico de Jacques Brel que tantas veces os he ofrecido en Buscando leones en las nubes y que hoy no podía faltar, obviamente, en un programa sobre el abandono y la ruptura amorosa.

Entre las canciones, casi todas grandes clásicos, han sonado los texos de Jean Marie Gustave Le Clézio, Cesare Pavese, Jesús Pardo, Pedro Salinas, Gustavo Martín Garzo, Fernando Royuela, Marina Tsvietáieva, Jeanette Winterson, Albert Camus, Andrew Sean Greer, Jaime Sabines, Gerardo Méndez y Maxence Fermine.
 
Y de nuevo, por tercera semana consecutiva, un cuadro de Edward Hopper para ejemplificar la soledad que sigue al desamor. En esta ocasión os ofrezco Sunday, de 1926 (Los domingos matan más hombres que las bombas, así se llamaba una antigua obra de teatro de Jesús Cracio).


martes, 15 de abril de 2014


… Y ES TAN LARGO EL OLVIDO

Bienvenidos a la segunda emisión que Buscando leones en las nubes dedica en este curso al tema del desamor, de la ruptura sentimental, de la vivencia, siempre dolorosa, de la terminación del amor, del desgarro y la desdicha que se siente al ser abandonado por la persona a quien amamos. Nuestro programa aparece así inundado de melancólicas canciones y tristísimos poemas evocadores, unas y otros, de ese desolador estado del alma en el que la amargura anega nuestro espíritu, se nublan nuestras expectativas vitales y la existencia toda parece carecer de sentido.
 
Y pese a ello, pese a partir de estas premisas tan aparentemente “lacrimógenas”, la hora de radio que ahora os ofrezco -y tal y como indiqué hace siete días a propósito de la edición de entonces- se me muestra rodeada de belleza, de encanto, de motivos para el disfrute y el placer. ¿Placer en el dolor?, podréis quizás preguntaros, y no, no se trata de masoquismo banal, sino del encanto, de la maravilla, de la delicia que siempre podemos encontrar en la poesía, en la sensibilidad, en la delicadeza, en la verdad.
 
Roque Dalton, Jaime Sabines, José Luis García Martín, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Luis Cernuda, Karmelo C. Iribarren, Catulo (tan ligado a mi vida y a quien olvidé citar en la emisión), Abelardo Linares, Pablo Neruda e Idea Vilariño (cuyo Ya no, un poema de brutal y descarnada tristeza fue ofrecido aquí hace unos años con ocasión de la serie de cuatro programas dedicados a la intensa poeta uruguaya) son los autores de los versos leídos centrados, como digo, en el sentimiento del desamor, con todos sus corolarios de desvalimiento y tristeza, de desolación y sufrimiento, de pesadumbre y aflicción.
 
Y entre ellos, han sonado un puñado de piezas de jazz, también envueltas en esa misma atmósfera melancólica y algo desencantada, que han interpretado Ernestine Anderson, Mel Tormé, Shirley Horn, Lou Rawls, Etta James (cuya versión de In my solitude suena en el programa y en el vídeo que acompaña a esta entrada), Betty Carter, Jimmy Scott, Denis Rowland, Marlena Shaw, Sarah Vaughn y Carol Sloane.
 
Como complemento a esta breve presentación vuelvo a ofreceros un cuadro de Edward Hopper. Se trata de Autómata, pintado en 1927, un desesperanzado retrato de la soledad, quién sabe si provocada por la ruptura amorosa. Os dejo también, como cierre, el conocido poema, el vigésimo de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. De él están entresacados los versos que dan título a estos dos primeros programas de nuestra breve serie dedicada al desamor a la que pondremos fin el lunes próximo: Es tan corto el amor, el primero, Y es tan largo el olvido, el de esta semana.

 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
 
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
 
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
 
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
 
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
 
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
 
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
 
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
 
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
 
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
 
 

martes, 8 de abril de 2014


ES TAN CORTO EL AMOR...

El de esta semana es un programa triste, desesperanzado, melancólico y sin embargo a mi juicio lleno de intensidad y belleza, un programa que hemos a dedicar, como los de los dos próximos lunes, al desamor, al abandono sentimental, a la ruptura amorosa. Ya hace algunos años, el tema de las despedidas, del fin del amor, había protagonizado Buscando leones en las nubes, aunque entonces desde una perspectiva más risueña, a partir de Cómo decirle adiós, el simpático libro de la francesa Cécile Slanka. En esta ocasión, en cambio, nos ocuparemos de los aspectos más amargos del asunto con textos y canciones que nos hablan de las penas de amor, del desconsuelo, de la aflicción, del desamparo en que nos sume el abandono de la persona amada, del dolor que supone el fin de una historia de amor, de la confusión, la incertidumbre, las dudas, las lágrimas que nos asaltan cuando aquel o aquella a quien queríamos, de quien estábamos enamorados, se aleja dejándonos en un estado de devastación emocional, de desolación y abatimiento, de congoja y consternación y pesar y amargura y nostalgia y sufrimiento que agosta nuestra vida y del que pareciera que nunca fuéramos a salir.
 
Y sin embargo, insisto, pese a esta presentación quizá “disuasoria” para muchos de vosotros, el programa es, a mi juicio, muy hermoso, con canciones preciosas y textos muy evocadores, rezumando emoción y belleza que espero podáis disfrutar.
 
Si os decidís a adentraros en nuestra emisión podréis escuchar estremecidas baladas de jazz interpretadas por Tony Bennett, Ella Fitzgerald, John Coltrane con Johnny Hartman, Billie Holiday, Ray Charles, Dinah Shore, Frank Sinatra, Diana Krall, Chet Baker, Nina Simone, Johnny Mercer, Rosemary Clooney y Dinah Washington con su desgarrada versión de un clásico, Cry me a river.
 
Entre ellas aparecen los textos, obviamente centrados en nuestro tema de referencia, escritos por Franz-Olivier Giesbert, Richard Ford, Possidónio Cachapa, Eduardo Chirinos, Emily Brontë, Nir Baram, Antonio Soler, Pascal Quignard, Luis Landero, Gustave Flaubert, Luis Mateo Díez, Sándor Márai y Alessandro Baricco.
 
Morning sun, un magnífico cuadro de Edward Hopper, pintado en 1952 y evocador -como tantos otros del mismo autor- de la soledad y la tristeza que nos embargan tras el abandono sentimental (o quizá no, quizá sólo es una mujer que, alegremente, toma el sol en su cama; en el arte, en la vida, siempre vemos lo que queremos ver), ilustra esta entrada.

martes, 12 de febrero de 2013


DESDE ESTA VENTANA TAN CERCA DE LAS NUBES

Hoy el programa que os ofrece Buscando leones en las nubes viene repleto de estupendas canciones e interesantes poemas que comparten un nexo común, el eje temático sobre el que gira la emisión de esta semana: las ventanas. Ventanas que permiten entrever interiores misteriosos, ventanas a través de las cuales contemplamos cuerpos que se aman, rostros cansados ante el espejo, hombres y mujeres derrotados, tristes, esperanzados, felices, ventanas que se abren a la vida, al amor, ventanas desde las que intuimos otras existencias posibles, ventanas que son límites, que son deseo y frustración, que esconden voluntades incumplidas, que son ensoñación y recuerdo, aspiración y promesa, ventanas tras las que se suceden nubes y lluvia, días sombríos y cielos azules, el resplandor luminoso del sol y la grisura insoportable de las ciudades mortecinas, ventanas que enmarcan noches oscuras, tardes tediosas, mañanas que insinúan la existencia de un paraíso que jamás se logrará, ventanas que nos protegen de la inclemencia de una vida que, pese a todo, añoramos y que, sin embargo, corre siempre más allá de ellas, ventanas que nos tientan con su ilusoria oferta de horizontes ilimitados, ventanas que nos seducen con el encantamiento alegre del frenético ritmo del mundo, ventanas que nos protegen del dolor de una felicidad inalcanzable. Ventanas que provocan reflexiones tan sugerentes y expresivas, tan melancólicas y desesperanzadas, tan soñadoras y tan tristes como las del poema de Cavafis, que os presento en traducción de José María Álvarez: En las habitaciones oscuras donde vivo/ pesados días, con qué anhelo contemplo a veces/ las ventanas.- Cuándo se abrirá/ una de ellas y qué ha de traerme-./ Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé/ hallarla. Y quizás mejor sea así./ Quizá esa luz fuese para mí otra tortura/ Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría.
 
Las ventanas, esas poderosas metáforas de nuestra deseante condición humana, protagonizan esta semana, pues, Buscando leones en las nubes y son un elemento esencial, definitorio casi, de la obra de Edward Hopper, algunos de cuyos cuadros ilustran muy convenientemente esta entrada.
 
El acercamiento literario al tema elegido aparece en las palabras de Charles Baudelaire, Juan Gelman, Andrés Trapiello, Cesare Pavese, Juan Luis Panero, Julia Uceda, Ana Rossetti, Mario Benedetti, Joan Margarit, Esperanza Ortega y José Luis García Martín. Entre ellas, espléndidas canciones interpretadas por Christina Rosenvinge, Lyambiko, Van Morrison, Eddi Reader, Townes van Zandt, Linda Rondstadt, Jane Birkin, Rigmor Gustafsson, Nina Becker, Jann Arden y Lhasa de Shela, a la que, desgraciadamente fallecida hace ahora tres años, homenajeamos con su Abro la ventana que aparece en la sección de vídeos.
 
Dejo aquí, para terminar, tres fragmentos de Ventanas de Manhattan, el libro de Antonio Muñoz Molina que ya mereció hace unos años un programa monográfico en Buscando leones en las nubes.
 
 
Me acuerdo de esa ventana frente a las torres art déco del Waldorf Astoria, iluminadas desde abajo por poderosos reflectores, envueltas en los torbellinos de la tormenta de nieve. Vivir bien cobijados y seguros, al amparo del temporal que azota el asfalto y las aceras diez pisos más abajo, las esquinas afiladas en las que salta el viento polar como un animal de presa, helando la cara y atravesando la ropa con una furia de agujas y cuchillas de hielo, traspasando los huesos del cráneo hasta el filo del desvanecimiento si uno no ha tenido la precaución de abrigarse la cabeza. La vida entera resumida en el espacio cúbico de una habitación de hotel, en la elementalidad narrativa de las leyendas sobre el origen del mundo: una mujer y un hombre temporalmente despojados de mañana y de ayer, de parentescos, de responsabilidades, de oficios, absueltos incluso por el temporal de nieve de las obligaciones del turismo, una mujer y un hombre solos en una habitación impersonal y confortable, como en esas habitaciones austeras que se ven tantas veces en los cuadros de Edward Hopper, con frecuencia desde un punto de vista situado en el exterior, al nivel de la calle o al de los trenes elevados que en otros tiempos cruzaban algunas avenidas a una altura de tres o cuatro pisos, mostrando a los viajeros reclinados junto a las ventanillas imágenes aisladas y veloces de la vida de la gente en el interior de los apartamentos. Alguien podría ver desde fuera, usando unos prismáticos en alguna de las ventanas del Waldorf Astoria, a esa mujer joven y desnuda que está conmigo en la habitación, seria y de pie frente a la ventana, como una mujer de Hopper, pelirroja, con una desnudez al mismo tiempo ensimismada y muy carnal, como olvidada de sí misma mientras contempla los copos de nieve que emergen de la oscuridad exterior traídos por el viento y se deshacen contra los cristales.
 
 
En mi tierra las ventanas mantienen con el exterior una relación difícil, de cautela y secreto: se abrían ventanas pequeñas en los muros muy gruesos, para resguardo contra el frío en casa sin calefacción, para protegerse en la penumbra de los calores del verano, y también porque el cristal salía caro. Había rejas en las ventanas, postigos, celosías heredadas de los harenes musulmanes, igual que la vocación de hermetismo de los muros encalados y muy altos, de la vivienda replegada sobre sí misma, abierta sólo al cielo desde el patio interior. Se entornaban las cortinas, se echaban las persianas, se aspiraba a ver sin ser vistos. Cuando a la caída de la tarde se iba a encender la luz, las mujeres decían: “Cierra antes los postigos, que no nos vea nadie”. Que un extraño nos pudiera ver desde la calle nos parecía una afrenta. La puerta de la calle no se cerraba en todo el día, pero era inimaginable que las ventanas no tuvieran rejas. Por eso me sorprenden y me gustan tanto las ventanas de Manhattan, anchas, rectangulares, despejadas, admitiendo espaciosamente el mundo exterior en los apartamentos, revelando en cada edificio, como en capítulos o estampas diversas, las vidas y tareas de quienes habitan al otro lado de cada una de ellas, los empleados en sus oficinas, los hombres solos o las mujeres solas que vuelven del trabajo y toman una cena rápida ante el televisor, la gente misteriosa que vive en los apartamentos más altos, de los que sólo se ve a veces un fragmento del techo con un ventilador, una luz que puede ser rosada o rojiza, como calculada para alumbrar quién sabe qué actos arrebatados o abominables.
 
 
Me he quedado horas junto a una ventana, sin hacer nada, mirando sólo hacia la calle, o hacia las ventanas del otro lado, capítulos o recuadros de existencias a las que me he ido habituando, sin desvelar nunca su enigma, viñetas de historias o decorados de escenas que sólo muy parcialmente sucedían ante mí. Por una ventana de la Octava Avenida, junto a la calle 14, veía frente a mí, en el tercer piso del edificio gigante de un banco, la ventana de una oficina en la que la luz tardaba mucho en apagarse, y en la que un hombre en mangas de camisa seguía trabajando en una mesa llena de papeles, consultando la pantalla de un ordenador y hablando al mismo tiempo por teléfono cuando los demás empleados ya se habían ido, desvelándose a veces hasta después de medianoche. Ese hombre solo, quizás angustiado por obligaciones o plazos, poseído por la pasión norteamericana del trabajo, esa única luz en tantos pisos de hileras de ventanas a oscuras, en el edificio tan grande, con torreones, arquerías románicas y almenas en la cima, como un castillo en la cumbre de una montaña negra y vertical o un monumento bárbaro al feudalismo del dinero.


Desde esta ventana tan cerca de las nubes

martes, 26 de junio de 2012


LA TRISTEZA DEL VERANO

No ha transcurrido siquiera una semana de la entrada del verano. Llega el calor, llega la holganza, el mundo se detiene, adiós a los afanes cotidianos, adiós a las obligaciones, el tiempo corre lentamente, se demora en mañanas luminosas, en la pereza de las tardes, en noches exultantes. La vida es más intensa, los cuerpos se atraen, el sol quema las pieles, los rastros del salitre alegran los hombros desnudos, una extraña sensualidad lo impregna todo. Añoramos al niño que fuimos, recordamos nuestra juventud, la memoria nos trae, nostálgica, los restos apagados del primer amor, de la primera decepción, del primer ardor, de la primera herida. Todo eso es el verano, brillo y deseo, belleza y daño, transparencia y plenitud, exaltación y sosiego, ternura y pasión.

Buscando leones en las nubes cierra su temporada regular (los cinco lunes de julio habrá, aunque sólo en el blog -¡¡la Academia ha aceptado la palabra!!... ¡¡¡ya se puede escribir sin cursiva!!!-, otros tantos programas “extraordinarios”, fuera de las emisiones radiofónicas “oficiales”) con una edición que quiere celebrar la intensa, exultante, y también -a veces- algo triste estación. Un verano presente en los versos de algunos de nuestros mejores poetas, Eloy Sánchez Rosillo, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello, José María Álvarez, Vicente Gallego, Ángel González, Antonio Gamoneda, Miquel Martí i Pol, José Infante, María Victoria Atencia y Luis Antonio de Villena. Un verano que aparece también en las bellísimas canciones que he escogido para llenar esta noche de aromas agridulces; preciosas canciones, interpretadas por Madeleine Peyroux, The Motels, Billie Holiday, Van Morrison, Chris Rea, Alyssa Graham, Marcio Faraco, Ray Lamontagne, Fiorella Mannoia, Marissa Nadler y la espléndida Lana del Rey que resplandece, una vez más, en nuestra sección de vídeos con una larga grabación (treinta y cinco minutos entre los que, sin embargo, no está Summertime sadness, la gema que da nombre a la emisión de esta semana) en Concert Privé, el estupendo programa del Canal plus francés. El verano evocado igualmente en el magnífico cuadro -que rezuma emoción y está lleno de palabras no dichas, de temblor, de muy expresivos silencios, de melancolía- de otro de nuestros favoritos, Edward Hopper. Summer evening es su título y su mención me permite recomendaros la extraordinaria exposición que tiene al genial pintor americano como centro y que podéis visitar en el Museo Thyssen hasta el próximo 16 de septiembre. El verano, por fin, como referencia de un cuento del estupendo escritor vigués, Domingo Villar, autor de un par de excelentes novelas policíacas, Ojos de agua y La playa de los ahogados, de las que os hablaré en fechas próximas en mi otro blog, Todos los libros un libro. El personaje principal de ambos libros, el detective Leo Caldas, protagoniza también El último verano de Paula Ris, un relato publicado en el diario El País el 22 de agosto de 2010 y que os dejo ahora como cierre de esta entrada.


El último verano de Paula Ris.

Paula era la hermana pequeña de Pepe Ris. Tenía 13 años el día que salió de casa dando un portazo. No era la primera vez que discutía con su madre aquel verano. “La niña está en una edad difícil”, decían unas vecinas tratando de consolarla. “Verás cómo ha de volver más tranquila”, aseguraban otras. Pero se confundían. Paula Ris no volvió aquella noche.
Como tantas veces, Pepe Ris y Leo Caldas habían pasado juntos la tarde. Por la mañana, un camión había llevado a la pequeña bodega del padre de Leo una prensa neumática alemana comprada de segunda mano a una bodega de Cambados que la había sustituido por otra más moderna. Los chicos habían ayudado al padre de Leo a anclarla al suelo, bajo un tejadillo, en la parte exterior de la bodega que miraba al río Miño.
Cuando terminaron, Pepe Ris no se quiso quedar a cenar. Aceptó una propina y se marchó caminando a su casa. A los 20 minutos estaba de vuelta, llamando con los nudillos al cristal de la cocina.
–¿Tan mala era la cena en tu casa? –preguntó con una sonrisa el padre de Leo Caldas al verlo aparecer.
–No –respondió Pepe Ris–. Es Paula otra vez. Mi madre no la ha visto en toda la tarde.
–¿Quieres que te ayude a buscarla? –se ofreció Leo antes de que su amigo se lo pidiese.
Pepe Ris le dijo que sí.
–Si hoy tampoco está en casa cuando llegue mi padre, la va a matar.
Leo Caldas miró los platos con la cena, todavía intactos sobre la mesa, y después a su padre.
–¿Puedo?
–Claro –respondió el padre, y luego preguntó a Pepe Ris:
–¿Dónde crees que estará?
–Estará en cualquier lado –contestó el muchacho levantando los hombros–, jugando a ser mayor.
El padre de Leo vio partir a los chicos. Después de cenar, recogió la cocina y se sentó a leer en el porche. Seguía allí cuando su hijo regresó, a medianoche.
–¿La habéis encontrado?
Leo respondió que no con un gesto. Tomó una silla, se sentó junto a su padre y permaneció en silencio mirando aquel cielo limpio, distinto al de Vigo. Y se imaginó a Paula Ris desnortada en el monte, sin luces de ciudad que apagaran las estrellas.
Cuando a la mañana siguiente Leo Caldas se acercó a la casa de los Ris, la niña aún no había aparecido. Varios vecinos organizaban grupos de búsqueda mientras el padre de su amigo permanecía sentado en un banco, con la mirada perdida. La noche de insomnio había convertido su enojo en desasosiego.
Leo y Pepe Ris estuvieron entre los encargados de buscar en el monte, y otros se ocuparon del río. Todos regresaron sin noticias de la chica. Tampoco la había encontrado Evaristo el Cazador, que había recorrido las vías del tren por si Paula hubiese cometido una locura.
Durante los días siguientes se unió a la búsqueda un grupo mayor de voluntarios, y la Guardia Civil recorrió las orillas del río en lanchas neumáticas y rastreó el monte con perros adiestrados. No tuvieron éxito. Tampoco dieron fruto los carteles con la fotografía de la niña pegados en los postes y semáforos de las localidades cercanas. Nada.



Una mañana se detuvo ante la casa del padre de Leo Caldas un coche azul oscuro, sin identificación. Sus dos ocupantes no necesitaban anunciar que eran policías.
Uno de ellos esperó junto al coche mientras el otro, más bajo y con el cabello gris muy corto, intercambiaba unas palabras con el padre de Leo Caldas. Luego se dirigió al chico.
–¿Eres Leo?
Leo asintió.
–¿Cuántos años tienes?
–Catorce.
–¿Conoces bien a Paula Ris?
–Claro –dijo–, es la hermana de Pepe.
–¿Sabes dónde puede haber ido?
Leo Caldas le explicó que no sabía dónde podía estar, relató su último encuentro con ella y enumeró los diferentes lugares a los que en alguna ocasión habían acudido juntos.
Pese a lo que había supuesto, no le incomodaba hablar con aquel policía que no le apremiaba, sino que le proporcionaba el tiempo que necesitaba para contestar a cada pregunta.
–¿La notaste preocupada últimamente?
–No –aseguró Leo Caldas–. Pepe dice que en casa discutía todo el tiempo con su madre. Pero yo la veía contenta. Como siempre.
–¿Sabes por qué discutían?
–Pepe Ris dice que es porque Paula quería pintarse y esas cosas, y su madre no lo veía bien.
–¿Tenía novio?
–No lo sé –respondió Leo, y después de pensarlo añadió:
–Podría ser.
–¿Podría ser?
Leo Caldas le explicó que días atrás, en el río, había visto una marca en la pierna de Paula que ella había tratado de ocultar: la señal que dejaba en la piel la quemadura del tubo de escape de una motocicleta.
El policía de cabello gris se marchó con su compañero en el coche, aunque varias veces, durante los días que siguieron a la desaparición de Paula, Leo Caldas volvió a verlo dialogando con conocidos de la niña. A todos se dirigía de la misma manera amable que había empleado con él, en aquel tono que invitaba a los demás a hablar.
El dispositivo de búsqueda finalizó una semana después sin haber encontrado a la chica. Según contó Pepe Ris, la policía opinaba que su hermana se había marchado de casa por su voluntad, como tantos adolescentes cada año. Lejos de tranquilizarla, la sospecha de una huida había abatido a la madre, que dos semanas más tarde, martirizada por el remordimiento, aún no salía a la calle.
Los primeros días alguien comentó que habían visto a Paula Ris en un coche rojo camino de Vigo. Otros dijeron que el día de su marcha se aferraba desde atrás a un motorista, con la cabeza embutida en un casco. Quienes vivían más cerca del río recordaban un motor de lancha alejándose en plena noche.
Poco a poco se fueron callando las voces, y a mediados de agosto se hablaba más de la vendimia que de la huida de Paula Ris.



Manuel Trabazo era un médico amigo del padre de Caldas. Aprovechando que tenía el mismo ojo clínico para los enfermos que para los motores, había acudido desde Panxón para arreglar la bomba que habría de trasladar el mosto de la prensa a las cubas de fermentación.
El padre de Leo Caldas le enseñó las otras novedades: unas cubas grandes de acero compradas a precio de ganga que esperaba poder llenar dentro de tres vendimias, tan pronto como dieran vino las cepas injertadas durante el invierno anterior.
Cuando arreglaron la bomba, Trabazo, Leo y su padre montaron en el coche para ir a comer al Casqueiro. Para empezar pidieron anguila frita. Después, huevos de corral con patatas y un chorizo casero que les enrojeció las comisuras de los labios como sangre.
De vuelta a la finca, Leo les acompañó mientras paseaban entre las viñas. Cada pocos pasos, su padre apartaba algunas hojas amarilleadas por el sol para mostrar a su amigo un racimo de uvas casi en su punto de azúcar.
Luego, Trabazo y el padre de Caldas se sentaron en el porche, y Leo se acercó a la cocina. Descorchó una botella y la colocó en una bandeja con dos copas altas. Estaba sirviéndoles vino cuando Evaristo el Cazador se acercó con el coche haciendo sonar la bocina.
El padre de Leo Caldas se levantó y le salió al paso.
–¿Está con usted ese doctor? –preguntó Evaristo, sin apagar el motor, a través de la ventanilla abierta.
–Sí –dijo el padre de Leo, señalando a su amigo.
–La han encontrado –dijo escueto.
–¿La niña de Ris?
Evaristo el Cazador asintió:
–En un cañaveral junto al río, donde el remolino del Uruguayo.
–¿Han avisado a alguien?
–Solo a la Guardia Civil –contestó el cazador.
–Ahora mismo vamos –dijo el padre de Leo Caldas, y el cazador aceleró de forma brusca y se marchó dejándolo envuelto en una nube de polvo.
El padre de Leo y Trabazo se dirigieron al coche. El chico los acompañó.
–Es mejor que te quedes, Leo –sugirió el padre.
Leo Caldas abrió los brazos.
–Haz caso a tu padre, Calditas –insistió Trabazo.
–¿Pero sabéis llegar hasta allí?
Los dos hombres se miraron.
–Está bien –refunfuñó el padre, y Leo Caldas se dejó caer en el asiento de atrás y bajó el cristal apenas unos dedos para dejar entrar aire.



Un perro se había quedado ladrando entre las cañas. Su dueño, después de una espera más larga de lo razonable, se había adentrado a buscarlo. Allí se había tropezado con el cadáver de Paula Ris, sumergido en uno de los charcos del cañaveral.
Trabazo se descalzó, se remangó el pantalón por encima de las rodillas y se adentró entre las cañas siguiendo a Evaristo el Cazador. Regresaron al cabo de unos minutos pidiendo que no se tocase nada. Leo no vio el cuerpo de su amiga, pero oyó al médico comentar en voz baja a su padre que tenía la ropa mal puesta.
–¿Eso qué quiere decir? –preguntó el padre.
–Que la vistieron después de muerta.
–Vaya…
–Ya lo confirmará el forense.
Evaristo el Cazador comentó que las cañas no estaban aplastadas, por lo que la niña no había podido ser arrastrada hasta allí por la corriente. Alguien había cargado con el cuerpo sorteando la vegetación para depositarlo bajo dos palmos de agua, entre aquella masa de cañas lo bastante tupida como para mantener el cadáver oculto e impedir que se moviera.
Unas decenas de metros río arriba el agua no estaba remansada como en el cañaveral. La espuma delataba los remolinos en los que tendía sus redes Miguel el Uruguayo, frente a la pequeña caseta donde se guarecía de la lluvia y el frío en las noches de invierno. Nadie más que él pescaba allí. Pobre de quien se acercase con una red a aquel tramo del río.



Tres coches de la Guardia Civil, detenidos ante la casa de Miguel el Uruguayo, impedían acercarse a la gente. Leo vio a Pepe Ris al otro lado de la carretera. Aguardaba junto a su padre, sus tíos y muchos otros vecinos a que los agentes sacaran de la casa al Uruguayo. Cada poco tiempo surgía del silencio una salva de insultos cargada de rabia.
“Al Uruguayo siempre le gustaron las niñas”, oyó decir a alguien en voz baja, “no hay más que ver a su mujer”.
Leo Caldas quiso orinar antes de acercarse a su amigo y buscó refugio en la parte posterior de la casa. Creyó oír voces al otro lado y acercó un ojo a un resquicio entre dos de las piedras del muro. Dentro estaba aparcado el coche azul de los policías que Leo ya había visto en otra ocasión. Supuso que habría entrado por la cancela, como el tractor, antes de que la gente se arremolinase.
El policía de cabello gris que le había interrogado semanas atrás salió de la casa y se dirigió al coche seguido del Uruguayo. Su compañero sacó unas esposas, pero el del pelo gris hizo un gesto con la cabeza para indicarle que las guardara.
Antes de entrar en el coche, el detenido se volvió hacia la casa. Su mujer se asomó por la puerta. Apretaba a dos niños pequeños contra sus piernas.
Leo oyó murmurar al Uruguayo:
–No deje de buscar al culpable para que yo pueda ver a mis hijos de nuevo.
–Se lo prometo –respondió el del pelo gris.
Uno de los primos de Pepe Ris se acercó por detrás y sorprendió a Leo Caldas mirando por la grieta del muro.
–¿Está ahí? –le preguntó.
–No –mintió Leo Caldas.
Luego se marchó hacia su casa. De camino, unos gritos más exaltados le confirmaron que el coche azul de la policía había partido hacia Vigo con Miguel el Uruguayo en el asiento de atrás.



–Al final lo han cazado –comentó su padre a la hora de la cena.
–Él no fue.
–¿Cómo lo sabes, Leo?
–No fue –repitió, sin decirle que lo había visto en sus ojos desamparados, tan empañados como la copa de vino que su padre bebía. Tampoco le contó que había decidido ser policía y permitir a otros uruguayos ver a sus hijos otra vez.

La tristeza del verano

martes, 15 de febrero de 2011


CUANDO LLEGA LA NOCHE

Como me ocurre, por desgracia, muy habitualmente no tengo tiempo para escribir una entrada medianamente digna para presentar el programa de esta semana. (Siento aludir tan repetidamente a mis obligaciones laborales, pero así es, hay semanas en las que a duras penas extraigo de mis ocupaciones unos minutos libres para esbozar algunas palabras con las que introducir el programa correspondiente).

En fin, el caso es que no hay tiempo para más que para indicar que la emisión de hoy continúa la pauta marcada hace siete días: la noche como eje central de la selección de textos y canciones. Poemas, en la parte literaria del programa, escritos por Antonio Machado, José Manuel Caballero Bonald, Juan Luis Panero, Philip Larkin, Concha García, Miguel D’Ors, José Corredor-Matheos, Javier Ruiz Taboada, Joyce Mansur, Wislawa Szymborska, Piedad Bonnett y Joan Margarit. Y canciones, en nuestra vertiente musical, interpretadas por Mia Doi Todd, Claudine Longet, Adriana Calcanhoto, Lori Donato, Lisa Germano, Richard Hawley, Jane Birkin, Carly Simon, Gianmaria Testa, Julie Peel, Bill Callahan, líder del grupo Smog, y nuestra muy querida y omnipresente en Buscando leones en las nubes Natalie Merchant con una espléndida versión (hay más en el programa, estupenda también la de A night like this, de The Cure), la del Because the night que, escrita por Bruce Springsteen, popularizó Patti Smith.

Natalie Merchant, con el grupo con el que empezó su carrera, los 10.000 Maniacs, abre, obviamente, la sección de vídeos. A continuación, The Cure con ese su A night like this original. En tercer lugar, Richard Hawley con otra canción nocturna distinta a la que interpretó en el programa, Tonight the streets are ours, más una propina, Lonesome town. Por último, Mia Doi Todd canta What if we do, una maravilla que ya emitimos hace años y que os ofrezco ahora a falta de un vídeo ‘decente’ de la también preciosa Last night of winter.

Para ilustrar la entrada os dejo un cuadro genial, Nighthawks, de Edward Hopper. Un cuadro que de manera obvia está muy vinculado a la noche y que ha sido citado en el cine y la música, en infinidad de otros cuadros y fotografías, una obra maestra sobre la que se han escrito infinidad de páginas, recreaciones varias de su atmósfera, imaginativas interpretaciones del hipotético sentir de sus protagonistas. También a mí me sugiere una personal e incluso íntima visión, una lectura subjetiva y algo desmesurada, que dice más de mí que de la propia obra y que ahora -con algo de pudor, lo confieso- me atrevo a ofreceros.

Cuando llega la noche los solitarios imaginan sueños imposibles

Thomas Bernhard, el genial escritor austríaco, decía que todo hombre (sin duda se refería a cualquier ser humano; andémonos con pies de plomo ante las versiones más romas del feminismo, no es cosa de ir abriendo frentes polémicos, ya bastante tengo con lo que hay), todo hombre, digo, quiere a la vez 'pertenecer y que le dejen en paz'. Los dos personajes masculinos principales del cuadro de Hopper recogen esa doble aspiración en la que yo me reconozco, con la que tanto me identifico, y son por ello, en ese sentido, yo mismo (aunque creo que también son cualquiera, de ahí el valor y el reconocimiento universales del cuadro).

Uno, el solitario de la izquierda, quiere que 'le dejen en paz'. Es independiente, muy autónomo, un punto triste, solitario (ya lo he dicho), se lame solo sus heridas, es algo asocial, odia (casi) al género humano. Sentado en la barra del bar, la noche oscureciendo la ciudad, aislado, ajeno a todo, piensa en las vidas que pudo vivir y nunca ha logrado, piensa en sus fracasos, en sus sueños, en sus quimeras, las sólitas cavilaciones nocturnas. Añora la normalidad, haber constituido una familia, tener hijos, llevarlos a correr por el parque, comprarles los libros del colegio cada septiembre, tiene nostalgia de lo que no ha sido, de las mujeres que no ha amado, o más exactamente, de las que ha amado y ha dejado partir. A la vez, es fuerte, está muy seguro de sí mismo, de su independencia conseguida con esfuerzo, ganada a pulso, sabe que la vida es así, uno asume las consecuencias de sus elecciones. Su genuino afán de independencia, su personalidad fortísima, su integridad, su profunda honestidad consigo mismo le han llevado a buscar mujeres hermosas, vivir amores apasionados, perseguir la plenitud que sólo existe en los sueños. Y ha pagado el precio de esa búsqueda valiente y siempre imposible. Es por ello que está sentado, solo, a las tres de la mañana en un anónimo bar en el que no es nadie ni nunca lo será, no es nadie para nadie, nadie le espera, nadie lo acogerá en su soledad, nadie lo recibirá, ahora, en esa madrugada estéril, en su casa un poco triste, otra noche solitaria. Sabe, y lo acepta con entereza, que está condenado a esperar el amanecer solo, sin siquiera el insignificante consuelo de un cuerpo conocido a su lado, sin un pobre abrazo rutinario e insípido y pese a ello tibio. Por eso, muy fugazmente, de reojo, echa una mirada a su izquierda, mira al otro hombre, que cuenta chistes al barman y hace reír a la mujer, y podemos percibir en esa mirada un ligero matiz de envidia, de celos incluso, de añoranza de una felicidad que no es para él, que los azares de la vida no le han dado.

A su lado, el otro gran personaje masculino, el de la derecha (excluyo al
barman, mero comparsa, creo, en esta historia; excluyo, claro, a la mujer, me costaría adoptar la perspectiva femenina... ¿alguien querrá escribir su historia?), sueña también en la noche. Este otro hombre está con su mujer, 'pertenece', tiene un sitio en la vida, su existencia parece completa, realizada, ama a su mujer, ella le ama. Quizá han dejado a sus niños con alguien (en aquella época no sería la abuela; hoy sí), salen a disfrutar de un sábado feliz, la cálida exaltación de una noche acogedora. Conocen al barman, ríen, charlan con él. Del hombre emana la tranquilidad de quien se sabe integrado, de quien conoce su sitio en el mundo, de quien está satisfecho con su espacio vital, con su trayectoria, con sus logros. No piensa en las oportunidades perdidas, en los mundos huidizos que no volverán, no tiene nostalgia de un pasado que se ha difuminado para siempre, no añora otras mujeres, otras vidas, otros mundos, otras experiencias. Está contento, no es conformista, no se ‘conforma’ con lo que tiene, es más que eso: quiere lo que tiene, sigue enamorado de su mujer, que ha sido bellísima y se hace poco a poco mayor a su lado, disfruta con su trabajo, que otros ven como rutina, es feliz. Y sin embargo, a hurtadillas, sin que nadie, ni siquiera su mujer, lo perciba, mira al otro hombre, su entereza, su empaque, su seguridad, su atractiva independencia. Y por un momento, sólo por un momento (una ráfaga de niebla que vela fugazmente su plácida normalidad y que desaparece pronto), desearía tener la oportunidad de otra existencia, cambiar su vida por la de él, hacerla intensa, apasionada, vivir sueños vagamente enloquecidos, recorrer países exóticos, entregarse a causas imposibles en destinos ignotos, afrontar proyectos excitantes, conocer gentes admirables, amar mujeres espléndidas... como imagina que hará el hombre solo de su derecha.

O no… o todo es mentira y ninguno es así. Son unos tipos normales en una situación banal, criaturas nocturnas sumidas en pensamientos triviales, rumiando algún oscuro asunto profesional, burdos papeleos por hacer, ridículas tareas inacabadas, apurando la última copa acostumbrada, pura rutina intrascendente antes del sueño que apaga todos los anhelos. Qué sé yo, siempre proyectamos nuestro mundo en lo que leemos, en lo que vemos, en nuestra interpretación de la realidad… Qué sé yo…

(Al final he acabado escribiendo... En fin... culpemos al poderoso influjo de la noche).




Cuando llega la noche