martes, 17 de febrero de 2026
TODOS AMÁBAMOS A ALGUNA
Buscando leones en las nubes os ofrece hoy la tercera y última entrega de la serie dedicada, en las dos dimensiones del espacio, la literaria y la musical, a Las vírgenes suicidas, la primera novela del muy interesante escritor estadounidense Jeffrey Eugenides, y la también película de debut de la directora Sofia Coppola. Con la excusa del vigésimo quinto aniversario del estreno en España de la cinta de la hija del genial creador de El Padrino, hace unas semanas presenté en Todos los libros un libro, mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca, una extensa reseña sobre sobre el motivo central de estas emisiones. Puede verse, escucharse y descargarse en el blog del espacio y en mi canal de YouTube.
Desde el primer punto de vista, el que atañe a la literatura, el programa lo componen doce fragmentos (la semana pasada fueron diez y la anterior otros once) de la novela, acompañados, en la sección musical del programa, de otras tantas canciones, recogidas de cuatro fuentes distintas: temas citados expresamente en el libro, piezas que suenan en el transcurso de la película, melodías entresacadas de la banda sonora creada expresamente para el filme, y canciones escogidas de entre los grandes éxitos de la época, los primeros años setenta. Sus intérpretes son The Carpenters, Simon & Garfunkel, Neil Young, Seals and Crofts, Bill Withers, David Bowie, Van Morrison, Tim Buckley, America, The Bee Gees, Elton John y Air, el dúo francés de pop electrónico, responsable de la banda sonora de la película de Sofia Coppola.
Las hermanas Lisbon tenían trece años (Cecilia), catorce (Lux), quince (Bonnie), dieciséis (Mary) y diecisiete (Therese). Eugenides nos presenta a las chicas el día en que Cecilia, la menor, lleva a cabo su primer -y si introduzco el ordinal, obviamente frustrado- intento de suicidio. Rescatada a tiempo de la bañera en que se ha cortado las venas, sobrevive y sus padres, siguiendo el consejo del psiquiatra al que consultan, deciden favorecer la integración social de unas niñas que, hasta ese momento, vivían atrapadas entre la severidad de sus progenitores, el estricto y férreo régimen de vida al que las someten y la difusa llamada, atrayente aunque imposible de obedecer por sus condicionamientos familiares, de un mundo exterior que apenas alcanzan a vislumbrar.
Fruto de esa nueva “política”, y una vez recuperada Cecilia, los Lisbon organizan una fiesta en su casa en la que, bajo rigurosas restricciones, las chicas puedan conocer a otros jóvenes del vecindario, muchos de ellos compañeros de estudios, con los que, sin embargo, su contacto se limitaba a un distante, reservado y esquivo trato escolar. Las inseguridades, la timidez, la inexperiencia adolescentes, el particular aislamiento de las chicas y el torpe apocamiento de los muchachos convierten el encuentro en un episodio incómodo, cargado de silencios, al que pondrá trágico fin la propia Cecilia, que, tras subir a su habitación inopinadamente, abandonando la fiesta, acabará con su vida saltando desde su ventana sobre las verjas del jardín.
A partir de este funesto y en apariencia inexplicable suceso inicial, se desarrolla toda la novela, en la que de continuo se entremezclan la descripción de la cotidianidad de las chicas y la de sus, a la vez, deslumbrados y perplejos, temerosos e hipnotizados admiradores juveniles; la revelación de los pormenores de la muy singular vida doméstica de los Lisbon; y, sobre todo, los apuntes, meros atisbos, especulaciones e inferencias sin apenas base real, hechas de rumores, suposiciones e interpretaciones no siempre fundadas, acerca del enigma insondable, del indescifrable secreto que encierran unas muchachas que se nos aparecen -a sus encandilados observadores y al lector- rodeadas de misterio e interrogantes y nimbadas de un aura de fatalidad.
Todos amábamos a alguna
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