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martes, 23 de diciembre de 2014

 
CHET BAKER. EL ROCE DE TUS LABIOS
 
Una semana más os damos la bienvenida a nuestra segunda emisión dedicada a Chet Baker con ocasión del octogésimo quinto aniversario de su nacimiento que se cumple hoy, día 23 de diciembre. En la presente edición de Buscando leones en las nubes -la penúltima por este año- podréis escuchar una docena de canciones del músico estadounidense (Almost blue, These foolish things (remind me of you), Everything happens to me, The touch of your lips, I don't stand a ghost of a chance with you, Alone together, You're mine, you, There is no greater love, Like someone in love, My funny valentine, Time after time y My one and only love) acompañando la narración de los últimos momentos de su vida en el espléndido relato que hace Geoff Dyer, en su obra Pero hermoso, de esas horas postreras vividas en el hotel de Ámsterdam desde una de cuyas ventanas Baker se precipitó al vacío, en circunstancias no del todo aclaradas, en mayo de 1988.
 
 
Su última conversación había sido muy simple:
–Me debes pasta.
–Lo sé.
–Último aviso.
–Lo sé.
 
Después los dos se quedaron mirándose varios segundos, satisfechos de la breve poesía del intercambio. Para rematarlo, Manic subió el tono de la amenaza.
–Te doy dos días. Tienes dos días. Dos días, nada más.
Chet asintió: dos días; y el dueto terminó.
 
Chet llevaba seis meses comprándole, y Manic, encantado de tener un cliente de prestigio, había roto su primera norma: no se fía... nunca. Había dejado que Chet se fuera con un par de papelas a crédito dos veces y las dos veces Chet había aparecido con el dinero a los pocos días. De ahí a abrirle cuenta no había un gran paso y, al menos durante un tiempo, Chet pagó puntualmente, y a menudo adelantaba un par de cientos de dólares para futuras compras. Funcionó una temporada y luego Manic tuvo que empezar a recordarle que la deuda se le estaba escapando de las manos... y, de nuevo, un aviso bastaba para garantizar que Chet saldara lo que debía en cuestión de días, a lo sumo de una semana. Luego llegaron al punto de que Chet no solo compraba a crédito, sino que también le pedía dinero prestado. Los intereses fueron acumulándose, las promesas de Chet -mañana, tío, mañana- se habían alargado una semana y su cara parecía el agua que se escapa por el desagüe. De ahí su última conversación.
 
El mismo Manic no se encontraba bien. Por lo que recordaba, llevaba un mes sin dormir, ni dar ni una cabezadita, esnifando sulfato y engullendo anfetaminas hasta acabar con la cabeza como un papel quemado. Hacía tanto que no dormía que notaba que su cerebro se devoraba como el estómago de un hombre muriéndose de hambre, temblaba tanto que prácticamente vibraba. Sus pensamientos estaban convirtiéndose en fragmentos de sueños que duraban un par de segundos, con trama, color y acción.
 
Chet estaba en el Moonstruck tomándose una taza de café oleoso cuando volvieron a encontrarse. Manic lo vio por la ventana, entró, dio la vuelta a una silla y se sentó a horcajadas para poder apoyarse en el respaldo como un sheriff con barriga cervecera en una película del Oeste cuya parsimonia está preñada de amenazas dormidas. Las formas de Manic no tenían nada de soñolientas: estaba flaco como un palo e inquieto como un insecto; cualquier amenaza suya recordaba a un perro asustado. Pidió un café y vació azucarillos en la taza hasta darle la consistencia del pegamento. Le apestaba el aliento y se empeñaba en pegar la cara a la de Chet, obligándole a respirar el hedor. Manic se sentía como si hubiera visto todas las películas del mundo seis o siete veces en una tarde y acabara de salir a la luz del día, impresionado porque el mundo y el sol seguían existiendo. Estaba preguntándose qué hacer, perdido en la intensidad congelada de su cabeza, cuando llegó el desayuno de Chet. Miró cómo salaba la comida y dijo:
–¿Cómo es que nunca sonríes, Chet?                 
–Supongo que he olvidado cómo se hace.
–Te di dos días.
Chet miraba fijamente el estanque muerto del café, donde las luces del techo se reflejaban como destellos de peces brillantes. Un cigarrillo se consumía en el cenicero.
–Hace ocho. Ha pasado dos veces el doble de tiempo –dijo Manic, quitándole el cuchillo de la mano a Chet y clavándolo en la yema del huevo, que embadurnó el plato de amarillo.
 
Antes de entrar en la cafetería sabía que por mucho que quisiera el dinero disfrutaba más de los pequeños rituales amenazadores; si Chet le seguía el juego, decía las frases correctas y contribuía al momento cinematográfico, sabía que le concedería más tiempo para pagar. Sin embargo, ese día Chet parecía indiferente a la pantomima, lo que hizo que Manic se sintiera un idiota.
–¿Lo tienes?                                     
–No.
–¿Vas a conseguirlo, gilipollas?                   
–No lo sé.               
 
Manic asía el cuchillo, Chet el tenedor: como si entre los dos formaran un par de manos. De forma impulsiva, sin ira, desesperado por inyectar algo de energía a esa escena sin vida, Manic le tiró el café a la cara. Chet se estremeció, se secó con la servilleta, el café no estaba tan caliente como para escaldarle. Manic esperó: quizá después le clavara el cuchillo en el ojo, como había hecho con el huevo. Chet siguió sentado, con el desayuno nadando en el charco marrón de café.
 
A Manic no se le ocurría nada que decir ni que hacer. La escena carecía de fuerza. Normalmente un movimiento desencadenaba el siguiente, pero Chet estaba sentado como en un callejón sin salida. Manic miró la mesa, agarró la botella de ketchup por el cuello, la levantó por encima del hombro y le golpeó con ella en la boca como si fuera un bate de béisbol. No porque quisiera hacerlo o porque la situación lo demandara, sino porque no había nada más que hacer. La botella se rompió, salpicó la pared de cristales y salsa espesa. Chet tenía la boca llena de cristales y astillas de los dientes, el tomate sabía a sangre. Sorprendentemente, siguió sentado a la mesa como quien espera el postre con paciencia... hasta que Manic se abalanzó hacia él y la mesa se volcó y Chet acabó en el suelo, recibiendo una tanda de patadas en la cabeza y la mandíbula. Notó que le caía encima la mesa, un plato le rebotó en la cabeza y se estampó contra el suelo, una mano le resbaló en el charco amarillo del huevo. Intentó rodear la mesa a gatas y escapar entre la maraña de patas, pero las patas iban levantándose y cayéndole encima como una avalancha. Con la oleada de gritos y chillidos de los otros clientes le llovió una cascada de agua, más café, un jarrón de flores y un azucarero que salpicó el suelo de cristales blancos.
 
Después la tormenta amainó y se vio atrapado entre las ruinas del túnel de muebles rotos, cortándose las manos con añicos de cristal y de dientes, en un suelo empantanado de ketchup, café y el agua de las flores en cuyo caos flotaban tres tulipanes amarillos. Hizo acopio de todas sus fuerzas y se puso de pie como un hombre saliendo a pulso del fondo de un lago, goteando yema de huevo, trozos de vajilla y tiras de beicon, con la boca desdibujada en la cara. Lo primero que vio fue al camarero a su lado, cafetera en mano, dispuesto a rellenarle la taza; detrás de él, las bocas abiertas de la clientela, paralizadas a medio comerse las tortillas, los bagels, las tortitas. Consciente de que iba a derrumbarse, alargó un brazo y embadurnó la pared con una espantosa huella de la mano antes de salir corriendo por la puerta de la calle, cubierto por los restos de un desayuno de pesadilla. Fuera, San Francisco se empinaba y volvía a caer en un mar de calles como montañas, un autobús amarillo remontaba unas olas inmensas, dirigiéndose hacia él como un transatlántico.
 
Fue en 1972. En 1976 tenía el aspecto que tendría que haber tenido siempre, quizás algo peor. Su cara regresó al terruño, tenía el aspecto que habría tenido de no haber salido nunca de Oklahoma: barba, cazadora Levi’s, vaqueros, camiseta. La clase de tío que veías por todo el Medio Oeste, apoyado en la barra de un bar, charlando de coches y bebiendo Coors a morro, chasqueando los labios cuando una mujer cruzaba la puerta. La clase de tío que habría tardado veinte años en terminar bebiendo en el mismo sitio donde se había tomado la primera cerveza. Trabajando en una gasolinera, escuchando la radio, rodeado todo el tiempo del olor a gasolina, el destello y el brillo de los coches. Mirando a las mujeres de otros mientras limpiaba las manchas y salpicaduras de insectos del parabrisas.
 
Incluso desdentado y con la mirada endurecida por la derrota, incluso entonces los traficantes de imágenes y los yonquis de las lentes le seguían, asombrados por la velocidad a la que había pasado de pálido Shelley del bebop a marchito jefe indio, encantados con la obviedad del proceso, con la parábola del rostro. Si hubieran mirado con más atención se habrían percatado de lo poco que había cambiado la cara, de la constancia de la expresión: el mismo aire inquisitivo y ausente, los mismos gestos. Por eso, a pesar de todo, podías amarle durante treinta años: los rasgos hundidos, los brazos resecos como árboles en invierno, pero la forma de coger una taza de café o un tenedor, la manera de cruzar una puerta o recoger el abrigo, como su sonido, esos gestos seguían siendo los mismos. Los mismos gestos y las mismas poses: el pitillo colgando de los dedos, la trompeta suelta, balanceándose ligeramente en la mano. En 1952 Claxton le fotografió acunando la trompeta, cabizbajo, con el pelo peinado hacia atrás y los ojos mirando con aire de niña a la cámara. En 1987 Weber lo fotografió igual, salvo que los ojos son meras sombras; en todas partes parece estar desapareciendo en la oscuridad, como su voz va apagándose poco a poco, como la trompeta va silenciándose. En 1986 Weber lo fotografió en brazos de Diane, con la cabeza apoyada en su hombro igual que Claxton lo había mostrado con Lilli abrazándolo contra su pecho treinta años antes, con la misma mirada de bebé consolado por su madre, con la misma sensación de entrega.
 
Las canciones se tomaron la revancha: él las abandonaba una y otra vez pero siempre regresaba, siempre volvía con ellas. Así como antes elegía cualquier canción a su antojo y le bastaba susurrar cuatro frases para hacerla llorar, ahora las canciones no sentían nada y no les afectaba su modo de tocar. Levantar la trompeta lo dejaba sin aliento para soplar y cada vez más cantaba las letras de las canciones, con una voz suave y frágil como el cabello de un bebé. A veces acariciaba sus viejas canciones con tanta ternura que recordaban lo que habían sentido en otro tiempo, la facilidad con que sus dedos y su respiración las excitaba; pero sobre todo se apiadaban de él, le ofrecían un cobijo que él apenas tenía fuerzas para aceptar.
 
Dondequiera que iba la gente quería conocerle, hablar con él, contarle lo que su música significaba para ellos. Los periodistas le hacían preguntas tan largas que se contestaban con un simple gruñido afirmativo o negativo. De todas las cosas que nunca le habían interesado, probablemente hablar era la que le dejaba más indiferente. A veces se preguntaba si había mantenido alguna conversación interesante en toda su vida. Aunque le gustaba rodearse de charlatanes, gente que no esperaba que les contestara. Su forma de tocar era lo mismo, un modo de no decir nada, de moldear el silencio, de darle cierto tono. Sonaba íntimo porque era como si alguien se sentara delante de ti, concentrado en lo que se decía, esperando tranquilamente su turno para hablar.
 
En Europa la gente se aferraba a cada una de sus notas, acudían en rebaños porque cada actuación podía ser la última, escuchaban en su música las cicatrices de todo por lo que había pasado. Creían que estaban atendiendo, penetrando en la música, pero en realidad no ponían suficiente atención. Ese dolor no estaba. Simplemente Chet sonaba así. Habría sonado así con independencia de lo que le hubiera pasado. Solo sabía tocar de una manera, un poco más rápido o un poco más lento, pero siempre con el mismo sentimiento: una emoción, un estilo, un tipo de sonido. El único cambio derivó de la debilidad, del deterioro de la técnica... pero ese deterioro del sonido también lo reforzó, le aportó un falso patetismo que no habría tenido si su técnica hubiera sobrevivido a los daños que él mismo se infligía.
 
Quienes veían en su vida la tragedia de una promesa rota, de un talento desperdiciado y una habilidad despilfarrada también se equivocaban. Chet tenía talento, y el verdadero talento se asegura de no dejarse desperdiciar, insiste en su capacidad de florecer. Solo quienes no tienen talento desperdician su talento, pero existe también una clase de talento que promete más de lo que puede alcanzar: viene con esas condiciones. Y tal era el caso de Chet, lo oías cuando tocaba, es lo que le imprime el suspense. Promesas... nunca iba a pasar de ahí, ni aunque no hubiera visto una aguja en su vida.
 
En Ámsterdam no se alejaba del hotel, daba breves paseos y se detenía en los puentes mientras bandas de yonquis desgarbados pasaban arrastrándose, sin saber que su santo patrón los observaba desde las sombras. La ciudad zumbaba a su alrededor: al cruzar la calle miraba a derecha e izquierda cuatro o cinco veces pero constantemente tenía que esquivar a bandazos tranvías, coches pitando y los timbres de viejas bicicletas. Una ciudad hecha de ventanas, que no escondía nada. Pasaba por delante de ventanas enrojecidas por los labios de chicas que le saludaban, viejos comercios que parecían casas, casas viejas que parecían comercios. Apenas hablaba, y cuando lo hacía parecía simple coincidencia que su boca articulara las palabras que flotaban en el aire como la niebla. Sabía que se mantenía artificialmente con vida a la gente mediante equipos de soporte vital y le parecía que en eso se había transformado su cuerpo... y cuando lo apagaran ni siquiera se daría cuenta.
 
De vuelta en el hotel veía trozos de videos, marcaba números de teléfono, fumaba y esperaba, dejando que la habitación se oscureciera a su alrededor. Por la ventana miraba las luces de los cafés que moteaban el canal igual que las hojas, escuchaba las campanas repicando por encima de las aguas negras. El viejo cuento de que al morir ves pasar toda tu vida ante ti. Su vida llevaba pasándole por delante desde que tenía uso de razón, como mínimo desde hacía veinte años, quizá llevara todo ese tiempo muriéndose, quizá los últimos veinte años fueran simplemente el largo momento de su muerte. Se preguntaba si le daría tiempo de regresar de nuevo al hogar, a dondequiera que hubiera nacido, a Oklahoma, de convertirse en una piedra del desierto. Las piedras no estaban muertas, eran la versión pétrea de los peces que permanecen en el lecho del océano fingiéndose otra cosa. Las piedras eran el estado que buscan alcanzar los budistas y los gurús, meditación transformada de acción en cosa. Las ondas de calor eran las señales de la respiración del desierto.
 
Entre el destello de las baldosas del baño se miró en el espejo y no vio nada, ningún reflejo. Se colocó justo delante, miró al frente y no vio ni rastro de su persona, solo las toallas, gruesas y níveas, colgadas detrás de él. Sonrió, pero el espejo no corroboró nada. Una vez más, no tuvo miedo. Pensó en vampiros y no muertos, pero le pareció más bien que había entrado en el reino de los no vivos. Miró fijamente el espejo, recordando los cientos de fotografías suyas repartidas por discos y revistas de todo el mundo. Cogió de la mesa de la habitación principal la portada de un disco que mostraba una fotografía que le había sacado Claxton hacía años en Los Ángeles. De vuelta en el baño, la levantó y miró el reflejo en el espejo. Flotando en el aire, enmarcado por las toallas y las baldosas del lavabo, el espejo lo mostraba sentado al piano, con la cara reflejada en la tapa, perfecto como un Narciso despeinado junto al estanque. Se quedó mirando varios minutos, bajó el disco y, una vez más, solo vio una expansión nevada de toallas.

martes, 16 de diciembre de 2014


CHET BAKER. NACIDO PARA LA TRISTEZA

Esta semana y la de dentro de siete días, os presentamos dos ediciones monográficas centradas en Chet Baker, el trompetista y cantante de jazz de cuyo nacimiento, el 23 de diciembre de 1929, se cumplen dentro de unos días ochenta y cinco años. No hay tiempo, en el corto espacio de esta presentación para dar cuenta siquiera de modo breve de la intensa vida y la notable obra musical del malogrado artista norteamericano. Os recomiendo, en este sentido, dos obras esenciales: una biografía, Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker, escrita por James Gavin, publicada en español por Mondadori hace menos de diez años y hoy prácticamente inencontrable en las librerías, y una película, la magnífica Let’s get lost, dirigida por el fotógrafo Bruce Weber en 1988 y estrenada poco después de que, en mayo de ese mismo año, Baker muriera en condiciones extrañas al caer por la ventana de su habitación en un hotel de Ámsterdam.
 
Para acompañar la selección de temas del músico que aparecerán en esta corta serie de dos programas (Every time we say goodbye, There will never be another you, Everything depends on you, I fall in love too easily, You go to my head, I've never been in love before, It’s always you, You don't know what love is, Tenderly, The thrill is gone y Born to be blue), podréis escuchar, leído por mí en su integridad -aunque obviamente dividido a lo largo de las dos sesiones-, el capítulo dedicado a Chet Baker en Pero hermoso, el espléndido libro de Geoff Dyer del que ya os hablé aquí hace unas semanas y del que podéis leer una completa reseña en el blog de mi otro espacio en Radio Universidad: todosloslibrosunlibro.blogspot.com. En él nos encontramos a Baker en los últimos momentos de su vida recreando algunos episodios de su existencia en la habitación del hotel de Ámsterdam que lo verá morir.
 
 
Se sentó al borde de la cama, tocando flojito, encorvado sobre la trompeta como un científico mirando por el microscopio. Desnudo salvo por los calzoncillos, marcando con un pie un ritmo lento como un reloj en una casa vieja, con la campana de la trompeta casi rozando el suelo. Ella apretó la cara contra su cuello, le abrazó los hombros, deslizó una mano por la curva suave de la columna como si las notas que él tocaba las decidieran los patrones que dibujaban sus dedos en su piel, como si la trompeta y el hombre formaran un único instrumento que ella estuviese tocando con una mano. Los dedos femeninos volvieron a trepar por las muescas de la espalda hasta alcanzar los pelillos afeitados de la nuca de él.
 
La primera vez que ella había escuchado sus discos, su forma de tocar tan frágil y delicada le había parecido casi femenina, modesta hasta el punto de que los solos concluían antes incluso de que te dieras cuenta de que habían empezado. No fue hasta que se hicieron amantes cuando ella aprendió a detectar lo que hacía especial su forma de tocar. Al principio, cuando tocaba así después de hacer el amor, perdida al borde del sueño, había creído que tocaba para ella. Luego comprendió que él nunca tocaba para nadie más que para él mismo. Fue escuchándolo así, acostada con las piernas abiertas, con el semen frío resbalándole de dentro, como entendió, de forma repentina y por ninguna razón evidente, cuál era la fuente de la ternura con la que tocaba: podía tocar con tanta ternura solo porque nunca había conocido la ternura de verdad. Todo lo que tocaba era una suposición. Y tumbada en la cama, observando los valles y las dunas de las sábanas arrugadas, humedecidas por un ligero rocío de sudor, comprendió lo equivocada que estaba al pensar que solo tocaba para él mismo: ni siquiera tocaba para sí... solo tocaba, si más. Justo al contrario que su amigo Art, que volcaba todo su ser en cada nota: Chet no volcaba nada propio en la música y de ahí nacía el patetismo de su interpretación. La música que tocaba se sentía abandonada. Tocaba viejas baladas y standards con una larga serie de caricias que no conducían a nada ni se disolvían en nada.
 
Siempre había tocado así y así tocaría siempre. Cada vez que tocaba una nota se despedía de ella. A veces, ni siquiera se despedía. Aquellas viejas canciones estaban acostumbradas a que la gente que las tocaba las amara y las quisiera; los músicos las abrazaban y las hacían sentirse nuevas, frescas. Chet dejaba a la canción sintiéndose despojada. Cuando él la tocaba, la canción necesitaba consuelo: no era la interpretación la que estaba cargada de sentimiento, sino la propia canción dolida. Notabas que cada nota intentaba quedarse un poquito más con él, se lo suplicaba. La canción misma le gritaba a cualquiera que quisiera escucharla: por favor, por favor, por favor.
 
Y al escucharlo comprendías no solo la belleza, sino la sabiduría que contenían esas canciones. Si las juntabas todas formaban un libro, una guía onírica del corazón. Contenían todo, todas las novelas del mundo no te dirían más sobre los hombres y las mujeres y los momentos que pasan como estrellas fugaces entre ellos.
 
Otros músicos buscaban en las viejas canciones una frase o una melodía que elaborar y transformar, o se colaban en la canción con el saxo. Con Chet la canción hacía todo el trabajo; Chet lo único que tenía que hacer era extraer la ternura maltrecha que escondían todas esas canciones viejas.
 
Por eso nunca tocaba blues. Incluso cuando tocaba un blues en realidad no era tal porque no sentía la necesidad de la fraternidad, de la religión, que implicaba el blues. El blues era una promesa que él nunca podría cumplir.
 
Dejó la trompeta en la cama y fue al baño. Al oír cerrarse la puerta, a ella le sorprendió que incluso esa minúscula despedida estuviera teñida de tristeza. Cada vez que una puerta se cerraba detrás de él parecía una premonición de la separación final, igual que cada nota que tocaba de una canción era una premonición de la última: como si improvisar constituyera una forma de clarividencia, como si tocara elegías al futuro.
 
Era un hombre que daba siempre la impresión de estar yéndose. Quedabas con él y aparecía tres o cuatro horas tarde, o no se presentaba, o desaparecía durante días, semanas incluso, y no dejaba un teléfono ni una explicación. Y lo sorprendente era lo fácil, lo adictivo que resultaba amar a un hombre así, cómo sentías un abandono similar a la compañía: hasta tal punto Chet te acercaba a la soledad con la que todo el mundo carga, la soledad que atisbas en las caras implorantes de los desconocidos en un vagón de metro medio vacío. Incluso después de hacer el amor y de que él saliera de su interior, incluso entonces, minutos después de correrse, ella sentía que lo estaba perdiendo. Cuando algunos hombres te hacían el amor te dejaban en el cuerpo una impronta de pasión que era como un niño creciéndote dentro. Podían desaparecer un año y tu cuerpo seguía sintiéndose lleno de ellos, lleno de su amor. Cuando Chet se iba te sentías vacía, llena de añoranza de él, llena de esperanzas en la próxima vez, la próxima vez... Y para cuando comprendías que nunca podría darte lo que querías, él era lo único que querías. Notó que las lágrimas le entelaban la vista y recordó algo que le había dicho una vez un amigo de Chet sobre su forma de tocar, que el modo en que sostenía las notas te hacía pensar en el momento justo antes de que una mujer se ponga a llorar, cuando su cara desborda belleza como el agua desborda un vaso y darías cualquier cosa por no haberle hecho daño. Su cara es algo tan sereno, tan perfecto que sabes que no puede durar, pero ese instante, más que ningún otro, posee cierta cualidad de eternidad: cuando sus ojos comprenden la historia de todo lo que alguna vez se han dicho hombres y mujeres. Y entonces le dices “No llores, no llores”, consciente de que esas palabras, más que nada en el mundo, la harán llorar...
 
En el cuarto de baño, Chet se echó agua plateada a la cara, se miró en el espejo a través de las gotas de mercurio que le caían entre las manos. Le sostenía la mirada una cara cuyos rasgos parecían controlados por una gravedad interna que tiraba de todo hacia dentro. Hombros encogidos, brazos con moretones y venas rotas. Bajó las manos y vio hacer lo mismo al reflejo, las manos brotaban como astas de las estrechas muñecas. Sonrió y el reflejo le devolvió la sonrisa, una sonrisa espectral sin dientes, solo encías endurecidas.
 
Esta súbita aparición no le asustó. Según sus cálculos podrían haber pasado treinta años desde la primera vez que la vio en el espejo. Para él el tiempo transcurría así. Se podía mantener una nota en la trompeta lo suficiente para que pareciera la eternidad. Mientras duraba parecía que nunca acabaría.
 
Ya había pasado una vez, igual de repentina, mientras se dirigía a pie al local de ensayo una tarde de noviembre de hacía un par de años. Encorvado contra un viento polvoriento entrevió su reflejo vestido de cuero en la fachada acristalada de un edificio de oficinas del otro lado de la calle. Le gustó que ocurriera, le gustó verse reflejado de pronto como otra persona en un largo tapiz de imágenes. La secuencia de reflejos quedó brevemente interrumpida por la entrada del edificio y cuando volvió a mirar le sorprendió ver, en lugar de su reflejo, a un viejo con abrigo de cuero que le devolvía la mirada. Al aproximarse distinguió con más detalle al hombre que se le acercaba arrastrando los pies, devolviéndole la mirada como una amenaza: un rostro surcado por arrugas como de corteza de árbol, barba, pelo largo y ralo, ojos apagados que oteaban el horizonte a un brazo de distancia. Se dirigió al bordillo de la acera y el viejo hizo otro tanto, escudriñando con paciencia el tráfico, dibujando con la boca la misma mueca que había visto en las ancianas europeas, que las hacía parecer familiarizadas con el sufrimiento y los achaques: labios que encerraban el dolor, que jamás dejaban escapar una queja porque entonces tendrían que admitir lo mal que estaban y eso les habría resultado insoportable. Seguro ya de lo que pasaría, saludó al viejo y lo vio remedar simultáneamente su gesto. Entendió con tanta claridad el significado de lo que acababa de ocurrir que ni siquiera tuvo que pensarlo, giró hacia la cara cortante del viento y siguió caminando.
 
Abandonaba a sus mujeres a capricho, a menudo sin ningún motivo. Normalmente volvía con ellas, igual que de vez en cuando regresaba a ciertas canciones. Había dejado a tantas mujeres que a veces se preguntaba si no sería eso lo que las atraía de él: el saber que las abandonaría. Ser completamente egoísta, indigno de confianza, informal... y vulnerable; era la combinación más atractiva del mundo. Una vez se lo había contado a una mujer y ella le había replicado que eso lo sabía cualquiera, que cualquier chulo podría explicártelo.
 
La misma mujer le dijo que leía las manos y las cartas del Tarot y se ofreció a echarle la buenaventura. El tenía veintiocho años y pensó que por qué no. Se sentó enfrente de ella, mirando la bola de cristal de tienda de regalos y las cartas desplegadas a la luz de las velas, fascinado por los colores y la belleza de lo que mostraban: un mundo de imágenes más simples e incluso más generales que las que ofrecían las canciones que él cantaba.
 
– Estas imágenes contienen todas las permutaciones y posibilidades de la vida –dijo ella en tono serio.
 
Él contempló cómo ordenaba la baraja, cómo señalaba una carta primero y luego otra, y escuchó la larga ristra de tribulaciones que le deparaban los próximos veinte años. La dejó terminar, vio que esperaba alguna reacción por su parte, encendió un cigarrillo, expulsó una fina niebla de humo y, apoyando una mano en la rodilla de la mujer, dijo:
 
–Entonces, ¿a qué tantas prisas?
 
Siempre había mujeres... y siempre, una cámara. La industria musical quería promocionar a una estrella blanca en un firmamento mayoritariamente negro y Chet era un sueño hecho realidad. Tenía esa mirada ausente, el toque vaquero, pero también el porte de una chica tímida mirando a la cámara por encima del hombro, escondiéndose de sí misma. Seducía a la cámara, se le entregaba. En el escenario del Birdland, con los ojos cerrados, un brazo colgando sin fuerza, el pelo cayéndole sobre la frente, la trompeta pegada a los labios como una botella de brandy (sin tocar la trompeta, bebiendo de ella, ni siquiera a tragos, solo a sorbos). Con el pecho desnudo, haciendo mohínes en los brazos de Halima, con la trompeta descansando en el regazo de ella. Bolonia 1961, con smoking y pajarita, Carol de negro y con perlas, con hombres que le rozaban los brazos desnudos al pasar, rodeados por los flashes de las cámaras, gentes pisándose, derramando copas y empujándose. Se quedaron solo unos minutos y se abrieron paso entre la muchedumbre de fotógrafos y traficantes de imágenes. Salieron al frío de la noche, notó los duros ángulos de sus huesos en la blandura de los hombros de ella, que le rodeaba la cintura con la mano. Las cámaras seguían ahí cuando unos polis malencarados lo esposaron y lo condujeron a empujones al tribunal de Lucca. Los policías enseguida empezaron a disfrutar de la exposición mediática, sonreían a la cámara mientras cruzaban con él puertas blindadas, posando a su lado mientras Chet miraba al público de fotógrafos que esperaba fuera de la sala, a los flashes que destellaban como aplausos dispersos mientras él permanecía en pie, agarrado a los barrotes con esa intensidad que decía “sacadme de aquí” que todos esperaban. Y seguían esperando cuando salió de la prisión al año siguiente como si apareciera por la puerta VIP del Idlewild.


martes, 23 de septiembre de 2014


LESTER YOUNG. LA COSA ESA DE LA SOLEDAD

La segunda emisión de Buscando leones en las nubes centrada en el universo musical del saxofonista Lester Young con ocasión del reciente aniversario de su nacimiento, hace ciento cinco años, en Woodville, Mississippi, incluye once piezas de nuestro invitado, en las que el saxo de Young suena acompañado por el piano de Oscar Peterson. Nueve de ellas pertenecen al álbum que ambos músicos grabaron en 1952, con la guitarra de Barney Kessel sonando en casi todas. Otros dos temas están entresacados del disco Pres & Sweets, registrado en 1955 por Lester Young con Harry “Sweets” Edison a la trompeta y el mencionado Oscar Peterson al piano.

Entre las magníficas piezas, textos extraídos de Pero hermoso, el espléndido libro de jazz escrito por Geoff Dyer, en el que se repasan las trayectorias vitales y artísticas de nueve nombres capitales de la historia del género, entre ellos el propio Lester Young. En todosloslibrosunlibro.blogspot.com, el blog de mi otro espacio en Radio Universidad, encontraréis una reseña del libro en las próximas semanas. Tras haber presentado la semana pasada la primera parte del artículo del que se han entresacado los fragmentos radiados, hoy os ofrezco aquí su segunda mitad.


Por la mañana vio un cielo tan transparente como el cristal de una ventana. Un pájaro revoloteaba por ahí y Lester volvió la vista para seguir su vuelo antes de que desapareciera por encima de los tejados cercanos. Una vez se había encontrado un pájaro en un alféizar, herido de un modo que no supo determinar: le pasaba algo en un ala. Al cogerlo con las manos notó la calidez palpitante de su corazón y lo cuidó hasta que se curó, le dio calor y lo alimentó con granos de arroz. Cuando vio que el pájaro no recuperaba las fuerzas, llenó un platillo con bourbon y así lo consiguió: después de picotear unos días en el plato, el animal echó a volar. Ahora cada vez que veía un pájaro deseaba que fuera el que había cuidado.

¿Cuánto hacía que se había encontrado el pájaro? ¿Dos semanas? ¿Dos meses? Tenía la impresión de llevar en el Alvin como mínimo diez años, desde que salió de la prisión militar y del ejército. Todo había ocurrido de forma tan gradual que costaba concretar el momento en que había comenzado esta fase de su vida. Una vez había dicho que su interpretación había pasado por tres fases. Primero se había concentrado en el registro alto del saxo, lo que denominaba alto tenor. Y luego en el registro medio, tenor tenor, antes de pasar al tenor barítono. Recordaba haberlo dicho pero no cuándo se habían dado las diversas fases porque los períodos de su vida con los que coincidían estaban muy borrosos. La fase barítona coincidía con su retirada del mundo, pero ¿cuándo había comenzado? Poco a poco había dejado de salir con los colegas con los que tocaba y se había acostumbrado a comer a solas en la habitación. Después había dejado de comer, no veía prácticamente a nadie y apenas salía de la habitación a menos que fuera imprescindible. Con cada palabra que le dirigían se alejaba un poco más del mundo, hasta que el aislamiento pasó de circunstancial a interiorizado, pero en cuanto ocurrió se dio cuenta de que aquello, la cosa esa de la soledad, siempre había estado ahí: siempre había formado parte de su forma de tocar.

Mil novecientos cincuenta y siete fue cuando se vino abajo y acabó en el hospital Kings County. Después se había instalado en el Alvin y había perdido el interés por todo salvo otear por la ventana y pensar que el mundo era demasiado sucio, duro, ruidoso y violento para él. Y el alcohol, al menos el alcohol conseguía arrancarle algunos brillos al mundo. En 1955 lo habían ingresado en Bellevue por la bebida, pero apenas recordaba nada de Bellevue ni de Kings, más allá de la vaga sensación de que los hospitales eran como el ejército excepto que no tenías que hacer todo el trabajo. Aun así, yacer en una cama sintiéndote débil y sin ninguna prisa por levantarte tenía algo agradable. Ah, sí, y lo otro. Fue en Kings donde un joven doctor de Oxford, Inglaterra, le leyó un poema, «Los lotófagos», sobre unos gatos que arribaban a un isla y decidían quedarse allí a drogarse y no hacer nada. Lester se había atrincherado en las cadencias soñadoras del poema, en la sensación lenta y perezosa, en el río que fluía como el humo. El tipo que lo escribió tenía el mismo sonido que él. No recordaba su nombre, pero si alguna vez alguien hubiese querido grabarlo, Lester se habría lanzado a musicarlo, a tocar solos entre los versos. Pensaba mucho en él, en el poema, pero no conseguía recordar las palabras, solo la sensación, como cuando alguien tararea una canción sin recordar bien cómo sonaba.

Fue en 1957. Recordaba la fecha, pero no le servía de nada. El problema estribaba en que no recordaba cuánto hacía desde 1957. De todos modos, en realidad era muy sencillo: había una vida antes del ejército, que había sido plácida, y luego llegó el ejército, una pesadilla de la que nunca había despertado.

Ejercicio al frío del amanecer, hombres cagando a la vista de todos, comida que le revolvía el estómago antes incluso de probarla. Dos tíos peleándose a los pies de su cama, uno golpeando la cabeza del otro contra el suelo hasta que la sangre salpicaba las sábanas y el resto del barracón enardecido a su alrededor. Limpiar las letrinas de color óxido, el olor de la mierda ajena en las manos, vomitar en la taza mientras la limpiaba.

– No está limpia, Young, límpiala a lametones.

– Sí, mi teniente.

Por la noche se desplomaba en la cama, agotado pero incapaz de dormir. Clavaba la vista en el techo, los diversos dolores del cuerpo le dejaban manchas moradas y rojas en los ojos. Cuando dormía soñaba con que estaba de vuelta en la plaza de armas, desfilando lo que quedaba de noche hasta que el golpeteo del bastón del suboficial contra los pies de su cama partía el sueño en dos como un hacha.

Siempre que podía se colocaba: alcohol casero, pastillas, hierba, lo que cayera en sus manos. Si se drogaba a primera hora de la mañana, el resto del día pasaba como un sueño fugaz que terminaba casi antes de empezar. A veces casi le entraba la risa a pesar del miedo: adultos que interpretaban fantasías infantiles, hombres que odiaban el hecho de que la guerra hubiera acabado y estaban dispuestos a prolongarla por cualquier medio.

– ¡Young!

– Sí, mi teniente.

– Negro ignorante de mierda eres un hijoputa.

– Sí, mi teniente.

Ridículo. Por mucho que lo intentara no alcanzaba a comprender a qué propósito se suponía que servía eso de que te gritaran constantemente...

– ¿Estás sonriendo, Young?

– No, mi teniente.

– Dime una cosa, Young. ¿Eres negro o es que te salen morados con facilidad? 

– ¿Mi teniente?

Alaridos, órdenes, exigencias, insultos y amenazas: un delirio de bocas abiertas y voces en grito. Dondequiera que mirase había una boca chillando, una enorme lengua rosa retorciéndose como una pitón, gotas de saliva salpicando por todas partes. A él le gustaban las frases largas, de tallo fino, y en el ejército solo se oían gritos de cabezas rapadas. Las voces semejaban un bastón golpeando metal. Las palabras se agrupaban en puños, vocales-nudillo le atizaban en los oídos: hasta el habla era una forma de acoso. Cuando no estabas desfilando, oías desfilar a otros. Por la noche los oídos le pitaban al recordar los portazos y los golpes de tacón. Todo cuanto oía era una forma de dolor. El ejército era una negación de la melodía y acabó pensando que sería un alivio quedarse sordo, no oír nada, estar ciego, mudo. Carecer de sentidos.

Delante de las dependencias de su unidad había pequeñas tiras de jardín donde no crecía nada. Todo era cemento salvo por esas tiras estrechas de suelo pedregoso, y existían solo para mantenerlas limpias de cualquier forma de vida vegetal. Empezó a considerar que un hierbajo era tan bello como un girasol.

Cielos plomizos, nubes de asbesto. Los pájaros evitaban sobrevolar los barracones. Una vez vio una mariposa y le desconcertó.

Salió del hotel y se dirigió a pie a un cine donde pasaban La legión invencible. Ya la había visto, pero daba lo mismo: probablemente había visto todas las películas del Oeste. La tarde era la peor franja del día, y una película se comía buena parte de ella de un solo bocado. Al mismo tiempo, tampoco quería pasarse la tarde a oscuras viendo películas que transcurrían de noche, películas de gángsters o de terror. En las del Oeste siempre era por la tarde, de modo que podía evitar la tarde y, a la vez, saborearla un poco. Le gustaba colocarse y dejar que las imágenes flotaran delante de él como el sinsentido que en realidad eran. Solía sentarse con los viejos y los enfermos, sin distinguir muy bien a los elegidos de los parias, indiferente a todo lo que ocurría en pantalla salvo al paisaje quemado y a las nubes de las diligencias abriéndose paso por un cielo azul arenoso. No podría aguantar un día sin películas del Oeste, pero mientras estaba viéndolas se moría de ganas de que acabasen, impaciente por que terminara aquella pantomima con resultado amañado para poder volver a salir a la luz del atardecer.

Cuando acabó la película estaba lloviendo. Mientras caminaba despacio de vuelta al Alvin vio un periódico en una alcantarilla, con una fotografía suya. Absorbía lluvia como una esponja, y fue desintegrándose, la humedad hinchó la foto, las palabras se transparentaron en su cara hasta que el periódico se volvió una pasta gris.

En el hospital, después de accidentarse durante la instrucción, lo entrevistó el jefe de neuropsicología: médico, pero también soldado, habituado a tratar con chicos con el cerebro destrozado por lo que habían visto en combate y de limitada compasión cuando trataba problemas de no combatientes. Escuchó secamente las respuestas desquiciadas y absurdas de Young, convencido de que el paciente era homosexual, aunque en el informe dio un diagnóstico más elaborado: «Psicopatía constitucional manifestada a través de la drogadicción (marihuana, barbitúricos), el alcoholismo crónico y el nomadismo... Un problema puramente disciplinario».

En el último momento, a modo de resumen, añadió: «Jazz».

Salieron juntos del bar, Lady con sus pieles blancas, cogida de su brazo como de un bastón. Lady vivía en Central Park, con la única compañía de su perro y con las persianas cerradas para que solo entrara luz filtrada. Una vez Lester había estado en el piso y la había visto dar de comer al perro con un biberón. La observó con lágrimas en los ojos, no porque le diera lástima Lady, sino por pena de él y el pájaro que había levantado el vuelo y lo había abandonado. Lady escuchaba sus discos viejos para oírle a él, igual que él los ponía para oírla a ella.

Esa noche era la primera vez en no sabía cuánto tiempo que quedaba con alguien. Ya nadie hablaba con él, nadie entendía lo que decía aparte de Lady. Se había inventado un idioma propio en el que las palabras solo eran una melodía, el habla una forma de cantar: un lenguaje almibarado que endulzaba el mundo pero incapaz de mantenerlo a raya. Cuando más duro le parecía el mundo, más se suavizaba su lenguaje, hasta que las palabras devenían sinsentidos de bella cadencia, una preciosa canción que solo Lady escuchaba.

Se pararon en la esquina de la calle a esperar un taxi. Taxis... Probablemente entre los dos se habían gastado más dinero en taxis y autobuses que la mayoría de la gente en su casa. Los semáforos colgaban como bellos farolillos de Navidad: rojo perfecto, verde perfecto, contra el cielo azul. Lady atrajo a Lester hasta que el ala de su sombrero le tapó la cara y sus labios le rozaron la mejilla. Su relación dependía de esos pequeños roces: labios picoteándose, una mano en el codo del otro, sostener los dedos de Lester en la mano como si ya no tuvieran suficiente sustancia para arriesgarse a un contacto más firme. Pres era el hombre más delicado que había conocido, su sonido recordaba a una estola alrededor de unos hombros desnudos, no pesaba nada. A Lady le gustaba su manera de tocar más que ninguna otra y probablemente tampoco nadie le gustaba tanto como él. Quizá siempre querías de una forma más pura a las personas que no te habías tirado. Nunca te prometían nada, pero cada instante era una promesa a punto de pronunciarse. Lady le miró a la cara, flácida y gris por la bebida, y se preguntó si sus vidas contendrían la semilla de la ruina desde el nacimiento, una ruina que habían esquivado durante unos años pero de la que nunca escaparían. Alcohol, jaco, cárcel. No era que los músicos de jazz muriesen jóvenes, sencillamente envejecían más rápido. Lady había vivido mil años en las canciones que había interpretado, canciones sobre mujeres maltratadas y los hombres a los que amaban.

Pasó un policía y luego un turista gordo que titubeó, volvió a mirarlos, se decidió a hablar y le preguntó a Lady con acento alemán si era Billie Holiday.

—Eres una de las dos mejores cantantes del siglo —sentenció.

—¿Una de dos? ¿Quién es la otra?

—Maria Callas. Es una tragedia que no hayáis cantado juntas.

—Vaya, gracias.

—Y tú tienes que ser el gran Lester Young —dijo el turista, girándose hacia Lester—. El Presidente, el hombre que aprendió a susurrar con el tenor cuando todos querían gritar.

—Ding-dong, ding-dong —respondió Lester, con una sonrisa.

El hombre lo miró un segundo, carraspeó y sacó un sobre de correo aéreo en el que ambos garabatearon sus nombres. Resplandeciente, el turista les estrechó la mano, anotó su dirección en otro sobre y les aseguró que siempre serían bien recibidos en Hamburgo.

—Europa —dijo Billie, viéndolo alejarse por la calle.

—Europa —dijo Lester.

Paró un taxi justo cuando comenzaba a llover. Lester le dio un beso a Lady y la ayudó a subir, se despidió mientras el taxi se reincorporaba a las luces cambiantes del tráfico.

A unas manzanas del hotel bajó a la calzada y los coches pulularon a través de él como si fuera un fantasma. La verdad es que no tenía ni idea de lo que pasaba, pero cuando alcanzó la acera de enfrente recordó los ojos aterrorizados de los conductores, los frenazos y una mano tocando el claxon hasta que el coche lo atravesó como si no estuviera.

En el consejo de guerra estaba relajado: lo que quiera que pasara no podía ser peor que lo que acababa de vivir. Si tanto problema era, ¿por qué no le daban la patada? Una licencia deshonrosa ya le iba bien. Un psiquiatra lo calificó de psicópata constitucional con escasas probabilidades de llegar a convertirse en buen soldado. Lester terminó asintiendo, casi sonriendo: ah sí, pintaba bien, pintaba muy bien.

Entonces le tocó el turno de testificar a Ryan, tieso como si le hubieran metido un rifle con bayoneta por el culo, y detalló las circunstancias del arresto de Young. Lester no se molestó en escuchar: sus recuerdos de lo ocurrido eran claros como una ginebra a la luz de la luna. Ocurrió tras unas faenas en los cuarteles del batallón y estaba delirando de cansancio, todo le daba igual, estaba tan reventando y agotado que lo dominaba una desesperación rayana con la euforia. Incluso cuando levantó la vista a las paredes ensangrentadas y vio a Ryan de pie delante de él apenas lo asimiló, casi ni parpadeó, todo le importaba una mierda.

—Pareces enfermo, Young.

—Bah, voy colocado.

—¿Colocado?

—He fumado un poco de hierba, me he metido algo para animarme.

—¿Llevas drogas encima?

—Sí.

—¿Me las enseñas?

—Claro. Sírvase si quiere.

Aferrado a sus papeles, el abogado de la defensa escuchó la versión de Ryan y preguntó:

—¿En qué momento se dio cuenta de que el acusado se hallaba bajo los efectos de narcóticos o algo similar?

—Lo sospeché el día mismo que llegó a la compañía.

—¿Qué le hizo sospechar?

—Bueno, su color, señor, y el hecho de tener los ojos inyectados en sangre y no reaccionar a la instrucción como debería.

Pres volvió a desconectar. Pensó en una luz amarilla bañando un campo, en amapolas color sangre cabeceando con la brisa.

Cuando volvió en sí estaba en el estrado, de pie con su uniforme color caca y una Biblia oscura en la mano.

—¿Cuántos años tiene, Young?

—Treinta y cinco, señor.

Su voz flotó por el tribunal como el yate de un niño por un lago azul.

—¿Es músico de profesión?

—Sí, señor.

—¿Ha tocado en alguna orquesta o en algún grupo en California?

—Con Count Basie. He tocado diez años con él.

Para su sorpresa, todos los miembros del tribunal quedaron cautivados por su voz, anhelantes de conocer su historia.

—¿Hace tiempo que toma narcóticos?

—Diez años. Este hace once.

—¿Por qué comenzó?

—Bueno, señor, por la noche teníamos muchos pases únicos. Luego, en lugar de dormir, iba a tocar a otro baile y después me marchaba. Era el único modo de aguantar.

—¿Los demás músicos también los tomaban?

—Sí, todos los que conocía...

Subirse al estrado para testificar era como subirse al escenario a tocar un solo. Llamada y respuesta. Sabía que había captado la atención de la pequeña sala y sus escasos ocupantes, un panda de estirados, pero pendientes de cada una de sus palabras. Como en un solo, tenías que contar una historia, que cantarles una canción que les apeteciera escuchar. Todos le miraban. Cuanto más se concentraban en lo que estaba contando, más pausado y quedo hablaba, dejaba colgando las palabras, se paraba a mitad de frase y los encantaba con su voz cantarina, los encandilaba. De pronto su atención se le antojó tan familiar que esperaba oír el tintineo de los vasos, el crujido del hielo al sacarlo de la cubitera, las volutas de humo y la cháchara...

El abogado militar estaba preguntándole si sabían de su adicción cuando se presentó en la oficina de reclutamiento.

—Seguro que sí, señor, porque antes de alistarme tenían que hacerme una punción lumbar y yo no quería. Cuando me presenté iba colocadísimo y me encerraron, llevaba tal subidón que me quitaron el whisky y me metieron en una celda acolchada y, mientras estaba en la celda, me registraron la ropa.

Las pausas entre las frases, las conexiones que no terminaban de estar, la voz siempre por detrás de lo que quería decir. Dolor y dulce perplejidad en cada palabra. Daba igual lo que dijera, el mero sonido, la manera en que las palabras tomaban forma unas alrededor de otras, conseguía que cada miembro del jurado tuviera la impresión de que le hablaba en privado.

—Cuando dice que llevaba un subidón, ¿a qué se refiere? ¿Se refiere al whisky?

—Sí, señor, al whisky y a la marihuana y a los barbitúricos.

—Cuando habla de ir colocado, ¿podría explicarnos a qué se refiere?

—Bueno, es la única forma que tengo de explicarlo.

—Cuando va colocado, ¿le afecta físicamente?

—Ah, sí, señor. No quiero hacer nada. Me da igual tocar el saxo, me da igual estar con gente...

—¿Le afecta negativamente?

—Solo a los nervios.

Su voz como una brisa que busca el viento.

Seducidos por la voz y odiándose por haber sucumbido a ella, lo sentenciaron a un año en la prisión militar de Fort Gordon, en Georgia. Peor aún que el ejército. Cuando estabas en el ejército ser libre significaba salir del ejército; allí la libertad significaba volver al ejército. Suelos de cemento, puertas de hierro, literas metálicas colgando de la pared por unas gruesas cadenas. Incluso las mantas —bastas, grises— parecían tejidas con limaduras de hierro barridas del suelo del taller de la prisión. En aquel lugar todo estaba ideado para recordarte lo fácil que sería reventarte los sesos. En comparación, el cráneo humano parecía delicado como una gasa.

Portazos, tableteo de voces. El único modo de reprimir los gritos era llorar, y para detener el llanto tenía que gritar. Todo lo que hacías empeoraba la situación. No podía soportarlo, no podía soportarlo... pero lo único que podía hacer era aguantar. No podía soportarlo, pero incluso decirlo era una forma de soportarlo. Se volvió más callado, no miraba a nadie a los ojos, intentó buscar escondites pero no había ninguno, de modo que intentó encerrarse en sí mismo, los ojos le asomaban de la cara como el rostro de un anciano por un hueco entre las cortinas.

Por la noche se acostaba en el catre y contemplaba el fragmento de cielo nocturno que se colaba por el minúsculo ventanuco de la prisión. El tipo de la litera contigua se giró hacia él, con la cara resplandeciendo a la luz amarilla de una cerilla.

—¿Young...? ¿Young?

—Sí...

—¿Estás mirando las estrellas?

—Sí.

—No hay ninguna.

No dijo nada.

—¿Me oyes? No hay.

Aceptó el cigarrillo que le tendía, dio una calada honda.

—Están todas muertas. La luz tarda tanto en llegar hasta aquí que para cuando lo consigue están acabadas. Quemadas. Estás mirando algo que en realidad no está ahí, Lester. Y las que están, todavía no se ven.

Echó el humo hacia la ventana. Las estrellas muertas se nublaron un segundo y luego volvieron a brillar.

Apiló varios álbumes en el tocadiscos y se encaminó a la ventana, a observar cómo la luna baja se escondía detrás de un edificio abandonado. Habían derribado las paredes interiores y a los pocos minutos vio la luna con toda claridad a través de las ventanas rotas de la fachada del edificio. Una ventana la enmarcaba tan bien que parecía que la luna estuviera dentro del edificio: un planeta argentino moteado, atrapado en un universo de ladrillos. Mientras la contemplaba, la luna se alejó de la ventana despacio como un pez, solo para volver a aparecer en otra ventana a los pocos minutos, deambulando lentamente por la casa vacía y, de paso, asomándose a cada ventana.

Una ráfaga de viento lo persiguió por la habitación, las cortinas lo señalaron.

Cruzó el suelo chirriante y vació el culo de la botella en el vaso. Volvió a tenderse en la cama, con la vista clavada en el techo color nube.

Esperó a que sonara el teléfono, convencido de que alguien le comunicaría la noticia de que había muerto mientras dormía. Se despertó sobresaltado y agarró el teléfono silencioso. El auricular devoró sus palabras en dos tragos, como una serpiente. Las sábanas estaban mojadas como algas, la habitación, inundada por una neblina oceánica de neón verde.

Luz diurna y luego otra vez la noche, cada día era una estación. ¿Ya había ido a París o solo lo había planeado? O se iba el mes próximo o ya había ido y había regresado. Rememoró una vez en París, años atrás, cuando había visitado la Tumba al Soldado Desconocido en el Arco del Triunfo, con las inscripciones 1914-1918: cuánto lo entristecía todavía pensar en que alguien hubiera muerto tan joven.

La muerte ya ni siquiera era una frontera, solo algo que cruzaba a la deriva en el trayecto entre la cama y la ventana, cosa que hacía tan a menudo que ya no sabía de qué lado estaba. En ocasiones, como alguien que se pellizca para comprobar si sigue soñando, se tomaba el pulso para ver si estaba vivo. Normalmente no se lo encontraba, ni en la muñeca, ni el pecho, ni el cuello; si escuchaba con atención le parecía captar un latido lento y apagado, como un tambor sordo en un funeral lejano o como un enterrado que golpease la tierra húmeda.

Las cosas estaban perdiendo color, incluso el luminoso de fuera era de un verde pálido. Todo estaba volviéndose blanco. Entonces lo comprendió: era nieve, que caía en la acera a grandes copos, abrazando las ramas de los árboles, extendiendo un manto blanco sobre los coches aparcados. No había tráfico, ningún peatón, nada de ruido. Todas las ciudades tienen silencios así, intervalos de respuesta cuando, aunque sea durante un solo momento en todo un siglo, nadie habla, no suena ningún teléfono, cuando no hay ningún televisor encendido ni ningún coche en marcha.

Mientras se reanudaba el zumbido del tráfico, puso el mismo montón de discos y regresó junto a la ventana. Sinatra y Lady Day: su vida era una canción que se acababa. Apoyó la cara en el cristal frío de la ventana y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la calle era un río negro con los márgenes nevados.
 

martes, 16 de septiembre de 2014


LESTER YOUNG. AGONIZANDO EN UNA HABITACIÓN DE HOTEL

En la emisión de esta semana y en la de dentro de siete días vamos a seguir celebrando homenajes a artistas que, al igual que ocurrió los dos últimos lunes a propósito de los cuarenta y cinco años de la creación del grupo Supertramp, “nacieron” (biológica o “artísticamente”) en agosto y cuyas efemérides no pudieron ser recordadas aquí entonces a causa de nuestro “silencio” durante las vacaciones veraniegas. En este caso el protagonista invitado de Buscando leones en las nubes será Lester Young, nacido en Woodville, Mississippi, el 27 de agosto de 1909, hace ahora ciento cinco años.
 
Entre los dos programas voy a ofreceros una veintena larga de temas del siempre inspirado saxofonista norteamericano. Para la emisión de hoy he elegido once piezas, grandes baladas, extraídas de sus grabaciones para el sello Verve entre 1946 y 1959, recogidas en un fantástico cofre, con ocho CDs espléndidos, que incluyen curiosidades, rarezas, tomas descartadas e incluso alguna entrevista con el músico, presentadas bajo el título The Complete Lester Young Studio Sessions on Verve y que no deberíais perderos.
 
Para acompañar la intensa y profunda música del saxofonista, os leeré fragmentos del capítulo dedicado a Young en un libro excelente, del que tendréis próximamente una reseña en mi espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad y que podréis consultar dentro de unas semanas en el blog del programa, todosloslibrosunlibro.blogspot.com. Se trata de Pero hermoso, su autor es el inglés Geoff Dyer y fue presentado hace unos meses en España por el sello editorial Random House en traducción de Cruz Rodríguez Juiz. En el libro se nos cuentan algunos momentos esenciales de las nada convencionales biografías de siete inmortales músicos de jazz: el propio Lester Young, Thelonius Monk, Bud Powell, Ben Webster, Charlie Mingus, Chet Baker y Art Pepper, con la presencia de Duke Ellington hilando las diferentes historias individuales.
 
Del largo capítulo del libro centrado en Young he eliminado en la emisión -por razones exclusivas de tiempo y de una adecuada organización de la estructura de los programas- los fragmentos que describen su doloroso paso por el ejército, experiencia que marcó la vida del músico y a la que se aludirá de modo lateral, sin embargo, en algunos de los textos que aparecen en las dos ediciones. Igualmente, he prescindido del relato de los episodios vividos por el saxofonista con Billie Holiday, por cuanto la colaboración musical, tan intensa, entre Pres (Presidente), Lester Young y Lady Day, la genial Billie, da para una emisión monográfica que algún día no muy lejano (exactamente, en el programa del 6 de abril de 2015, con ocasión del centenario de "la gran dama del jazz") os ofreceré aquí, en Buscando leones en las nubes. En la narración que une los dos programas vemos al músico encerrado en una habitación de hotel, el Alvin de Nueva York, devastado por el alcohol y las drogas, reflexionando sobre su vida y su música, envuelto en una bruma de tristeza y melancolía, desgranando, confuso y nostálgico, sus recuerdos del pasado, desvaneciéndose, marchito, sin esperanza, aguardando la muerte.
 
No obstante la obligada selección de textos realizada para el programa, os dejaré aquí, en el blog y en dos entregas, el capítulo completo escrito por Dyer, para que podáis disfrutarlo en su integridad.
 
 
Eran las horas tranquilas de la tarde, entre la salida del trabajo de la gente diurna y la llegada al Birdland de los noctámbulos. Contemplaba desde la ventana del hotel cómo una lluvia desganada oscurecía y ensuciaba Broadway. Se sirvió una copa, puso un montón de discos de Sinatra en el tocadiscos… tocó el teléfono silencioso y regresó a la ventana. Enseguida su aliento empañó las vistas. Rozó el reflejo neblinoso como si fuera un cuadro y trazó con el dedo líneas mojadas alrededor de sus ojos, boca y cabeza hasta que lo vio convertirse en una cosa con forma de calavera chorreante que borró con el pulpejo de la mano.
 
Se tumbó en la cama, hundiendo apenas el mullido colchón, convencido de que se notaba encoger, desvanecerse. Por el suelo había platos de comida que apenas había picoteado. Había probado un bocado de esto y quizá una pizca de aquello, y luego había vuelto a la ventana. No comía casi nada, pero no obstante tenía sus preferencias culinarias: su favorita era la comida china, que era de la que dejaba casi todo. Durante mucho tiempo se había alimentado de crema de leche y Cracker Jacks, pero ya ni eso le gustaba. Cuanto menos comía, más bebía: ginebra seguida de un jerez, Courvoisier y cerveza. Bebía para diluirse, para desleírse todavía más. Hacía poco se había cortado un dedo con el borde de un papel y le había sorprendido lo roja y densa que tenía la sangre, que suponía plateada como la ginebra, salpicada de rojo, o pálida, rosácea. Ese mismo día lo habían echado de un bolo en Harlem porque no se tenía en pie. Ahora, incluso levantar el instrumento le agotaba, como si pesara más que él. Probablemente hasta su ropa pesaba más que él.
 
Hawk con el tiempo terminó igual. Fue Hawk quien convirtió el saxo tenor en un instrumento de jazz y definió cómo debía sonar: panzudo, grande, a pleno pulmón. O sonabas como él o no sonabas a nada… que es exactamente como pensaban que sonaba Lester, con su tono liviano como si patinara por el aire. Todos le presionaban para que tocara como Hawk o se cambiara al saxo alto, pero él se daba unos golpecitosen la cabeza y decía:
 
– Aquí dentro pasan cosas, tío. Algunos de vosotros solo tenéis barriga.
 
Cuando improvisaban juntos, Hawk lo intentaba todo para cortarle, pero nunca lo conseguía. En Kansas, en 1934, tocaron sin parar hasta la mañana siguiente, Hawk en camiseta, tratando de volarlo con su tenor huracanado y Lester, desplomado en una silla con aquella mirada distante tan suya y el tono todavía ligero como la brisa después de ocho horas de actuación. Los dos fueron agotando pianistas hasta que ya no quedó ninguno y Hawk se bajó del escenario, arrojó el saxo al asiento trasero del coche y salió disparado hacia el concierto de esa noche en Saint Louis.
 
El sonido de Lester era delicado y perezoso, pero siempre con un algo incisivo. Sonaba como si estuviera a punto de perder el control, sabiendo que no pasaría jamás: de ahí nacía la tensión. Tocaba con el saxo ladeado, y a medida que se adentraba en el solo el instrumento iba desplazándose unos grados de la vertical hasta que terminaba horizontal, como una flauta. Nunca tenías la impresión de que lo levantara él; era más bien como si el instrumento cada vez pesara menos y se alejara flotando (y si tal era su deseo, Lester no iba a impedírselo).
 
Pronto la elección estuvo clara: Pres o Hawk, Lester Young o Coleman Hawkings, dos enfoques. No podrían haber tenido un sonido ni un aspecto más distintos, pero los dos acabaron igual: deslavazados y apagados. Hawk sobrevivía a base de lentejas, licor y comida china y se consumió, igual que le estaba pasando ahora a Lester.
 
Estaba desapareciendo, fundiéndose con la tradición sin ni siquiera haber muerto. Eran tantos los músicos que habían mamado de él que ya no le quedaba nada. Ahora, cuando tocaba, los enterados decían que se arrastraba detrás de sí mismo, que era una triste imitación de otros que tocaban como él. En un bolo donde había tocado mal, un tipo se le acercó y le dijo: «No eres tú, yo soy tú». Adondequiera que fuera escuchaba a gente que sonaba como él. Llamaba a todo el mundo Pres porque se veía en todas partes. Le habían expulsado del conjunto de Fletcher Henderson porque no sonaba como Hawk. Y ahora lo expulsaban de su propia vida porque no sonaba como él mismo.
 
Nadie sabía cantar una canción ni contar un cuento al saxo como él. Salvo que ahora ya solo tocaba una historia, y era la historia de que ya no podía tocar, de que todo el mundo contaba su historia por él, la historia de cómo había acabado allí, en el Alvin, contemplando el Birdland desde la ventana, preguntándose cuándo iba a morir. Era una historia que no comprendía del todo y que ya no le importaba una mierda salvo para puntualizar que comenzaba en el ejército. O comenzaba en el ejército o comenzaba con Basie y terminaba en el ejército. Daba igual. Durante años no había hecho caso de la llamada a filas, confiando en que la vida errante de músico lo mantendría varios pasos por delante del ejército. Entonces, una noche, al bajar del escenario, se le acercó un oficial del ejército con cara de tiburón y gafas de aviador como si fuera un fan que quería un autógrafo y le entregó los papeles de la incorporación a filas.
 
Lester se presentó en la oficina de reclutamiento en tan malas condiciones que veía temblar las paredes por culpa de la fiebre. Se sentó ante tres hoscos oficiales, uno de los cuales ni siquiera levantó la vista del expediente que tenía delante. Hombres de rostro huesudo que sometían sus mandíbulas a un afeitado diario como si fueran botas que lustrar. Pres, con su delicado olor a colonia, estiró las largas piernas y se colocó lo más horizontal que le permitía aquella silla tan dura, como si en cualquier momento fuera a apoyar sus refinados zapatos en la mesa que tenía delante. Sus respuestas, al mismo tiempo ágiles y arrastradas, esquivaban las preguntas. Se sacó un botellín de ginebra del bolsillo interior de la chaqueta cruzada y uno de los oficiales se lo arrancó de la mano, bramando malhumorado mientras Pres, tranquilo y perplejo, decía gesticulando despacio:
 
– Eh, tranquila, señora, que hay para todos.
 
Las pruebas revelaron que tenía sífilis; estaba borracho, fumado, tan colocado de anfetaminas que el corazón le hacía tictac como un reloj… y, sin embargo, no se sabe cómo, pasó el examen médico. Por lo visto, estaban decididos a pasarlo todo por alto con tal de alistarlo.
 
El jazz consistía en crear un sonido propio, en encontrar la manera de distinguirse de todos los demás, de no tocar nunca lo mismo dos noches seguidas. El ejército quería que todo el mundo fuera igual, idéntico, indistinguible, con el mismo aspecto, con la misma mentalidad, que todo fuera igual día tras día, sin cambios. Todo tenía que formar ángulos rectos y bordes definidos. Las sábanas del catre eran tan duras como los ángulos metálicos de la taquilla. Te afeitaban la cabeza como un carpintero cepilla un madero, intentando obtener un cuadrado perfecto. Incluso los uniformes estaban diseñados para remodelar el cuerpo, para fabricar personas cuadradas. Nada curvo ni blando, ni colorido, si silencioso. Costaba creer que en el transcurso de una quincena la misma persona pudiera encontrarse de pronto en un mundo tan distinto.
 
Lester tenía un caminar relajado, cansino, y allí esperaban que desfilara, que marchara arriba y abajo en formación con unas botas que pesaban igual que unos grilletes. Que desfilara hasta notar la cabeza quebradiza, de cristal.
 
– Dale ritmo a esos brazos, Young. Dale ritmo.
 
Que les diera ritmo, él.
 
Detestaba todas las cosas duras, incluso los zapatos con suela de cuero. Le gustaban las cosas bellas, las flores y la fragancia que dejaban en la habitación, el tacto suave del algodón y la seda en la piel, los zapatos que abrazaban el pie: zapatillas, mocasines. De haber nacido treinta años más tarde habría sido camp, de haber nacido treinta años antes habría sido un esteta. En el París decimonónico podría haber sido un decadente fin de siécle, pero allí estaba, atrapado en mitad de un siglo, obligado a ser soldado.
 
Cuando se despertó, el resplandor verde de un neón de la calle que había vuelto a la vida con un parpadeo mientras él dormía inundaba la habitación. Tenía un sueño tan ligero que difícilmente merecía tal nombre, era un mero cambio de ritmo, las cosas se alejaban flotando. Cuando estaba despierto a veces se preguntaba si no estaría dormido, soñando que estaba allí, agonizando en una habitación de hotel…
 
El saxo descansaba en la cama junto a él. En la mesilla de noche había una foto de sus padres, botellas de colonia y un sombrero pork-pie. Había visto una fotografía de unas chicas victorianas con ese tipo de sombrero adornado con cintas. Qué bonito, me gusta, pensó, y lo usaba desde entonces. Herman Leonard había ido una vez a fotografiarle y había terminado por eliminarle del encuadre, había preferido un bodegón del sombrero, la funda del saxo y el humo del cigarrillo elevándose hacia el cielo. De aquello hacía años, pero la fotografía fue como una premonición que estaba más próxima a cumplirse cada día que pasaba mientras Lester iba descomponiéndose en los trozos y retazos por los que la gente le recordaba.
 
Rompió el precinto de otra botella y regresó a la ventana, teñido de verde un lado de la cara por el resplandor de neón. Había parado de llover, el cielo se había despejado. Una luna fría colgaba cerca de la calle. Los habituales comenzaban a llegar al Birdland, estrechando manos y cargados con las fundas de los instrumentos. A veces miraban hacia su ventana y se preguntaban si acababan de verlo limpiando el vaho del cristal con la mano.
 
Se dirigió al ropero, vacío salvo por unos cuantos trajes y camisas y la maraña de perchas. Se quitó los pantalones, los colgó con delicadeza y se acostó en la cama en calzoncillos, con las paredes teñidas de verde plagadas por los ángulos de las sombras de los coches al pasar.
 
– ¡Revista! El teniente Ryan corrió a abrir su taquilla, miró dentro y golpeó con el bastón –la varita mágica, según Pres– la fotografía pegada en el interior de la puerta: la cara sonriente de una mujer.
 
– ¿Es tu taquilla, Young?
 
– Sí, mi teniente.
 
– ¿Y has colgado tú la foto, Young?
 
– Sí, mi teniente.
 
– ¿Notas algo en esta mujer, Young?
 
– ¿Mi teniente?
 
– ¿No te llama nada la atención de esta mujer, Young?
 
– Sí, mi teniente, lleva una flor en el pelo.
 
– ¿Nada más?
 
– ¿Mi teniente?
 
– A mí me parece una mujer blanca, Young, una joven blanca, Young. ¿A ti también?
 
– Sí, mi teniente.
 
– ¿Y te parece correcto que un soldado negro tenga una foto de una blanca en su taquilla?
 
Lester clavó la vista en el suelo. Vio las botas de Ryan todavía más pegadas a él, rozándole los dedos. Otra vaharada en las narices.
 
– ¿Me oyes, Young?
 
– Mi teniente.
 
– ¿Estás casado, Young?
 
– Mi teniente.
 
– Pero en lugar de una fotografía de tu mujer prefieres tener una foto de una blanca para poder pensar en ella cuando te la cascas por la noche.
 
– Es mi mujer.
 
Lo dijo lo más quedo que pudo, esperando despojar la declaración de cualquier posible ofensa, pero la carga del hecho en sí le confería el tono desafiante de un desacato.
 
– Es mi mujer, mi teniente.
 
– Es mi mujer, mi teniente.
 
– Retira la foto, Young.
 
– Mi teniente.
 
– Ahora mismo, Young.
 
Ryan permaneció donde estaba. Para alcanzar la taquilla Lester lo rodeó como a una columna, cogió la cara de su mujer por la oreja y arrancó la cinta adhesiva del metal hasta que rasgó la foto, que se convirtió en un puente de papel tendido entre sus dedos y la taquilla. La dejó colgar de su mano.
 
– Arrúgala... Y tírala a la papelera.
 
– Sí, mi teniente.
 
En lugar de la descarga de adrenalina que normalmente experimentaba cuando humillaba a los reclutas, Ryan sintió lo contrario: se había humillado delante de toda la compañía. La expresión de Young había estado tan desprovista de orgullo y amor propio, tan vacía de todo salvo pena, que de pronto Ryan se preguntó si la obediencia cobarde de los esclavos sería una forma de protesta, de desafío. Se sintió sucio y por eso odió a Young más que nunca. Le ocurría algo similar con las mujeres: cuando se echaban a llorar era cuando más ganas tenía de pegarles. Antes humillar a Young le habría bastado, ahora quería destruirlo. Nunca se había topado con un hombre con menos fuerza, pero convertía la idea de la fuerza y todo lo relacionado con ella en irrelevante, en tonterías. Rebeldes, cabecillas y amotinados, a todos ellos podía responderse: atacaban al ejército de frente, jugaban según sus normas. Por muy fuerte que fueras, el ejército podía doblegarte, pero la debilidad... ante eso el ejército era impotente porque destruía la idea misma de oposición que era la base de la fuerza. Lo único que podías hacer con los débiles era infligirles dolor... y Young iba a sufrir lo suyo.
 
Soñó que estaba en la playa, subía una marea de licor, olas de alcohol transparente rompían por encima de él y chisporroteaban en la arena.