martes, 15 de mayo de 2012


LEER A SU LADO

Con la Feria del libro recién terminada en la ciudad, Buscando leones en las nubes dedica, como es ya norma no escrita en nuestra pequeña historia, una emisión a celebrar el placer de la lectura, la satisfacción inmensa que los libros proporcionan a nuestras vidas. En ella, como en otras ocasiones similares, os presento una selección de textos breves, escritos por grandes nombres de la literatura -y por otros que no lo son tanto-, que tienen al libro como objeto y en los que se resaltan, como digo, los benéficos efectos que la lectura produce. Llevo años recopilando citas sobre libros, impresiones, pensamientos, reflexiones acerca de las virtudes y los vicios (pocos) que conlleva la lectura, sobre las posibilidades que ofrece para el entretenimiento y la diversión, para el aprendizaje y el conocimiento del mundo, para el crecimiento personal y el disfrute, para paliar las penas de la vida y para multiplicar sus maravillas. De ese amplísimo arsenal de referencias entresaco cada año una docena para completar con ella una nueva emisión “libresca”. En el caso del programa de esta semana, son Gustave Flaubert, James Wood, Alan Bennett, Orham Pamuk, Antonio Muñoz Molina, Emili Teixidor, Javier Cercas, Ricardo Piglia, Enrique Vila-Matas, Josefina Aldecoa, Mario Vargas Llosa y Gustavo Martín Garzo los responsables de las amenas y profundas consideraciones en torno a los libros.

Como complemento a las citas literarias, he escogido esta vez la música recogida y delicada, plena de sensibilidad, intimista, bellísima, surgida íntegramente de la voz y de las manos de la cantante y pianista Diana Krall, con respecto a la cual vengo anunciando desde hace meses mi intención de dedicarle algún programa monográfico. Pues bien, ese momento ha llegado, y por partida doble, pues dentro de siete días también protagonizará en su integridad la vertiente musical del Buscando leones en las nubes de esa semana. En la emisión que ahora os presento podéis escucharla interpretando un puñado de grandes y deliciosos clásicos (con profusión de “yous” en su título; altruísta, la chica): Why should I care, How deep is the ocean (How high is the sky), Almost blue, The boulevard of broken dreams, When i look in your eyes, Baby, baby all the time, If i had you, I'll string along with you, I remember you, Exactly like you, Gee baby, ain't i good to you y I miss you so. De todos ellos, he escogido la nostalgia de The boulevard of broken dreams para cerrar esta entrada con una muestra “en vivo” del talento de Diana Krall.

Como magnífico broche final del programa os dejo a continuación con un apasionado texto (que no sé si ya he ofrecido aquí en alguna otra ocasión, mi memoria al borde del colapso) de Elvira Lindo, tan querida en Buscando leones en las nubes. Tan querida (hablo de sentimiento y emoción), y tan valorada (y me refiero ahora a lo racional), pues sus comentarios son por lo habitual atinados, sus análisis con mucha frecuencia lúcidos, y sus puntos de vista siempre carentes de prejuicios y radicalmente libres. Leer a su lado es el título del breve e intenso y genial artículo, que yo he encontrado en el blog de la madrileña, en una entrada del 23 de septiembre de 2008.


Leer a su lado

Leer. Leer sin ganas. Leer por aburrimiento. Leer para no hacer ruido. Leer para dejar que tu padre duerma la siesta. Leer porque no te dejan poner la tele. Leer porque ya nadie quiere contarte un cuento. Leer porque te han castigado sin salir. Leer porque estás en la cama con fiebre. Leer porque estás solo. Leer porque imitas a tus hermanos mayores. Leer porque lo hace tu madre. Leer libros para niños. Leer novelas que no te dejan leer. Leer hasta que te apagan la luz. Leer sin leer, pensando en otra cosa. Leer en la biblioteca. Leer todos los libros de la biblioteca infantil. Leer porque tu hermana lee en la cama de al lado. Leer libros de Tintín en casa de tu abuelo. Reír porque tu tía llora con una novela. Llorar porque te da pena el abominable hombre de las nieves. Leer y leer y leer cinco líneas sobre sexo. Leerlas y leerlas una vez más. Leer porque quieres estar solo. Leer porque te sientes solo. Leer porque te crees distinto. Leer para encontrar almas gemelas. Leer aquello que aún no has vivido. Leer para llenarte la cabeza de pájaros. Leer para presumir. Decir que has leído un libro que no has leído. Resumir libros en literatura que no has leído. Sacar buenas notas en literatura haciendo resúmenes de libros que no has terminado. Leer para imitar lo que has leído. Leer para fardar. Leer para ligar. Leer para consolarte de un abandono. Leer por falta de planes. Leer por falta de amor. Leer porque se ha ido con otra. Leer para que no digan. Leer mientras esperas. Leer sentado en el wáter. Leer para dormirte. Leer para poder hablar con él. Leer el libro que él te recomendó. Leer para sorprenderle. Leer por puro gusto. Leer por vaguería. Leer porque no te gustan los deportes. Leer porque no tienes un duro. Leer para olvidar. Leer para recordar. Leer para aprender. Leer un coñazo impresionante. Leer un libro que no quieres que se acabe. Leer el libro de un amigo. Leer todos los libros de un hombre que te gusta. Leerle el pensamiento. Leer el libro que él está leyendo. Leer el libro que él querrá leer después. Leerle a tu hijo. Leerle hasta que se quede dormido. Leerle hasta que te quedas dormida. Leerle el Tintín que tú leíste. Leerle cuando se muere el Abominable Hombre de las Nieves. Leerle y consolarle luego su llanto inconsolable. Leerle para que aprenda a estar solo. Leerle para volver a vivir la infancia. Leerle por gusto. Ver cómo un hijo lee. Releer. Leer sólo lo que te gusta. Leer sólo aquello que te emocione. Leer por amor. Leer a su lado.

Leer a su lado

martes, 8 de mayo de 2012


NO HAY PEOR LUJURIA QUE PENSAR

Cuarta y última emisión de Buscando leones en las nubes dedicada a Wislawa Szymborska, la extraordinaria poeta polaca que ha protagonizado de manera monográfica el último mes de nuestro programa. Para la edición de esta semana he escogido poemas varios, no centrados en un motivo unitario, que giran sobre temas diversos (la muerte, suicidas y entierros, el terrorismo, la lectura, la importancia de las ideas y del pensamiento) y que aparecen acompañados por preciosas canciones, una vez más interpretadas por mujeres, que se desenvuelven en nuestra tónica habitual de sosiego y tranquilidad, de intimidad y recogimiento. Lucy Woodward, Luciana Souza, Fatoumata Diawara (la magnífica cantante maliense -a mi juicio, la más deslumbrante aparición en la escena mundial de un artista africano en los últimos años- vuelve a protagonizar nuestra sección de vídeos cantando Clandestin), Madeleine Peyroux, Rebekka Bakken, Rachel Harrington, Laetitia Velma, Paula Morelembaum, Amy Winehouse, The Watson Twins y Rumer son las voces que suenan en el programa.

La última aproximación que hacemos en Buscando leones en las nubes al universo literario y personal de Wislawa Szymborska nos la trae hoy, sólo aquí en el blog, Fernando Savater, un declarado admirador de la polaca. Szymborska, ligeramente grave es el título del obituario con el que el muy lúcido filósofo español despidió a la poeta en El País al día siguiente de su muerte.

Szymborska, ligeramente grave

En uno de sus poemas -Contribución a la estadística- Wislawa Szymborska enumera cuántas de cada cien personas son las dispuestas a admirar sin envidia -dieciocho-, las capaces de ser felices -como mucho, ventitantas-, las que de la vida no quieren más que cosas -cuarenta, aunque quisiera equivocarse-, las inofensivas de una en una pero salvajes en grupo -más de la mitad seguro-, las dignas de compasión -noventa y nueve- y acaba: “Las mortales: cien de cien. Cifra que por ahora no sufre ningún cambio”. Y sigue sin cambiar porque ayer la propia autora del poema acaba de confirmar la estadística con su fallecimiento. En otros muchos aspectos, por el contrario, fue la excepción que desafía lo probable y rutinario. Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas. Se les nota especialmente a los que quieren ser festivos y son sólo grotescos o lúgubres (aunque los entierros también son fiestas, claro y más precisamente fiestas de guardar).

De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella? Hija -y luego, con los años, algo así como hada madrina poética- de un país europeo que apuró el siglo XX hasta las heces y padeció dos totalitarismos sucesivos, en su caso la duradera atrocidad jugó a favor de su carácter: le dio modestia, le dio recato, le dio perspicacia y le permitió distinguir entre lo que cuenta y lo que nos cuentan. Carece de retórica enfática pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus diáfanos poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pie. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra y sin embargo nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva.

Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado…y por tanto acostumbrarnos a la muerte. Se dedicó a las palabras con delicadeza lúdica, jugando con ellas y contra ellas pero sin complacerse en hacerlas rechinar. Como todo buen poeta, fue especialmente consciente de su extrañeza y hasta detalló las tres más raras de todas, las que se niegan a sí mismas al afirmar: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia”.

No hay peor lujuria que pensar

martes, 1 de mayo de 2012


LA FERIA DE LOS MILAGROS

Tercera emisión de Buscando leones en las nubes dedicada a la poeta polaca Wislawa Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996 y fallecida hace un par de meses. En la elaboración de los programas he sido consciente de dos grandes obstáculos o inconvenientes iniciales. Por un lado, está la dificultad que supone el escoger tan sólo unos cuarenta poemas, aproximadamente (los que pueden encajar razonablemente en el corto espacio de cuatro horas de radio), de entre los muchos de la autora que me entusiasman, por lo que hay bastantes de ellos -que los más fieles seguidores de la escritora polaca quizá echaréis en falta- que no han encontrado acomodo en las diversas emisiones. Por otro lado, sé también que es vano cualquier intento de encerrar a la poesía en la rigidez de unas categorías que por definición tienden a ser reduccionistas, aunque, pese a ello, sí que me he decidido a trazar unas tenues fronteras, a marcar algunas pautas muy leves -y por ello también difusas- que permitieran sistematizar las distintas selecciones que aparecen en los cuatro programas. Así, en la primera entrega os mostré algunos poemas de carácter más o menos autobiográfico -en un sentido muy amplio del término- en los que se recogía tanto algún suceso de la vida real de la autora, de su particular itinerario personal en la existencia, como -sobre todo- aspectos de su trayectoria como ser humano, de la biografía de nuestra especie, podríamos decir. La segunda emisión se completó con versos en los que el tema del amor desempeñaba un papel principal o, en algún caso, aparecía con un tratamiento meramente alusivo y casi residual.

Los versos seleccionados esta semana, siendo de temática variada, tienen como elemento común el que constituyen una aproximación a la condición humana, un acercamiento a la figura de los hombres y las mujeres que vagamos algo perplejos por este mundo difícil. Poemas más o menos metafísicos o existenciales, escritos desde una visión de nuestra existencia siempre optimista, siempre lúcida, siempre esperanzada.

Y entre los preciosos poemas, al igual que en las semanas precedentes, música bellísima interpretada por Sharon Robinson, Neil Diamond, Marcio Faraco, Razia Said, John Hiatt, Jolie Holland, Glen Hansard, Marissa Nadler, Aster Aweke (cuya sobrecogedora canción Ameseginalehu aparece en el vídeo final, en el que pese a que no hay correspondencia alguna entre imagen y sonido podréis disfrutar de su voz formidable, de su indudable atractivo y del impresionante ambiente de sus conciertos), Jabier Muguruza y Natalie Merchant.

Como cierre a esta entrada os dejo el extenso prólogo, aunque muy interesante y esclarecedor, que la escritora mexicana Elena Poniatowska, de ascendencia polaca y de la misma generación que Wislawa Szymborska, escribió para Poesía no completa, la estupenda antología de versos de la Premio Nobel publicada en 2002 por el Fondo de Cultura Económica.


Sergio Pitol, amoroso de Polonia, nombra el primer establecimiento que se abrió entre los escombros de Varsovia después de la segunda Guerra Mundial: una florería. Así imagino a Wislawa Szymborska, surgiendo solitaria entre la neblina de un nuevo amanecer de cenizas y diamantes como en la película de Wajda.
Isaac Babel narra que los jinetes polacos cargaban a galope tendido contra los tanques blindados alemanes. Así veo a Wislawa Szymborska, sobre un maravilloso caballito polaco, lanza en mano, desafiante de ideologías y consignas, mientras la trepidación humana hace que unos hombres conduzcan tanques de guerra para destruir a otros. Szymborska siempre ha defendido la subjetividad frente al adoctrinamiento masivo.
Para ella, la autodestrucción es peor que la accidental muerte colectiva.
Aunque nació el 2 de julio de 1923 en Bnin, un pueblo al oeste de Polonia, Szymborska vive desde los ocho años en Cracovia, una de las ciudades más bellas del mundo. Cracovia, severa, alerta, esencial, retraída como una mujer que ha sufrido mucho; Cracovia permanece a la expectativa, como toda Polonia. Sale a caminar con su vieja bufanda y sus botines negros en la nieve y mira atrás y a los lados por si algún posible invasor con dientes ensangrentados la viene siguiendo. Codiciada por ávidos vecinos, avanza rápido porque sabe que su supervivencia depende sólo de ella.
Blanca y roja, Polonia es una imagen de Szymborska, una manzana roja partida en cruz que aparece cuando la nieve se derrite.
Si geografía es destino, el de Polonia, país mártir, país trágico si los hay, está marcado por las invasiones de Rusia, Austria (como Imperio austrohúngaro) y Alemania, que la mutilaron, le hicieron pagar un precio atroz obligando a sus ciudades a cambiar de identidad cada vez que las ocupaban o se la repartían rusos o alemanes. Los polacos, despojados, tuvieron que comerse sus propios corazones.
¿Qué les pasa a los habitantes de un país con vecinos empeñados en borrarlo de la faz de la tierra, al grado de que en algún momento en los mapas de Europa Polonia ya ni siquiera aparecía?
Aman a su país por encima de todo.
Las sucesivas particiones de Polonia, la llegada de Hitler y de Stalin al poder, la ocupación del país, la presencia de campos de concentración como los de Auschwitz-Birkenau y Treblinka pudieron asfixiar la voz de una Wislawa que en 1942 tenía 19 años. Desde la Universidad Jagellona, Szymborska padeció el aniquilamiento de su patria y, más tarde, el estalinismo —que llevó a Milosz a refugiarse en Estados Unidos—.
En su universidad, la joven Wislawa estudia literatura y sociología, y en marzo de 1945, al final de la guerra, publica su primer poema: “Busco la palabra”, en el suplemento literario del diario Dziennik Polski, y descubre que los ritmos poéticos son los mismos que los latidos de su corazón.
Wislawa Szymborska poeta, escribe a mano, dibuja signos en la hoja de papel, signos más complejos que los nuestros, a los que sólo hemos inventado un sombrerito para volver eñe la ene, porque en el idioma polaco hay eles partidas y eses con tilde que se pronuncian con el íntimo sonido de alcoba “shshsh”. Nos sorprendemos ante tantas consonantes juntas, “szczypnac’”, “c’wiczyc’”, “skrzywdzic’”. Esos signos adquieren vida cuando trascienden la tinta con que fueron escritos. Escuchar poesía eslava es adentrarse en una cantata catedralicia, una imploración, un lamento que proviene del principio de los tiempos. Alguna vez pude oír al ruso Józef Brodsky y mi asombro persiste y su canto sigue retumbando entre las paredes. La poesía de Szymborska es más ligera pero comparte las características de los idiomas de Europa central.
De 1953 a 1981, Wislawa trabaja en la redacción del semanario La Vida Literaria. Le atrae la poesía medieval francesa, la ama y la traduce. Comprendió que para ella la poesía era una forma de respiración y tuvo la sensatez necesaria para formular las preguntas que están todo el tiempo ahí, en el aire, esperándonos. Wislawa debió darse cuenta de que la pregunta es el inicio del saber.
Leer un poema es un rito de iniciación en el que el libro desaparece para convertirse en mensajero. La de Szymborska no es una poesía mística, sin embargo, sus poemas tienen la magia de la revelación. Y la de la sonrisa.
“A los existencialistas no les gusta bromear.” Wislawa, menos solemne y más irónica, más desacostumbrada de sí misma, nos revela que filosofía y poesía son vasos comunicantes. Wislawa tiende puentes entre ellas y se pregunta en qué se diferencian. ¿Qué es filosofía y qué es poesía? Filosofía es el arte de pensar, poesía el de intuir. Ambas son ríos que desde distintos manantiales desembocan en dos palabras que Szymborska insistió en repetir en su discurso de recepción del Nobel: “No sé”. Según ella, esas dos sílabas entrañables le abrieron la puerta a Isaac Newton y a María Sklodowska-Curie, su compatriota. “En el lenguaje de la poesía, donde se calibra cada palabra, nada es normal. Ni una sola piedra, ni una sola nube. Ni un solo día o una sola noche. Y, sobre todo, ni una sola existencia, ninguna existencia en este mundo.” Szymborska, con su modestia, vierte luz sobre la esencia del mundo.
Conocer nuestra esencia es conocer también algo del universo, por eso el poema nos conecta con el dios que cada uno somos. Lo que somos en lo más profundo, sólo se nombra mediante la palabra que el poeta atrapa. Szymborska, lúdica espectadora de sí misma, dice que “La Eva de la costilla, la Venus de la espuma, / la Minerva de la cabeza de Júpiter / eran más reales. // Cuando él no me mira, / busco mi reflejo / en la pared. Y sólo veo / un clavo del que han descolgado un cuadro”.
La poesía de Szymborska es gracia y descubrimiento.
Szymborska pasa del amor a la humanidad al amor por el individuo, y tal vez de allí derive su preferencia por la sencillez. Un pedazo de cielo es todo el cielo. A la poesía szymborskiana la acompaña la creencia de que lo muy pequeño contiene lo más grande y así el individuo es más grande que la humanidad. Amar a la humanidad es una abstracción, pero amar al individuo es tangible. Esta reivindicación del individuo nos hace ver al hombre no sólo como el inventor de la guerra sino como el creador de la belleza.
Muy pronto, Wislawa supo que su mundo giraría alrededor del instante poético. Lo supo tan bien que escribió Las tres palabras más extrañas:

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no
existencia.

En 1996, una sorprendida Wislawa Szymborska (“hay otros mejores que yo”) obtiene el premio Nobel, sumándose así a los tres escritores polacos que la antecedieron, Sienkiewicz (1905), Reymont (1924) y Milosz (1980). Testigo del nacimiento de Solidaridad, Szymborska lo comparte también con Lech Walesa, quien recibió el de la Paz en 1983.
La Academia sueca señala que Szymborska (comparable a Samuel Beckett y a Paul Valéry) ha sido calificada como el “Mozart de la poesía por la riqueza de su inspiración y sobre todo por la leve gracia con que ordena las palabras”, pero también “que hay algo de la furia de un Beethoven en su actividad creadora”.
Sal, Llamando al Yeti, Gente sobre el puente, Si acaso, El gran número, Fin y principio y otros títulos conforman sus nueve tomos de poesía a lo largo de 50 años literarios; conforman una obra celebrada dentro y fuera de Polonia. Los jóvenes la siguen, la cantan, la aman. Los 10 000 ejemplares de la primera edición de El gran número (un número infinito, paradoja inconcebible, un número sin número, el más pequeño de los círculos, cualquiera de ellos, Pi o el del borde del vaso) se venden en una semana de 1993. A Szymborska la canta Kora con su voz dulce en la noche de Varsovia (“la noche, viuda del día”, como la llama Szymborska). La escoge por su sentido del humor y porque el juego sonoro de sus ritmos es musical. También Lucía Prus la vuelve refrán callejero. “Amor a primera vista” es hoy una canción en que Szymborska asegura que el destino juega con los enamorados, los hace verse por la ventana, subir escaleras, perderse en la primera esquina. Todo está previsto, todo está contabilizado. Finalmente la modernidad es una suma inacabable de individuos que por una abstracción son reducidos a una cuenta bancaria, un número telefónico, las placas de un auto.
Sus poemas nítidos, aforísticos, nada describen, ninguno se alarga demasiado. Su ironía es precisa, tajante a veces. Más que cantar grandes elegías, exalta, juguetona, traviesa, las pequeñas y curiosas diferencias que nos determinan.
Szymborska anda de boca en boca, la tararean, la dicen en voz baja y en voz alta, es parte de la vida cotidiana por su modestia, su sencillez estilística y porque no vuela encima ni debajo de nadie.
Octavio Paz afirmaba que la poesía hay que decirla en las plazas públicas y promovió con Homero Aridjis los festivales de Morelia, Michoacán, en los que un público compuesto por campesinos, amas de casa, barrenderos, placeras y artesanos escuchaban embelesados a los poetas venidos del mundo. A partir de ese momento, la poesía empezó a volar no sólo por encima de los tejados mexicanos sino sobre los océanos.
A Szymborska, obsesionada por la Atlántida, mítico continente perdido entre Europa y América, de la cual supuestamente se derivan nuestras culturas, le habría gustado ver a la gente que va y viene en el zócalo detenerse para escuchar que la golondrina es una “espina de la nube, / ancla del aire, / Ícaro mejorado, / frac en el séptimo cielo”.
A los otros grandes poetas polacos no les sucedió lo que a Szymborska. Ni su compatriota Zbigniew Herbert, “para muchos el más grande poeta europeo del fin de siglo”, ni Czeslaw Milosz son tan festejados por los jóvenes como ella. José Emilio Pacheco, quien conoce bien la poesía de Europa central y ha ponderado a Herbert, a Czeslaw Milosz, a Vasko Popa, admira a esta mujer que hoy tiene 78 años y el cabello blanco y ha declarado que lo que más le gusta de los viajes es el regreso. Szymborska, que abomina del lugar común y de la falsa erudición, vive como una araña en el centro de su laberinto, prefiere quedarse en casa a fraguar las respuestas que en sus poemas sorprenden por inesperadas.
Para Szymborska, al igual que para los grandes: Heany, Milosz, Herbert, la vida humana, en última instancia, sólo puede ser comprendida como un hecho poético.
“Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras”, comentó Wislawa en alguna de sus escasas entrevistas. Después del Nobel no tuvo más remedio que someterse a la curiosidad internacional, pero —aunque se benefició con el discurso de Kruschov condenando los crímenes de Stalin en 1956 y el consiguiente deshielo— siempre se mantuvo alejada de la política. “El escritor no debe usar la herramienta de la política, debe enfrentarse solo al mundo”, declaró, a diferencia de Milosz, Herbert o Szczypiorski, quienes en los ochenta abanderaron la oposición anticomunista.
Puede quererse a la gente —declaró— pero no es necesario buscarles un salvador. Cada vez que pienso en las ideologías recuerdo una película de Chaplin donde Charlot se va de viaje. Cargaba una maleta de hierro que no lograba cerrar, y cuando por fin corre el cerrojo, quedan fuera una manga de camisa, una pierna de pantalón. Entonces Charlot toma unas tijeras y corta todo lo que cuelga fuera de la maleta. Lo mismo pasa con las teorías intelectuales.
En el punto exacto entre el humor y lo ridículo, entre el pesimismo y el entusiasmo, se encuentra la poesía de Szymborska, que busca el claroscuro, la contradicción de sentimientos y efectos poéticos en el poema mismo. El claroscuro refleja la riqueza de posibilidades que ofrece la existencia humana. No sólo hay Hitlers y Mozarts, también hay hombres y mujeres que encuentran, en distintas latitudes y de distinta forma, las respuestas a las mismas viejas preguntas de la humanidad.
Imposible separar a Wislawa Szymborska de Cracovia, patrimonio de la humanidad. Cracovia, situada en el centro de Europa, como Szymborska, es mediterránea. Una de las reinas de Polonia, Bona, fue italiana, y todavía hoy los polacos llaman a las verduras “italianas” porque fue ella quien las introdujo en su dieta. Los polacos hablaban latín y su arquitectura florentina es la más fluida de Europa central. Sólo hay 11 cuadros de Leonardo da Vinci en el mundo y uno de ellos se encuentra en el Museo de los Czartoryski en Cracovia. “La dama con el armiño” podría ser Wislawa. Lo atestiguan la timidez de una sonrisa apenas esbozada y el recato de una mano grande y fuerte que protege al armiño.
Quizá Wislawa no asista a la iglesia de Santa María porque se ha declarado atea en un país católico, pero es imposible que no celebre al trompetero (de carne y hueso) que desde lo alto del campanario de Santa María sale a dar la hora en un solo aliento musical que se interrumpe abruptamente porque un tártaro mató a alguno de sus antecesores de un flechazo cuando atacó Cracovia. Los turistas azorados abren grandes los ojos porque el trompetero es un símbolo de libertad. Los alemanes, durante su criminal ocupación, prohibieron esa costumbre única en el mundo.
Sepultar a los poetas junto a los reyes en la catedral de Wawel es otra bella costumbre. Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki descansan al lado de la reina Jadwiga y los reyes Casimiro y Segismundo Augusto. Respiran al unísono su sueño de altezas serenísimas. Los héroes de la época napoleónica, Tadeusz Kos’ciuszko y Józef Poniatowski, sueñan de nuevo las grandes batallas que les dieron la victoria sobre los rusos o se tiran sobre sus monturas al río Elster antes de entregarse al enemigo. (¡Ah, los caballos polacos!) A la sombra de sus soberanos de piedra, Ignacio Paderewski, músico y primer ministro, yace bajo una lápida blanca, y si uno se acerca es fácil percibir el murmullo de miles de orquestas.
Wislawa ha escrito que para ella la muerte es una exageración y siempre llega un poco después. Todavía la esperan años tranquilos en la Roma polaca, como se llama a su ciudad, Cracovia. A pesar del Nobel, que la lanzó de cabeza al mundanal ruido, sabe que la muerte es torpe y “a veces ni siquiera tiene la fuerza de aplastar una mosca en el aire y son muchos los gusanos que la han abandonado”.
Por algo dice Wislawa Szymborska que no hay “nadie en mi familia que haya muerto de amor. / Lo que pasó, pasó, pero nada de mitos. / ¿Romeos tuberculosos? ¿Julietas con difteria? / Algunos, por el contrario, llegaron a la decrepitud. / ¡Ninguna víctima por falta de respuesta / a una carta salpicada de lágrimas!”
Cuenta Oliver La Naire (que la entrevistó en 1996) que para verla tuvo que atravesar un angosto pasillo en medio de un conjunto habitacional, subió escalones de cemento gastados por cuatro generaciones y finalmente la encontró esperándolo recargada en el marco de la puerta, vestida con una falda amplia y un grueso suéter de lana.
Habla de “una abuela sonriente de uñas cuidadosamente pintadas”. “En la entrada de su minúsculo departamento, se amontonan muñecos de peluche, pequeños vasos con flores, accesorios de loza que, juntos, componen un carnaval de chácharas”, puntualiza La Naire.
Ni las uñas cuidadosamente pintadas, ni el carnaval de chácharas, hacen juego con Szymborska, que alguna vez le pidió a la felicidad que no se enojara por considerarla suya y que compuso, como quien no quiere la cosa, su epitafio:

Aquí yace, como la coma anticuada,
la autora de algunos versos. Descanso
eterno
tuvo a bien darle la tierra, a pesar de que
la muerta
con los grupos literarios no se hablaba.
Aunque tampoco en su tumba encontró nada
mejor que una lechuza, jacintos y este
treno.
Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro
la cubierta
y piensa un poco en el destino de
Wislawa.

La feria de los milagros

martes, 24 de abril de 2012


AMOR A PRIMERA VISTA

La segunda entrega de la serie dedicada a Wislawa Szymborska, la poeta polaca, Premio Nobel de Literatura en 1996, cuyos versos llenaron de belleza nuestra emisión de hace siete días, se centra en poemas en los que el tema del amor adquiere un papel primordial. Se trata de versos en los que, efectivamente, aparece el amor como protagonista, tanto de un modo expreso y principal como ocurre con algunos de los poemas, quizá los más conocidos de la escritora polaca, entre ellos el que da título a esta entrada y con el que se pone fin a la emisión, como de una manera más lateral e indirecta, pero igualmente sugestiva, en el resto de los se ofrecen en el programa.

Para ayudar a conocer mejor el universo de nuestra escritora invitada os transcribo una muy interesante e ilustrativa entrevista publicada en El País el 5 de diciembre de 2009, en la que Javier Rodríguez Marcos indaga en la vida y la obra de Wislawa Szymborska, logrando, con inteligencia y cercanía, que la poeta se muestre de un modo cálido, con la lucidez y el sentido del humor habituales en ella.

Y entre la poesía, más belleza: una decena de espléndidas canciones que complementan con su ritmo dulce y algo triste, lánguido y levemente melancólico, los versos leídos. Canciones, por cierto, y sólo he caído en la cuenta al finalizar la elaboración del programa, interpretadas por mujeres, en una nueva demostración del interés, aunque esta vez sólo a medias consciente, que en Buscando leones en las nubes nos suscita el mundo femenino. Lana del Rey (la última It girl, omnipresente estos días en nuestros medios de comunicación, y cuya aparición en la emisión en estas fechas es simple casualidad, pues el programa está elaborado hace casi dos meses), Cat Power (cuya magnífica Willie protagoniza nuestra sección de vídeos), Eilen Jewell, Stacey Kent, Shelby Lynne, Karen Souza, Sarabeth Tucek, Ruth Cameron y Heather Nova son las intérpretes que suenan en la emisión.


Pequeños detalles de Szymborska

“Todo termina siendo metafísico”, pero un único apunte puede hacer que un poema resista al tiempo, afirma la Nobel polaca, de 86 años, poseedora de un humor afilado y certero, que publica en España su último poemario y su obra en prosa.

Wislawa Szymborska está en su casa, pero pide permiso para fumar. “Una vez”, cuenta, “recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí”. Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí cuando ella tenía ocho años, en 1931.

La memoria, de hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby), publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la primera traducción de su prosa, Lecturas no obligatorias (Alfabia), una selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El resultado es pura chispa. Así, del Poema del Cid dice: “Fue escrito por un Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero, hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos”. Y al comentar un manual de ideogramas chinos apunta: “Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para mujeres: la fusión de la escoba y la flauta”.

Cuando Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía. No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.

Son las 11 de la mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo. “Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme”, bromea la escritora. Él contesta arqueando las cejas: “No sé si me convence”.

Rusinek es quien lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. “¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas”. Y socarrona, añade: “Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven”.

Días antes de la cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: “Aunque luego hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo respuesta”. No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al fotógrafo cuanto puede: “Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un poco, como hacen con Sharon Stone?”. Al cabo de unos minutos vuelve al ataque: “¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar? Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac”.

Café, coñac, chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque “el tiempo apremia”.

PREGUNTA. ¿Al escribir este libro pensaba en la muerte?
RESPUESTA. Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86 años pienso igual que con 8.

P. ¿Y eso influye cuando escribe?
R. Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.

P. ¿El amor también es un tema facilón?
R. Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de expresar.

P. Hay más literatura en los amores difíciles.
R. Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.

P. ¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?
R. Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas. Cuando intento describir algo como “bello”, por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.

P. Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.
R. Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.

P. Me refería a que en el poema Metafísica habla usted de los fideos con tocino.
R. Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles [se ríe].

P. ¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?
R. Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.

P. ¿De niña leía poesía?
R. No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni idea. Me tuve que formar un poco.

P. ¿Aprendió algo como poeta escribiendo sus Lecturas no obligatorias?
R. Mis Lecturas no obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía. Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de la guerra.

P. ¿Cómo recuerda la guerra?
R. Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.

P. ¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?
R. El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les diera nombre.

P. ¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz? Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de concentración la frase tiene un significado especial.
R. Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué habría servido?

P. ¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?
R. Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.

P. ¿La política está destrozando el lenguaje?
R. Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar.

P. ¿Recuerda el día en que cayó el muro de Berlín?
R. Estaba en Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos. Estábamos todos eufóricos ... Bueno, ahora pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?

P. ¿Es verdad que estudió español?
R. Claro. Iba a clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases: ¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente estropeado.

P. ¿Ahora qué lee?
R. Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer.

P. ¿Y escribe?
R. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se reduciría, pero no.

P. ¿Y sus collages?
R. Me inventé esas postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?

P. Creo que sí.
R. No se vaya sin terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que siempre me preguntan si soy feminista o no.

P. ¿Es usted feminista?
R. Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.

P. ¿Ha cambiado Polonia con la entrada en la Unión Europea?
R. Ha pasado hace tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está, porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y que no llegaron a ver este día.

 
Amor a primera vista

martes, 17 de abril de 2012


PREFIERO LO RIDÍCULO DE ESCRIBIR POEMAS A LO RIDÍCULO DE NO ESCRIBIRLOS

El pasado 1 de febrero, moría en Cracovia Wislawa Szymborska, una escritora genial, una poeta inmensa, Premio Nobel de Literatura en 1996, y a la que yo llevo leyendo con pasión desde el descubrimiento de su obra tras la concesión del galardón sueco, y más exactamente a partir de Paisaje con grano de arena, el espléndido libro que publicó en 1997 la editorial Lumen. La obra de la magnífica escritora polaca protagonizará el programa de esta semana y los de las tres siguientes. Cuatro emisiones en las que podréis escuchar cerca de cuarenta de sus poemas, escogidos de entre los que más me gustan de sus diferentes libros publicados en España. Menciono ahora, por si puedo despertar en vosotros el interés por su consulta, las referencias de los libros que he manejado para realizar la selección que completa estos programas.

En primer lugar, el citado Paisaje con grano de arena que publicó Lumen en 1997, con la traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. La primera antología aparecida en España de la poeta polaca, altamente recomendable como inicial aproximación a su obra, reúne cien de sus poemas en los que se muestran los rasgos más destacados de su universo poético: el amor, la ironía, el azar, la condición humana. Muy interesante también, no sólo por los poemas escogidos sino por su esclarecedor estudio introductorio, es El gran número. Fin y principio y otros poemas, que publicó Hiperión en 1997 en una edición al cuidado de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal. El volumen lo componen dos de los libros de Wislawa Szymborska, los considerados más valiosos y representativos de su obra, El gran número y Principio y fin, complementados por quince poemas de sus obras anteriores y cinco más que en el momento de la publicación en España aún no habían sido recopilados en libro por su autora. Contiene asimismo el texto El poeta y el mundo, leído por su autora en Estocolmo con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (que os ofrezco, íntegro, como cierre de esta entrada), así como un estudio preliminar: Wislawa Szymborska, poeta de la conciencia del ser, de la reconocida especialista Malgorzata Baranowska. En Poesía no completa el mexicano Fondo de Cultura Económica propuso, en 2002, una antología de la escritora polaca en la que se recoge una preciosa selección de poemas entresacados de siete de sus libros más algunos otros sueltos. Con introducción de Elena Poniatowska, y la traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, el libro constituye otra formidable puerta de entrada al peculiar y subyugante mundo de la poeta. Por último, Aquí, que vio la luz en Bartleby Editores en 2009, simultáneamente a su aparición en Polonia, presenta, en la traducción -de nuevo-  de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, un puñado de poemas en los que se muestra -como indican sus editores- esa aguda e irónica mirada que caracteriza a la poeta polaca. La memoria, el paso del tiempo, la belleza, el amor o el desamor, el dolor, los sueños, la humanidad -en suma- y los misterios de lo cotidiano, todo queda filtrado por una escritura sutil, intimista y clarividente, en apariencia sencilla, que la ha situado entre los poetas europeos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

Los poemas que he seleccionado para este primer programa contienen versos en los que he creído encontrar un rastro ligera o abiertamente autobiográfico y en los que, por lo tanto, la voz narradora -literaria- puede confundirse con la de la propia escritora -real-. Fotografías de familia y paisajes de la infancia, descripciones del alma y autorretratos existenciales, dibujos impresionistas de los propios sentimientos e indagación en sus orígenes como ser humano; también alguna exhaustiva enumeración de preferencias y opciones vitales, como en el magnífico Posibilidades que pone término a la emisión. A esta misma “categoría” más o menos autorreferencial pertenece el poema Retrato de mujer que no tuvo cabida en el programa y que os ofrezco ahora aquí.


Retrato de mujer

Tiene que ser para elegir.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena intentarlo.
Tiene ojos, si hace falta, a veces grises, otras azules,
negros, alegres, llenos de lágrimas sin motivo.
Se acuesta con él como primera de la fila, la única en el mundo.
Le da cuatro hijos, no le da hijos, le da uno.
Ingenua, pero da buenos consejos.
Débil, pero puede con la carga.
No tiene nada en la cabeza, pero lo va a tener.
Lee a Jaspers y revistas femeninas.
No sabe para qué es ese tornillo y construye un puente.
Joven, como de costumbre joven, constantemente joven.
Tiene en la mano un gorrión con el ala rota,
su propio dinero para un viaje largo y lejano,
un cuchillo, una compresa y un vaso de vodka.
A dónde va con tanta prisa, ¿no estará cansada?
Claro que no, sólo un poco, mucho, no importa.
O lo ama o está encaprichada.
En las buenas, en las malas y por el amor de Dios.


Para acompañar la belleza y el interés intrínsecos de los versos leídos, salen al aire también algunas canciones preciosas, que se desenvuelven en el tono intimista y recogido, delicado y algo melancólico al que ya estáis acostumbrados nuestros seguidores. Canciones interpretadas por Melody Gardot, Neal Casal, Diana Jones, Fionn Regan (del que os dejo el vídeo de North star lover, la bellísima canción emitida en el programa), Souad Massi, Leonard Cohen, Michelle Simonal, Carlinhos Brown, Sia, Mark Lanegan y Katie Melua.


El poeta y el mundo

Parece ser que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás... Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.
El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado -y puede ser que lo sea sobre todo ante sí mismo. Con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara un poco. Pero en nuestra ruidosa época resulta más fácil reconocer los propios defectos (basta con que causen impresión) que no las virtudes, porque están escondidas a mayor profundidad y no acabamos de creer en ellas... En diferentes encuestas o en conversaciones casuales, cuando el poeta tiene necesariamente que precisar su ocupación, se define de forma general como “literato”, o da el nombre de la profesión a la que se dedica por añadidura. La información de que tienen que vérselas con un poeta es recibida por funcionarios o por otros pasajeros del mismo autobús con cierta incredulidad e inquietud. Supongo que también el filósofo despierta parecida turbación. Este último está sin embargo en mejor situación porque, normalmente, tiene la posibilidad de adornar su profesión con algún título. Doctor en filosofía -eso sí que suena mucho más serio.
Además, no existen doctores en poesía. Eso significaría que es una ocupación que exige estudios especializados, exámenes aprobados con regularidad, disertaciones teóricas enriquecidas con bibliografía y notas y, por fin, la obtención solemne de diplomas. Esto, por su parte, significaría que para ser poeta no bastarían hojas de papel escritas, aunque fuera con los mejores versos; que sería imprescindible, y eso ante todo, un papelito sellado. Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nobel, Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación
oficial de que le era permitido ser poeta...
Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerle personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en su juventud. En países más felices, en los que la dignidad humana no se puede pisotear tan fácilmente, los poetas anhelan ser publicados, leídos y comprendidos, pero no hacen nada o casi nada para destacar de entre los demás en la vida cotidiana. No hace tanto, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba llamar la atención con ropas rebuscadas y con un comportamiento excéntrico. Esto, sin embargo, era siempre un espectáculo de cara al público. Llegaba el momento en que el poeta cerraba tras de sí la puerta, se quitaba de encima todas las capas, bisutería y otros accesorios poéticos, y se quedaba en silencio, en espera de sí mismo, ante una hoja de papel en blanco. Porque es esto lo que en verdad cuenta.
Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores de cine es presentar de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público. Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.
Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada... ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?
He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué es, en caso de que exista, los poetas de hoy dan una respuesta evasiva. Y no porque no hayan sentido lo beneficioso de este impulso interior. El motivo es otro. No es fácil explicar algo que uno mismo no entiende.
Yo también, al ser a veces interrogada sobre la inspiración, mantengo una prudente distancia respecto a lo esencial. Pero digo lo siguiente la inspiración no es un privilegio exclusivo de los poetas o de los artistas en general. Hay, ha habido y seguirá habiendo cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.
Personas como esas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz.
Así pues me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.
En este punto, sin embargo, pueden despertar dudas en el oyente. A los más diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos, que luchan por el poder con ayuda de unas pocas consignas, pero repetida a gritos, también les gusta su trabajo y también lo realizan con celoso ingenio. Claro que sí, pero ellos “saben”. Saben, y lo que saben les basta de una vez y para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.
Por eso tengo en tan alta estima dos pequeñas palabras: “no sé”. Pequeñas pero con potentes alas. Que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos y hacia extensiones en las que cuelga nuestra menguada tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas del jardín hubieran podido caer ante sus ojos como granizo y él, en el mejor de los casos, se habría inclinado a recogerlas para comérselas con apetito.
Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este, por otra parte respetable trabajo, habría transcurrido su vida. Pero ella se dijo “no sé”, y fueron exactamente estas dos palabras las que la condujeron, y no una sino dos veces, a Estocolmo, donde se galardona con el Premio Nobel a las personas de espíritu inquieto en constante búsqueda.
Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez, y otra, y más tarde estas pruebas consecutivas de su descontento con respecto a sí mismo los historiadores de literatura las sujetarán con un clip muy grande y las denominarán sus “logros”.
Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, el autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano. “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos.
Le dio su origen algún otro ciprés, parecido al tuyo pero no el mismo, y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir”! Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir de uno tan grande como tú.
El mundo, pensemos de él lo que pensemos, espantados por su inmensidad y por nuestra propia impotencia frente a él, amargados por su indiferencia a los sufrimientos -los de la gente, los de los animales, y tal vez también los de las plantas, pues de dónde la seguridad de que las plantas están libres de sufrimiento-; pensemos lo que pensemos de sus espacios atravesados por la radiación, de las estrellas, alrededor de las cuales se han empezado a descubrir nuevos planetas, ¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe; digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.
Pero en el término “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica. Nos sorprende lo que se sale de una norma conocida y ampliamente aceptada, de alguna incuestionabilidad a la que estamos acostumbrados. Pero he aquí que este mundo incuestionable no existe en absoluto. Nuestra sorpresa tiene vida propia y no resulta de la comparación con nada.
De acuerdo, en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “una vida corriente”, “un hecho corriente”... Sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.
Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.




Prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos

martes, 10 de abril de 2012


EL PAÍS SIN LÍMITES

En pleno descanso primaveral (en los centros escolares salmantinos, incluidos los universitarios, la Semana Santa se prolonga una semana tras el Domingo de Pascua), Buscando leones en las nubes irrumpe en los destinos de vacaciones de aquellos que las estéis disfrutando con una nueva emisión viajera consagrada en este caso, como hace siete días, al Gabón, el atractivo país africano en el que se centra un libro muy curioso, El pájaro de la lluvia. Un viaje a través del África Ecuatorial, escrito por el holandés Jan Brokken y publicado por la editorial Alba en traducción de Inge Lukken. En la anterior entrada de este blog encontraréis más información sobre los múltiples motivos de interés que alberga el muy recomendable libro de Brokken al que pertenecen todos los textos que escucharéis en la presente edición del programa: unos textos que recrean, sobre todo, la naturaleza salvaje de ese exótico territorio ecuatorial. Y así, a lo largo de la breve hora de emisión podréis adentraros en un país de fábula, algo mítico, el paradigma de la selva interior del exótico continente africano que todos, en nuestros sueños infantiles, asociamos a las arriesgadas aventuras de los grandes exploradores: la tierra color marrón rojizo; helechos que se elevan muy por encima de la altura de la estatura humana; grandes ceibas que dan, como setas gigantescas, sombra a la maleza y a la maraña de arbustos; infinitos bosques rebosantes de madera de ébano y caoba; árboles imponentes que dibujan enormes e impenetrables paredes vegetales de un verde deslumbrante; un sinfín de arroyos y torrentes; murallas arbóreas con aspecto inhóspito y atosigante a ambos lados de los ríos; arbustos flotando con las lianas suspendidas de las ramas inmóviles; plantas de papiro en las orillas pantanosas; troncos de árboles que se elevan decenas de metros apuntando al cielo como dedos extendidos; bancos de arena un color amarillento como de marfil; rápidos que adquieren un color rosa como la corteza de coco incandescente; gargantas de paredes que se elevan oblicuamente conteniendo la selva. Y todo ello, ese paisaje aterrador, envuelto en lluvias torrenciales que caen durante todo el día, el cielo plomizo o de un azul deslumbrante, el aire que vibra, la humedad asfixiante, el calor despiadado, la presencia intuida de los animales salvajes, el grito de un mono, el chillido desgarrador de un pájaro nocturno, la noche tropical, oscura como la boca de un lobo, un temor ancestral apenas mitigado por el amistoso paso de luciérnagas centelleantes. Y, de repente, el zumbido del silencio en los oídos, el silencio de la selva, el olor de la selva, la profunda y aterradora soledad de la selva.

Las sugestivas estampas extraídas de El pájaro de la lluvia aparecen envueltas en fantásticas canciones africanas, en una nueva muestra de la especial predilección que siempre manifiesta Buscando leones en las nubes por el continente negro. Sus intérpretes han sido la gabonesa Annie Flore Batchiellelys, el maliense Toumani Diabaté, la somalí Maryam Mursal, la Orchestra Baobab de Senegal, Busi Mhlongo, sudafricana, Ghorwane, de Mozambique, la etíope Aster Aweke, la caboverdiana Cesaria Évora (recientemente fallecida y que tendrá, vuelvo a insistir, algún programa de homenaje el curso próximo), la camerunesa Anne Marie Nzie y, para cerrar el programa con música de Gabón, la genial Patience Dabany que repite en ambos programas y que aparece también en la sección de vídeos con una doble intervención: más moderna y actual, discotequera en París, en Djazzé, y más tradicional y clásica en On vous connait, grabada en Gabón. En ambos casos, espléndida. No os la perdáis (y buscad en internet información sobre su peculiar trayectoria vital: os sorprenderá).

Os dejo, para cerrar esta entrada, con un cuento africano, un cuento nacido en uno de los cuatro grupos de los pigmeos efé, los bambuti (en singular mbuti), que viven en la República Democrática del Congo, cercana al Gabón en el que habitan los bongongo, otro grupo pigmeo que protagoniza uno de los textos del programa. El cuento, titulado El origen del fuego, está extraído de un libro formidable, Cuentos populares de África, que, en edición de José Manuel de Prada-Samper, acaba de publicar la editorial Siruela.

El origen del fuego

Hace mucho tiempo los chimpancés eran personas, pero hartos de ser víctimas de la picaresca y los robos de los bambuti terminaron por retirarse al interior de la selva, donde se volvieron salvajes y se convirtieron en las criaturas que son hoy. Antes de que eso sucediera, vivían en poblados, poseían extensas plantaciones de plátanos y conocían el uso del fuego.
Cierto día, mientras estaba de cacería, un mbuti se encontró con un poblado de chimpancés. Éstos recibieron al hombre con espléndida hospitalidad, y le ofrecieron plátanos, cuyo sabor le pareció delicioso. Al anochecer, el cazador se sentó junto a la hoguera de los chimpancés para calentarse. El agradable resplandor y el calor de las llamas siempre en movimiento le fascinaron, y a partir de ese día el hombre fue un huésped frecuente del poblado de los chimpancés.
Un día llegó al poblado vestido de un modo extraño. Los chimpancés adultos estaban atareados en sus plantíos, y allí sólo quedaban los niños que se divirtieron de lo lindo a costa del hombre, que llevaba colgada del taparrabo una larga cola de corteza machacada que iba arrastrando por el suelo. Cuando, como de costumbre, le dieron plátanos, el hombre se acuclilló junto al fuego con los demás, poniéndose tan cerca de la hoguera que su cola corría el peligro de prenderse en cualquier momento.
-¡Ten cuidado, mbuti! -le gritaron los niños chimpancé-, -¡tu mrumba se está quemando!
-No importa, Ya es bastante larga -respondió el hombre, fingiendo indiferencias, mientras masticaba medio plátano y al mismo tiempo miraba furtivamente su cola, que empezaba a humear. Entonces, de pronto, se levantó de un salto y salió corriendo a toda prisa.
Los atónitos niños chimpancé empezaron a gritar, ante lo cual sus padres regresaron apresuradamente de los plantíos. Cuando supieron lo que había pasado, supusieron de inmediato, que el hombre les había robado el fuego por medio de un engaño. Emprendieron rápidamente la persecución, pero él era demasiado ágil para ellos. Cuando los chimpancés llegaron por fin al campamento de los bambuti, las hogueras ardían alegremente por todas partes.
- ¿Por qué nos has robado el fuego en lugar de comprárnoslo honradamente? -les reprocharon a gritos a los bambuti.
Éstos, sin embargo, no se sintieron intimidados por el lenguaje insultante de los chimpancés, quienes regresaron a su poblado, totalmente burlados. Tan furiosos estaban por la desvergonzada ingratitud de los bambuti -que, como cuenta la historia, también les habían robado los plátanos- que abandonaron todas sus cosas y se retiraron a la selva, donde ahora viven sin fuego ni plátanos, y se alimentan de frutos silvestres.




El pais sin límites

martes, 3 de abril de 2012


EL PÁJARO DE LA LLUVIA

A lo largo de las vacaciones de Pascua Radio Universidad, que acomoda sus emisiones al calendario académico, interrumpe su programación. Es por ello por lo que los dos programas de Buscando leones en las nubes que coinciden con estas fechas, son grabados y sólo salen al aire en este blog. Y aprovechando, precisamente, el hecho de que estos períodos vacacionales suelen ser propicios para el viaje, y recordando yo estos días el último mío en Semana Santa, un estupendo recorrido por Gabón, del que ahora se cumplen tres años, he querido dedicar estas dos emisiones extraordinarias al curioso país africano, a partir de un interesante libro, El pájaro de la lluvia, que tiene como subtítulo Un viaje a través del África Ecuatorial, escrito por el holandés Jan Brokken, y publicado hace algunos años por la editorial Alba en traducción de Inge Lukken.

Los seguidores habituales de Buscando leones en las nubes ya conocéis mi fascinación por África, por los encantos y los misterios, por el deslumbramiento y la magia que encierran sus paisajes y sus gentes, sus costumbres y su música, sus tradiciones, su colorido, su comida, su naturaleza, su fauna, sus enigmáticos ceremoniales, sus máscaras, su arte… por, en definitiva, la intensa maravilla de la vida africana. Hace pocas semanas tuvisteis una nueva ocasión de comprobarlo con el especial dedicado a Senegal (cuyo proceso electoral, por cierto, en una disputada segunda vuelta, ha terminado, sorprendente y afortunadamente, con la victoria de la oposición). El libro que sirve de inspiración a estos dos programas, tiene también a África, en este caso particular al Gabón, como tema central, y constituye una buena aproximación a la historia y la cultura, pero también al presente, a la vida actual del bastante poco conocido país africano.

En El pájaro de la lluvia el autor mezcla de un modo muy sugestivo distintos géneros literarios, se mueve en escenarios también diversos y describe situaciones de épocas históricas diferentes. Jan Brokken viaja a Gabón, observa sus ciudades, se adentra en sus poblados, penetra en su naturaleza desbordada, surca ríos en piragua, sufre los avatares de un singular viaje en ferrocarril, conversa con sus habitantes y, sobre todo, reflexiona sobre el país que está visitando. En el libro nos ofrece la descripción de lo que ve en su viaje, y también el fruto de esas reflexiones, sus observaciones personales, entreverado todo ello con narraciones de los exploradores que desde el siglo XV se aventuraron en la selva gabonesa, con historias de misioneros, de ceremonias tribales, de ritos caníbales; con escritos de literatos que en el siglo XX tuvieron la oportunidad de vivir algunas temporadas en Gabón; con fragmentos de novelas; con multitud de curiosidades; con datos históricos muy variados; con la sangrienta y dramática historia de la colonización; con el relato del tráfico de esclavos y el rastro no siempre benéfico del paso de los europeos por aquellas tierras; con la descripción del dominio francés hasta la independencia de 1960; con el análisis de la ciertamente descabellada política local, hasta concluir en la actual democracia formal, en la que, sin embargo, un presidente autocrático, Omar Bongo, se perpetuó en el poder desde 1967, siendo, a su muerte en 2009 -pero este dato ya no está en el libro, que es de 2001-, sustituido por uno de sus hijos, tras unas elecciones controvertidas; con la mención de las repercusiones, no siempre positivas, del descubrimiento de ricos yacimientos minerales y más recientemente del petróleo en las tierras gabonesas.

Por el libro pasan escritores como Georges Simenon o Louis-Ferdinand Céline en cuyas vidas, e incluso en cuyas obras, el Gabón tuvo una cierta presencia; exploradores como Paul de Chaillu, el primer hombre blanco que se encontró cara a cara con un gorila; como Pieter Van den Broecke, que a principios del siglo XVII hizo cuatro viajes a África en busca de aventuras y negocios; como Lopo Gonçalves, el primero que trazó un mapa de la costa del África occidental, en 1474, y a quien se debe, según algunas tesis poco creíbles, el nombre del Gabón, al recordarle el estuario al que accedía por primera vez la forma de una capa, de un gabán; como los conocidos Stanley y Livingstone, con una aparición esporádica y menor en el libro; como el fascinante Conde Brazza, el gran descubridor del Gabón, empecinado en buscar a través de la selva y surcando río arriba el Ogooué, el enlace con el mítico río Congo; como Mary Kingsley, que recorrió en piragua ese río Ogooué y que, a finales del siglo XIX, protagonizó muchas otras peripecias en el continente negro. Nos encontramos también con científicos e investigadores, sobre todos ellos el médico Albert Schweitzer, que sería premio Nobel de la paz en 1952 y que en los primeros años del pasado siglo se instaló en Lambarené, un pequeño poblado en el interior del país, construyendo un hospital ejemplar, que he podido visitar en mi viaje reciente para poder apreciar los logros que consiguieron el coraje, el mérito, la valentía y la entrega de un personaje fascinante.

Y además decenas de anécdotas con los habitantes de las ciudades y los poblados del Gabón actual, personajes anónimos pero que con sus testimonios, con el perfil que Jan Brokken hace de sus personalidades, contribuyen a dibujar mejor el panorama de un muy singular país africano, de modo que quien no conozca ese continente pienso que va a sentirse atraído de inmediato por su encanto.

Pues bien, de todos estos fragmentos heteróclitos he seleccionado las estampas gabonesas con las que completar las dos emisiones. Y, como no podía ser de otra manera, la banda sonora de ambos programas es también africana en su totalidad, con canciones que proceden de diversos países del continente negro y no sólo de Gabón, cuya exigua producción musical no da para completar una emisión digna (hay bastantes músicos gaboneses pero, a mi juicio, pocos de calidad sobresaliente y, en cualquier caso, la mayoría de difícil acomodo en el estilo “recogido” y sosegado de Buscando leones en las nubes). En la edición de esta semana han sonado, Patience Dabany, del propio Gabón, Ballaké Sissoko, maliense, la etíope Gigi Shibabaw, la caboverdiana Lura, Asmara All Stars, la banda eritrea, Dobet Gnahoré de Costa de Marfil, Ismael Lô, senegalés, la camerunesa Kareyce Fotso, el congoleño Lokua Kanza y Pierre Akendengué, el gran clásico gabonés, que aparece en último lugar pues he querido que la apertura y el cierre de la emisión los pongan voces de nuestro país invitado. Su reivindicativa canción Africa obota, que hemos escuchado en el programa, protagoniza también el extraño vídeo de esta semana, con un fondo algo surrealista de imágenes del propio músico y mapas y fotos de África y Gabón.




El pájaro de la lluvia