martes 24 de noviembre de 2009


… DUÉRMETE YA

La celebración, el pasado 20 de noviembre, del Día Mundial de la Infancia así como los cincuenta años, profusamente recordados en los medios de comunicación, de la Declaración Universal de los Derechos del Niño (¡¡¡cuántas mayúsculas!!!) nos ha servido de excusa, aquí en Buscando leones en las nubes, para dedicar dos emisiones al mundo infantil con textos y canciones alusivas a la infancia. Si hace siete días leíamos nanas de destacados poetas y escritores hispanoamericanos y escuchábamos, también, canciones de cuna extraídas del inmenso acervo musical de muy variados países del mundo, hoy, en cambio, el enfoque del programa, manteniendo un espíritu similar, presenta sin embargo algunas ligeras diferencias con el de entonces.

Con respecto a los fragmentos literarios, siguen siendo los niños los protagonistas de la emisión, pero unos niños algo, sólo algo, más creciditos. He escogido algunos poemas de grandes nombres de la literatura en castellano como José Moreno Villa, Cristina Peri Rossi, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gabriel Celaya, José Agustín Goytisolo, Antonio Gamoneda, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, José Ángel Valente, Luis Cernuda y Javier Velaza, en los que los autores se muestran en tanto padres, y dirigen a sus hijos pequeños, recién nacidos en muchos casos, sus palabras esperanzadas, llenas de ilusión, repletas de recuerdos, de promesas, de consejos, pero también de dudas, de incertidumbres, de desconcierto, sentimientos todos provocados por el acontecimiento, trivial pero especialísimo, repetido pero único, del nacimiento de sus hijos.

En la vertiente musical del programa me ha parecido oportuno continuar ofreciéndoos nanas. Sólo que esta vez, frente al tono más o menos tradicional o folklórico (entendido el término en su mejor sentido) de las cancioncillas de hace una semana, el referente que ha guiado mi selección lo constituye lo que podríamos llamar ‘nanas modernas’, es decir canciones de intérpretes pertenecientes a géneros musicales más actuales, como el pop, el rock o el country (en efecto, el vocablo 'pop' está admitido, ya, por la Real Academia como plenamente castellano; no así country o rock... cursivas, pues, para ellos... misterios del DRAE), con una intención, bien directa o tan sólo lateral, vinculada al universo infantil. Así, han sonado Tom Waits, The Dixie Chicks, Marianne Faithfull, Angelo Branduardi, Julie Doiron, Vienna Teng, Fleetwood Mac, Emmylou Harris con Dan Seals, Natalie Merchant, Queens Of The Stone Age, Faith Hill y The Be Good Tanyas.

Y hablando de nanas, permitidme otra recomendación, más allá de los programas de Buscando leones en las nubes. Ya os anticipé en la entrada precedente la reciente publicación de un magnífico volumen, denominado El gran libro de las nanas, y que lleva como subtítulo, que se nos ofrece desde la propia portada, Las más bellas canciones de cuna en lengua española desde sus orígenes hasta nuestros días. El libro está publicado por El Aleph y se trata, como habréis adivinado a partir de su significativa rúbrica, de una completa antología de nanas, fruto de la estupenda labor como editora de la escritora mallorquina y Catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, Carme Riera. Para la ardua tarea de compilación de las canciones de cuna recogidas no sólo de la literatura, sino de la tradición oral de tantos siglos, la editora ha contado con la colaboración de una de sus antiguas alumnas en la Facultad, Araceli León, con la que rebuscó en manuscritos, cancioneros, colecciones y textos poéticos varios cuantas nanas pudieran encontrar hasta conformar, con el resultado de dicha pesquisa, un libro que Carme Riera dedica en su prólogo a las madres que desde hace millones de años acunan a sus hijos, a los padres que empiezan a acunarles desde hace poco y, de un modo especial, a los niños y niñas para que sigan durmiéndose arropados por la poesía que destilan las nanas.

El libro, altamente recomendable si os interesa el tema, incluso si no es así, se divide en cuatro grandes capítulos, unidos, cada uno de ellos, por un eje principal, por una idea vertebradora. En primer lugar, bajo el título A la nanita, nana, se recogen canciones de cuna anónimas, procedentes de la tradición. Algunas nos llegan a través de la transmisión oral, otras gracias al trabajo de recopilación de estudiosos del folklore español, de cuyas obras se dan las oportunas referencias bibliográficas por si el lector quisiera profundizar en ellas. En la segunda sección, que se titula El corderillo blanco, se incluyen villancicos populares, villancicos que son, en definitiva, nanas especialmente dedicadas al Niño Jesús. Se trata de composiciones anónimas incluidas en los cancioneros de los siglos XVI, XVII y XVIII. Muchas de ellas tienen un origen claramente profano, pero han sido ‘reformuladas’ a lo divino, adaptadas a las tradiciones religiosas relativas al nacimiento de Cristo y al contexto navideño del Belén. Si me adurmiere madre, es la rúbrica que encabeza el tercer capítulo, dedicado a las nanas, ya con autor identificado, del siglo de oro, con una presencia destacada de Lope de Vega. Son poemas en los que los poetas cultos escriben nanas de carácter religioso, nacidas con una clara vocación de oralidad, para ser cantadas en las celebraciones festivas de la Navidad. El cuarto capítulo, el más extenso del libro, pues ocupa más de doscientas páginas de las cerca de cuatrocientas del volumen, se titula De la cuna a la luna y constituye la demostración palmaria de la pervivencia de la nana como forma poética actual, pues se ofrecen significativas muestras del género en el mundo literario contemporáneo, que incluye desde canciones de cuna nacidas a principios del siglo XIX, bajo la inspiración romántica, hasta la producción poética infantil, podríamos decir, de autores consagrados de nuestras letras en el siglo XX, como Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, José Hierro o Gloria Fuertes, a los que se suman los ya citados con anterioridad y junto a tantos otros, llegando, incluso, hasta el presente 2009 con una nana de este mismo año debida a Luisa María Martín Alonso.

En el acostumbrado espacio de los vídeos os presento la emocionante y tristísima My skin, de la genial Natalie Merchant, que ya ha salido muchas veces en Buscando leones en las nubes y que no es, de ninguna manera, una nana, aunque contiene una mención indirecta a la que me he agarrado para volver a programarla en la emisión de esta semana. A continuación, el Godspeed (Sweet dreams) de las Dixie Chics, grabado en directo en un concierto de 2003 (con una propina, su éxito Landslide). Y para terminar, almíbar a raudales con la estupenda, aunque rozando peligrosamente la cursilería, Lullabye for a stormy night, de Vienna Teng, con un inevitablemente lacrimógeno fondo de imágenes de Bambi, una de las obras maestras de Walt Disney.

El programa de esta semana está dedicado a la menor de mis siete sobrinos, Carlotiña, ese guisantito pequerrecho al que véis en la foto que preside esta entrada.




Duérmete ya

martes 17 de noviembre de 2009


DUÉRMETE, NIÑO…

La edición de esta semana de Buscando leones en las nubes viene tierna y llena de dulzura. Aprovechando la muy tenue excusa de la celebración, el próximo 20 de noviembre, del Día Mundial de la Infancia he querido reeditar (con algunos cambios) un par de emisiones que ya salieron al aire hace unos cuantos años y que tienen a los niños como centro y motivo principal.

Para completar el programa de esta semana, el primero de la serie que continuará el lunes próximo, he escogido como protagonistas a las nanas, en su doble vertiente, tanto literaria como musical. Desde el punto de vista de la literatura, la emisión ofrece algunas canciones de cuna entresacadas de un libro precioso, muy bellamente editado, con ilustraciones magníficas, publicado en 2004 por la editorial Media Vaca, una editorial de libros para niños, con el nombre de Libro de nanas. Como su título indica, el libro recoge nanas, deliciosas nanas de destacados escritores españoles e hispanoamericanos, de entre los que he escogido textos de Miguel Hernández, Gabriela Mistral, José Agustín Goytisolo, Bernardo Atxaga, Marilina Ross, Federico García Lorca, Víctor Jara, Gloria Fuertes, Leo Maslíah, Ángel Guache, Pablo Guerrero y Nacho Fernández, junto a una última nana, Duerme negrito, de origen popular y anónimo muy conocida, muy presente en la música, sobre todo cubana, con la que he querido cerrar la serie. En estos mismos días, con los programas ya preparados y 'cerrados', se ha presentado otro magnífico libro sobre el tema, El gran libro de las nanas, en una edición espléndida debida a la escritora mallorquina Carme Riera y publicada por El aleph, de la que os hablaré la semana próxima.

Para acompañar musicalmente la lectura de los muy dulces versos de las canciones de cuna, he recopilado unas cuantas nanas del mundo, de países muy distintos, con la intención, indisimuladamente cosmopolita, de mostrar cómo ese sentimiento de arrobo y cariño, de amor incondicional y de ternura hacia los niños que se concentra y alcanza su mayor expresividad en la poesía de las nanas no tiene fronteras y aparece con idénticas intensidad y belleza en Madagascar y Serbia, en Australia y Polonia, en Brasil, Escocia, Benín y Estados Unidos, en Argentina y Canadá y Rusia y, por supuesto, en España, que son los países de donde proceden las canciones de nuestro programa de esta semana. Unas canciones intepretadas por Enrique Morente, Erick Manana, Virginia Rosa, la Letterstick Band, Beatriz Pichi Malen, Angelique Kidjo con Carlos Santana, Tanja Solnik, Kroke con Nigel Kennedy, Fortuna, Goran Bregovic, Zulya, Teresa Doyle y Lynn Morrison.

Dentro del espacio que habitualmente dedicamos a los vídeos mis apreturas laborales sólo me permiten presentaros la excepcional Lullaby de Goran Bregovic y la también muy emotiva y conmovedora Lullabye for Kamilla de Nigel Kennedy y Kroke, con un fondo, ambas, de fotografías espléndidas de muy distintos estilos e intención pero igualmente atractivas (algo cursis y manidas las primeras, sobrecogedoras las segundas, con impresionantes imágenes de la vida de los judíos polacos en la segunda guerra mundial). Para terminar, siguiendo esta última pauta algo impactante y dramática, tras los clips (compruebo sorprendido en el Diccionario de la Real Academia que ya existe el término en castellano y que no hay que escribirlo en cursiva, por lo tanto; a ver cuándo le toca el turno a blog y puedo dejar de hacer funambulismo con el html) musicales os muestro un corto, un tanto efectista, aunque muy humano y poético, en el que las canciones de cuna están presentes como fondo de una historia que sólo se insinúa, sólo se evoca de un modo muy inteligente y sutil. Se trata de Nana, su director es José Javier Rodríguez Melcón y ganó un Goya en 2006.




Duérmete, niño...

martes 10 de noviembre de 2009


LA INMENSA SOLEDAD DEL DESIERTO

Por segunda semana consecutiva Buscando leones en las nubes viaja al desierto. Y lo hace a través de la novela del mismo título escrita por Jean-Marie Gustave Le Clézio, el premio Nobel francés, tan querido en nuestro programa. Desierto es un libro fascinante, uno de los mejores de su autor, una novela intensa, emotiva, bellísima. Una novela que nos traslada a los implacables paisajes del desierto sahariano, a las áridas extensiones solitarias que parecen rehuir la vida, a las dunas que, de un modo casi imperceptible, se ondulan y se desplazan y hacen y rehacen sus perfiles de continuo, en un movimiento que no cesa pese a su estática quietud. Un libro cuya lectura, emocionante, conmovedora, nos hace sentir el ardor terrible del sol sobre la arena, la inmensidad de los cielos sin fin, la soledad salvaje de un territorio en el que ni el horizonte ofrece un motivo de consuelo, la luz hiriente, la sequedad del aire, la sed rotunda y brutal. Desarrollada en dos planos distintos y complementarios, Desierto describe el desplazamiento por las ásperas pistas saharianas, en 1909, de miles de guerreros y sus familias, pertenecientes a las tribus del norte de África, en una larga marcha en la que como sonido de fondo resuena, ominoso, el eco de del movimiento de las tropas del ejército francés y la amenaza de un posible enfrentamiento militar con los hombres blancos. En un segundo espacio novelístico, muchos años después. Lalla, una niña que desciende de esos hombres azules del desierto, viaja hacia Marsella en busca de mejores oportunidades de vida, pero con la triste añoranza, con la nostalgia profunda de su tierra, de sus orígenes, del desierto. De esta magnífica novela están entresacados los textos del programa de esta semana, pero así como en la emisión de hace siete días los textos pertenecían fundamentalmente a la primera vertiente del libro, el algo delirante deambular de los guerreros saharianos por la vasta y cruel extensión desértica, en esta segunda edición, sin olvidar del todo dicha perspectiva, suena sin embargo, en la mayor parte de los fragmentos, la voz de Lalla, evocando su paisaje natal.

Y los textos de Le Clézio se presentan arropados por la misteriosa y sugestiva música de los países ‘ribereños’ del desierto del Sahara. Las canciones de Mansour Seck, Mahmoud Ahmed, el Seckou Keita Quartet, Tartit, el Ensemble El Moukhadrami, Sona Diabaté, El Hadj N’Diaye, Malouma, Habib Koité y Djeli Moussa Diawara con Bob Brozman pueden encontrarse, entre otras muchas, en los tres discos dobles de la serie Desert Blues que, desde 1995, viene ofreciendo lo mejor de la música del Sahara. Ambientes del Sahara, Sueños de oasis y Entre dunas y sabanas son los títulos de los tres discos, tres joyas musicales que os recomiendo vivamente.

En la sección de vídeos os dejo, también, algunas piezas formidables que no por pertenecer a territorios musicales desconocidos o poco convencionales, situados en órbitas excéntricas a las de las siempre muy previsibles listas de éxitos, debiérais dejar de explorar. Así, la delicadísima Laare, de Baaba Maal y Mansour Seck, dos impresionantes músicos senegaleses, cuyo disco conjunto de 1998, Djam Leelii, es, sencillamente, imprescindible. Así, también, la vigorosa interpretación en directo de Wassiye hecha por el maliense Habib Koité. Así, por último, la hipnótica versión que hace el legendario Mahmoud Ahmed, un mito en su Etiopía natal, del Ere mela mela, quizá su éxito más conocido en Occidente (yo aún la escucho en un vinilo de… ¡¡¡1986!!!; además, afortunadamente, pude verlo en vivo, en una actuación insuperable, contagiosa, poderosísima, en los estivales escenarios de La Mar de Músicas en Cartagena hace sólo unos años)

(PD.- Vuelven a reproducirse, en algunos pasajes del programa, las deficiencias técnicas, vuelven ciertas distorsiones de sonido, vuelve una incómoda saturación en los tonos más altos de mis palabras… vuelven, pues, mis disculpas: soy muy perfeccionista, aborrezco estos fallos, no decisivos (y, creedme, no soy benevolente conmigo mismo) pero sí molestos para una escucha relajada, atenta, tranquila… la escucha ‘perfecta’ a la que aspiro en Buscando leones en las nubes. Lo siento, procuraré que no se repitan, al menos no de modo tan ostensible: no es la excelencia técnica una de las grandes virtudes de las emisiones de Radio Universidad)




La inmensa soledad del desierto

martes 3 de noviembre de 2009


LOS INFINITOS CAMINOS DEL DESIERTO

Aprovechando este largo puente que ya queda atrás, Buscando leones en las nubes ha querido proponeros un viaje, un fascinante recorrido por las inmensas y cambiantes dunas del desierto del Sahara. Nuestra emisión se recreará a lo largo de dos semanas en la belleza de los misteriosos paisajes, de los caminos infinitos, de las áridas pistas, de la desoladora plenitud del desierto.

Para ello, para intentar trasladaros la perturbadora atmósfera de esos parajes inhóspitos pero bellísimos, el aire seco, la luz irresistible, el sol febril, la noche azul, el cielo límpido, estrellado, refulgente, para acompañar el errático deambular de los hombres y mujeres del desierto, con sus ropas tupidas y opacas, con su piel agrietada cubierta por hermosos arabescos de henna, con su silencio inquietante, con el secreto de sus inmensos ojos negros, única muestra externa de la profundidad de sus almas, para, en definitiva, vivir en el desierto durante quince días, Buscando leones en las nubes utiliza los dos recursos de los que se vale habitualmente, la música y la literatura, con canciones y textos literarios que tienen en las dunas del Sahara a sus protagonistas principales.

En el terreno literario he escogido fragmentos de la, a mi juicio, mejor novela de Jean-Marie Gustave Le Clézio, el Nobel francés del que hace un año, más o menos por estas mismas fechas, y con la excusa del galardón sueco, ya os ofrecimos un programa. Se trata de Desierto, una magnífica obra maestra, una historia, como todas las de Le Clézio, que exhala un poderoso aliento telúrico, arraigada a la tierra, en la que el paisaje, la naturaleza, durísima y hostil y sin embargo muy atractiva, ese desierto sin horizonte, de una despiadada inhumanidad, se constituye en algo más que un mero escenario para las peripecias de los personajes (siempre desarraigados, errantes, expatriados, ajenos a todos y a a todo, perpetuos extranjeros de sí mismos en busca de un destino, de un sentido, de un lugar propio en el mundo) y alcanza un relieve principal, se convierte en protagonista.

Y entre los textos suenan, también evocadoras de la inmensidad del desierto, magníficas canciones africanas, nacidas de los pueblos que bordean el Sahara. Son, todas, canciones que nos trasladan, con su ambiente mágico y misterioso, con su intenso exotismo, a las ardientes arenas desérticas, a su conmovedora soledad. Se trata de piezas extraídas de tres discos dobles que con el título genérico de Desert blues vienen recogiendo, desde 1995, en el que se presentó el primero, lo mejor de la música creada en los países tocados por la inmensa magnitud del desierto africano. Ambientes del Sahara, el primero de la serie, como os digo de 1995, Sueños de oasis, de 2002, y el último por ahora, Entre dunas y sabanas, de 2008, contienen, cada uno de ellos, más de veinticinco impresionantes muestras de la excepcional -y sin embargo bastante desconocida- música que crean los pueblos del desierto. En esta primera emisión han sonado Tinariwen, Souad Massi, Majid Bekkas, Gigi Shibabaw, Youssou N’Dour, Dimi Mint Abba, Kanté Manfila, Ngou Bagayoko, Bassekou Kouyaté con Lobí Traoré y Hasna El Becharia (la legendaria cantante argelina a la que durante la emisión me referí obstinada e inexplicablemente en masculino).

Para ilustrar con imágenes este recorrido literario y musical por el desierto del Sahara os dejo algunos vídeos. Unos hipnóticos Tinariwen interpretando en directo la envolvente Amassakoul. Una lánguida Souad Massi susurrando, como si de una Carla Bruni argelina se tratara, la preciosa Raoui en un programa televisivo. Un vídeo con imágenes folklórico-turísticas de Etiopía, una Etiopía de postal, verde y feraz, ciertamente alejada de nuestro árido motivo central, pero con la maravilla de la voz de Gigi Shibabaw cantando Balewashintu. Y para terminar, un como siempre energético Youssou N’Dour (puedo dar fe de ello: lo he visto en directo cuatro o cinco veces; hay que ir pensando en algún programa monográfico que lo tenga como centro) con uno de sus clásicos, Birima.




Los infinitos caminos del desierto

martes 27 de octubre de 2009


JULIO RAMÓN RIBEYRO

Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. Con esta sugestiva cita de Samuel Beckett, excelente, repleta de significados y muy conocida (y reiterada hasta la saciedad en múltiples foros, una insistencia a la que desde aquí contribuyo, mea culpa), os presento la edición de Buscando leones en las nubes de esta semana que retoma el tema del fracaso, aunque esta vez centrándolo en la figura de un escritor magnífico, cuya obra os recomiendo con entusiasmo, Julio Ramón Ribeyro, el autor peruano de cuyo nacimiento se cumplieron ochenta años el pasado 31 de agosto (no hay semanas suficientes para tantas efemérides en Buscando leones en las nubes).

Julio Ramón Ribeyro es un escritor formidable, que cuenta en su no muy dilatada trayectoria literaria (murió con apenas cincuenta y cinco años) con novelas, ensayos, teatro, colecciones de aforismos y reflexiones (excepcional su Prosas apátridas) y, sobre todo, cuentos, espléndidos cuentos, reunidos en una edición ejemplar por Alfaguara, que los presentó en 1994 con el título de Cuentos Completos. Julio Ramón Ribeyro es también el autor, y por ello protagoniza nuestra emisión de esta semana, de La tentación del fracaso, un voluminoso diario que recoge sus anotaciones personales tomadas entre 1950 y 1978. El libro lo publicó en 2003 la editorial Seix Barral, con estupendos prólogos de Ramón Chao (padre de Manu Chao, dicho sea entre paréntesis) y Santiago Gamboa. Os dejo aquí los enlaces a dos aproximaciones muy completas al diario del peruano en distintas revistas literarias. La primera, muy ceñida e interesante, aparecida en Letras Libres, la legendaria cabecera mexicana; la segunda, algo más densa y con más pretensiones, pero igualmente atractiva, en Espéculo, la revista de estudios literarios de la Universidad Complutense. De La tentación del fracaso están extraídas todas las citas de la presente edición de Buscando leones en las nubes, fragmentos que aluden a la insatisfacción, el sinsentido, el hastío vital, la frustración que acompañan a un jovencísimo aspirante a escritor que traslada a su diario las perplejidades, la angustia existencial, la melancolía crónica de una vida que se desenvuelve entre bandazos por distintos escenarios americanos y europeos (Madrid y Barcelona entre ellos).

Y acorde con el tono algo amargo y desesperanzado de los textos, aparece la música, también triste y melancólica. Unas canciones, sin embargo preciosas, interpretadas por Grant Lee Phillips, Lhasa de Sela, Cat Power, Lisa, Maria Gadú, Gigi, Vetiver, Zee Avi, Joe Henry, Sara Tavares, Eels y Lizz Wright.

En la sección de vídeos quiero ofreceros cuatro deliciosas versiones interpretadas por algunos de los artistas que han aparecido en el programa. En primer lugar la delicadísima recreación del Last night I dreamt that somebody loved me de los Smiths (¡salud para Morrisey, desvanecido hace un par de días en un concierto!) en la voz intensa y emocionada de Grant Lee Phillips, con un fondo de imágenes no demasiado evocadoras, a mi juicio, pero… ¡¡qué canción!! A continuación, Lhasa de Sela nos trae de nuevo a Leonard Cohen con su Who by fire. Detrás de ella, Cat Power, con la fantástica versión, tan triste, del Wonderwall de Oasis, mejor que la original. Y para terminar, la impresionante interpretación del Old man de Neil Young en la poderosísima voz de Lizz Wright.




Julio Ramón Ribeyro

miércoles 21 de octubre de 2009


EL DULCE SABOR DEL FRACASO

El eje temático, un tanto vago y difuso, sobre el que gira el Buscando leones en las nubes de esta semana, el nexo que enlaza los fragmentos literarios y las canciones del programa (un programa que salió al aire con bastantes deficiencias técnicas, por las que os pido disculpas) es el fracaso. El fracaso como condición consustancial de la existencia, la certeza de que el ser humano está abocado, por naturaleza, por su naturaleza mortal, a fracasar es una de las claves de la obra de Émile Cioran, el pensador rumano, el filósofo del pesimismo, al que véis en la foto y que en una cita que apareció ya en la emisión que inauguró Buscando leones en las nubes en su primera temporada, en el curso 1999/2000, decía: Todos los hombres tienen que destruir su vida. Y según la manera como lo hagan se llamarán triunfadores o fracasados. Pues bien, de ello trata nuestra edición de esta semana, del fracaso, de la radical imposibilidad de dar alcance a nuestros sueños, de la constatación del hecho de que nuestros deseos se verán siempre desmentidos por la realidad, y a la vez, de la necesidad de mantener -contra viento y marea- nuestras ilusiones, de la necesidad de seguir viviendo entusiasmados pese a la inutilidad de tanto esfuerzo.

La razón por la que he querido dedicar al fracaso esta emisión de Buscando leones en las nubes -más allá del interés que desde siempre ha tenido este tema para mí (el íntimamente dulce sabor del fracaso frente a la amargura del éxito, siempre algo obsceno, siempre algo estéril, siempre algo falso)- está relacionada, como casi siempre en estos casos, con el azar. Recientemente me han asaltado -podríamos decirlo así- en diferentes ámbitos dos manifestaciones especialmente emocionantes de esta idea que hoy nos ocupa. Por un lado, escuché días atrás la descripción que hacía el director de cine José Luis Garci de una secuencia de una película -cuyo título no recuerdo- en la que un personaje que aparece en escena se interesa por el resultado de un partido de fútbol que alguien está viendo en la televisión. ¿Quién va ganando? -pregunta el recién llegado-. Nadie, contesta el otro, unos pierden más despacio que los otros. Por otro lado, tuve ocasión de ver, hace algunas fechas, un documental sobre el exilio republicano que siguió a nuestra guerra civil, y en él un anciano español residente desde los días aciagos de aquella contienda en Bélgica, uno de aquellos “niños de la guerra” que abandonó nuestro país tras la rebelión militar contra la República, contaba, en su castellano materno casi olvidado, y obligado a recurrir a su francés adoptivo, ya -quizá- más definitivamente suyo; contaba, digo, entre sollozos, y con emoción incontenible, que sufría enormemente cuando veía un partido de fútbol entre España y Bélgica, pues no sabía entonces cuál de los dos equipos preferir, despojado ya para siempre de su identidad, el fracaso al que otros condenaron su vida puesto de manifiesto entonces, patente en esa opción trivial. Al final, decía entre lágrimas, voy por el que pierde, siempre voy por el que pierde.

Y con este motivo unificador he elegido textos y músicas. Todos los fragmentos leídos se refieren, aunque sea de un modo muy vago e indirecto, a la pérdida, a las derrotas, a los proyectos incumplidos o frustrados, a la impotencia y el desasosiego a los que nos conduce la certeza, inequívoca, de la imposibilidad de alcanzar nuestros sueños, al eterno conflicto entre la realidad y el deseo, a la dificultad de vivir una existencia casi siempre lamentable, a la atormentada conciencia de nuestra propia finitud, a la radical desesperación que lleva consigo esta triste condición humana que nos humilla y nos obliga a vivir como meros animales racionales cuando, como dioses, somos capaces de imaginar paraísos. Son textos, a mi juicio muy interesantes y sugestivos, escritos por James Salter, Marcos Ordóñez, Antonio Lobo Antunes, Julio Ramón Ribeyro, José Carlos Llop, Andrés Trapiello, Juan Benet, Ricardo Piglia, J. M. Coetzee, José Antonio Garriga Vela y Adolfo García Ortega.

Las canciones elegidas son tristes y melancólicas y evocan, en la atmósfera algo lánguida que las envuelve, en su intimismo doliente, esa misma sensación de abatimiento y desesperanza que marca el tono del programa. Sus intérpretes han sido Yann Tiersen, Carrie Rodriguez, Rosa Passos, Dianne Reeves, Liz Durrett, Kristin Asbjornsen, Jann Arden, Rokia Traoré, Lambchop, Caroline Henderson y Rodrigo Leao con Ana Vieira, Pedro Oliveira y Ana Carolina.

Esta semana sólo puedo dejaros un par de vídeos con dos de las mejores canciones del programa: la delicadísima y preciosa L’échec, de Yann Tiersen, con el fondo de una nocturna y lluviosa Montevideo, la ciudad más triste del mundo, y otra maravilla, Slow day, que he querido que volváis a escuchar pese a que el vídeo no es tal y sí en cambio una muy austera foto fija de Kristin Asbjørnsen, su intérprete.




El dulce sabor del fracaso


martes 13 de octubre de 2009


CUARENTA AÑOS DEL SARGENTO PIMIENTA
La festividad de este pasado lunes ha impedido que Buscando leones en las nubes se emitiera en las ondas en su horario habitual. Para suplir este vacío, os ofrezco ahora un programa de 2007 dedicado a celebrar los cuarenta años del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el legendario disco de los Beatles.

Como es costumbre (una costumbre que, por desgracia, mi falta de tiempo convierte en cada vez más reiterada) no os dejo aquí un comentario extenso sobre la importancia de este álbum magnífico, sobre las curiosidades de su grabación, sobre la época convulsa en que se registró y sobre el reflejo de ese mundo en cambio en los surcos de aquel vinilo anticipador, sobre las turbulencias, las disensiones, los desencuentros que vivía el grupo en aquellos días, indicadores sutiles de su ya pronta separación, sobre la poderosa y muy notoria influencia de las drogas en sus surrealistas letras y en su innovadora música, también en la vida de sus autores, sobre la extraordinaria repercusión del disco en la vida musical y en la sociedad de su tiempo y aun del que estaba por venir, sobre las deslumbrantes novedades y los controvertidos avances técnicos que supuso, sobre su sorprendente carátula, llena de guiños y de citas y que tantos homenajes y recreaciones y hasta plagios posteriores ha suscitado. De todo ello, y de muchísimas cosas más, habla el imprescindible libro, cuya portada es hoy la imagen de esta entrada, Vida y milagro del Sgt. Pepper’s. Un disco para una época, publicado por Global Rhythm y escrito por Clinton Heylin, un apasionado y muy bien documentado experto. No os lo perdáis, a poco que os interesen los Beatles, los sesenta o el nacimiento y la evolución de la música pop contemporánea.

Mi particular homenaje a otro de mis discos preferidos de los Beatles consistió en una recreación de sus trece canciones originales en la voz de otros tantos intérpretes, en una particular celebración, pista a pista, del talento de los de Liverpool a partir de las casi siempre apreciables ‘reformulaciones’ por parte de algunos de sus devotos admiradores. Así, si os descargáis el programa (o si lo reproducís en esta página), podréis escuchar versiones interpretadas por Gilberto Gil, Rita Lee, Aimee Mann, Fionn Regan, Connie Evingson, Billy Bragg con Cara Tivey, Bikeride, Patti Smith, Claudine Longet, Michelle Shocked, The M’s, Peter Frampton con los Bee Gees y Sting. Entre ellas, las psicodélicas, algo extravagantes, en contadas ocasiones emotivas y muy a menudo anodinas letras de los Beatles, en este disco cargadas de veladas (y a veces no tan ocultas) alusiones a las drogas; un territorio, el del ácido, los psicotrópicos y las sustancias alucinógenas, que los chicos de Liverpool frecuentaban con asiduidad en aquellos tiempos y cuyo evanescente rastro impregna el disco.

Y para que la genuina voz de los Beatles no falte en este recordatorio, os ofrezco en la sección de vídeos, con el inexcusable fondo de la mítica portada del Sargent Pepper, el disco original completo repartido en cinco fragmentos consecutivos.




Cuarenta años del Sargento Pimienta