Bienvenidos a la última edición de Buscando leones en las nubes por este trimestre. Una emisión postrera que cierra también la breve serie de tres dedicados al último libro de Felipe Benítez Reyes, de titulo tan estrafalario como su contenido, El intruso honorífico. Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales y conceptuales del mundo.
Mostrando entradas con la etiqueta Felipe Benítez Reyes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Felipe Benítez Reyes. Mostrar todas las entradas
martes, 31 de marzo de 2020
Y LA VIDA SE NOS VA
Bienvenidos a la última edición de Buscando leones en las nubes por este trimestre. Una emisión postrera que cierra también la breve serie de tres dedicados al último libro de Felipe Benítez Reyes, de titulo tan estrafalario como su contenido, El intruso honorífico. Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales y conceptuales del mundo.
Bienvenidos a la última edición de Buscando leones en las nubes por este trimestre. Una emisión postrera que cierra también la breve serie de tres dedicados al último libro de Felipe Benítez Reyes, de titulo tan estrafalario como su contenido, El intruso honorífico. Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales y conceptuales del mundo.
En la inclasificable obra, el autor gaditano, tan apreciado entre nosotros, recoge varios centenares de muy ingeniosas divagaciones sobre temas diversos, en lo que acaba por ser una suerte de estrambótica enciclopedia de -por fortuna- muy dudosa utilidad práctica, repleta de humor, poesía y genuina erudición. Siendo la literatura -en particular las figuras retóricas- los escritores o los artistas el objeto principal de sus análisis, el libro, no obstante, contiene sugerentes reflexiones sobre otras cuestiones, tanto las que podríamos llamar filosóficas, como otras más o menos mundanas e impregnadas de cotidianidad. Es en esta vertiente más "metafísica" en donde he rastreado para encontrar las nueve nociones sobre las que se construye la emisión de esta noche, que aparecen bajo las rúbricas de Tiempo, Nube, Firma, Aburrimiento, Lógica, Teología, Viajes, Abandono e Inventos.
Entre los fragmentos literarios sonarán otras tantas canciones, alusivas en todos los casos, siquiera sea de forma indirecta o lateral, al tema objeto de la disquisición de Benítez Reyes. Sus intérpretes son Elina Duni, Carolina Deslandes, Terence Trent D’Arby, Ella Fitzgerald, Supertramp, Sandy Denny, Alan Parsons Project, Nick Drake y Vitor Ramil con Marcos Suzano.
En relación con el texto que cierra este comentario os dejo un cuadro magnífico, Los embajadores, de 1533, pintado por Hans Holbein el Joven. Para "entender" el vínculo entre la pintura y el espíritu del fragmento de Benítez Reyes buscad información sobre el cuadro y el sorprendente "misterio" que encierra, sólo descubierto bien avanzado el siglo XX.
Con esta emisión interrumpimos la programación hasta después de Semana Santa. Entonces, exactamente el 13 de abril, saldrá al aire el último espacio que he podido grabar antes de la crisis del coronavirus. A partir de él quién sabe cuándo podremos volver a estar en antena. En cualquier caso, y hasta ese día, os deseo que viváis vuestro encierro de la manera más agradable posible. ¡Muchos ánimos para todos!
Inventos
Nos pasamos la vida inventando excusas para inventar cosas. Y en eso, como en todo, hay jerarquías. Hay quien inventa el submarino, pongamos por caso, y quien inventa el cepillo de dientes eléctrico, hay quien inventa un suavizante para el tejido y quien inventa el telescopio. Pero, en general, casi nadie se va de este mundo sin inventar algo, así sea una receta insólita de tortilla.
Algunos inventos resultan muy prácticos, como por ejemplo el frigorífico, esa especie de ataúd del Yeti que ronronea por las noches, como si tuviera al Yeti dentro, aunque otros resultan preocupantes, como por ejemplo la bomba de hidrógeno, que viene a ser el antídoto contra todos los demás inventos de la humanidad, incluido el concepto mismo de humanidad. Pero no voy a hablarles de inventos materiales, sino de algunos inventos abstractos, no menos sorprendentes y prodigiosos que los que encontramos en las tiendas de electrodomésticos o en los archivos históricos del registro de marcas y patentes.
Hemos inventado, qué sé yo, el alma y, de paso, hemos inventado la inmortalidad del alma, al margen de haber inventado previamente la noción de inmortalidad, que es uno de los inventos más aterradores, porque nos obliga a imaginar algo que excede nuestra imaginación: un tiempo infinito para una conciencia inestable y fugitiva. Hemos inventado la verdad, que nunca sabemos del todo en qué consiste, y hemos inventado la mentira, que interpretamos como una ofensa a la verdad, cuando lo cierto, y lo melancólico, es que hay verdades que hasta mentira parece que sean verdad y que hay mentiras que hasta mentira parece que no sean verdades. Hemos inventado la música para dignificar nuestra condición de seres ruidosos y hemos inventado la literatura para que alguien nos hable de nosotros mismos cuando nos habla de gente que no tiene nada que ver con nosotros, porque se trata, en esencia, de un mercado de quimeras: alguien te cuenta una historia y te presta un disfraz para tu destino. Hemos inventado la astrología para consolarnos de nuestra incapacidad para inventar los astros, que para muchos son invento de Dios, ese otro invento portentoso: unos seres insignificantes imaginan a un ser insomne y omnipresente, omnipotente y omnividente, incorpóreo, infinito y perpetuo. Hemos visto en la luna cambiante el rostro frío de una hechicera. Hemos inventado dioses, semidioses, náyades, dragones y héroes ficticios que decapitan dragones. Hemos imaginado geografías míticas: Eldorado y la Atlántida, la isla de las sirenas fatales y el Paraíso Terrenal. Hemos echado a trotar por un bosque de niebla al unicornio. Hemos inventado los relojes y hemos inventado la prisa. Hemos inventado la ortografía y las faltas de ortografía, el concepto de azar y los juegos de azar, el whisky y la aspirina. Hemos alimentado el sueño de volar y el miedo a volar en los aviones.
Este es nuestro circo etéreo, nuestra rutina mágica. Y la vida se nos va mientras inventamos la vida, porque ese invento, en fin, es el que cuenta.
Etiquetas:
El intruso honorífico,
Felipe Benítez Reyes,
Y la vida se nos va
martes, 24 de marzo de 2020
LA INMENSIDAD DEL MUNDO
(Seguimos encerrados. Seguimos viviendo, con esperanza. Un día más, un programa más. Espero que los disfrutéis)
Esta noche continuamos con la serie que iniciamos hace siete días y que tendrá su conclusión dentro de otros siete, dedicada al último libro de Felipe Benítez Reyes, un escritor muy querido en el programa, hasta el punto de que un fragmento de una de sus novelas encabeza el blog con el que salimos a vuestro encuentro en internet.
(Seguimos encerrados. Seguimos viviendo, con esperanza. Un día más, un programa más. Espero que los disfrutéis)
Esta noche continuamos con la serie que iniciamos hace siete días y que tendrá su conclusión dentro de otros siete, dedicada al último libro de Felipe Benítez Reyes, un escritor muy querido en el programa, hasta el punto de que un fragmento de una de sus novelas encabeza el blog con el que salimos a vuestro encuentro en internet.
El pasado marzo, hace ahora un año, la Fundación José Manuel Lara, que patrocina el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos, otorgó su galardón del año 2019 a El intruso honorífico. Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales y conceptuales del mundo, un delirante y divertidísimo catálogo de conocimientos esféricamente inútiles presentados con la refinada prosa poética y el aguzadísimo humor del gaditano, una recopilación de saberes innecesarios sobre las más variadas cosas del mundo.
Diez de las extravagantes nociones glosadas en la insólita enciclopedia completan el programa de esta noche, entreveradas con otros tantos temas musicales, de orígenes y géneros muy diversos, que solo tienen en común el que sus respectivas letras se vinculan, siquiera sea de un modo lateral o indirecto, al vocablo analizado por el ingenio de nuestro recurrente invitado.
En el programa de esta noche, los conceptos sobre los que han girado las reflexiones de Benítez Reyes aparecen bajo las rúbricas de Canciones, Goma de borrar, Grifo, Reloj, Llave, Panadería, Pez, Juguetes, Juventud y Lectura. Pink Floyd, Aimee Mann, Billie Holiday, Johnny Cash, Jack Johnson, Márcio Faraco, Phil Collins, Gabinete Caligari, Laura Branigan y Nick Lowe son sus, en general, muy conocidos intérpretes.
Lectura
El encuentro de un lector cualquiera con un libro cualquiera resulta imprevisible: lo mismo le aburre que le cambia la vida. Entre un extremo y otro, caben todos los matices posibles, claro está: la indiferencia, la incomprensión, la repugnancia incluso, el disentimiento, el acuerdo o el espanto. En esa conjugación, el lector aporta la historia de su vida: sus ilusiones morales, sus dudas, sus temores, las reverberaciones insospechadas de su conciencia; el libro, por su parte, actúa como reactivo de todo eso, y el resultado del experimento quién lo sabe, ¿verdad? De ahí que el argentino Ricardo Piglia haya podido suponer que la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos.
Abre uno una novela y empiezan a ocurrir cosas: un muchacho amanece transformado en insecto, pongamos por caso, y ya es mala suerte, nos decimos, y sufrimos con él la fantasía de su metamorfosis; o un hombre memorioso e hipocondríaco muerde una magdalena y nota en el paladar toda la esencia del tiempo perdido, la niebla itinerante del pasado, y nos cuenta todo eso a lo largo de miles de páginas repletas de duquesas y de digresiones; o bien alguien se enrola como ballenero y acaba enfrentándose a un monstruo blanco. Abre uno una novela, en fin, y ya está dentro de la barraca de las grandes figuraciones. Y acecha el miedo allí, y el asombro, y las grandes epopeyas, y las pequeñas cosas, y está uno en otro sitio, deambulando por quién sabe dónde, hablando con desconocidos, y padece lo que ellos padecen, y goza lo que ellos gozan, y se desazona con las volutas de la intriga, y oye incluso el mar a través de las páginas que hablan del mar, y todo el ruido del mundo en la descripción de un mercado.
Abres un libro y estás en el libro. Alguien te habla del alma inmortal para que cuides de ella y alguien procura hacerte reír para aligerarte el peso de las sombras del alma, sea inmortal o no, que eso viene a ser lo de menos mientras anda uno por aquí. Alguien te transporta a un castillo transilvano para mostrarte al vampiro Drácula, sediento de vida y sangre, y alguien te transporta al castillo de If para mostrarte al más triste de los cautivos. Alguien, con una voz que viene desde muy lejos, te narra las tribulaciones de los argonautas y alguien, con una voz de hoy, te cuenta una historia de hoy, y ambas voces te resultan nuevas, porque el tiempo de la ficción es una especie de milagro estático: lo que se contó una vez no deja jamás de suceder.
Cuando entramos en una gran biblioteca, nos sobrecoge esa inmensidad de papel que soporta una inmensidad de conceptos, esa inmensidad de conceptos soportada por inmensidades de palabras, esas inmensidades de palabras que están hechas de combinaciones casi infinitas de letras, que por sí solas son nada. Y nos decimos: «Un mundo inabarcable», y es cierto, y sentimos la desazón propia del codicioso, pues quisiéramos acceder a la totalidad del secreto. Pero enseguida esa condición de mundo inabarcable se nos revela no sólo como ineludible, sino también como fascinadora: la literatura está obligada a imitar fragmentariamente la inmensidad del mundo para simular el reflejo total del mundo. Y ya todo se explica. (O casi.)
martes, 17 de marzo de 2020
EL INTRUSO HONORÍFICO
Hoy os ofrezco el primer programa de una serie de tres con la que vamos a terminar el segundo trimestre del año, una serie que tiene a la más reciente publicación, que yo sepa, de un escritor muy apreciado en nuestro espacio, que cuenta con numerosas apariciones en las muchas emisiones, cerca ya de setecientas, que llevamos en nuestra muy dilatada existencia. Se trata de Felipe Benítez Reyes, cuyos poemas y textos entresacados de sus novelas son, como digo, presencia habitual en Buscando leones en las nubes. El escritor gaditano protagonizó, hace un par de años, dos programas monográficos centrados en El azar y viceversa, su espléndida última novela, y, por si todas estas no fueran suficientes muestras de mi devoción por el autor, debo recordaros también ahora que un fragmento de uno de sus libros encabeza igualmente el blog del programa.
Hoy os ofrezco el primer programa de una serie de tres con la que vamos a terminar el segundo trimestre del año, una serie que tiene a la más reciente publicación, que yo sepa, de un escritor muy apreciado en nuestro espacio, que cuenta con numerosas apariciones en las muchas emisiones, cerca ya de setecientas, que llevamos en nuestra muy dilatada existencia. Se trata de Felipe Benítez Reyes, cuyos poemas y textos entresacados de sus novelas son, como digo, presencia habitual en Buscando leones en las nubes. El escritor gaditano protagonizó, hace un par de años, dos programas monográficos centrados en El azar y viceversa, su espléndida última novela, y, por si todas estas no fueran suficientes muestras de mi devoción por el autor, debo recordaros también ahora que un fragmento de uno de sus libros encabeza igualmente el blog del programa.
En mayo del año pasado, Benítez Reyes publicó El intruso honorífico. Prontuario enciclopédico provisional de algunas cosas materiales y conceptuales del mundo, un curioso y algo estrafalario libro que meses antes había obtenido el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos e2019. En su prólogo, de título también “marca de la casa”, El mundo como falta de voluntad y como exceso de representación, se nos proporcionan las claves de su inclasificable contenido. Confiesa el autor que de joven, en 1977, compró en un kiosco de su pueblo La enciclopedia de Novalis, un inacabado proyecto de explicación global y racional del mundo. Con solo diecisiete años y fascinado por el ansia totalizadora del poeta y filósofo alemán, decidió emularlo y llenó un cuaderno de fárragos descabellados y (…) desatinos presuntuosos, que, como es natural, acabó abandonando con el paso de los años.
Tiempo después, cuando cursaba filología hispánica, tuvo que encarar el estudio académico de las figuras retóricas, por lo que, para afrontar con éxito un examen, se puso a la tarea de escribir un tratado que incorporara las definiciones de algunas de ellas (la anadiplosis, la aposiopesis o el quiasmo, por mencionar solo algunas especialmente estrambóticas). El documento fue el germen del libro que ahora tenemos entre manos, concebido entonces como un Prontuario de figuras retóricas para uso escolar y extraterrestre, ampliado luego con un Catálogo de escritores de todos los tiempos y países, y tamizado posteriormente por la lectura de la Nueva enciclopedia, de Alberto Savinio, el hermano del pintor Giorgio de Chirico.
De esa heteróclita mezcla de materiales nace la obra que protagonizará la serie de tres programas que ahora comienzan, un libro que se rige, como afirma su autor, por un lema melancólico: Si no puedes ser el octavo sabio de Grecia, al menos dedícate a divagar. Veintisiete de esas disparatadas definiciones, ocho en la emisión de esta noche, integran la vertiente literaria del ciclo, que se complementa con otras tantas canciones que he seleccionado siguiendo un criterio elemental: cada tema habla del vocablo, la idea o el concepto analizado en el texto, en conexiones no siempre inmediatas aunque sí espero que suficientemente pertinentes y, sobre todo, estimulantes. Sus intérpretes son Adriana Lua, Stacey Kent, Graham Parker, Lisa Stanfield, Rodrigo Leâo con Beth Gibbons, Pino Donaggio, Annie Lennox y Caro Emerald que cierra el espacio con su estupenda versión del clásico de The Mamas and The Papas, Dream a little dream of me.
(Grabados, en algunos casos, desde hace meses, circunstancia que me permite seguir ofreciéndooslos con normalidad, confío en que los programas que, desde hoy y durante las próximas semanas aparecerán en este blog, puedan ayudaros a aliviar el duro aislamiento al que nos obliga la pandemia e, incluso, a vivir con una cierta alegría -siquiera por una hora- la incertidumbre, el temor y la preocupación que conlleva este obligado encierro. Ánimo a todos y confiemos en que, juntos, podamos superar esta difícil situación.)
(Grabados, en algunos casos, desde hace meses, circunstancia que me permite seguir ofreciéndooslos con normalidad, confío en que los programas que, desde hoy y durante las próximas semanas aparecerán en este blog, puedan ayudaros a aliviar el duro aislamiento al que nos obliga la pandemia e, incluso, a vivir con una cierta alegría -siquiera por una hora- la incertidumbre, el temor y la preocupación que conlleva este obligado encierro. Ánimo a todos y confiemos en que, juntos, podamos superar esta difícil situación.)
Etiquetas:
El intruso honorífico,
Felipe Benítez Reyes
martes, 28 de marzo de 2017
… Y VICEVERSA
La emisión de esta semana de Buscando leones en las nubes, que es la segunda y última de la breve serie que comenzamos el lunes pasado, tiene a El azar y viceversa, la hilarante novela de Felipe Benítez Reyes, presentada hace casi un año en la editorial Destino, como protagonista exclusiva.
Al igual que hace siete días, son doce los fragmentos del libro que comparecen en el programa, todos ellos textos repletos de sentido y abiertos a la reflexión, girando, en su mayor parte, sobre el amor y algunos temas adyacentes, como el paso del tiempo y los recuerdos, las ilusiones y los sueños, sobre todo los inalcanzables y los incumplidos.
Entre los divertidísimos, y pese a ello algo tristes, pensamientos del escritor gaditano, os ofrezco una docena de canciones, como de costumbre intimistas y melancólicas, cálidas y deliciosas temas, rezumando belleza y sensibilidad, interpretadas por Eve St. Jones, Madeleine Peyroux, Rokia Traoré, Ben Sidran, Las Migas, Sarah Menescal, Mina, Vince Gill, Marisa Monte con Devendra Banhart, Bob Dylan, Paul Simon y Sara Watkins.
No sé si estará usted de acuerdo conmigo, pero creo que todos llevamos una triple vida, sustentada en tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos. La mezcla de los tres elementos suele resultar bastante mala, aunque conviene mostrarse optimista y hacerse cuanto antes a la idea de equilibrar de la mejor manera posible esa conjugación desconcertante.
Al fin y al cabo, no hay cosa que conozca uno mejor que su vida aparente y que su vida imposible, de igual modo que no hay cosa que cualquiera de nosotros conozca menos que su identidad más recóndita, ya que podemos interpretar nuestras acciones, dilucidar sus razones superficiales, incluso las intermedias, pero no su razón última, que no pasa de ser algo así como el brinco irreflexivo del arlequín: lo que hacemos y pensamos sin tener ni idea de por qué lo pensamos ni de por qué lo hacemos. Y es posible que ahí esté la clave de todo, o de casi todo: la existencia como una sucesión de piruetas aleatorias en el vacío.
Disfrutamos de la facultad de narrarnos, aunque a través de meras anécdotas, y de sobra sabe usted que una anécdota no es más que un entresueño disfrazado de realidad, un jalón pintoresco y más o menos coherente en la gran secuencia del sinsentido. Pero lo radicalmente abstracto, ¿cómo se cuenta? Ni los mejores filósofos sirven del todo para eso. Bien... Por suerte, no puedo creer en la predestinación: desde la cuna, yo iba para víctima colateral de la mecánica insensata del mundo, como la mayoría de la gente, pero el caso es que he sido una persona venturosa y hasta diría que tirando a feliz.
Con el paso inerte de los años, he aprendido algunas cosas, como es natural, y he vivido otras muchas, aunque, según ha demostrado esa ciencia exacta que es la desilusión, el mucho aprender no siempre sirva para la vida ni el mucho vivir enseñe en el fondo nada, ya que todo es un comienzo: cada día nos inauguramos. Los indefinidos. Los reescritos. Un documento con tachaduras y con una escritura urgente, pues la historia de cualquier existencia tiene menos que ver con la caligrafía que con la taquigrafía, y no sé si me explico: esto es el vértigo. Una carrera a ciegas en una casa de cristal, rompiendo cosas. Esto va tan rápido, en fin, que a veces tienes la impresión de que no va a acabarse nunca.
Para empezar, ¿qué sabe un adulto de su niñez? Pues me temo que poco más que un niño de su futuro. Con respecto al tiempo, estamos siempre entre dos fantasmagorías, y lo que nos sucedió ayer por la tarde no es menos neblinoso que lo que habrá de pasarnos mañana por la mañana. De todas formas, si no tiene usted inconveniente, le hablaré durante un rato, así por encima, de esa masa de niebla que he ido dejando atrás, a pesar de que comprendo que la niebla es un mal asunto de conversación.
Etiquetas:
El azar y viceversa,
Felipe Benítez Reyes,
Y viceversa
martes, 21 de marzo de 2017
EL AZAR…
Buscando leones en las nubes vuelve a girar esta semana en torno a una única obra literaria, pues después de las emisiones centradas en Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout, y El camino estrecho al norte profundo, de Richard Flanagan, vamos a dedicar dos programas consecutivos a El azar y viceversa, la magnífica y divertidísima novela de Felipe Benítez Reyes.
En el mes de diciembre pasado, y en mi otro espacio en Radio Universidad, Todos los libros un libro, presenté una extensa reseña sobre el libro del autor gaditano. A ella me remito ahora por si queréis conocer con más detalle los pormenores de la interesante novela. Podéis leerla en el blog del programa, todoslibrosunlibro.blogspot.com.
Os dejo aquí ahora un breve fragmento del libro.
Doce sugestivos fragmentos de esta obra, profundas reflexiones penetradas de un sutilísimo humor, integran la emisión de hoy, en la que se presentan acompañados de otras tantas canciones, todas ellas desenvolviéndose en la tónica melancólica habitual de Buscando leones en las nubes. Las irónicas e inteligentes, las penetrantes y casi siempre muy divertidas palabras del gaditano aparecen así entre las deliciosas canciones de Richard Hawley, Nakany Kante, Van Morrison, Lana del Rey, Lambchop, Fiorella Mannoia, Leonard Cohen, Natalie Merchant, Joan Chamorro con Andrea Motis, Norah Jones, Tekla Waterfield y Corinne Bailey Rae.
«Un día muy lejano, la mar se nos morirá», me decía mi padre, entre la pesadumbre y la videncia catastrofista, y yo imaginaba que el cadáver de la mar sería una superficie mansa y estática, sin oleaje y silente, hasta que fuera consumiéndose, evaporándose hasta la última gota, y dejara al descubierto una planicie sin fin atestada de esqueletos de ballenas y de cascos de embarcaciones náufragas, de calaveras y tesoros, como una tierra novedosa y espectral de promisión. Pero el caso es que la mar sigue ahí, envenenada pero viva, y que mi padre se me murió muy pronto. Lo tengo en la memoria como una especie de presencia volatizada, con esa indefinición de todo lo que se mueve en la línea medianera entre lo fingido y lo verdadero, aunque le dio tiempo a revelarme algunos de los secretos de la mar, que pueden ser insondables si uno no consigue establecer un patrón para ese misterio en movimiento perenne, y en eso la mar se parece mucho a la vida, por lo que ambas tienen de prodigios inestables. El patrón que me sugirió era sencillo, aplicable a la mar inmensa y, por extensión, a las cosas restantes del universo, incluidas las intangibles: dejarme fascinar por todo sin caer en la ansiedad de pretender poseerlo, de querer interpretarlo ni de procurar trascenderlo. («No estamos en el mundo para que nos den un diploma de especialistas en el mundo», me repetía.) Adopté ese patrón y no me ha ido mal, aunque reconozco que con demasiada frecuencia el pensamiento se me va por sus caminos peculiares, que suelen ser los propios de los laberintos.
Miguel Escribano Beltrami, que así se llamaba mi padre, trabajó de muchacho en la tienda de tejidos de mi abuelo y luego apenas un par de años en una caja de ahorros, tarea que complementaba con la de llevar la contabilidad pequeña de algunos comercios. Murió a los treinta y cuatro años, cuando yo tenía doce, y nunca he sabido resignarme a esa esfumación suya tan temprana. Es una figura borrosa de la que me acuerdo casi a diario: una especie de pincelada de humo en el aire, con su traje de alpaca gris —que es con el que casi siempre me lo represento, no sé por qué, ya que tenía otros, claro está— o a veces, más raramente, con la guayabera blanca de los veranos, que venía a ser el disfraz de indiano próspero de casi todos los padres, que con aquella prenda introducían una reminiscencia de ultramar en nuestros meses de calor. El tiempo traza, eso sí, perspectivas deformantes: cuando llega el momento en que recuerdas a tu padre difunto como alguien más joven que tú, la secuencia lógica del tiempo se desarticula y tienes la impresión desatinada de que el huérfano es él. Afortunados, en fin, quienes puedan recordar a sus progenitores como unos viejecillos que se despidieron poco a poco de la vida, porque en esa nostalgia habrá al menos un método, aunque es posible que no menos dolor. Tampoco menos extrañeza: la muerte es siempre rara.
«Un día muy lejano, la mar se nos morirá», me decía mi padre, entre la pesadumbre y la videncia catastrofista, y yo imaginaba que el cadáver de la mar sería una superficie mansa y estática, sin oleaje y silente, hasta que fuera consumiéndose, evaporándose hasta la última gota, y dejara al descubierto una planicie sin fin atestada de esqueletos de ballenas y de cascos de embarcaciones náufragas, de calaveras y tesoros, como una tierra novedosa y espectral de promisión. Pero el caso es que la mar sigue ahí, envenenada pero viva, y que mi padre se me murió muy pronto. Lo tengo en la memoria como una especie de presencia volatizada, con esa indefinición de todo lo que se mueve en la línea medianera entre lo fingido y lo verdadero, aunque le dio tiempo a revelarme algunos de los secretos de la mar, que pueden ser insondables si uno no consigue establecer un patrón para ese misterio en movimiento perenne, y en eso la mar se parece mucho a la vida, por lo que ambas tienen de prodigios inestables. El patrón que me sugirió era sencillo, aplicable a la mar inmensa y, por extensión, a las cosas restantes del universo, incluidas las intangibles: dejarme fascinar por todo sin caer en la ansiedad de pretender poseerlo, de querer interpretarlo ni de procurar trascenderlo. («No estamos en el mundo para que nos den un diploma de especialistas en el mundo», me repetía.) Adopté ese patrón y no me ha ido mal, aunque reconozco que con demasiada frecuencia el pensamiento se me va por sus caminos peculiares, que suelen ser los propios de los laberintos.
Miguel Escribano Beltrami, que así se llamaba mi padre, trabajó de muchacho en la tienda de tejidos de mi abuelo y luego apenas un par de años en una caja de ahorros, tarea que complementaba con la de llevar la contabilidad pequeña de algunos comercios. Murió a los treinta y cuatro años, cuando yo tenía doce, y nunca he sabido resignarme a esa esfumación suya tan temprana. Es una figura borrosa de la que me acuerdo casi a diario: una especie de pincelada de humo en el aire, con su traje de alpaca gris —que es con el que casi siempre me lo represento, no sé por qué, ya que tenía otros, claro está— o a veces, más raramente, con la guayabera blanca de los veranos, que venía a ser el disfraz de indiano próspero de casi todos los padres, que con aquella prenda introducían una reminiscencia de ultramar en nuestros meses de calor. El tiempo traza, eso sí, perspectivas deformantes: cuando llega el momento en que recuerdas a tu padre difunto como alguien más joven que tú, la secuencia lógica del tiempo se desarticula y tienes la impresión desatinada de que el huérfano es él. Afortunados, en fin, quienes puedan recordar a sus progenitores como unos viejecillos que se despidieron poco a poco de la vida, porque en esa nostalgia habrá al menos un método, aunque es posible que no menos dolor. Tampoco menos extrañeza: la muerte es siempre rara.
Etiquetas:
El azar,
El azar y viceversa,
Felipe Benítez Reyes
martes, 28 de junio de 2011
LA VOZ INÚTIL QUE SUENA EN LA NOCHE VACÍA
Esta edición postrera de Buscando leones en las nubes, la última ‘oficial’ del curso 2010-2011 (os dejaré alguna emisión antigua a lo largo del mes de julio; ya iré contándoos mis planes), se articula a partir de la cita de Felipe Benítez Reyes, el escritor gaditano, que encabeza este blog. En una de sus novelas, El novio del mundo, altamente recomendable, la mejor, a mi jucio, de todas las suyas, el personaje principal, un desternillante Yéremi Alvarado, policía, vidente y perpetrador de un programa pirata de radio, entre otras muchas delirantes ocupaciones, pronuncia acerca de sus afanes radiofónicos las palabras bajo las que encuadramos las distintas entradas de esta página: No sé cuánta gente oirá mi programa. A veces sospecho que no está oyéndolo nadie, lo que se dice nadie: cero personas en total, y eso me produce una sensación de afantasmamiento: la voz inútil que suena en la noche vacía. Y entonces me siento como un turista belga que tocase el acordeón o similar en mitad del desierto de Nafud o similar.
El divertido a la vez que melancólico texto de Felipe Benítez Reyes, resulta absolutamente autobiográfico (autobiográfico ‘mío’ -si tiene sentido la expresión-) pues relata sin duda mi propia vida, mis propias sensaciones, mi propia experiencia cada vez que se abre el control, se enciende la lucecita roja en este estudio y salimos al aire.
Siempre tengo, al hacer el programa, una impresión general de extrañeza, de una relativa soledad, soy un fantasma que vaga por las ondas, la voz inútil que suena en la noche vacía. Y, a la vez, quiero seguir hablando, quiero seguir tendiendo puentes, quiero seguir lanzando mis propuestas a una audiencia desconocida y anónima que, tan a menudo, ni sé si existe. Pero es por ello por lo que la cita no es casual, porque lo que ella dice, o más bien lo que yo mismo quiero leer en ella es una de las verdades de mi vida: la necesidad de las palabras, de las voces que cuentan historias, la inexorable condición narrativa del destino del hombre (al menos del mío), un destino que quizá no es otro que el seguir contando, relatando, hablando, intentando transmitir, comunicar, aun a sabiendas de la inutilidad de tal tarea, aun siendo consciente de la radical imposibilidad de ser entendido, de llegar de verdad al otro. De todo ello trata, en consecuencia, esta última emisión de Buscando leones en las nubes por este curso.Así, todos los textos que he leído constituyen variaciones de esa misma idea: los relatos que se cuentan, que nos contamos, las palabras dichas fervorosamente, la infinidad de cuentos que llenan nuestras vidas, la necesidad de narrar, las historias que hablan de lo prodigioso, la ficción que nos mantiene vivos, la hermosura de las fábulas, la indispensable invención de mundos que pueblan nuestras existencias, las voces que hablan, que siguen hablando aunque nadie las escuche, y hablan y hablan y hablan... León Felipe, John Maxwell Coetzee, Jean Claude Carrière, Gustavo Martín Garzo, Sijie Dai, Leonardo Padura, Olivier Rolin, Elio Vittorini, Enrique Murillo, Salman Rushdie, Jonathan Safran Foer y John Banville son los autores de los magníficos textos.
Unos textos aderezados con estupendas canciones, siempre en la onda intimista y relajada marca de la casa, made in Buscando leones en las nubes. Doce maravillas interpretadas por Natalie Merchant, Damien Rice, Stranded Horse, Hindi Zahra, Márcio Faraco, Low, Stacey Earle, The Unthanks, Shammi Phitia, Badly Drawn Boy, Erik Truffaz con Sophie Hunger y Rodrigo Leão con Sonia Tavares. De algunos de ellos tendréis ración doble pues aparecen en los vídeos seleccionados. Son los casos de Stranded Horse, Low, The Unthanks y Márcio Faraco.
Nos vamos por este curso, pero aunque, como dice Niall Williams (y tiene razón), el mundo está hecho de aroma, sabor y tacto, no de palabras, volveremos la temporada que viene para seguir hablando, para seguir contando historias, para seguir intentando llegar a vosotros, a esos dos o tres, o quince o cien que nos escucháis, pendientes del pálpito de nuestra voz, del encantamiento de la música, en definitiva, de la fascinación de la radio y la pasión por comunicar. A todos vosotros, oyentes fieles, Buscando leones en las nubes os desea un excelente verano.
La voz inútil que suena en la noche vacía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




