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martes, 9 de marzo de 2021


MIRARÉ A LA LUNA, PERO TE VERÉ A TI 
 
El hilo que une las emisiones de estas últimas semanas, coincidentes, en condiciones normales y no en la anómala excepción provocada por la pandemia, con las ceremonias de entrega de los principales galardones cinematográficos del mundo, es, obviamente, el del universo del séptimo arte. Y es por ello por lo que, a principios de febrero compareció aquí, durante dos lunes consecutivos, Woody Allen, en sendos programas dedicados a su polémica pero apetitosa autobiografía, A propósito de nada

Con la misma lógica cinéfila, hoy llega a su fin una serie, de la cual la que ahora os presento constituye su cuarta entrega, centrada en El paciente inglés, la magnífica creación literaria de Michael Ondaatje, y su no menos espléndida recreación para la gran pantalla, dirigida en 1996 por Anthony Minghella. 

Ambientado en el norte de África, en El Cairo y en la inmensa franja del desierto del Sahara que corta Libia y Egipto, en el libro se entremezclan las peripecias de un grupo de cosmopolitas viajeros e investigadores que, en los años inmediatamente anteriores al comienzo de la Segunda Guerra mundial, rastrean en la inhóspita aridez del desierto, los restos del mítico oasis de Zerzura, con el relato del encuentro de cuatro personajes, entre ellos el conde Lázsló Almásy, uno de aquellos aventureros, que en los días finales de la contienda, coinciden en una villa italiana, tras la precipitada huida hacia el norte de los ejércitos del Reich. 

Entre los muchos planos en los que se desarrolla la novela, uno de los más destacados, quizá su núcleo esencial -lo es, sin duda, en la versión cinematográfica-, es el de la historia de amor, vibrante y turbulenta, entre Almásy y Katharine, la atractiva esposa de Geoffrey Clifton, uno de sus colegas de aventuras y expediciones, integrantes ambos del club Zerzura, como han denominado a su proyecto, a caballo de la seria investigación y el superficial divertimento, que los entretiene y entusiasma en el extremo nororiental de África en aquella época agitada. 

En el espacio de hace siete días -en los dos primeros de la serie el protagonismo recaía en el desierto- asistíamos al deslumbramiento que provoca en el conde la súbita e inesperada aparición de Katharine, al poco de la llegada del matrimonio Clifton al campamento de los expedicionarios. En la sesión de hoy, conoceremos las vicisitudes de ese amor enternecedor e impetuoso, conmovedor y apasionado, irrefrenable, prohibido y a la postre trágico. 

Para acompañar musicalmente los muy bellos textos de El paciente inglés he escogido una selección de doce canciones, todas de la época en la que se desenvuelve la historia, todas interpretadas por mujeres, todas combinando un cierto grado de sofisticada elegancia con dulces notas de melancolía y leves dosis de desolación, con las que espero podáis disfrutar. Así, han sonado las voces de Ivy Benson and Her Girls Band, Helen Ward, Lee Wiley, Lena Horne, Helen Humes, Lil Hardin Armstrong, Ivy Anderson, Ruth Etting, Valaida Snow, Billie Holiday, Maxine Sullivan y Anita O’Day, que despide el programa con Tenderly, un clásico de los años cuarenta del pasado siglo que han interpretado decenas de músicos, Nat King Cole, Sara Vaughan, Oscar Peterson o Rosemary Clooney, entre otros.

Miraré a la luna, pero te veré a ti

martes, 2 de marzo de 2021


LA HISTORIA DE CANDAULO Y SU REINA 
 
Por tercera semana consecutiva, Buscando leones en las nubes se adentra en las páginas de El paciente inglés, la soberbia novela de Michael Ondaatje, ganadora en 1992, año de su publicación, del afamado premio Man Booker, y que volvió a hacerse, en 2018, con el Golden Man Booker Prize que se otorgó entonces con ocasión del cumplimiento de los cincuenta años del galardón. El paciente inglés es también, como hemos recordado desde el inicio de la serie, el título de la película, basada en el libro, que dirigió con éxito -nueve Oscars- en 1996 Anthony Minghella. 

Encerrados en un destartalado convento de monjas en un pequeño pueblo italiano, en los días finales de la Segunda Guerra mundial, coinciden cuatro singulares personajes, el conde Almásy -el paciente inglés del título-, que convalece, al borde de la muerte, de las terribles lesiones -el rostro desfigurado, el cuerpo quemado- causadas al precipitarse su avión en llamas en las arenas del desierto libio; Hana, una joven enfermera canadiense, con una tortuosa, pese a su poca edad, existencia a sus espaldas; Caravaggio, un espía y ladrón de trayectoria vital convulsa; y Kip, un soldado sij que recala en el lugar en su tarea de artificiero, desactivando las innumerables minas que ha dejado el ejército nazi en su precipitada huida. Los recuerdos, los secretos, las ocultaciones, los fracasos, las turbulencias, los sueños, los conflictos internos de los cuatro desvalidos seres se entrecruzarán en una magistral narración, llena de emoción e intensidad, contada con una sobresaliente maestría técnica por un escritor excepcional. 

El núcleo central de libro gira sobre el pasado del conde Lázsló Almásy, que en su múltiple condición de aventurero, expedicionario, espía, profundo conocedor del desierto, infatigable buscador en él del mítico oasis de Zerzura, desarraigado y solitario, se entrega -en la febril alucinación de sus últimos días de vida, cuando la droga que mitiga sus insoportables dolores, nubla sus recuerdos- a la rememoración de sus sueños insatisfechos, de sus esperanzas frustradas, de su odio y su desesperación, de los perdidos días felices, de sus proyectos truncados, de sus heridas, del impacto de la terrible guerra en su alma sensible. 

También, y sobre todo, al recuerdo del amor, del amor exaltado que da sentido a la vida, del amor que se malogra, del imposible, del que arrasa y desarbola y destruye todo cuanto toca, de los celos y el deseo, de la pasión que ilumina un fugaz instante de la existencia y cuyo tenue y declinante fulgor, apenas un pálido y minúsculo destello, servirá para soportar levemente el dolor, la soledad, el sufrimiento, la desolación y el absurdo de sus días presentes, ya menguantes. 

Estamos en 1936. Al campamento en el desierto en el que Almásy y sus colegas de aventuras se preparan para una nueva expedición, llega Geoffrey Clifton, un aviador que se sumará como piloto, mensajero y explorador del terreno al proyecto del grupo de viajeros e investigadores. Geoffrey, sin embargo, no arriba solo, sino que lo acompaña Katharine, su mujer, con la que acaba de casarse y con la que llega en plena luna de miel. El ardiente, impetuoso, exaltado… e imposible amor que surge entre Almásy y Katharine constituye la línea central de la novela y protagoniza la emisión de hoy y la del lunes próximo, que cerrará la serie. 

En una de las primeras noches en el desierto, al calor de un fuego de campaña, Katharine contará a los amigos expedicionarios la historia del rey Candaulo y su joven esposa, un relato extraído del libro de Herodoto que Almásy lleva siempre consigo, repleto de anotaciones y recortes. Ese es el motivo principal que vincula los textos leídos en la emisión, envueltos en música de jazz de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, una banda sonora integrada en su totalidad por piezas que salpican las distintas “escenas” de novela y película y que, estoy seguro, van a entusiasmaros.

Los intérpretes de los temas radiados son Frank Sinatra, Fred Astaire, Duke Ellington, Ben Webster, Django Reinhardt y Stephane Grappelli, Felicia Sanders, Bing Crosby, Glenn Miller, Louis Armstrong, Benny Goodman, Al Bowlly con la Orquesta de Ray Noble, Nat King Cole, Ella Fitzgerald (que interpreta, de nuevo, el Cheek to cheek con el que Fred Astaire nos deleitaba al principio de la emisión) y la Shepheard´s Hotel Jazz Orchestra, que ofrece una romántica versión del clásico Where or when (que sonó también en la pieza inicial del programa, cantada por Sinatra), con un protagonismo principal en la película.

 
La historia de Candaulo y su reina

martes, 23 de febrero de 2021


EL OASIS PERDIDO 

Buscando leones en las nubes ofrece esta semana la segunda edición de la serie de cuatro que desde hace siete días estamos dedicando a El paciente inglés, la imprescindible novela de Michael Ondaatje. 

Su protagonista principal, claramente inspirado en un personaje real, el conde László Almásy, al queveíamos la semana pasada sobrevivir en el desierto tras un terrible accidente aéreo, forma parte de un grupo de amigos (international bastards, “nómadas del espíritu”, como se los denomina en el libro), alemanes, ingleses, húngaros, italianos, egipcios, que a partir de 1930 buscan apasionadamente, en un territorio en las lindes de Egipto, Libia y Sudán, el mítico oasis de Zerzura, en un marco en el que se suceden las expediciones por el desierto, los lances de la guerra, el espionaje, la sofisticación de los clubes nocturnos y una intensa y conmovedora historia de amor -sobre la que girarán las dos últimas emisiones de la serie-, entre reflexiones filosóficas, referencias literarias y apasionantes citas de las páginas de Heródoto. 

Es precisamente esta dimensión de la novela, la que se ocupa de los descubrimientos geográficos, el avance de las caravanas, las escaramuzas bélicas, las aventuras en el desierto, entre dunas y oasis, entre horizontes interminables oscurecidos de improviso por infernales tormentas de un polvo opaco, la que aflora en los textos escogidos para integrar el programa de hoy. 


Entre ellos, como la semana pasada, envolventes e hipnóticas canciones interpretadas por músicos de los países bañados por ese inmenso mar de arena: Hassan Hakmoun con Adam Rudolph, Majid Bekkas, Ali Farka Touré, Talia Issouf, Terakaft, Aziza Brahim con Tarba Bibo, Gigi Shibabaw, Bombino, Abaji y Les filles de Illighadad, las muy talentosas chicas tuareg que ya escuchábamos en el programa del lunes pasado. 


Teníamos que continuar en movimiento. Si te paras, la arena se va acumulando, como en torno a todo lo que esté inmóvil, y te encierra. Te pierdes para siempre. Una tormenta de arena puede durar cinco horas. Hasta cuando, en años posteriores, viajábamos en camiones, teníamos que seguir avanzando sin ver nada. Los peores terrores sobrevenían de noche. En cierta ocasión, al norte de Kufra, nos asaltó una tormenta en la obscuridad, a las tres de la mañana. La tormenta arrancó las tiendas de sus amarras y rodamos con ellas, al tiempo que nos llenábamos de arena —como un barco, al hundirse, se llena de agua—, abrumados, sofocándonos, hasta que un camellero cortó las ataduras y nos liberó. Pasamos por tres tormentas durante nueve días. No dimos con las aldeas del desierto en las que esperábamos obtener más provisiones. El caballo desapareció. Tres de los camellos murieron. Durante los dos últimos días carecimos de comida, sólo teníamos té. El último vínculo con cualquier otro mundo era el tintineo de la tetera ennegrecida por el fuego, la larga cuchara y el vaso que llegaban hasta nosotros en la obscuridad de las mañanas. Después de la tercera noche, dejamos de hablar. Lo único que importaba era el fuego y el mínimo líquido carmelita.

El oasis perdido

martes, 16 de febrero de 2021


UN MAR DE ARENA 

Como anticipábamos hace siete días, al despedir la breve serie de dos emisiones dedicadas a Woody Allen y su autobiografía, A propósito de nada, nuestro programa continua hoy con su contenido cinematográfico a partir de un ciclo, que se prolongará durante cuatro semanas, centrado en un libro excepcional que fue objeto, asimismo, de una deslumbrante traslación a la gran pantalla. 

Estoy hablando de El paciente inglés, la novela, escrita por el canadiense nacido en Colombo, capital de un Ceilán que hoy es Sri Lanka, Michael Ondaatje, que ganó en 1992, año de su publicación, el prestigioso premio Man Booker, que desde 1969 se concede cada año a la mejor novela original escrita en lengua inglesa por un ciudadano de un país perteneciente a la Commonwealth o a la República de Irlanda. Además, el pasado 2018, y ante la entonces inminente celebración de los cincuenta años del galardón, se otorgó el Golden Man Booker Prize, que seleccionó entre las novelas ganadoras de los premios anuales a la más destacada de todas ellas y que fue a parar, también, al libro que, llevado por mi fervoroso entusiasmo, ocupará con carácter monográfico la vertiente literaria de los cuatro programas. 

Uno de los personajes del libro, el paciente inglés de su título, el conde László Almásy, interpretado por Ralph Fiennes, será el protagonista, bien que “estilizado”, “literaturizado”, conveniente y radicalmente reinventado para la ficción, el centro de la película, del mismo título que la novela, dirigida en 1996 por Anthony Minghella; una superproducción que, con un reparto magnífico -el mencionado Fiennes, Kristin Scott-Thomas, Juliette Binoche, William Dafoe, Naveen Andrews y Colin Firth en sus papeles principales-, obtendría nueve Oscars esa temporada. 

El pasado 10 de febrero presenté, en mi otra colaboración con Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro, una completa reseña de la novela, acompañada de un breve análisis del film, a los que os remito ahora para completar mi forzosamente exiguo comentario de hoy. 

Baste decir, para permitiros comprender mejor los textos que a continuación os leeré, que El paciente inglés nos muestra a cuatro personajes “encerrados”, en un par de meses entre la primavera y el verano de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial está llegando a su término, en un antiguo convento de monjas, una espléndida pero desvencijada villa italiana -Villa San Girolamo-, primero baluarte alemán, luego hospital aliado y ahora abandonada y parcialmente destruida, plagada de minas, tras la retirada de las tropas del Reich y el avance del Ejército Britoestadounidense -fuerzas canadienses, británicas y estadounidenses, sobre todo- hacia el norte de la península Itálica. Un enfermo anónimo -el paciente inglés- de imposible identificación pues su deformado rostro -y parte de su cuerpo- está carbonizado tras sufrir gravísimas quemaduras al caer su avión en llamas en el desierto, espera la muerte, al no poder sumarse, por la gravedad de sus lesiones y los dolores atroces que lo asaltan, inmovilizado en su camilla, ni a los convoyes que dejando atrás la Toscana liberada prosiguen su marcha victoriosa, ni a otros pacientes y sanitarios que buscan un lugar seguro en zonas más meridionales. Junto a él, seducida por el enigma que encierra el hermético personaje y progresivamente interesada en cuanto, muy tímidamente, empieza a contar de los intensos avatares de lo que fue su vida, se quedará Hana, una enfermera canadiense de apenas veinte años, que lo cuidará con creciente atracción. En el -pese a lo ruinoso de su estado- idílico paraje comparecerá al poco tiempo Caravaggio, un hombre torturado, de pasado difuso, ladrón “por naturaleza” y espía sobrevenido, antiguo amigo de la familia de Hana a la que conoció con solo dieciséis años en Canadá. Semanas más tarde, arribará a la villa Kip, un zapador sij, que llega a la zona rastreando explosivos y desactivando minas, y que instalará su tienda de campaña en los ahora salvajes jardines de la mansión. 

En la emisión de hoy, asistiremos a las evocaciones del doliente enfermo, que nos llevan a las semanas en que, tras su accidente de aviación, recorrió las regiones septentrionales del desierto libio, en un viaje febril y alucinado, transportado por los nómadas que lo recogieron y cuidaron tras verlo emerger de la bola de fuego en la que se había convertido su avión después de estrellarse en la ardiente arena sahariana. 

Este escenario desértico, inhóspito, hostil e inhumano, justifica mi elección de la banda sonora del programa, una selección de canciones interpretadas por cantantes y grupos de los países del Sahara, en su mayor parte artistas tuaregs, misteriosos habitantes de estos áridos territorios, extremados y solitarios, que propician, que exigen, casi inevitablemente, una música repetitiva, insistente, obsesiva e hipnótica. Nuestros invitados de esta noche son Tinariwen, Fatou Seidi Ghali, Tartit, Faris Amine con Terakaft, Bombino, Les filles de Illighadad, Habib Koité, Mariem Hassan y Tamikrest.

 
Un mar de arena