martes, 2 de febrero de 2010


LA ELEGANCIA DEL ERIZO. PERSEGUIR INSTANTES QUE MUEREN

El segundo programa de Buscando leones en las nubes dedicado a La elegancia del erizo, la exitosa novela de Muriel Barbery, se mueve en las mismas pautas en que lo hizo el primero: textos del libro, recogiendo interesantes reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre el sentido de la existencia (o la ausencia de él: los pétalos que, languidecientes, caen del florero -inútiles y lentos y sin embargo bellísimos- constituyen, como veréis, una de las metáforas más conspicuas del libro), sobre el tiempo, sobre la vida, en definitiva, y canciones interpretadas por músicos que se adscriben, en mayor o menor medida, a la nouvelle chanson, esa nueva ola que ha renovado la escena musical francesa en los diez últimos años. En concreto, para esta emisión he escogido las voces de Autour de Lucie, Thomas Fersen, Françoiz Breut, Pascal Parisot, Myrtille, Cali, Marc Lavoine con Claire Keim, Valérie Leuillot, Bertrand Betsch, Camille, Sandrine Kiberlain, Pauline Croze y Yann Tiersen a dúo con Carla Bruni, la única cantante que repite, pues de algo le tendría que servir su condición de presidenta consorte (en realidad, también repite, en cierto modo, Valérie Leuillot, voz solista del grupo Autour de Lucie)

La ilustración en vídeo del programa se desliza por dos ejes distintos y complementarios: por un lado, con respecto a La elegancia del erizo, os ofrezco una breve reseña de una emisión televisiva mexicana, Entre líneas. Por otro lado, y en relación a la música que hemos escuchado, os dejo cuatro vídeos con canciones estupendas. El grupo Autour de Lucie interpretando Personne n’est comme toi; Thomas Fersen que cuenta en dibujos animados la historia de Deux pieds; Murmures, una muy fresca canción pop, cantada por Myrtille; y Marc Lavoine con Claire Keim en Je ne veux qu’elle, que ya se pudo escuchar en el programa.




La elegancia del erizo. Perseguir instantes que mueren

martes, 26 de enero de 2010


LA ELEGANCIA DEL ERIZO. UN SIEMPRE EN EL JAMÁS

Como ya he contado aquí en más de una ocasión, el proceso de gestación de un programa tipo de Buscando leones en las nubes es lento, demorado y tranquilo, a veces arduo (aunque siempre disfruto mucho), y se ajusta a un ritual que casi en todos los casos sigue etapas parecidas: primero surge -al modo de una chispa o fogonazo, una suerte de iluminación- una idea, el tema o argumento central de la emisión; a partir de ese momento la rumio en mi cabeza durante semanas hasta acabar puliéndola; si la considero viable empiezo a hacer acopio de posibles textos y canciones para ilustrarla; más adelante llevo a cabo una primera selección de ese material, luego otra más, y aún una tercera o una cuarta; elegidos las canciones y los textos definitivos, ajusto la probable duración de la lectura de los fragmentos, verifico la extensión de las piezas musicales, acomodo unos y otras para lograr su encaje idóneo entre sí y en una hora de emisión, decido el orden adecuado; para terminar pienso en las palabras introductorias y en las que despedirán el programa … y meses después, a veces años después, por fin todo está cerrado y llega la hora de encaminarse a la emisora a radiar el programa. A modo de ejemplo os diré que en este momento tengo encima de mi mesa los apuntes, las ideas germinales -en un mayor o menor estado de desarrollo- de una treintena de programas que acabarán emitiéndose en los próximos doce meses (o incluso aún más tarde). Ved aún otra muestra bien significativa de mi modo de trabajar: el artículo de Carlos Boyero sobre Tom Waits en el que basé la emisión previa a la Navidad se publicó el 11 de julio de 2008. Ese mismo día yo ya había decidido hacer un programa con él. Su programación definitiva no tuvo lugar, no obstante, hasta el 21 de diciembre de 2009.

Y así ha ocurrido también en el caso de las emisiones de estas dos semanas, la presente y la próxima. Yo leí La elegancia del erizo (tengo la primera edición, de septiembre de 2007… y ya lleva treinta) en la primavera de 2008 y ya entonces pensé que haría algún programa con sus textos. Desde ese momento se ha repetido el sólito itinerario (¿habéis visto a alguien más pedante?: ¡¡¡¡quién demonios escribe sólito en un blog!!!!!). En fin… el caso es que ahora, año y medio -casi dos años- después, la emisión (que a la postre serán dos; ¿a la postre?... ¡¡¡¡¡¡aggggggg!!!!!!) ve la luz.

La elegancia del erizo cuenta, en paralelo, dos historias que sólo al final acabarán confluyendo, la de Renée, la portera del número 7 de la calle Grenelle, un edificio en el que viven algunas, pocas, seleccionadas familias de ‘lo mejor’ de París, altos funcionarios, banqueros, artistas, y la de Paloma, la hija de doce años de un matrimonio de la alta burguesía parisina, su padre un diputado, ex ministro, y su madre, una mujer que, sin ser una intelectual, es doctora en Letras y, como dice su hija, escribe sus invitaciones para cenar sin faltas de ortografía y se pasa el tiempo dándonos la tabarra con referencias literarias. La familia, que completa la hermana de Paloma, la pija moderna Colombe, es extremadamente rica y habita en uno de los ocho enormes pisos del edificio de la calle Grenelle.

Renée es una portera atípica, encerrada en una apariencia que encaja en los rasgos externos que imaginamos en cualquier persona de su condición. Pero, más allá de su previsible superficie, en Renée encontramos un ser sensible e inteligente, autodidacta, que conoce y degusta las obras de los grandes filósofos (la autora, Muriel Barbery, es profesora de filosofía y ese poso aflora en la novela); una persona, esta portera, Renée, que aprecia las grandes obras de la creación artistica e intelectual del hombre y que por debajo o más allá de las rutinas de su profesión vive una vida espiritual.

Por otro lado, Paloma es una niña inteligentísima, y precisamente por su extraordinaria lucidez es, en cierto modo, una inadaptada. Decidida a suicidarse el día en que cumpla los trece años por su incapacidad de hacer frente al absurdo y el sinsentido que entrevé en la vida de los adultos, Paloma se entrega al proyecto de plasmar en su cuaderno dos tipos de reflexiones, que van apareciendo, alternadas, en distintos capítulos de la novela. Por un lado, las que ella llama Ideas profundas, que pertenecen al territorio del espíritu y que son pensamientos que plasma en un pequeño poema, a la manera de un haiku (la presencia de Japón es muy intensa en la novela). Por otro lado, entre estas ideas elevadas Paloma intercala el llamado Diario del movimiento del mundo, obras maestras de la materia, la belleza del movimiento de las gentes, de los cuerpos, de las cosas.

Ambos personajes viven, pues, una existencia más plena, más intensa, más verdadera, escondida entre los pliegues de su aparente banalidad exterior. Tienen, como señala un párrafo de la novela que leeré en el programa de la semana próxima, la elegancia del erizo, por fuera están cubiertas de púas, una verdadera fortaleza, pero por dentro tienen el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes.

En fin, resulta imposible daros cuenta, siquiera de un modo somero, de la multiplicidad de puntos de interés de esta magnífica novela. Espero que los fragmentos que os ofrecezco en estos dos programas, con ‘parlamentos’ de sus dos protagonistas, estimulen el interés por ella. Compradla, leedla, mejor aún, devoradla, disfrutad con ella, apasionaos con sus personajes admirables… estoy seguro de que no os váis a arrepentir. Hay además, una película, El erizo, estrenada recientemente, basada en la novela. No la he visto, aunque a priori (y sé que se trata de un prejuicio irracional e injustificable) me suena a francesada empalagosa.

Para la música de estos dos programas he elegido piezas de autores más o menos pertenecientes a la llamada nouvelle chanson francesa. Se trata de una serie de músicos, que publican su obra a partir de los años noventa del pasado siglo, y que, tanto por su creatividad y su efervescencia artística, como por la magnitud de su número y el impacto mediático de alguna de sus personalidades, parecen reeditar, cuarenta y hasta cincuenta años después, un fenómeno como el de la primera chanson, con las enormes repercusiones y la extraordinaria influencia que aquél tuvo. Jacques Brel (que era belga), Barbara, Yves Montand, Georges Brassens, Juliette Gréco, Françoise Hardy y muchos otros nombres míticos de aquel fecundo movimiento ven cómo su legado reaparece, convenientemente modernizado y recreado con las aportaciones del rock o del pop más actuales, en los discos de tantos jóvenes (y no tan jóvenes) creadores. En el primer programa de la serie podéis escuchar a Karpatt, Coralie Clément, Vincent Delern, Julie Delpy (la conocida actriz, quizá la que menos encaja en una corriente de fronteras, por otro lado, difusas), Helena Noguerra que suena arropada por la banda sonora del portugués Rodrigo Leâo, Keren Ann, Charlotte Gainsbourg, Dominique A, Carla Bruni, Romane Serda y Benjamin Biolay cantando junto a su ex-mujer Chiara Mastroianni.

Quiero dejaros también una muestra en vídeo de alguno de los artistas que han sonado en la emisión, aunque esta vez no he querido repetir las canciones del programa. Quien sí se repite es la protagonista, que parece la misma (¡esa languidez tan gala!) en los cuatro vídeos. Por un lado, esa francesita típica adopta las formas de Coralie Clément interpretando L’ombre et la lumière, una bossa nova a la moda parisina. A continuación, nuestra ingenua jovencita se metamorfosea en Keren Ann, cantando Ailleurs con una coreografía repolluda que puede provocar vómitos, aunque la canción es bonita. Más adelante la chica comparece metida en la piel de una Charlotte Gainsbourg (tan parecida a su madre, la guapísima Jane Birkin, como a su padre, el muy feo Serge Gainsbourg) con problemas de insomnio, no necesariamente causados (al menos no se ha podido demostrar) por la machacona repetición electrónica tan habitual en las producciones del dúo Air. La canción, pese a todo estupenda, es 5.55. Por último, en una vuelta de tuerca al concepto de ‘francesidad’, ahora tan debatido en el país vecino, podéis escuchar a la italiana Carla Bruni que susurra una preciosa Chanson triste en un escenario sobre el que no he podido divisar al ínclito Sarkozy (salvo que lo tape la batería).




La elegancia del erizo. Un siempre en el jamás

martes, 19 de enero de 2010


LA MELANCOLÍA. GENIO Y LOCURA EN OCCIDENTE

Hace cuatro años, con ocasión de la clausura de la exposición “Melancolía. Genio y locura en Occidente”, que entre octubre de 2005 y enero de 2006 se ofreció en las Galerías Nacionales del Grand Palais de París, Buscando leones en las nubes dedicó un programa a esta no siempre dramática y sí muchas veces dulce emoción. Como sabéis, la semana pasada este tema ya constituyó el motivo central de una emisión que giró sobre el libro de Eric G. Wilson, Contra la felicidad. En defensa de la melancolía. Con esa razonable excusa -completar una breve y melancólica serie invernal- y con la más leve e injustificable de mis siempre excesivas obligaciones laborales (no quiero dar demasiado la lata con este prosaico motivo recurrente, pero por desgracia así ocurre con frecuencia) me veo obligado a recuperar ahora aquel programa emitido entonces para seguir disfrutando de esos placeres literarios y musicales con los que nos recreamos los espíritus melancólicos.

En la exposición parisina, espléndida, se rastreaba la presencia de esta emoción a lo largo de la Historia del Arte occidental, analizándola, mostrándola desde ángulos diversos vinculados a la filosofía, la medicina, la psiquiatría, la religión, la teología o la literatura. Como podréis comprobar si escucháis la emisión, entonces yo invitaba a los oyentes a pasearse por la excelente página web del Grand Palais si querían gozar de las muchas maravillas de la muestra. Desgraciadamente la página ha expirado (¿y no decían que en internet estaba todo y para siempre?), por lo que sólo puedo, ahora, dejaros dos vínculos -uno, muy somero, del propio Grand Palais; el otro, algo más completo, de un particular- en los que encontrar algún eco de la exposición.

Los textos leídos en el programa son, o bien referencias citadas como complemento y explicación de las obras de arte en la propia exposición, o bien breves fragmentos de obras diversas recogidos de mis lecturas personales. Se trata de reflexiones, siempre interesantes y sugerentes, debidas a Andrés Trapiello, George Minois, Adolfo García Ortega, Víctor Hugo, Anton Chejov, Denis Diderot, Pío Baroja, Jackie Pigeaud, Aristóteles, Luisgé Martín y Emmanuel Kant. La música, con la que he procurado envolveros en una atmósfera melancólica, acorde a la tristeza profunda de los textos, está interpretada por Richard Hawley, Rosie Thomas con Ed Harcourt, Peter Gabriel, Sophie Zelmani, Djosinha, Gwyneth Herbert, Madeleine Peyroux, Adriana Maciel con Zeca Baleiro, Nouvelle Vague, Ryan Adams y George Michael.

Os dejo también, como de costumbre, algunos vídeos, cinco exactamente, relacionados con la música emitida en el programa. En lo visual no son gran cosa, para mi gusto, pero las canciones son preciosas y ya sólo por ello merecen la pena. Para empezar, Let it be me, con Rosie Thomas y Ed Harcourt con el fondo de una foto fija de todo punto inexplicable. A continuación, la preciosa Oh dear de Sophie Zelmani; las fotos de fondo son ahora cambiantes, agradables pero algo esotéricas, rozando peligrosamente el estilo new age. Algo mejores (la universal e irrefrenable tendencia a la cursilería siempre acechando, no obstante: dadle una cámara a un tipo y le asaltará de inmediato la vena ‘artística’, con resultados devastadores sobre la estética… y hasta la ética) son las fotografías en blanco y negro que acompañan el clásico Weary blues interpretado por Madeleine Peyroux. En una intimista actuación en Barcelona está grabada la versión que los Nouvelle Vague hacen de otro clásico, aunque éste más reciente, ochentero, In a manner of speaking, de los Tuxedomoon. Y para cerrar, un brevísimo Jesus to a child, de Georges Michael, registrado en una ceremonia de la MTV.




La melancolía. Genio y locura en Occidente

martes, 12 de enero de 2010


CONTRA LA FELICIDAD. EN DEFENSA DE LA MELANCOLÍA

Los dos primeros programas de Buscando leones en las nubes en el año 2010 están dedicados (muy apropiadamente, a mi juicio, para así marcar de modo inequívoco desde el comienzo el tono de nuestras emisiones) a la melancolía. Creo que de todas las emociones humanas la melancolía es la que se aviene mejor con el espíritu que guía Buscando leones en las nubes desde sus inicios. Somos, los buscadores de leones, seres algo tristes; o mejor dicho, no sólo lo somos, sino que incluso nos complacemos en cultivar los aspectos más nostálgicos, más sombríos, más lánguidos, más recogidos, más apagados de la existencia, aunque hay en nuestra experiencia mucho de placer, de satisfacción, de alegría incluso, pese a la aparente paradoja... ¡¡¡puede ser tan hermosa la tristeza!!! (pensad en un día frío y lluvioso, en las nieves de estas últimas jornadas; arrellanados en nuestro sillón favorito, leemos bellos poemas que hablan de amores imposibles y escuchamos canciones desesperanzadas y tristes mientras el mundo, afuera, gira, insensato y hostil, vana e inútilmente). En fin, debe ser la débil vena romántica que todavía me queda, vestigio absurdo de una juventud muy inocente; eso y la nostálgica atmósfera de tempus fugit tan habitual siempre que se hace balance de un año que finaliza, pero ¡¡¡cuánta felicidad (cuánta, a veces, amarga felicidad) en la melancolía!!!

Y es por ello por lo que no puedo encontrarme reconocido del todo en la definición que de ella da nuestra Real Academia de la Lengua: Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada. Es bonita la primera parte, esa idea de sosiego, de vaguedad, de profundidad y ligereza, como si quien padece la melancolía (no es un verbo tan horrible: apasionarse y padecer comparten raíces etimológicas) habitara un territorio especial, hecho de formas tenues, de sentimientos leves, poco definidos, que no acabaran nunca de consolidarse; un territorio que recorriéramos con pausa, casi flotando, en una existencia algo etérea, irreal, muy intensa sin embargo, una existencia fuera del tiempo, fuera, en cualquier caso, del frenético tiempo de nuestros días, lejos de las prisas, de los gritos, de la brutal banalidad que nos envuelve por doquier. Por ello no es cierta, no al menos en mi caso, la segunda parte de la noción académica... ¿cómo que quién vive melancólicamente no encuentra gusto ni diversión en nada? Lo reitero: ¡¡puede ser tan bella la tristeza!!... Y precisamente, a disfrutar de esa belleza melancólica presente en textos inteligentes y músicas preciosas es a lo que aspira, semana tras semana desde hace once temporadas, Buscando leones en las nubes. Espero por ello que, pese al tono sombrío de la mayor parte de las canciones y los fragmentos leídos en el programa de ayer, el resultado os resulte, como a mí, altamente estimulante.

La vertiente literaria de este primer programa del año gira sobre un excelente libro, algo provocador pero muy atrayente, y que quiero presentaros de modo somero. Su autor es el norteamericano Eric. G. Wilson (desconozco cuál es el nombre que se oculta tras esa G); el título es Contra la felicidad. En defensa de la melancolía y ha sido publicado por la editorial Taurus en traducción de Amado Diéguez Rodríguez. Vaya por delante, para todos aquellos de vosotros (seguro que no tantos) que quizá asociéis el género ensayístico con aridez, que el libro del que ahora os hablo es, aparte de extraordinariamente interesante, de muy fácil y amena lectura. Es evidente, claro, que cuando digo fácil no me refiero a trivial o simple, sino a que se lee con fluidez y soltura aunque haya que detenerse, paladearlo, reflexionar, abrirse paso e indagar en las muy sugestivas ideas que propone, en los atractivos argumentos que plantea.

La tesis principal de Contra la felicidad. En defensa de la melancolía puede resumirse muy brevemente. Vivimos en un mundo, en estas sociedades desarrolladas de principios del siglo XXI, que no sólo privilegia la felicidad, el placer, el disfrute inmediato, la gratificación del momento, la satisfacción instantánea de los sentidos… sino que nos impone, nos exige, nos condena en cierta forma, a esa felicidad, a una existencia plena, intensa, sin momentos oscuros, sin tristezas, sin hastío, sin depresiones, sin penas, sin duelo, sin lamentos, sin lágrimas. En nuestra opulenta sociedad del bienestar -no hace falta ir muy lejos: pensad en estas recientes navidades (pese a que los efectos de la crisis económica puedan haber mitigado sus habituales exaltación y derroche)-, todos nuestros deseos pueden, y hasta deben, ser satisfechos, por lo que la melancolía, la nostalgia evocadora de otros mundos, de otros momentos, de otras identidades, las ensoñaciones vagarosas que nos llevan a imaginar otras vidas, el anhelo inconformista que nos hace apreciar nuestra imperfección, todas esas manifestaciones del fracaso, del lado sombrío de la vida, de la limitación consustancial al ser humano, de la conciencia de nuestra naturaleza mortal, aparecen como sensaciones y hasta sentimientos totalmente proscritos. En la era del Prozac, de los libros de autoayuda, de los refinamientos gastronómicos al alcance de cualquiera, de los cruceros de placer en los que la clase media se entrega a un hedonismo asequible, en la era los spas y la segunda vivienda como exigencia casi existencial, en la era del erotismo omnipresente, de los tuppersex, del divorcio exprés, de la baja resistencia a la frustración, de la permanente fiesta juvenil, de la cultura del botellón (¡¡¡la ‘cultura’ del botellón!!!), de la patética resistencia a la vejez, y de su corolario, la adolescencia perpetuada ad infinitum, en la era de la inmediatez, del todo ahora ¡ya!… parece prohibida la melancolía.

Y es contra este estado de cosas contra el que se alza el libro de Eric Wilson. A partir del análisis de la sociedad norteamericana y de su obstinada y algo inmadura conminación a la felicidad, Wilson sostiene que, muy al contrario, los grandes logros de la especie humana se han obtenido a partir de las reflexiones, de la creatividad, de la innovación que sólo el estado de inquietud, de desajuste, de carencia, de inestabilidad que lleva consigo la melancolía, puede proporcionar. Y así, el autor defiende la melancolía como auténtica fuerza vital, genesíaca, transformadora de nuestra existencia. Se apoya para ello, y eso es otro de los aspectos interesantes del libro, en referencias literarias, filosóficas, musicales de un gran número de autores que han dejado huella de su paso en el mundo, precisamente a través o gracias a su temperamento melancólico: poetas como William Blake, John Keats o Emily Dickinson, compositores clásicos como Beethoven o Haydn, músicos actuales como Tom Waits, Bruce Springsteen, John Lennon o Joni Mitchell, pintores como Goya o Van Gogh. El resultado de su amena indagación es, como os digo, muy interesante, por lo que os recomiendo vivamente este Contra la felicidad. En defensa de la melancolía de Eric G. Wilson, del que he entresacado los textos leídos en el programa de esta semana (textos no sólo debidos al propio Wilson, sino también citas, por él mencionadas, de Coleridge, Keats o Amiel).

Y para completar la parte musical de la emisión he seleccionado once maravillas, once canciones espléndidas y tristísimas, que rezuman delicadeza y sensibilidad. Once joyas debidas a The Leisure Society, Bebel Gilberto, Chris Garneau, los fantásticos Eels (¿o debería escribir ‘el fantástico Eels’?; os anticipo un monográfico en Buscando leones en las nubes dedicado a la sorprendente figura literaria y musical del muy singular Mark Everett), Melody Gardot, Chris Eckman, Cat Power, Micah P. Hinson, Norah Jones, Ângela Rô Rô y Karen Dalton. Os ofrezco ahora de nuevo cinco de estas canciones en la sección de vídeos, aunque con la peculiaridad de estar interpretadas, todas ellas, en vivo. En primer lugar, We were wasted, de The Leisure Society, grabada en el Cafe de la Danse, en París. A continuación, Bebel Gilberto interpreta una austera Cançao de amor en un programa televisivo brasileño; no es su mejor versión, pero no está del todo mal (por cierto, he visto a Bebel Gilberto en concierto y es más bien floja; sus discos, en cambio, a menudo en manos de excelentes productores, me gustan mucho). Luego, un siempre singular y magnífico Chris Garneau, envuelve de magia las calles de Viena, en un algo excéntrico experimento, con Hands on the radio, que está muy cerca de ser una obra maestra. La genial Melody Gardot, que pese a su juventud y a su relativamente corta carrera musical lleva acompañándonos en Buscando leones en las nubes desde hace años, aparece en The Union Chapel, en Londres, bordando su My one and only thrill. Terminamos con otra de las favoritas del programa, Cat Power, que nos deleita con Who knows where the time goes en unas sesiones para la revista Rolling Stone.




Contra la felicidad. En defensa de la melancolía

lunes, 4 de enero de 2010


SI TE COMES UN LIMÓN SIN HACER MUECAS

Aprovechando las vacaciones universitarias (que aún siguen y que interrumpen la programación ordinaria de Radio Universidad), voy a inaugurar el blog de Buscando leones en las nubes en 2010 (¡bienvenidos y feliz año a todos!) recuperando un programa antiguo. Se trata de una emisión que salió al aire hace algo más de dos años, dedicada al escritor catalán Sergi Pàmies.

Sergi Pàmies es un consumado escritor de relatos. Ha publicado ya varios libros de cuentos, pero también algunas novelas, siendo igualmente colaborador habitual del diario La Vanguardia -antes lo fue de El País-, en el que escribe una columna de crítica de televisión. Su por ahora última colección de relatos, editada como el resto de su obra por la Editorial Anagrama, lleva por título Si te comes un limón sin hacer muecas y es de 2007. En ella se recogen veinte excelentes cuentos muy cortos precedidos por un prólogo entusiasta y esclarecedor del novelista Enrique Vila-Matas. De este libro está extraído el relato que he leído en la, así llamada, sección literaria de la emisión que ahora os ofrezco. Os recomiendo encarecidamente, además, el volumen que el escritor catalán publicó con anterioridad a éste, extraordinario también; su título, inequívoco y redundante entonces, algo desfasado hoy, El último libro de Sergi Pàmies (sobre uno de sus cuentos, excepcional y tristísimo, conmovedor y magistral, girará otro programa de Buscando leones en las nubes, que ya está casi elaborado -en los papeles- y que procuraré emitir, si me resulta posible, antes de finalizar el curso).

Los cuentos de Si te comes un limón sin hacer muecas se mueven, casi todos, en el terreno de la cotidianidad más banal. Sus personajes, las situaciones en las que se ven envueltos, las historias que se narran son aparentemente triviales pero, por detrás de su superficial simplicidad, siempre hay algo, un giro, una mirada, un enfoque, una vuelta de tuerca no previsibles que los hacen explotar, que nos muestran el drama, la tragedia, el absurdo, la inquietud, la incertidumbre, el sinsentido de la existencia humana. En Monovolumen, la falta de simpatía que el personaje principal siente hacia su vecino le hace rehuir el contacto con él, pero la proximidad de sus coches en el aparcamiento y la competencia implícita derivada de la comparación entre ambos modelos de automóviles desencadena el desenlace del cuento, en el que afloran la tristeza y la melancolía. En Brindis, el encuentro fortuito entre un escritor y una mujer que asiste a una de sus conferencias desembocará en un encuentro amoroso que es, a la vez, real e imaginado, y, en cualquier caso, desesperanzado y escéptico. En El juego, un inocente pasatiempo entre padre e hijo se convierte en una muerte dramática y una resurrección inquietante, tras un fugaz paso por los dominios de San Pedro. En Convalecencia, la repentina enfermedad y consecuente hospitalización de su suegro, llevan al personaje a hacer un descubrimiento que, quizá, alterará su vida conyugal. En Sangre de nuestra sangre se narran las insólitas consecuencias de una cierta laxitud, tan contemporánea, en la educación de los hijos. En La vida dulce, aflora la soledad irremisible de un tímido recalcitrante que reencuentra el amor de su juventud.

En todos los cuentos hay tristeza, desamparo, melancolía, desolación; hay desconfianza, amores agostados, frustraciones; hay insatisfacción y tedio; pero hay también ternura, ironía y humor. Pàmies sabe captar y, sobre todo, sabe transmitir, con inusual economía de medios, la soledad de la vida actual, la deshumanización de los rituales urbanos en este desasosegante siglo XXI. El relato elegido para el programa se titula Precisamente hablábamos de ti, contiene la mayor parte de las claves de la obra de su autor y, como podréis comprobar, es magnífico.

La música que acompaña la narración de la historia, siempre en el tono intimista habitual de Buscando leones en las nubes, la interpretan Souad Massi, Neil Halstead, Simone Kopmajer, Inara George, Adriana Calcanhoto, Rufus Wainwright, Bassekou Kouyate con Ngoni Ba, Grant Lee Phillips, y Michael Stipe con Asha Bhosle, entre los múltiples colaboradores del proyecto One Giant Leap.

También os traigo vídeos para empezar el año. El algo huraño Neil Halstead, haciendo una introspectiva (más de lo habitual en él, si cabe) Martha mantra en un café de Brighton en 2009. Le sigue Inara George (¿se pronunciará Ainara, a la vasca?), entre nubes (quién sabe si buscando leones), susurrando Fools work, qué belleza de canción. En directo en un programa televisivo aparece Adriana Calcanhoto cantando su almodovariana (entre otras referencias explícitas) Esquadros. A continuación, un doliente Rufus Wainwright se lamenta, gime y se retuerce intentando convencer a la audiencia de que no está preparado para el amor en Not ready to love, grabado durante el festival de jazz de Montreux en el año 2007. Y para finalizar, una maravilla absoluta, The way you dream con, entre otros, Michael Stipe y Asha Bhosle. Se trata de una de las piezas mayores de un disco por otro lado repleto de ellas, One giant leap, una obra maestra sin discusión, grabado en 2002 por dos productores y músicos ellos mismos, Jamie Catto y Duncan Bridgeman, que viajaron por todo el mundo registrando sonidos variados y recogiendo las colaboraciones de músicos de los cinco continentes, que aparecen reunidos en una amalgama que, aparte de su extraordinario valor musical, funciona como metáfora perfecta del universo globalizado y sin fronteras en el que nos movemos en este comienzo de siglo. Junto al CD original se editó también un DVD, gran parte de cuyas imágenes se puede encontrar en Youtube. Ambos, disco y película, son excepcionales. ¡¡¡No os los perdáis!!! ¡¡¡Es lo mejor de la década que acaba (como mínimo)!!!




Si te comes un limón sin hacer muecas

martes, 22 de diciembre de 2009


TOM WAITS. LA ELEGÍA DEL VOLCÁN

¿Cuántos músicos pueden ofrecer un repertorio en el que haya, al menos, cuarenta canciones de tal entidad que constantemente se hagan versiones de ellas y todos los grandes nombres (y también los menos destacados) del universo musical las interpreten y las recreen una y otra vez? Muy pocos: los Beatles, Bob Dylan, quizá los Rolling Stones, puede que Bowie o Van Morrison, sin duda Leonard Cohen, algunos escasos elegidos más… y Tom Waits. Con el programa de esta semana suman cuarenta y tres (en realidad cuarenta y dos, Downtown train ha sonado dos veces, la última para dar cabida a una versión española, como más abajo os contaré) las diferentes piezas del genial artista californiano (escritas, casi todas, en colaboración con Kathleen Brennan, su mujer) que han visto la luz en las cuatro emisiones de la serie que hoy finaliza y que en Buscando leones en las nubes hemos dedicado a su inmensa figura con ocasión de su sexagésimo cumpleaños. Veronica Mortensen, los catalanes de la J. Teixi Band (junto con Los Hermanos Dalton, de los que conozco también una interpretación de Downtown train, y Bunbury, al que le he escuchado Broken bycicles, son, que yo sepa, las únicas muestras de la acogida de la obra de Tom Waits en los cancioneros de músicos de nuestro país), James Taylor, Alex Chilton, Marianne Faithfull, Nancy Griffith, Jack Ingram y Valerie Carter nos ofrecen sus estupendas versiones (muy distintas en estilos, del jazz al country, del rock de garaje al blues) en este programa postrero. Un programa que, como es natural, no podía terminar sin escuchar una vez más la voz, la genuina, la inclasificable, la destrozada y la, sin embargo, intensa voz de Tom Waits (hace casi treinta años, en un juego recurrente, yo ponía en mi casa sus primeros vinilos a amigos y conocidos, que no sabían de la existencia del músico, y siempre, sin excepciones, todos imaginaban que tras esa voz rota se escondía un cantante negro, de mucha edad -tirando a viejo-, presumiblemente orondo y seguro que envuelto en sudor. La sorpresa, cuando tras la escucha les mostraba las carátulas y descubrían a un joven -en esos primeros discos no llegaba a los treinta años- que era además blanco y escuálido y esquivo y desharrapado, era mayúscula). De modo que he encadenado algunas canciones escogidas de entre diversas actuaciones en directo para despedir la emisión y la serie. Esta opción, la de escuchar a Waits en sus conciertos, resulta muy oportuna, además, porque estos días se presenta el disco Glitter and doom, grabado en vivo, y que recoge algunos momentos significativos de su última gira mundial en 2008.

Y es precisamente esta gira de 2008, que lo trajo a España, la que está presente detrás del texto que acompaña las canciones del californiano. He leído en el programa, entre las versiones de sus piezas, un artículo magnífico de Carlos Boyero publicado en El País el 11 de julio de 2008 con el título de La elegía del volcán. El texto, apasionado y sincero, emotivo y conmovedor, refleja los sentimientos de su autor ante la tardía llegada de Tom Waits a España en unos conciertos a los que el crítico no podría asistir por encontrarse enfrascado en sus habituales quehaceres profesionales, esos que, como de costumbre, lo llevan a distintos festivales cinematográficos por todo el mundo. Carlos Boyero, con el que comparto adscripción generacional, además de bastantes opiniones y no pocos puntos de vista, recrea en su breve artículo, a la manera de una escueta crónica de esa generación común, la pequeña historia musical de todos aquellos que, nacidos en torno a los cincuenta y sesenta del siglo pasado, hemos amado la música desde muy jóvenes y hemos encontrado en ella, en el rock, en el pop, en la música progresiva, en los cantautores, una forma de mostrar nuestra diferencia, de manifestar nuestra identidad rebelde, de expresar nuestra sensibilidad, ahogada por los estrechos límites de aquellos oscuros años del tardofranquismo. Los referentes de Carlos Boyero en ese terreno que mezcla música y experiencia vital (los primeros conciertos de los Rolling Stones, la llegada de Bob Dylan a España, las decenas de bandas escuchadas en el Rock-Ola, y tantos otros, entre ellos la versión más intensa y menos estrambótica del propio Tom Waits) son los mismos que los míos. Las sinceras palabras de su crónica rezuman verdad, algo de nostalgia, mucha experiencia auténtica, mucha vida vivida, gozada, disfrutada con intensidad, también algo de sufrimiento y dolor. Constituyen, en cualquier caso, además de, como digo, una muy fiel crónica generacional, un inmejorable homenaje a nuestro admirado Tom Waits (una admiración sin fanatismos, sin adhesiones ciegas, con las tristes cautelas, con la prudente distancia que desgraciadamente -quizá- pone la edad).

Y los vídeos, claro, tenían que recoger también las múltiples facetas de Waits en directo. He escogido algunas muestras de sus actuaciones, tanto en esta última gira (de la que hay muchos testimonios filmados, pero casi siempre de baja calidad) como de otras intervenciones en programas de televisión y shows varios. En primer lugar, escucharemos All the world is green, grabada en 2002 en el recurrente programa (aparece con frecuencia en el blog) de David Letterman; la interpretación va acompañada de una larga entrevista con el famoso (y últimamente controvertido) comunicador en la que Waits demuestra sus capacidades humorísticas. Luego, Innocent when you dream, quizá la canción que más me gusta de las suyas, en una insospechada versión registrada en San Remo (no en el festival, obviamente), en 1986. En tercer lugar lo vemos en una actuación más reciente, en Houston en 2008, cantando Tom Traubert’s blues, también llamada Waltzing Matilda, con su extraordinaria melancolía y su inmensa emoción. De su colaboración con el Kronos Quartet, que dio lugar a un disco magnífico de 2003, rescato una maravilla, Cold, cold ground, que ya ha sonado en el programa. Otra canción preciosa, You can never hold back spring, se escucha -en un vídeo de muy mala calidad, pero que, pese a ello, permite apreciar la belleza de la pieza- en un concierto en Buenos Aires en 2007. Y para cerrar, metidos como estamos en las navidades, su desoladora Christmas card from a hooker in Minneapolis, arropada por su también tristísima versión de Silent night (nuestra Noche de paz…). Se trata de un concierto antiguo (de hace veinte años, como mínimo, pienso), aunque desconozco la fecha y el lugar, pero en cualquier caso muy apropiado, como os digo, para estas fechas. Con él despido Buscando leones en las nubes por este 2009. Espero que hayáis disfrutado de nuestras emisiones y de los cientos de canciones y vídeos y textos ofrecidos en los programas y en el blog. A la vuelta de las vacaciones, en enero, retomaré el pulso normal de esta página, aunque si me resulta posible os ofreceré antes alguna edición antigua del programa. En cualquier caso, el lunes 11 de enero vuelve a las ondas, y por lo tanto, también aquí, Buscando leones en las nubes con una nueva oferta de música y literatura que espero pueda resultar de vuestro agrado. Muchas gracias por vuestro amable seguimiento a lo largo de este año. Pasad unas felices fiestas y disfrutad de las vacaciones (quienes las tengáis). Confío en que se cumplan vuestros mejores deseos para este próximo 2010 (siempre que no supongan la desaparición del blog, que vaya usted a saber, puestos a desear… de todo habrá…).




Tom Waits. La elegía del volcán

martes, 15 de diciembre de 2009


TOM WAITS. SOY UN VIEJO GRUÑÓN

El tercer programa consecutivo que Buscando leones en las nubes dedica a Tom Waits con ocasión de su sexagésimo aniversario vuelve a incidir en las pautas marcadas en los dos anteriores: declaraciones del californiano recogidas del interesante libro Tom Waits: conversaciones, entrevistas y opiniones, publicado por la editorial Global Rhythm y en el que el periodista norteamericano Mac Montandon presenta varias decenas de entrevistas con el singular cantautor norteamericano, hilvanadas con algunas de las magníficas canciones de Waits (escritas, casi todas, en colaboración con su mujer, Katlheen Brennan) que suenan en las voces de algunos de sus más rendidos admiradores, dispersos por el mundo entero. Fijaos en la variedad y en la riqueza, en la calidad y en lo heterogéneo del elenco de artistas que presenta esta semana Buscando leones en las nubes: del mundo de la ópera procede Anne Sofie von Otter, cantando Take it with me en el disco grabado con el legendario Elvis Costello, figura del pop-rock (si es que su genialidad permite que se le encasille en algún género). Desde los territorios del country llegan un clásico, Willie Nelson y otra gran figura, Kimmie Rhodes, juntos en una magnífica Picture in a frame. Otra de las mejores canciones de Tom Waits, Innocent when you dream, aparece en la versión de Lana Lane, una intérprete de rock progresivo, al parecer, con influencias metálicas y algo góticas, y a la que no conocía hasta que apareció en mi búsqueda de canciones para el programa. Viktor Laszlo es el nombre artístico (tomado de la película Casablanca: así se llamaba el marido de Ingrid Bergman en el film) de Sonia Dronier. Es una cantante francesa (yo la recuerdo, muy guapa -con perdón-, en Boom, boom, una película, su única película, creo, dirigida por Rosa Vergés hace veinte años). En el programa lleva a cabo la interpretación más ‘waitsiana’ de toda la emisión, no en vano suena en ella la voz del propio Waits: una algo dislocada pero estupenda Lowside of the road. A continuación aparece una rareza, Pascal Fricke, que recrea con su guitarra clásica una delicadísima gema, You can never hold back spring. Caroline Henderson, cuyo trayectoria musical se desenvuelve en los ambientes del jazz, canta Nobody, otro clásico. Christmas card from a hooker in Minneapolis (muy apropiada para la época, ahora que hasta Bob Dylan presenta su preceptivo disco de villancicos) suena en la versión de la cantautora norteamericana, Neko Case. Un muy popular (en su país) músico polaco, Kazik Staszewski, pone la nota exótica al programa con la ajustada versión (que guarda bastantes paralelismos con el original) del Yesterday is here. Le sigue una cantante que también ha protagonizado destacadas incursiones en el cine, Sally Norvell, tejana. Su versión del Please, call me baby me parece estupenda. Diamond in your mind es la aportación al programa del inmenso (en todos los sentidos) Solomon Burke, toda una leyenda del soul (ya está 'en los fogones' un programa monográfico dedicado a su música). La delicada y preciosa Martha la escuchamos en la voz de Tim Buckley, otro mito del rock que forma parte de la legión de admiradores de Tom Waits. Reparad en que Buckley murió en 1975 y se ve que ya para entonces Waits ejercía su influencia sobre sus colegas de profesión. La penúltima pieza del programa es Blue skies. Su intérprete es Floyd Dixon, fallecido también en 2006, después de una larga carrera centrada principalmente en el rhythm and blues. Y para cerrar una muestra tan diversa y para mi gusto interesante, escuchamos a Carlos Careqa, un cantautor brasileño, de Sao Paulo, que tiene un disco entero de versiones de Waits; de él he extraído E tudo fica azul, una recreación libremente traducida del All the world is green.

En la sección de vídeos os dejo algunos correspondientes a canciones que, pese a su belleza, no han encontrado sitio en los distintos programas emitidos y aún por emitir. No he querido repetir ninguna pieza (de hecho en las cuatro emisiones sólo una aparece dos veces, y por razones que explicaré la semana próxima) ni ningún intérprete, por lo que he tenido que dejar fuera algunas versiones que me gustan mucho. Os las ofrezco ahora en vídeo. De Tori Amos una muy sentida interpretación de Time en el programa de David Letterman. De los Eagles, la espléndida Ol’55, que llegó a ser más conocida en su versión que en la del propio Tom Waits; aquí los vemos en un concierto de 1974. De la grácil Emiliana Torrini la también muy popular I hope that I don’t fall in love with you, de la algo más arisca y salvaje Cat Power, Yesterday is here, y de Liz Durrett, la excepcional November; en los tres casos las canciones suenan sobre sendos fondos de fotos fijas. Y para terminar, de nuevo Carlos Careqa. La triste Tom Traubert’s Blues se convierte en su provocador portugués en Boa noite, Matilda, pero su interpretación, también algo estrambótica, es preciosa.

PD.- En origen, el programa de esta semana se titulaba Tom Waits. Un viaje beodo, recogiendo una frase del propio Waits que define muy adecuadamente, a mi entender, el universo de su autor. Ayer mismo decidí, no obstante, cambiar el titulo por el que ahora encabeza esta sección. Se trata de otra de sus afirmaciones, que también recojo en la emisión y que igualmente resulta ser muy definitoria de su personalidad, incluso la artística. Mentiría si dijera que no me siento bastante identificado con ella. Muchos de los seguidores de este blog pensarán lo mismo… y a la vista de mis últimas filípicas, si así lo hicieran, creedme, no les faltaría razón.




Tom Waits. Soy un viejo gruñón