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martes, 9 de abril de 2024
SIEMPRE AMOR
Buscando leones en las nubes se reencuentra con vosotros tras las dos semanas en que hemos estado ausentes a causa de las vacaciones de Semana Santa. Esta noche, con prisas como de costumbre, os ofrezco la segunda emisión de la serie de dos que, con el protagonismo de la poeta cubana Dulce María Loynaz, os presenté el pasado 18 de marzo.
En el caso del programa de hoy voy a leeros los mismos poemas que salieron al aire entonces, aunque ahora envueltos en una banda sonora totalmente distinta, en un experimento que nunca había llevado a cabo, al menos no de la misma manera, en la larga historia del espacio. En Buscando leones en las nubes sí se ha producido alguna vez un fenómeno parecido, con algunas emisiones que han girado sobre un mismo texto y una misma canción, aunque repetidos -tanto palabras como melodías- en versiones diferentes. Pienso en el fragmento central de Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau, que apareció aquí hace tiempo en dos programas, en una treintena de variaciones, acompañadas de otras tantas interpretaciones -de orígenes, estilos, intérpretes y planteamientos musicales muy diversos- del clásico Les feuilles mortes.
Pero esta vez, el planteamiento es sustancialmente distinto porque, en primer lugar, no se trata de variaciones sino, exactamente, de los mismos poemas que ya configuraron el anterior programa; y porque, además, frente al fondo musical de la primera entrega del ciclo, integrado por boleros cantados por artistas cubanas, cuyo universo sonoro se acomodaba de modo “natural” al tono, el estilo y la apasionada propuesta amorosa de los versos de Dulce María Loynaz, esta noche, en cambio, los temas musicales son más actuales y pertenecen a géneros, el pop, el jazz, el blues, el country y hasta la música folklórica internacional, que, en principio, nada tienen que ver con la realidad de los versos de la cubana, más allá de que unos y otras, poemas y canciones, tienen al amor como motivo principal y lo tratan, cada uno de ellos desde su particular enfoque, con idénticas notas de delicadeza, elegancia y sensibilidad. Sus intérpretes son The Civil Wars, Lola Marsh, Noora Noor, Rosie Carney con Lisa Hannigan, Madeleine Peyroux, Maya Hawke, Dota Kehr, Frazey Ford, Asa, Harry Stiles, Achille au Cœur Leger, Tom Waits con Crystal Gayle, Karen Souza, Amy Winehouse y Melody Gardot.
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martes, 19 de marzo de 2024
LA CANCIÓN DEL AMOR OLVIDADO
Esta semana, Buscando leones en las nubes recupera un programa emitido en diciembre de 2012 cuando se cumplían los ciento diez años del nacimiento en La Habana de Dulce María Loynaz, sin duda una de las mayores poetisas de Cuba y un nombre destacado también de la poesía en castellano. Ahora, y con más de una década transcurrida desde entonces, vuelvo a ofreceros la emisión integrada por una selección de quince de sus poemas de amor en los que brilla el genio y la sensibilidad de una escritora que recibió el Premio Cervantes en 1992.
Para completar la sección musical del programa he pensado en llevar a cabo un singular experimento, consistente en ofreceros los mismos poemas con dos distintos acompañamientos musicales. De esta manera, en el espacio de hoy, el último antes de las vacaciones de Semana Santa, voy a mantener la misma lógica que en la emisión de 2012, consistente en corresponder a la intensidad de los versos de Dulce María Loynaz con la pasión y el desgarro presentes en una selección de boleros interpretados por grandes divas de la música cubana. A la vuelta de la pausa vacacional volveréis a escuchar los versos de la poeta cubana, pero envueltos en otra banda sonora de la que entonces os hablaré con detalle.
Las intensas intérpretes de los temas de hoy son María Teresa Vera, Marion Inclán, Elena Burke, Paulina Álvarez, Marisela Verena, Omara Portuondo, Ela Calvo, Idania Valdés, Moraima Secada, Farah María, Beatriz Márquez, Celeste Mendoza, Liset Alea, Miriam Ramos y Estrella Morente, la única no cubana de la lista, que cierra el programa con su versión de Lily, de Bebo Valdés, incluida en la banda sonora de Chico y Rita, el deslumbrante homenaje a Cuba de Fernando Trueba y Javier Mariscal.
Así os dejamos, una semana más, y os emplazamos a estar con nosotros aquí, el próximo 8 de abril, en una nueva emisión de Buscando leones en las nubes dedicada también a la poetisa cubana. Pasad unas muy buenas vacaciones.
La canción del amor olvidado
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martes, 11 de diciembre de 2012
SI DICES UNA PALABRA MÁS. DULCE MARÍA LOYNAZ
El 10 de diciembre de 1902 nacía en La Habana Dulce María Loynaz, sin duda una de las mayores poetisas de Cuba y un nombre destacado también de la poesía en castellano. Esta semana, ciento diez años después de su nacimiento, dedicamos un programa a su extraordinaria obra con una selección de quince de sus poemas de amor en los que brilla el genio y la sensibilidad de la escritora. Además, con esta estúpida atracción -por la que, lamentablemente, me dejo llevar de continuo- que suscitan las cifras redondas, celebramos también los veinte años de aquel 1992 en el que Dulce María Loynaz recibió el Premio Cervantes, y los quince de su muerte en Cuba, a punto de cumplir los noventa y cinco años, cuando era ya la viejecita entrañable que ilumina este comentario. Al final de esta entrada os ofrezco la crónica que el periodista de El País, Mauricio Vicent, escribió el 9 de noviembre de 1992, con ocasión, precisamente, de la concesión del citado premio a la escritora cubana. Os dejo aquí también el enlace a la interesante y completísima página que el Instituto Cervantes dedica a la vida y obra de la poeta.
Para integrar la sección musical del programa he pensado en corresponder a la intensidad de los versos de Dulce María Loynaz con la pasión y el desgarro presentes en una selección de boleros interpretados por grandes divas de la música cubana. En la emisión suenan así las voces de María Teresa Vera, Marion Inclán, Elena Burke, Paulina Álvarez, Marisela Verena, Omara Portuondo, Ela Calvo, Idania Valdés, Moraima Secada, Farah María, Beatriz Márquez, Celeste Mendoza, Liset Alea y Miriam Ramos. Estrella Morente, la única no cubana de la lista, cierra el programa (y esta entrada) con su versión de Lily de Bebo Valdés, incluida en la banda sonora de Chico y Rita, el deslumbrante homenaje a Cuba de Fernando Trueba y Javier Mariscal.
Dulce María Loynaz asegura que vive la revolución cubana como un paréntesis
La ganadora del Premio Cervantes de 1992, Dulce María de Loynaz del Castillo (La Habana, 1902) es, a sus 89 años, una mujer de corazón puro y convicciones profundas. Siempre disfrutó la soledad y el autoaislamiento, hasta que un día de 1958 decidió recluirse en este palacete del barrio habanero de El Vedado, desde donde explica su postura para con la literatura, la política y el mundo exterior al que se siente hoy menos ajena que ayer.
En la casa señorial donde vive se construyó Dulce María un mundo de ensueño y erudición de donde no ha salido desde hace 35 años: “Creé mi mundo en esta casa quizá porque ya no podía crear otro. Ya no era tan joven, ni tampoco estaba el mundo tan agradable como para que yo repitiera mis experiencias. Tampoco estaba muy agradable mi país, pero al fin y al cabo era mi país, y en él me quedé siempre”. Sus manos son aún muy finas y las mueve con pausas. Igual hace con su pensamiento y su habla cuando se refiere a la historia de Cuba, que, según ella, va mucho más allá de lo sucedido en estos últimos 33 años. “El proceso revolucionario es quizás como un paréntesis, pero uno siempre debe ver a su país como se ve a una madre, que se acepta como es, y siempre con cariño”.
Nunca se abandona a una madre. Y, por supuesto, Dulce María jamás abandonó a Cuba. Su pasado y sus convicciones eran demasiado fuertes. Tanto que cuando Pablo Álvarez de Cañas, su marido, natural de la isla de Gran Canaria, se marchó a Estados Unidos, poco después del advenimiento de la revolución, ella no lo acompañó. “Lo quería mucho y fui muy feliz con él, pero no había justificación para irse”, dice con la voz firme.
Le gusta la prosa, pero en cambio no la novela: “No la desprecio, pero, habiendo otros géneros que pueda cultivar, dejo ése para otros que no tengan tantos elementos”.
Alguna vez dijo que de sus libros prefiere Poemas sin nombre, publicado en Madrid en 1956 e integrado por versos profundos, densos y escuetos. Sin embargo, sólo una hora después de que le llamasen de la Embajada de España en La Habana para notificarle que había ganado el Cervantes, afirma que su mejor obra es Un verano en Tenerife, que ella define como “un libro de viajes sobre la isla donde nació mi esposo y donde yo pasé muchas temporadas en su compañía”.
Dulce no sólo está unida a España porque su marido y el más antiguo poeta de su familia, Silvestre de Balboa, habían nacido en Canarias. Su padre fue el primer embajador de Cuba en España tras la independencia, y España fue el último país que ella visitó, en 1958.
Los Loynaz -todos los hermanos de Dulce María, Flor, Carlos Manuel y Enrique, eran también escritores- tuvieron buenos amigos españoles que en varias ocasiones pasaron por su casa de La Habana, entre ellos, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca. “Juan Ramón era muy serio, muy reconcentrado. A veces parecía que se sentía solo, sin nadie, o que hablaba para él, era una persona muy difícil. Era todo lo contrario a Federico. Federico vino a finales de 1920 y, aunque no se hospedó en casa, venía todos los días pues le gustaba mucho la compañía de mis hermanos. Era más amigo de ellos que mío. Él se burlaba de mis versos, lo cual nunca le perdoné, aunque después le retribuí ese tipo de homenaje burlándome de los suyos”.
La amistad de García Lorca con los Loynaz fue intensa. En los pocos meses que pasó en La Habana, de regreso de Nueva York, Lorca comió y bebió en la “casa encantada” de Dulce María. Allí, en la antigua casona de Línea y 14, el poeta granadino escribió una obra de teatro, El público, cuyo manuscrito le regaló a Carlos Manuel, quien, años más tarde, en un ataque de locura, lo quemó junto a toda su obra. A Flor le dio el original de Yerma, donado por Dulce María al Patrimonio Nacional.
“Para mí era un espíritu muy infantil y por eso nunca lo tomé en serio. Nunca creí en su muerte hasta que ya fue tan evidente que no me pude resistir más a la realidad”.
Desde hace mucho, Dulce María de Loynaz no sale ni viaja. Vive dentro de su casa rodeada de sus libros y sus perros, y dedicada a sus labores de presidenta de la Academia Cubana de la Lengua, institución que radica aquí, entre viejos retratos y miniaturas de marfil.
Tampoco escribe versos desde hace 30 años, ni publica sus libros. Pero eso podría cambiar con la concesión del Premio Cervantes, pues, como dice Dulce María, “este premio es un estímulo. Para que una persona hable tiene que haber un oído que escuche, porque si no uno es como un loco hablando solo”.
“Este premio ha sido una sorpresa maravillosa, una manera de rejuvenecerme, aunque sea por unas semanas o por unos meses. Me siento otra vez joven, como cuando fui a España, que lo era. Allí recibí mucho cariño de los españoles y veo que no se ha perdido, como tampoco lo he perdido yo”.
La casa de Dulce María de Loynaz se llena de gente. Llega su amiga Alicia Alonso, el escritor Miguel Barnet, el ministro de Cultura, Armando Hart. La llaman de todos lados, y ella quiere complacer a todos, pero antes de retirarse dice: “Hay algo muy sutil y muy hondo, / en volver a mirar el camino, / este camino en donde sin dejar huella / se dejó la vida toda”.
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