martes, 27 de octubre de 2026


LA MUERTE TIENE UNA ORDEN DE CAPTURA 

Buscando leones en las nubes ofrece esta semana la tercera emisión de la serie que estamos dedicando a Julian Barnes, con ocasión de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras correspondiente a este año 2026, cuya entrega se produjo hace solo unos días, el pasado viernes 23 de octubre. En los dos programas precedentes, la parte literaria de ambos programas giró sobre una novela espléndida del británico, La única historia, y esta vez lo hará sobre otra de sus obras, también muy interesante, Nada que temer, a la que en 2011, año de su publicación en España, ya dediqué un espacio en Buscando leones en las nubes, que ahora recupero con alguna modificación. 

Nada que temer
comparece aquí, no solo en razón al muy merecido y entusiasta homenaje por mi parte a Julian Barnes, sino también porque se trata de una obra híbrida, una mezcla de géneros -ensayo, autobiografía, memorias, reflexiones literarias-, que gira sobre el tema principal de la muerte, especialmente presente en nuestra realidad social con la cercanía del Día de los Difuntos. El libro se plantea como una larga e ininterrumpida divagación en la que comparecen los temas esenciales del universo literario del inglés: la familia, la obra de otros escritores, la literatura en general, la religión, el arte, la filosofía, Dios. No creo en Dios, pero le echo de menos, así da comienzo, significativamente, el libro. Y todos esos asuntos aparecen enlazados en un envolvente hilo narrativo, en un discurso muy fluido que va y viene, que vuelve sobre los temas una y otra vez, que se reitera, que incide en algunos elementos que se repiten, al modo de una pieza musical en la que se reconocen ciertas frases, ciertas notas, ciertos acentos, que surgen aquí y allá, y que hacen discurrir muy eficazmente el relato, que avanza entre digresiones y desvíos, dotándolo de una agilidad y una apariencia de sencillez que son marca del autor, pero que esconden, sin embargo, una compleja arquitectura. 

En el libro Julian Barnes nos habla de la vida de su familia, de su infancia, de su hermano filósofo, al que introduce como interlocutor, y por tanto como personaje literario en la obra, de sus recuerdos de sus padres (comprensivo con el progenitor, despiadado a veces en lo que afecta a la memoria de la madre)... pero el libro no es una autobiografía. Por cierto, escribe, esto no es mi autobiografía. Tampoco es la búsqueda de mis padres (...). Lo que estoy haciendo, en parte -y que puede parecer innecesario-, es intentar comprobar hasta qué punto están muertos. 

Más allá de la intrahistoria familiar, sus meditaciones sobre la muerte se anclan también en la obra de escritores que tuvieron a nuestra condición mortal como objeto de sus reflexiones e incluso de sus obsesiones. El libro, interesantísimo aunque sólo fuera por este enfoque, aparece trufado de infinidad de citas de numerosos autores que aportan sus visiones de la muerte: Stendhal, Montaigne, Flaubert, Somerset Maughan, los hermanos Goncourt, Alphonse Daudet, y, sobre todo, Jules Renard, de cuyo diario se hacen abundantes y sustanciosas transcripciones. Algunas de esas citas se recogen en el programa entreveradas con fragmentos debidos al propio autor. 

Y en este entramado de falsa autobiografía, historia familiar, referencias literarias y pensamientos personales del autor, surge también el muy sutil y divertido humor británico de Barnes, de tal manera que la distancia irónica con la que de un modo demoledor relativiza cualquier sombra de grandilocuencia en el tratamiento de temas potencialmente tan dramáticos, convierte la lectura del libro en una distendida y gozosa delicia. 

En lo que se refiere a la música, la emisión la integran preciosas canciones, en general tristes, que se refieren también, más o menos literalmente, a la muerte: la de los seres queridos, la del amor, la de las cosas que nos rodean y van desapareciendo, la pequeña muerte simbólica y placentera que el sexo supone, y tantas otras… Sus intérpretes son Morrisey, Current 93, Cassandra Wilson, Emiliana Torrini, Tom Waits, Toni Childs, Scott Walker, Duffy, Coldplay, Portishead y Patty Griffin, que despide el espacio con la algo ominosa Death’s got a warrant, que tan bien ilustra el relato clásico de la muerte y el criado que huye de Bagdad (No puedes esconderte, Dios tiene tu número, sabe dónde vives, la Muerte tiene una orden de captura).

 
La muerte tiene una orden de captura

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