lunes, 31 de agosto de 2009


PARA ABRIR BOCA

Bienvenidos, tras unas vacaciones nunca demasiado largas, al blog de Buscando leones en las nubes. Espero que hayáis pasado un buen verano y que volváis con ganas de reanudar el contacto con la peculiar selección de música y literatura a la que siempre os quiere invitar Buscando leones en las nubes.

Desde hoy, y hasta que comiencen las emisiones regulares de Radio Universidad, quiero ofreceros algunas ediciones de cursos pasados que os sirvan para abrir boca y para retomar paulatinamente el pulso del programa.

En esta primera entrega os dejo dos programas, los que se corresponden con las presentaciones de las temporadas 2006/2007 y 2007/2008 respectivamente. Son emisiones introductorias en las que se explica someramente el propósito, la intención, la estructura y el ‘estilo’ de Buscando leones en las nubes. El formato elegido para esas sesiones ‘inaugurales’ es el misceláneo, tan querido y utilizado en nuestra ya no tan pequeña historia. Canciones preciosas, delicadas e intimistas, recogidas y melancólicas, entreveradas con textos variados, reflexiones, citas de libros, fragmentos de novelas, versos sueltos, formando un conjunto que constituye nuestra principal seña de identidad y que se caracteriza, dejadme ser inmodesto una vez más, por la aspiración y la búsqueda de la belleza.

En el primer programa, con el que iniciamos el curso 2006/2007, se escuchan canciones de Anjani Thomas, Bob Evans, Amalia Grè, Stuart A. Staples, Joan As A Police Woman, Geoffrey Oryema, Katie Melua, Rim Banna, Till Broenner y Aline De Lima. Los textos leídos entre ellas se deben a José Carlos Llop, Philippe Claudel, Juan Antonio Masoliver, Ian McEwan, Imre Kertész, Harkaitz Cano, José Avello, Michael Cunnhingam, Pierre Sansot y Antonio Gómez Rufo.

Las emisiones del curso 2007/2008 se abrieron con canciones interpretadas por Lisa, Abbey Lincoln, Teófilo Chantre, Silje Nergaard, Celso Fonseca y Ronaldo Bastos, Lyambiko, Bob Harz, Richard Hawley y Liquid Blue. Los fragmentos literarios fueron escritos por Sarah Waters, Justo Navarro, James Salter, Paul Torday, Luis Landero, Philip Roth, Orhan Pamuk, Gonzalo Suárez y Eduardo Lago.

Confío en que podáis disfrutar un curso más -y van once- con la propuesta de Buscando leones en las nubes. ¡¡¡Bienvenidos!!!

PD.- Os dejo, como puerta de entrada al blog por este curso, un precioso león posando entre nubes (en una foto obra de Anna Bakulina) con el deseo de que, si perseveráis en la búsqueda, logréis encontrar muchos más.



Presentación 2006/2007


Presentación 2007/2008

domingo, 19 de julio de 2009


EL VIENTO DE LA LUNA
A pesar de que todo el mundo está aquí de vacaciones (yo mismo incluido), quiero ofreceros una nueva entrega (doble, además) de Buscando leones en las nubes, en parte por razones de oportunidad (como comprenderéis unas líneas más abajo), en parte porque no sé si podré reaparecer en el blog antes de septiembre (no descarto alguna recuperación agosteña de programas pasados) y seis semanas son muchas para dejar de alimentar a esta criatura que, como las plantas, se amustia y languidece si no se la provee de nutrientes con regularidad. Y ciertamente que resulta sustancioso, vigorizante y suculento el menú que ahora dejo aquí para solaz (eso espero) de los cuatro o cinco asiduos que seguís descargándoos programas pese a la tórrida y muy evidente desbandada estival.

El 20 de julio de 1969 el hombre pisó la luna (la prensa y los medios de comunicación nos bombardean estos días con reportajes variopintos sobre la efeméride). El crucial acontecimiento me sirve de excelente excusa para desempolvar un par de emisiones que salieron al aire en enero de 2007 y que tuvieron a la luna como protagonista principal. Se trata de dos programas, de una serie de cuatro dedicada a Antonio Muñoz Molina, centrados en El viento de la luna, la que hasta entonces era la última novela publicada (en la editorial Seix Barral) por el académico andaluz (se anuncia una nueva para el último trimestre de este año).

El viento de la Luna transcurre a lo largo de los días de julio de 1969 en los que la misión espacial del Apolo XI viajó a la luna, y que culminaron, el 20 de julio de ese mismo año, en aquel primer paseo de Amstrong y luego de Aldrin, por la superficie lunar. Recordaréis la famosa frase de Amstrong: Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad. Pues bien, en aquellos días, en Mágina, el inventado pueblo jienense en donde Muñoz Molina ha situado una gran parte de su obra, un chico de trece años, trasunto del propio autor, como lo es Mágina de su Úbeda natal, vive este suceso con la misma intensidad y apasionamiento con los que disfruta de las novelas de aventuras o los tebeos de ciencia ficción.

La novela juega en todo momento con el contraste entre dos planos. Por un lado se describe con precisión la atmósfera en la que se desarrollaba la vida gris, roma, sin expectativas, de un adolescente en la triste España franquista, un hijo de agricultores sin otra aparente perspectiva vital que la obediente reproducción de los esquemas de comportamiento marcados por su trayectoria familiar y por la mediocridad y las represiones de la vida provinciana. Por otro lado, ese adolescente sueña con las posibilidades -a las que la misión espacial y la conquista de la luna apuntan como metáfora- de una vida más plena, de una edad adulta y una madurez felices y logradas; una felicidad y un logro que el joven puede entrever, puede imaginar a través de la fascinación que encuentra en los libros y el cine. Y así, la expedición a la luna aparece como emblema de un futuro que -a los ojos del muchacho, casi un niño aún- se presenta como el advenimiento de una nueva era, no tanto para la humanidad entera, como señala el comandante Amstrong, cuanto para él mismo; una nueva era que sea a la vez clausura de un mundo antiguo y opresivo y apertura a una vida más verdadera, más intensa, más -podríamos decir- realizada. Hay a lo largo de la novela, pues, un juego constante entre la prosaica -y en ocasiones también poética- realidad adolescente y la fascinación por la aventura espacial como símbolo del sueño, del anhelo de libertad.

Me interesa resaltaros también que en El viento de la luna tiene un especial protagonismo el padre del autor, en otro rasgo claramente autobiográfico de la novela, y que el fallecimiento de su progenitor en los días de la escritura del libro llevó a Muñoz Molina a dedicárselo tiernamente a su padre. Y me interesa mencionaros este dato porque para mí, aún un niño en esos días, la llegada del hombre a la luna está también unida a la figura de mi padre que, entonces un hombre joven, más de lo que lo soy yo ahora, lleno de una inquietud, una curiosidad y un entusiasmo que hoy me resultan imposibles de asociar a su figura, intentó -vanamente, sin éxito alguno- convencer a sus hijos -yo, el primogénito, entre ellos- para acompañarlo a esas horas intempestivas en su presencia fascinada ante el televisor. No podéis siquiera imaginar (o quizá sí) la enorme fuente de reflexiones (sobre la dificultad de la existencia, sobre el sentido de la vida, sobre el paso del tiempo, sobre la desesperanza que nos trae la cercanía de la muerte, sobre la radical inutilidad de nuestros afanes) que supone para mí la nostálgica constatación del hecho de que mi padre, un anciano que parece haber dimitido de toda alegría e ilusión vitales, hubiera sido alguna vez un hombre lleno de estímulos, lleno de energía, lleno de vida, en el esplendor de su carrera, de su vida profesional y familiar… ¿he dicho esplendor?... sic transit gloria mundi.

La música que acompaña a los textos de Antonio Muñoz Molina la ponen unas cuantas canciones que hablan de la luna desde su mismo título. En algunas de ellas nuestro satélite ‘opera’ como referencia directa e inmediata, en otras se trata sólo de alusiones indirectas y más o menos metafóricas. En todos los casos, piezas preciosas, con ese tono lánguido y melancólico que tan bien se aviene con el estilo del programa y en esta ocasión, además, con la atmósfera del la novela del escritor andaluz. En la primera emisión los intérpretes fueron Billie Holiday, Celtic Fayre, Eels, Neil Young, Jazzamor, Grant Lee Phillips, Paul Simon, Tom Waits, Norah Jones y Sting. En el segundo programa, cantaron Alice, Lyle Lovett, Nick Drake, Nina Simone, David Gray, Petra Haden con Bill Frisell, Tindersticks, Ornella Vanoni, Sting (que recurrente, y al parecer algo obsesionado con la luna, repite), Mia Doi Todd, Nils Lofgren y Richard Hawley.

Mi poca disponibilidad de tiempo para confeccionar esta entrada (de hecho, lo esencial del texto que acabáis de leer repite lo que podréis encontrar en la introducción del primer programa) me impide ofreceros vídeos alusivos. Otra vez será (porque, os lo anticipo ya, habrá más ocasiones de hablar de la luna, de la noche en general en las emisiones de Buscando leones en las nubes del próximo curso).

Espero, vuelvo a insistir, tener ocasión de desembarcar aquí alguna otra vez a lo largo de este verano. En cualquier caso, y por si no es así, permitidme desearos a todos los que aún me leéis unas estupendas vacaciones. (También a los que ya no me leen, aunque ellos, sin duda, ya estarán disfrutando).


El viento de la luna I


El viento de la luna II

miércoles, 8 de julio de 2009


ARDE EL MAR BAJO EL FUEGO DE LEVIATÁN

En noviembre de 2002, con ocasión del naufragio del Prestige frente a las costas gallegas, del desastre ecológico provocado en sus aguas, en la fauna y en la flora marinas, de la dramática repercusión que supuso en las vidas de las gentes de Galicia la devastadora tragedia, Buscando leones en las nubes ofreció un programa especial que quería ser tanto un acto de simpatía y solidaridad con quienes sufrían esa horrible marea negra como un alegato y una protesta -en sordina, en voz baja, conforme al estilo de nuestra emisión- en contra de la avaricia ciega, la casi siempre fraudulenta e impune obsesión por el dinero, la codicia de los comerciantes, los abusos del poder y, en definitiva, en contra de ese estado de cosas -el que vivimos cotidianamente- que permite que tales situaciones se repitan una y otra vez. Un alegato que hacía suyos los gritos unánimes de Nunca mais, repetidos por la ciudadanía gallega en esos días.

El programa se organizó, inusualmente, en dos partes. En la primera, que se acomodó al esquema convencional de nuestras emisiones, seleccioné poemas de escritores españoles e hispanoamericanos que tienen al mar como centro y motivo principal acompañados de canciones también marinas, con el mar, en sus múltiples manifestaciones, como referente último de las letras y con el suave murmullo de las olas sonando literalmente en más de una pieza. Los poemas, extraídos como los del programa de la semana pasada del monográfico que la revista Litoral dedicó a ‘La poesía del mar’ hace ya algunos años, en un número hoy casi inencontrable, fueron escritos por grandes nombres de la literatura en español: Luis García Montero, José María Álvarez, Eduardo Chirinos, Leopoldo Alas, Gabriel Celaya, Eloy Sánchez Rosillo, Pablo Neruda, Pere Gimferrer y Ana María Navales. Las piezas musicales, extraordinarias todas, fueron interpretadas por Oscar Peterson, en una espléndida versión al piano del Wave de Antonio Carlos Jobim, Cassandra Wilson, Radio Futura, el Quarteto Morelenbaum con Riuychi Sakamoto, Augusto Cego, Enya, Adriana Calcanhoto, Esclarecidos y Cesaria Évora (que repite en los dos programas, aunque con canciones distintas) en una muestra variada pero con un inequívoco aire ibérico, con un número importante de canciones cantadas en español y portugués, no en vano nuestros pueblos han sido siempre marineros y pescadores, conquistadores y aventureros de la mar.

Tras esta primera parte más general, más abstracta e intemporal, leí, a modo de corolario, en una coda final vinculada específicamente a la tragedia del Prestige, un texto del genial Álvaro Cunqueiro, publicado en 1976, cuando el incendio y posterior hundimiento del buque tanque Monte Urquiola en La Coruña sumió a Galicia y a España toda en un pesar y una indignación similares a las que habrían de sufrir tres décadas más tarde. El breve escrito, un artículo de prensa, se editó luego en un librito recopilatorio de la obra periodística de Álvaro Cunqueiro relacionada con el mar, Fábulas y leyendas de la mar, publicado por la editorial Tusquets en 1982 en una edición a cargo de Néstor Luján. Por desgracia, casi treinta años después, el convincente relato lleno de prodigiosa erudición y humanísima cultura, repleto de fantasía y tocado por la poderosa imaginación del portentoso escritor de Mondoñedo, seguía absolutamente vigente, una prueba más de que la maldad, la corrupción, la estupidez, la improvisación, la desidia humanas no tienen cura, y una nueva evidencia, por si fueran pocas, de que el Nunca mais repetido hasta la saciedad en esas fechas se mostraba necesario y repleto de sentido. El texto de Cunqueiro, un escritor formidable, que os recomiendo muy vivamente, y del que os hablaré en alguna otra ocasión, fue leído entre los sones, melancólicos, pero a la vez optimistas e ilusionantes, de una bellísima pieza del grupo gallego Luar na lubre.

Quiero aprovechar la ocasión de que Cassandra Wilson sea una de las intérpretes presentes en la emisión para dejaros, en la sección de vídeos, una nueva muestra (ya ha habido otras) de su inmenso talento musical. Son seis magníficas versiones jazzísticas de algunos clásicos de la música popular de nuestros días. En primer lugar, una interpretación, grabada en el festival de jazz de Vitoria en 2005, del clásico de Bob Marley, Redemption song. A continuación, y en el mismo festival, Fragile, la conocida pieza de Sting. Luego, un vídeo, muy apropiado para Buscando leones en las nubes, por razones que no se os escaparán en cuanto lo veáis, con la excepcional Tupelo honey de Van Morrison. En cuarto lugar, la prodigiosa Time after time, tan bonita, tan íntima, en una versión tan sutil que soporta la austera foto fija de la cantante durante todo su transcurso. Después, en quinto lugar, el Come together de los Beatles, cantado a dúo con Diane Reeves. Por último, vuelvo a dejaros, como hace unos meses, el Harvest moon de Neil Young porque la delicadísima interpretación de Cassandra Wilson merece ser ‘revisitada’.




Arde el mar bajo el fuego de Leviatán

martes, 30 de junio de 2009

EL MISMO MAR DE TODOS LOS VERANOS

Tomo prestado el título de la magnífica novela de Esther Tusquets, lleno de resonancias y evocaciones, para encabezar la última entrega de Buscando leones en las nubes por este curso. En estos días veraniegos, de descanso vacacional, el mar es para mí la esencia de la vida deseada: sol, calor, cielo azul, el murmullo incesante de las olas, la maravilla de un pescado a la plancha y un vino blanco helado, la emoción de una buena compañía: todas esas manifestaciones, impregnadas de una inocencia primordial, retazos de una especie de paraíso primitivo, natural, muy sencillo, hecho de deseo y exaltación, de pereza y carnalidad, de sensaciones elementales, no pasadas por el filtro de la razón: la arena caliente, el agua fresquísima, el lujo de los sentidos, los cuerpos quemados por el sol, el tenue rastro de la sal sobre las pieles morenas, en fin… todos esos placeres modestos y sin embargo inconmensurables.

He querido, por todo ello, dedicar el programa al mar, por segunda vez en la historia de Buscando leones en las nubes (la primera fue hace muchos años, en noviembre de 2002, con ocasión de la terrible tragedia del Prestige; la semana próxima os ofreceré ese programa, ya sólo aquí, en el blog, las emisiones en directo han finalizado y no vuelven hasta el curso próximo). Y así, he escogido poemas y canciones en los que el mar es protagonista, de un modo directo o como metáfora versátil. Los poemas fueron escritos por Ángela Vallvey, Juan Manuel Villalba, Almudena Guzmán, Alexis Díaz-Pimienta, Martín López-Vega, José Mateos, Andrés Trapiello, Felipe Benítez Reyes, Álvaro Salvador, Miguel Sánchez Ostiz, Javier Rodríguez Marcos y Emilio García Montiel. Las canciones las interpretaron Isobel Campbell con Mark Lanegan, Souad Massi, Morcheeba, The Be Good Tanyas, Cesaria Evora con Marisa Monte, KT Tunstall, Silvia Comes con Lidia Pujol, Márcio Faraco, Coralie Clément, Mia Doi Todd, Richard Hawley y Eleni Karaindrou.

Aprovechando que una de las canciones del programa es la magnífica The sea de Morcheeba, y dado que se trata de un grupo que siempre me ha entusiasmado y que ha aparecido en Buscando leones en las nubes desde sus primeras emisiones, la sección de vídeos de esta semana está centrada en exclusiva en el grupo de los hermanos Godfrey. Gran festival Morcheeba, pues. En la mayor parte de los casos con la estupenda Skye Edwards al frente. Su marcha, hace unos años, ha dejado a Morcheeba sin su magia y sus dos últimos discos, salvo alguna pieza aislada, son más bien insustanciales. Podréis ver (en un nuevo y desmesurado exceso muy mío) The sea en directo, Otherwise, Rome wasn’t built in a day, Be yourself, Undress me now, Blindfold, World looking in y Wonders never cease, esta última con Daisy Martey en la voz principal.

La muy sugerente foto que acompaña esta entrada, mar y nubes, la he extraído de www.fijaciones.org, una página repleta de fotografías excepcionales debidas a Marta Pereyra.





El mismo mar de todos los veranos

martes, 23 de junio de 2009

ANA MARÍA SHUA ENTRE SUEÑOS

El penúltimo programa de Buscando leones en las nubes por este curso se centra en Ana María Shua, la escritora argentina que pasa por ser una de las máximas exponentes, de las más destacadas figuras del microrrelato. El microrrelato es un género literario, si es que podemos llamarlo así -no sé si el término ‘género’ es algo desmesurado para nombrar una realidad que quizá no tenga tanta entidad-, con una consolidada tradición en la literatura. Prueba de ello es que de un modo u otro, con una denominación u otra, los mejores nombres de la historia literaria española (¡incluso Juan Ramón Jiménez!) han escrito microrrelatos (leed, en este sentido, el interesantísimo libro Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, publicado por la Editorial Libros del Pexe en Gijón, en el pasado 2007. La edición y el análisis preliminar corresponden a Teresa Gómez Trueba, a partir de los trabajos presentados en unas jornadas organizadas por la Cátedra Miguel Delibes en Valladolid). La voluntad de comunicar ideas, de transmitir emociones, de narrar historias de manera concentrada e intensa, es uno de los más nobles propósitos que ha movido a la literatura desde sus inicios, pensad en la poesía o en los cuentos como manifestaciones paradigmáticas de esta intención. Pero es que además, las fábulas y apólogos de la tradición oral, las máximas y aforismos, las frases lapidarias, con los que tantas concomitancias guardan los microcuentos, siempre han existido en la historia de la literatura y quizás los relatos hiperbreves sean su manifestación más actualizada, más acorde al sentir y al pensar del siglo XXI, de ahí su indiscutible éxito.

Por todo ello, por ese anclaje en algunas de las manifestaciones más destacadas de la expresión literaria universal, tienen razón quienes encuentran en el microrrelato mucho de estimable, de interesante, de fecundo. La ficción breve es, muy a menudo, emoción, es intensidad, es -casi siempre- humor, es investigación y recreación y reelaboración de pautas literarias tradicionales, es expresividad, es precisión. Hay muchos otros argumentos en favor de las narraciones hiperbreves, de los cuentos mínimos, de los microrrelatos, de la minificción, que de todas estas formas aparece denominado el género en foros diversos. El principal aliciente que ofrecen al lector estos cuentos brevísimos es que resultan ser un concentrado de alguna de las mejores virtudes que uno pide a los libros: intensidad, depuración estilística extrema, despojamiento, narración, belleza, en ocasiones mensaje o moraleja, siempre sencillez, ingenio, agudeza, poesía, imaginación, sorpresa, experimento.

Además, estas historias que se plantean, se desarrollan y se resuelven en un puñado de líneas encuentran acomodo, una ubicación natural, podríamos decir, en estos tiempos actuales de prisa, rapidez, fugacidad, velocidad, un mundo en el que no hay tiempo, aparentemente, para degustar novelas extensas y muy complejas, y en el que los lenguajes de la publicidad, del cine, de los videojuegos, de los sms, de la televisión, de Internet, están provocando, en cierto modo, dicho sea quizá con algo de exageración, un cambio antropológico en el que el cerebro del ser humano se convierte en un órgano multitarea (siempre lo fue, pero ahora la exigencia de la multifunción es desmesurada), con dificultades para la concentración, para la disciplina intelectual, pero muy diestro en cambio para ocuparse simultáneamente, signo de los tiempos, en enviar un correo, descargar una canción, consultar la prensa, mirar la televisión y, por qué no, leer un texto literario brevísimo. De tal manera, me atrevo a aventurar, que el extraordinario crecimiento y la muy notable difusión de los cuentos hiperbreves en las dos últimas décadas puede deberse, más que a una genuina fundamentación literaria, a los propios rasgos que definen, en cierto modo, el mundo actual, la rapidez, la brevedad, la inmediatez, la celeridad. Nuestras sociedades desarrolladas, en este frenético siglo veintiuno, ya no tienen tiempo para la reflexión en reposo, para la lectura demorada, para el sosiego y la tranquilidad. En nuestro mundo actual todo es urgente, todo cambia de continuo, nada persiste más allá de la efímera actualidad, que sólo dura dos días y se esfuma en un instante para dejar paso a otro acontecimiento igual de episódico, igual de irrelevante, igual de banal. Nada deja huella, nada se conserva, nada se mantiene, nada sucede realmente, pues todo pasa sin mostrar consistencia, sin arraigar, sin dejar estela de su veloz suceder. Y es en esta acelerada y fragmentaria realidad en donde el microrrelato encuentra su espacio natural. En estos días de pensamiento débil, de discursos poco elaborados, de argumentaciones supuestamente desarrolladas en tan sólo ’59 segundos’, el microrrelato florece, pues ofrece al lector de hoy píldoras de pensamiento, concentrados de emoción, síntesis de historias, en definitiva, un producto -y utilizo intencionadamente el término- de consumo sencillo y rápido, que guarda, a mi juicio, bastantes concomitancias con los engañosos cantos de sirena de los anuncios publicitarios; un producto, por tanto, de casi siempre fácil digestión, una opción literaria que se acomoda, que se pliega de un modo especialmente adecuado a estos oscuros y superficiales signos de nuestro tiempo.

Por ello es también verdad, y lo señala de un modo muy nítido, y muy combativo también, Andrés Ibañez en un polémico y muy contestado artículo publicado en el ABCD las letras y las artes el 22 de marzo de este año, es verdad, digo, que, salvo excepciones, muchos de los pequeños cuentos que se acogen a la denominación del género, y que se presentan bajo la etiqueta de minificción no son literatura, sino, en el mejor de los casos, meras frases ingeniosas, simples versos más o menos brillantes, ralos pensamientos supuestamente profundos, bromas literarias de dudoso gusto, y en el peor, burdas sucesiones de solecismos, clichés y sorpresas tontas, en palabras literales del crítico. Al modo en el que la permisividad artística imperante ha corrompido la misma noción de Arte y hoy cualquier estudiante de Bellas Artes, incapaz aún de dibujar en su cuaderno los trazos limpios de un rostro, perpetra ya instalaciones o inventa performances, cualquier mediocre aspirante a escritor, negado para construir un personaje, describir un paisaje, componer una trama, estructurar una historia, se atreve sin embargo a urdir en una tarde decenas de estos presuntos hallazgos literarios, y los presenta a certámenes varios… y así se multiplican los concursos, y los periódicos fomentan el género, y los medios de comunicación en general premian el cuento más breve, ocho líneas, cinco, dos, diez palabras, cuatro, una palabra… Hasta el punto de que, por qué no, estoy dispuesto a intentarlo yo mismo, aquí, sobre la marcha: Microrrelato. Autor: Alberto San Segundo. Título: Yo. Texto: ¡Egoísta! Et voilà, genial, heme aquí convertido en fiel representante del género de moda, intérprete genuino de ‘la esencia del arte literario’. Convendréis conmigo en que la tontería dominante ha contagiado también al muy digno territorio de la literatura.

Afortunadamente, cuando Ana María Shua se adentra en el universo de la minificción (ella ha escrito también novelas y poesía y cuentos y guiones y teatro) aprovecha todas las ventajas y no incurre en ninguno de los inconvenientes que acabo de reseñar. Sus microcuentos, recogidos recientemente en la inmensa (cerca de novecientas páginas) Cazadores de letras, publicado hace unos meses por la Editorial Páginas de Espuma, y que incluye sus cuatro libros de microrrelatos, la obra completa de minificción de la argentina, son, en general, espléndidos, llenos de referencias mitológicas, literarias, filosóficas; repletos de sabiduría, de humor; rezumando misterio, profundidad, poesía y belleza. De esos cuatro libros, el primero, de título La sueñera, contiene doscientos cincuenta brevísimos textos con los sueños como referente principal. De él he entresacado los relatos que constituyen el Buscando leones en las nubes de esta semana. De La sueñera ha escrito en El Cultural de El Mundo Ernesto Calabuig: La sueñera, primera obra de este volumen, un mundo de apariciones y evidencias privadas entre el duro insomnio, la vigilia, el sueño y el despertar: criaturas y temores de la noche, diálogo con quienes se fueron o con los objetos cotidianos que, en la oscuridad, cobran otra naturaleza: la silueta inquietante de la ropa en una silla, la rebelión de una sábana de poliéster, el crujido/lamento de una mesa, la bañera que parece tener vida propia, el rostro en el espejo, la cabeza de uno vuelta acuario donde se agitan y proliferan peces tropicales. Sueños que emparentan con raros mundos subacuáticos, cuya textura nos envuelve e inunda, maridos que, al despertar, forman parte de la pesadilla, cirujanos desconcertantes que nos tienen en sus manos, inquilinos que nos habitan, imposibilidad de huir, de ponerse a salvo...

Para acompañar los textos, como siempre, música preciosa y relajante, tranquila y con un punto de tristeza y melancolía. Canciones estupendas interpretadas por Melody Gardot, Kiran Ahluwalia, Neil Halstead, Eveline Hecker, Amos Lee, Eleni Mandell, Till Bronner, Rokia Traoré, Carol Duboc, Heather Nova, William Galison con Madeleine Peyroux y Holly Throsby.

En la sección de vídeos os dejo algunos de los artistas que han sonado en el programa. De Holly Throsby, un vídeo muy singular, grabado artesanalmente con una pequeña cámara, con la intimista y dulce voz de la cantante australiana creando una atmósfera muy recogida y agradable en la canción We're good people but why don't we show it? De la fascinante Kiran Ahluwalia, de origen hindú y canadiense de adopción y muchas veces invitada a pasearse por las nubes en nuestro programa, os ofrezco una muestra de su envolvente y seductora magia musical, Teray darsan. De otra de las chicas favoritas del programa, Heather Nova, el vídeo de River of life, una propuesta transparente y cristalina. De la maliense Rokia Traoré, Dunia, otra de sus muchas maravillas. Por último, otra chica, muy del estilo made in Buscando leones en las nubes, Melody Gardot, interpretando con intensidad Worrisome heart.






Ana María Shua. Entre sueños

martes, 16 de junio de 2009

HARUKI MURAKAMI. AL OTRO LADO

La propuesta literario-musical con Japón como protagonista principal, la miniserie nipona que inició Buscando leones en las nubes al comienzo de este curso 2008-2009, llega esta semana, con el año académico dando sus últimas boqueadas, a su término. El invitado estelar de nuestra emisión de ayer fue Haruki Murakami, el misterioso, fascinante, controvertido y genial escritor japonés.

Os contaré, antes de hablaros brevemente de la literatura de Murakami, mi peripecia personal en relación a su obra literaria. Siempre, desde que empezó a ser publicado en España, me había parecido un escritor demasiado raro. No soy yo un lector (ni una persona) dada a las fantasías, propendo al realismo, tengo poca imaginación y no me gusta demasiado (y por ello sobrellevo mal) la presencia en los libros y en mi vida de lo insólito, de las experiencias extrañas, de las aventuras algo místicas, de las apariciones fantasmagóricas (no me pronunciaré, por no llenar esta entrada de insultos, sobre las paparruchas paranormales). Por todo ello, por considerarlo peligrosamente ‘irreal’, me había negado reiteradamente a leerlo, pese a la cada vez más frecuente presencia de sus novelas en las librerías, en los suplementos culturales, en críticas y reseñas. Sólo la azarosa insistencia de mi amiga Elena Rodríguez (fiel seguidora del blog, aunque de escasas y muy medidas apariciones en él) me hizo decidirme por fin, hace unos tres años, a comprar Kafka en la orilla. No sólo superé mis reticencias antifantásticas, sino que me entusiasmó, desató en mí una auténtica fiebre Murakami (soy excesivo y apasionado: estos fenómenos de entrega ciega y algo alocada son muy frecuentes en mi vida). Compré y leí todos sus otros libros publicados en nuestro país (la iniciática y adolescente y musical Tokio blues, con su título original ‘beatleliano’: Norwegian wood; Al sur de la frontera, al oeste del sol; la monumental y desbordante Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; After dark, la última que ha visto la luz en España, que describe una noche en la frenética y acelerada vida de Tokio; los sorprendentes cuentos de Sauce ciego, mujer dormida; y aún me reservo Sputnik, mi amor para saborearla este verano), permanezco atento a sus novedades, recojo información sobre su persona y su obra, hago acopio de todas las canciones que cita en sus novelas y cuentos (de ello os hablaré luego), incluso viajé a Japón (no sólo por su influjo, bien es verdad), reconociendo su espíritu en las calles de Tokio… en fin, me he convertido en un fan (casi) incondicional de Haruki Murakami.

Y creo que ello es debido, precisamente, a esa imbricación de lo sorprendente, de lo mágico, de lo aparentemente imposible, de lo extravagante, con el realismo más común y usual, ello es lo que me llama la atención y lo que me hace especialmente atractivas sus novelas. Porque en todos sus libros suele haber una narración de fondo que podríamos denominar convencional en tanto que se nos cuentan historias, se nos describen vidas con un sustrato narrativo clásico, con una progresión lineal. Pero esto es sólo una primera apariencia que no supone lo más destacado de los diferentes textos, en los que hay, sobre todo, a partir de este entramado básico, una sucesión de efectos, de situaciones, de tramas, de digresiones, de intercalados, de añadidos que ya no responden a la lógica más previsible y que entran en lo que constituye uno de los rasgos típicos del estilo de Murakami, la amalgama de mundos paralelos: se entrecruzan ficción y realidad, aparecen sueños y visiones oníricas, el pasado, el presente y el futuro se confunden, se intercambian espacios, surgen relatos increíbles: uno de sus protagonistas puede hablar con los gatos; en el medio de una situación aparentemente normal, llueven, de manera inopinada, sardinas, caballas y sanguijuelas; un personaje vive encerrado en un pozo; los pájaros hablan; aparecen como seres reales entes de ficción como Johnny Walker (llamado Walken en una novela) o el Coronel Sanders, el icono de Kentucky Fried Chicken; uno de sus personajes femeninos (importantísima y muy intensa y atractiva la presencia de las mujeres en la obra de Murakami) protagoniza episodios dotado de una existencia aparentemente real y simultánea a los quince y a los cincuenta años; hay muertes horribles que quizá ocurren tan sólo en sueños; bosques de alucinación, callejones oscuros que dan paso a mundos inexplorados y misteriosos; y tantas y tantas otras manifestaciones de lo fantástico, de lo imprevisto, de lo sorprendente, de lo (repetiré el término) mágico, de una existencia muy fecunda y atractiva que se vislumbra, casi inadvertidamente, al otro lado. Y todo ello se desarrolla casi siempre en un escenario urbano, cosmopolita, extremadamente moderno, con multitud de referencias a marcas, a relojes Rolex y Casio, a coches Toyota, un escenario inequívocamente japonés, con los signos distintivos de esa cultura, la mitología, los símbolos tradicionales, pero también las calles populosas, los altos edificios, los jardines recogidos, con la singular comida, la extraordinaria gastronomía nipona, omnipresente en las novelas, como uno de sus elementos característicos. Un territorio literario también lleno de menciones al mundo occidental (ha sido criticado por eso por alguno de sus compatriotas), las melodías del jazz, los grandes nombres del pop y el rock de los 60 y 70, la música y la literatura clásicas, las tragedias de Shakespeare o Esquilo, los mitos griegos. Todo ello, esta aparente desordenada amalgama de elementos heteróclitos constituye, como digo, una de las más destacadas señas de identidad (que ciertamente lo acercan a la obra de otro ‘raro’, que se desenvuelve también con soltura en estos universos oníricos y en las fantasías surrealistas, el director David Lynch), de los rasgos definitorios de Murakami, un escritor formidable, capaz de crear mundos fascinantes; unos mundos eficazmente recreados en las estupendas versiones que Lourdes Porta, traductora habitual de Murakami, hace para la editorial Tusquets, que ha venido publicando hasta el momento toda su obra en nuestro país.

Los temas principales de Murakami, el amor, el sexo, la muerte, la identidad, la adolescencia, los sueños, aparecen entre infinidad de referencias a canciones. He recogido, durante mis lecturas de sus obras, decenas de citas de piezas musicales, sobre todo, como digo, de jazz y del pop y el rock de los sesenta y setenta. De entre todas ellas, he escogido las que constituyen la banda sonora del programa, con canciones, relativamente apacibles, para concordar con la atmósfera habitual de Buscando leones en las nubes, de Ella Fitzgerald, Lovin’ Spoonful, Stan Getz con Tom Jobim y Astrud y Joao Gilberto, Fleetwood Mac, Nat King Cole, los Beatles, Sam Cooke, Henry Mancini, Bob Dylan, Benny Goodman, Marvin Gaye, Miles Davis, Brenda Lee, Frank Sinatra y Brook Benton.

En la sección de vídeos hoy seré relativamente austero, os dejo tan sólo dos, aunque el segundo tiene trampa. En primer lugar, con el título Por falta de palabras, una recreación, muy breve pero preciosa, de uno de los cuentos de Murakami, Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril, que concentra de manera ejemplar alguna de las manifestaciones más relevantes del espíritu y la atmósfera de la obra del escritor nipón. El vídeo es una de las muchas maravillas surgidas de Imaginantes, un programa de divulgación cultural de Televisa, la emisora mexicana, que nos recuerda a todos, con esta extraordinaria propuesta, que hay muchas formas de hacer televisión y que caben proyectos imaginativos y brillantes y poéticos y llenos de belleza en ese medio al que por nuestra cómoda inercia, pero sobre todo por la burda y zafia avaricia de los mercaderes que normalmente los dirigen solemos asociar a griterío, incultura, bazofia, ordinariez y basura. Entrad en la página de Imaginantes y disfrutad de lo que con propiedad podemos llamar televisión de calidad, la televisión del futuro (como se obstina en subrayarme mi optimismo natural).

Y hablando de calidad en televisión, mi segunda oferta del día se concentra en un programa emitido por Cuatro el veinticuatro de mayo pasado, una emisión de Callejeros viajeros en la que Tokio fue el protagonista principal de casi una hora de excelente televisión. Os dejo el programa íntegro en seis vídeos consecutivos que requieren tranquilidad y tiempo para degustarlos pero que transmiten, si os decidís a verlos, una imagen muy completa de lo que es Tokio, con la ventaja añadida de que la perspectiva de la vida tokiota la ofrecen ciudadanos españoles que viven en la capital nipona. Un visión fidedigna de Tokio, pues, y una fórmula estupenda para, desde vuestras casas, adentraros en los escenarios de la obra de Murakami.




Haruki Murakami. Al otro lado

sábado, 13 de junio de 2009

EUGÉNIO DE ANDRADE

El 13 de junio de 2005 moría en Oporto Eugénio de Andrade (mantengo, como parece obligado, la grafía portuguesa de su nombre) y Buscando leones en las nubes le dedicaba a los pocos días un programa de homenaje, recuperación de otra emisión, centrada en el poeta, que había salido al aire en enero de 2004. Hoy, cuatro años después de su fallecimiento, dejo aquí ese programa originario, a modo de celebración de su figura y como recordatorio de una obra inmensa. Eugénio de Andrade es otro de los poetas favoritos de nuestro programa, pero sobre todo es, ha sido, uno de los grandes exponentes de la lírica portuguesa de todos los tiempos. En octubre de 2001, la editorial Pretextos presentó, con el título de Todo el oro del día, una antología completísima del poeta portugués de la que extraje los versos leídos en el programa y que, reeditada y enriquecida con posterioridad, recoge lo mejor de su poesía. Una poesía limpia, luminosa, llena de sol, de paredes encaladas, una poesía de la infancia, del recuerdo de la madre, del verano, de las flores, del agua, del amor, del sexo, una poesía algo triste, melancólica, pero a la vez sensual y radiante, austera, vagamente primitiva, primordial, estremecedora, bellísima, que os recomiendo vivamente. En la primera edición del programa recogía, a modo de introducción, unas frases de Ángel Campos Pámpano, autor de la traducción, la selección y el prólogo al libro, muy esclarecedoras sobre el poeta y su obra: Escribir es, para el poeta, estar atento a las voces del mundo, a la luz que ilumina de pronto el cuarto oscuro de la infancia o el del amor o el del sexo, pues el cuerpo, la realidad del cuerpo, es un motivo recurrente en esa celebración del mundo que es toda la obra de Eugénio de Andrade. A su muerte, la ministra de Cultura de Portugal, Isabel Pires de Lima, glosaba la escritura de su paisano fallecido afirmando: Es una poesía blanca o casi blanca, hecha con recursos mínimos. Es tan nítida que parece venir de los elementos naturales, a los cuales apela continuamente: las manos, los frutos, la sangre, el amor físico. Y en esos días, también, el premio Nobel José Saramago, se pronunciaba sobre la poesía de su compatriota: Es una poesía del cuerpo en su esencia física, pero, al mismo tiempo, como una especie de ascensión a la luz.

Por cierto, Ángel Campos Pámpano, un estupendo escritor extremeño, otro poeta de la luz, que igualmente ha aparecido más de una vez en Buscando leones en las nubes, moría también a finales de 2008. Queden también aquí unos versos suyos como despedida: Deja tras de ti un enigma/si has de salvar la muerte.

Elegí entonces, hace cinco años, como acompañamiento musical para los poemas de Eugénio de Andrade, canciones recogidas, muy suaves, muy dulces, muy tristes, que ‘congeniaban’ muy bien con los versos del portugués. Canciones de Márcio Faraco, Tindersticks (¡¡¡más Tindersticks!!!; pero como os dije hace algunas semanas, han estado presentes en Buscando leones en las nubes desde las primeras temporadas), Milla Jovovich (sí, la modelo Milla Jovovich, en una versión impresionante, casi me atrevería a decir que mejor que la original, del Satellite of love de Lou Reed), Jazzamor, Jaume Sisa, Aster Aweke, The Be Good Tanyas, Stanley Turrentine y Sanne Salomonsen.



Eugénio de Andrade