martes, 24 de abril de 2018


MIL VIDAS

Bienvenidos a Buscando leones en las nubes que sale al aire en una fecha tan señalada, 23 abril, Día del libro, con una emisión especial centrada en el fascinante universo de los libros. En realidad, la excusa de los libros servirá como eje organizador no sólo de la emisión de esta noche, sino también las de las tres próximas semanas, en las que nuestro espacio os ofrecerá una selección de muy breves textos literarios que tienen a los libros como protagonistas principales.

El pasado 2017, la editorial Gustavo Gili, que cuenta con un largo y muy bien seleccionado catálogo de títulos, sobre todo de arte, presentó en España un librito espléndido, de primorosa edición, que recoge un centenar de citas sobre los libros, la lectura y la escritura, en una antología realizada por el bibliófilo Bart Van Aken y magníficamente diseñada por el reconocido tipógrafo Dooreman. En el libro, cuyo título es el verso de Borges Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, podemos leer citas de Raymond Carver, Nick Cave, Charles Dickens, Groucho Marx, Georges Simenon, Paul Auster, Truman Capote, Molière, Roberto Bolaño o Haruki Murakami, entre otros muchos, traducidas al castellano por Julio Fajardo y acompañadas de los textos en su idioma original y de las respectivas -y muy breves- biografías de sus autores. Cada referencia se presenta, además, utilizando una fuente tipográfica distinta, lo que convierte la lectura del libro, más allá de su sugerente contenido, en una experiencia visual y estéticamente muy placentera. En las cuatro emisiones de la serie que ahora da inicio os ofreceré más de cincuenta de esas citas acompañadas de otras tantas estupendas canciones, todas ellas con las notas de recogimiento y sosiego, de delicadeza y sensibilidad que constituyen las más destacadas señas de identidad de nuestro espacio.

La autoría de los textos de esta semana corresponde a Francis George Steiner, Roberto Bolaño, Alberto Manguel, Paul Auster, Nick Cave, George Raymond Richard Martin, Oscar Wilde, Groucho Marx, Christopher Morley, Umberto Eco, Jeanette Winterson, Haruki Murakami y Michael Lipsey.

Los intérpretes de las canciones son Lizz Wright, Van Morrison, Lisa Hannigan, Grant-Lee Phillips, Raquel Tavares, Courtney Barnett con Kurt Vile, Fatou Seidi Ghali y Alamnou Akrouni, conocidas como Les Filles de Illighadad, Belle Adair, Dee Dee Bridgewater, Till Brönner con Dieter Ilg, Miroca Paris, Annie B. Sweet y Scala & Kolacny Brothers, a quienes se debe la estupenda versión de If you could read my mind, el ya clásico tema de Gordon Lighfoot de principios de los setenta, recuperado estos meses al ser la banda sonora de un anuncio televisivo de una conocida marca de coches.

martes, 17 de abril de 2018


MOMENTOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

Hoy cerramos la breve serie de dos emisiones dedicadas a Lo que olvidamos, el muy tierno y literariamente brillante libro de Paloma Díaz-Mas que protagonizó tanto la pasada edición de nuestro espacio como una extensa reseña en Todos los libros un libro, mi otro programa en la emisora universitaria.

Lo que olvidamos relata el progresivo hundimiento de la madre de la narradora en los trágicos abismos de la enfermedad de Alzheimer. Con un planteamiento en el que se adivinan rastros claramente autobiográficos, Díaz-Mas da cuenta de los inexorables avances del mal y de la correspondiente “desaparición” de la madre, desprovista poco a poco de su auténtica personalidad, y cuyo cerebro, cuyo espíritu, cuya alma, se ven desplazados por la oscuridad, el olvido y el vacío que trae consigo el deterioro senil. Simultáneamente a la pérdida de memoria de la anciana, la narradora profundiza en los recuerdos de su propia vida, con y sin su madre, para reflexionar -de un modo muy delicado y emotivo- sobre quiénes somos en realidad, sobre la construcción de nuestra identidad, hecha de remembranza y olvido, sobre los fragmentos de vida que perdemos y sobre los retazos del pasado que nos quedan tras el devastador paso de un tiempo que, a la vez que acaba con nosotros, nos constituye.

Envolviendo los muy tristes pero bellísimos fragmentos del libro que os leo en la emisión, suenan una decena de también preciosas canciones en las que la propia enfermedad mental, la demencia, las pérdidas y la destrucción que la edad, que la vejez conlleva ocupan un papel protagonista a partir de las experiencias, a menudo autobiográficas, que cantan sus intérpretes: interpretadas por Engelbert Humperdinck, Liz Longley, Charlie McGettigan, Reba McEntire, The Magnetic Fields, Bill Withers, Momo, Redouane Diri con Zakaria Haddani, Jacques Brel, Amy MacDonald y Paula Marchesini, que cierra el programa con una estupenda versión del clásico de los Beatles, When I’m sixty four, una de las más delicadas de las muchas que se han hecho desde su inicial publicación hace cincuenta años.


Las cosas, sin embargo, son tozudas, insisten en sobrevivir y, quizás, en sobrevivirnos. Pueden apañárselas muy bien sin nosotros, sus antiguos poseedores. Y, liberadas de nuestra posesión, se reencarnan en numerosos avatares.

Por ejemplo, ese suelo de baldosas hidráulicas que fue parte de nuestras vidas, elemento fundamental de los juegos de la infancia, y que vimos por última vez hace ya más de dos años. Las que mandó colocar en toda la casa nuestra abuela en los años treinta (entonces eran el pavimento decorativo de moda), cuando a nosotros nos faltaban muchos años para empezar a existir.

No sé bien por qué se nos ocurrió acudir a esta exposición antológica de pintura hiperrealista española, Era, nada más, una manera de pasar esta tarde lluviosa y fría de un otoño que parece ya invierno. Deambulábamos, un tanto desganados, por las salas en las que se exhibían lienzos bastante previsibles: el bodegón en el que el jarro o la fruta destacan sobre un mantel blanco heredado directamente de Zurbarán; los fragmentos de cuerpos desnudos cuyos miembros se enredan en las sábanas de una cama revuelta; una botella medio llena o medio vacía en cuyo vidrio se refleja el cuadrado de sol de una ventana ausente; frutas en un lebrillo de barro vidriado; la vieja máquina de escribir mecánica, sobre un pupitre de madera en el que se amontonan, en cuidadoso desorden, libros y cuadernos en lo que casi podemos leer. Hasta que, en una de las salas, lo vi: un lienzo grande que ocupaba casi toda la pared Un óleo en blanco y negro de calidad casi fotográfica en el que puedo identificar sin vacilación, sin ningún atisbo de duda, las coloridas baldosas, de dibujos complicados, del comedor de la casa de mi madre, de la casa de mi infancia y de mi juventud, de la casa que fue también de mis abuelos. Alguien dijo que era el mejor cuadro de la exposición; para mí fue como entrar en una foto antigua de esa casa que hace tanto tiempo que no habito.

La casa, con su comedor embaldosado, había dejado de ser mía y ahora era de otro. Alguien, el pintor, había entrado en ella, había pisado aquel mismo suelo y se había apropiado de él para llevarlo a otro lugar: el lienzo en el que cuidadosamente lo había pintado, reproduciendo con mimo cada detalle, invirtiendo días, semanas, meses en repetir una realidad que yo conocía bien, pero que ya no existía o existía de otra manera. La vida de las cosas se nos escapa.

No podía ser simplemente un suelo parecido, sino el mismo suelo de la casa de mi infancia, no cabía ninguna duda. Las mínimas variaciones creativas del pintor no habían podido disfrazarlo.

El tema pictórico tenía un punto de nostalgia: dos habitaciones vacías, comunicadas entre sí por el hueco de una puerta con jambas pero sin puerta. En la habitación del fondo, una niña de ocho o nueve años mira, melancólica, por la ventana; en el suelo, un par de cajas de cartón, como las que se usan en las mudanzas, medio abiertas, por las que asoman algunos juguetes. El resto de la casa parece vacío, como si se hubiese hecho ya la mudanza. Así que el cuadro es también un relato, una narración sobre el marcharse y el perder cosas que se han tenido, sobre cómo la niña, sola en las habitaciones ya despojadas, se despide de la casa que ha sido suya, se asoma por última vez a la ventana para ver la calle desde una perspectiva desde la cual ya no la verá jamás. No volverá a esa casa que ahora abandona y que será, para siempre en su recuerdo, la casa de su primera infancia.

La niña está al fondo del cuadro, sugiriéndonos apenas su historia, pero el verdadero protagonista de la imagen es el suelo brillante de baldosas que se adivinan llenas de color (aunque el cuadro, en realidad imita una fotografía en blanco y negro), unas baldosas sobre las que riela el cuadrado de luz de la ventana: el suelo que tantas veces habíamos pisado.

martes, 10 de abril de 2018


LO QUE OLVIDAMOS

Buscando leones en las nubes sale a vuestro encuentro una semana más, tras las vacaciones de Semana Santa, con una nueva propuesta de música y literatura con la que pretendemos no sólo entretener una hora de vuestras vidas, sino también, en un más que probable exceso de ambición, inducir a la reflexión y despertar las emociones y la sensibilidad de nuestra siempre muy reducida audiencia.

En el caso de esta noche -y de la de dentro de siete días- el espacio gira sobre una novela -aunque como tantas otras veces en la literatura actual no queda muy clara la cuestión de los géneros- que ya presenté hace unas semanas en mi otro espacio de Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro, en cuyo blog podréis escuchar la emisión y leer la correspondiente reseña. Se trata de Lo que olvidamos, la, por ahora, última publicación de Paloma Díaz-Mas, una excepcional escritora cuya interesante obra, que os recomiendo en su integridad, llevo leyendo desde hace más de treinta años.

La propuesta en que consiste Lo que olvidamos está a caballo de la ficción y la más estricta realidad, encontrándonos pues ante lo que podríamos llamar una novela autobiográfica, en la que la autora, en una narración que aparece siempre en primera persona, relata, con indecible belleza y muy melancólica ternura, con una mirada tristísima y siempre compasiva, la terrible experiencia de la enfermedad de Alzheimer sufrida por su propia madre y la repercusión que en la hija, en su memoria y sus recuerdos, tiene el hundimiento de la anciana en el desconcierto y el olvido, en la oscuridad y el sinsentido.

En una breve síntesis del libro -un análisis más detallado podéis encontrarlo, como he dicho, en todosloslibrosunlibro.blogspot.com-, podría decirse que Lo que olvidamos se mueve en torno a dos ejes por otro lado no demasiado nítidamente diferenciados. Las páginas iniciales del libro nos permiten percibir los primeros atisbos del deterioro mental de la mujer, de sus limitaciones cognitivas, y con ellos, los cambios que la enfermedad incipiente producirá en la vida propia y ajena. La progresiva pérdida de memoria de la madre, la “desaparición” de la persona que ha sido hasta esos momentos, se nos cuenta con detalle en sus distintas fases, que conducirán al inevitable internamiento de la mujer, ya abismada en su profundo pozo de olvido, en una residencia.

El desmantelamiento de la casa materna tras el alejamiento de la madre y la consiguiente aparición de decenas de objetos hasta entonces arrumbados en cajones, en trasteros, en carpetas, en armarios, despertarán los recuerdos de la narradora al tiempo que los de su madre se desvanecen en una densa tiniebla impenetrable. La segunda gran vertiente de la novela tiene que ver con esos recuerdos de la hija, que presentará entreverados de sus reflexiones acerca del pasado y el olvido, de la persistencia y también de la caducidad de la memoria, de la construcción de nuestra frágil identidad, del paso del tiempo y el deterioro, de los afectos y las penas, de los afanes cotidianos, a la postre irrelevantes y condenados, como todo, como todos, al abandono, la desmemoria y la desaparición.

He escogido una veintena larga de conmovedores fragmentos del libro para completar las dos emisiones que integran esta breve serie dedicada a Lo que olvidamos. Entre ellos van a sonar otras tantas delicadísimas canciones, rezumando pena y aflicción, congoja y dolor, en las que la enfermedad de Alzheimer, la irrefrenable devastación cerebral a la que se ven abocados muchos ancianos, ocupa un lugar principal, a partir, casi siempre, de experiencias personales y familiares vividas por los propios intérpretes. En esta primera entrega los músicos “participantes” son Calexico, Daughter, Kenny Chesney, Zaz, Elvis Costello, Sarah McLachlan, David Gilmour, Carrie Underwoood, Jerry Lansdowne, Dixie Chicks y el infortunado Glen Campbell, autor de I’m not gonna miss you, la triste balada de despedida de la gran leyenda del country, fallecido en agosto de 2017 víctima del Alzheimer, con la que cerramos el programa.

martes, 27 de marzo de 2018


NO SE PUEDE BAILAR SOBRE LAS AGUAS

Los pasados días 21 y 22 de marzo se celebraron, respectivamente, el día mundial de la poesía y el día mundial del agua. Con esa doble excusa quiero presentaros esta semana una emisión que conjuga ambas “festividades” con una decena de textos poéticos y otras tantas canciones que tienen al agua, en sus muy distintas manifestaciones, como protagonista.

Para nutrir la vertiente literaria del programa voy a aprovechar un espléndido número de la siempre extraordinaria revista Litoral, que en 2015 presentó un inagotable volumen monográfico dedicado, precisamente, a recorrer la presencia del agua en el arte y la literatura, en particular la poesía. Con la pulcritud formal y la belleza en la edición habituales en la clásica publicación malagueña, sus páginas se abren a infinidad de sugestivas secciones, a cual más “apetitosa”, como las dedicadas al agua oriental, a la precolombina, la mora o la grecolatina. También el agua en los mitos, con una especial mención a Heráclito y al agua clásica. Hay, igualmente, una selección de poemas centrados en el agua pura, en sentido estricto y sin aditamentos, a las nubes, a la lluvia y los paraguas, a las gotas, al rocío y la escarcha, al hielo y la nieve, a los ríos, los puentes y las cascadas, a los lagos, los manantiales, los charcos y las charcas. A la sed y los vasos. De la misma manera, podemos leer versos sobre piscinas y nadadores, sobre inundaciones y sequías, sobre navegaciones. El volumen se cierra con apartados sobre el agua soñada, escribir en el agua, el agua domada, el agua limpia, el agua ornamental o los oficios del agua.

De todas ellas, que aflorarán en Buscando leones en las nubes en temporadas venideras -a la lluvia y las nubes ya dedicamos en su momento diversos programas-, he elegido para completar la emisión de esta semana, un breve capítulo, de título El agua revelada y dedicado a la fotografía, en el que se recogen algunas fotos, en su mayor parte debidas a grandes nombres del género, que reflejan diferentes episodios vinculados directa o indirectamente con el agua, que son objeto de sus correspondientes comentarios a cargo de algunos importantes autores de la literatura en lengua española. Diez de esos breves textos -escritos por Luis Landero, Felipe Benítez Reyes, Marta Sanz, José Antonio Garriga Vela, Guillermo Busutil, Sara Mesa, Julio Llamazares, Hipólito G. Navarro, José Carlos Llop y Fernando Iwasaki- aparecerán, en mi siempre muy mejorable lectura, a lo largo del programa. En el espacio del blog dedicado habitualmente a los vídeos musicales, al final de esta reseña, podréis consultar las fotografías a las que se refieren, para, así, disfrutar mejor del encanto que rezuman esas intensas piezas literarias. Louis Faurer, Elliott Erwitt, André Kertész, Chema Madoz, David E. Scherman, Josef Koudelka, Cecilia Orueta, Henri Manuel, Saul Leiter y Trent Parke son los fotógrafos escogidos. (No he podido encontrar en internet la fotografía "exacta" de Cecilia Orueta que presenta la revista. Os ofrezco otra similar de la misma serie que tiene al pantano de Riaño como protagonista)

Complementando los textos, y de entre el inabarcable universo de canciones que aluden al agua y sus muchas manifestaciones, he elegido una decena muy variada de temas bellísimos por los que discurren, literal o metafóricamente, puentes, estanques, lagos, pantanos, bañeras, lluvia, nieblas, gotas, inundaciones y charcos, también tristísimas lágrimas. Natalia M. King, Sarah Vaughan, Antony & The Johnsons, Mina con Adriano Celentano, Lila Downs, Simon & Garfunkel, Damien Rice con Lisa Hannigan, Françoise Hardy, Melody Gardot y Diana Krall son sus intérpretes.


martes, 20 de marzo de 2018


UNA DE ESAS COSAS

En la emisión de esta noche ponemos fin a la breve serie de tres programas que en las últimas semanas hemos venido dedicando a las fecundas relaciones entre cine y jazz, con un repaso, que abarca cerca de ocho décadas, a una serie de películas que tienen al ecléctico género musical como protagonista principal.

En cada una de las entregas de este estimulante ciclo os estoy presentando los comentarios que Carlos Aguilar hace sobre cada una de las obras cinematográficas en su indispensable antología, de título Cine y jazz, que presentó la editorial Cátedra en 2013 y que recoge, al modo de un completo diccionario, ajustado pues a un orden alfabético, centenares de referencias sobre músicos, directores, actores, películas, canciones y otras diversas manifestaciones de la muy productiva imbricación de ambas artes a lo largo de la historia. Podéis encontrar una completa reseña sobre el libro en el blog de mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro.

Nuestro recorrido de hoy comienza en 1989, con Michelle Pfeiffer cantando con gusto un tema de Los fabulosos Baker Boys, y finaliza con Ray Charles, en un tema que formaba parte de la banda sonora del exitoso biopic Ray, estrenado en 2004. Entremedias, algunos grandes clásicos de jazz interpretados por Cynda Wiliams con Branford Marsalis, Janis Siegel, Milt Hinton, Joshua Redman, Carol Woods, Eliane Elías y Diana Krall.

Las películas de las que proceden las piezas musicales son la ya citada Los fabulosos Baker Boys, dirigida Steve Kloves en 1989; la estupenda Mo’ better blues, que en España se estrenó bajo el título Cuanto más mejor y que dirigió Spike Lee en 1990; Rebeldes del swing, con la realización de Thomas Carter en 1993; el documental A great day in Harlem, a cargo, en 1996, de Jean Bach; Kansas City, la espléndida obra de1996 de Robert Altman; Acordes y desacuerdos, el título, de 1999, más abiertamente jazzístico de un Woody Allen cuya carrera no puede entenderse sin el género; otro documental, Calle 54, que dirigió en 2000 un Fernando Trueba fascinado por el jazz latino; De-Lovely, la enésima recreación de la vida y obra de Cole Porter, a cargo de Irving Wrinkler en 2004; y por último Ray, la biografía cinematográfica de Ray Charles, también mencionada, que presentó en 2004 Taylor Hackford.

martes, 13 de marzo de 2018


ALREDEDOR DE LA MEDIANOCHE

Buscando leones en las nubes os ofrece esta semana la segunda entrega de la serie que empezamos hace siete días con Cine y jazz, el estupendo libro de Carlos Aguilar, como centro y motivo principal. En él, y como podréis leer en mi reseña de hace unas semanas en mi otro espacio en Radio Universidad, Todos los libros un libro, se hace un repaso exhaustivo por la historia del cine, a partir de las muchas películas que tienen al jazz bien sea como núcleo central bien como elemento destacado de sus respectivas bandas sonoras.

Siguiendo tan solo la primera de las vertientes -para mostrar la otra ya habrá ocasión en temporadas venideras del programa- en la emisión del lunes pasado llegamos hasta el año 1957, y desde esa fecha empezaremos esta noche nuestro recorrido por una corta decena de títulos, algunos de los cuales son verdaderas obras maestras del cine musical en general y del jazzístico en particular, y por sus respectivas bandas sonoras.

Las cintas reseñadas han sido, siguiendo un orden cronológico que nos ha llevado de 1958 hasta 1988, St. Louis Blues, dirigida por Allen Reisner el primero de esos años; Jazz on a summer’s day, el documental de la misma fecha de Bert Stern y Aram Avakian; Lady sings the blues, que en nuestro país se presentó como El ocaso de una estrella y que dirigió Sidney J. Furie en 1972; New York, New York, una de las películas musicales de Martin Scorsese, que la dirigió en 1977; Cotton Club, de Francis Ford Coppola, estrenada en 1984; Alrededor de la medianoche, la obra maestra de Bertrand Tavernier de 1986; Bird, otra cinta convertida ya en un clásico, que dirigió el muy jazzístico Clint Eastwood en 1988; el documental sobre Thelonious Monk, Straight no chaser, a cargo de Charlotte Zwerin, también en 1988; y, por último, el fruto de la devoción de Bruce Weber por Chet Baker, Let’s get lost, estupendo título, igualmente de este prolífico 1988.

Los eruditos y siempre algo intemperantes comentarios de Aguilar extraídos de su libro anteceden la escucha de los espléndidos temas, uno por película, interpretados por Eartha Kitt, Mahalia Jackson, Diana Ross, Robert de Niro con Mary Kay Place, Duke Ellington, Lonette McKee con Dexter Gordon, Charlie Parker, Thelonious Monk y el mencionado Chet Baker.

martes, 6 de marzo de 2018


CINE Y JAZZ

Esta semana, dejados atrás ya los “fastos” de la celebración de nuestra llegada a la emisión número seiscientos, damos comienzo a una nueva serie, que se prolongará a lo largo de tres emisiones, con el cine como protagonista principal. Y es que coincidiendo con el último mes de sucesivas ceremonias de entregas de premios cinematográficos -Globos de Oro, Goya, los Cesar franceses-, la última esta misma madrugada, con los galardones correspondientes a los Oscar de Hollywood aún “calentitos”, tanto en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Todos los libros un libro, como ahora aquí, en Buscando leones en las nubes, se han ido sucediendo los programas alusivos, de una manera más o menos directa, al séptimo arte.

Así, en Todos los libros un libro he presentado en estas semanas precedentes, diferentes títulos que abordan el fenómeno cinematográfico desde muy distintos puntos de vista: la presencia de las ciudades en el cine, los inabarcables ángulos de la legendaria película Casablanca, las relaciones entre cine y literatura a través de una decena de espléndidos relatos literarios objeto de traslación fílmica, los siempre llamativos gazapos y meteduras de pata en las cintas, y también la vinculación entre el cine y el jazz, estudiada en un libro magnífico, titulado precisamente Cine y jazz, en el que el experto Carlos Aguilar explora ambos territorios artísticos en una obra magnífica que ahora quiero recuperar desde otra óptica -distinta a la de la reseña literaria- para el programa de esta semana y los de los dos próximos lunes.

Carlos Aguilar presentó su Cine y jazz en la Editorial Cátedra en 2013, en una edición completísima -cuya crítica podéis leer en el blog del programa, todosloslibrosunlibro.blogspot.com-, organizada bajo la forma de un exhaustivo diccionario -estructurado, pues, bajo un orden alfabético- integrado por centenares de referencias a largometrajes -de ficción y documentales-, cineastas -intérpretes o directores-, piezas musicales, discos, músicos de jazz y creadores de partituras para cine que pueblan la inagotable historia de las apariciones del jazz en la gran pantalla.

En la serie que ahora comienzo voy a ofreceros una treintena de entradas del libro, con sus correspondientes “ilustraciones” musicales, en una selección de extraordinaria dificultad, dada la infinidad de alternativas posibles, con piezas bellísimas, títulos significativos, películas destacadas y músicos representativos que forzosamente van a quedar fuera de ella. Por ello, me he impuesto un restrictivo criterio para llevar a cabo la antología, dejando abiertas otras opciones para temporadas venideras del programa.

Admitiendo la distinción -que Carlos Aguilar comenta en su prólogo en un riguroso análisis técnico- entre films en los que el jazz es protagonista y aquellos en los que su música sólo forma parte de la banda sonora, en estos tres espacios me centraré exclusivamente en películas en las que los protagonistas son artistas del género, biopics de personajes reales -Charlie Parker, Chet Baker, Thelonious Monk- o ficticios, cintas que en su trama incluyen actuaciones o interpretaciones en “garitos” nocturnos, teatros o clubes de jazz, documentales sobre festivales o conciertos y, en general, películas que inequívocamente describen el mundo de jazz. Seguiré para ello un criterio de ordenación cronológico, empezando por un tema de The jazz singer, el título pionero de Alan Crosland, en 1927, hasta finalizar, dentro de quince días, con un clásico de Ray Charles extraído de Ray, su exitosa biografía cinematográfica de 2014 a cargo de Taylor Hackford. Cada canción va precedida de la entrada del libro correspondiente a la película a la que pertenece.

En consecuencia, las cintas escogidas para este primer programa son la mencionada The jazz singer, dirigida por Alan Crosland en 1927; Blues in the night, de Anatole Litvak, estrenada en 1941; Cabin in the sky, una creación de Vincente Minelli en 1943; Stormy weather, de1943, con Andrew L. Stone en la dirección; Noche y día, obra del realizador Michael Curtiz en 1946; Los fabulosos Dorseys, que dirigió Alfred E. Green en 1947; El trompetista, de nuevo a cargo de Michael Curtiz, esta vez en 1949; Música y lágrimas, el biopic sobre Glen Miller, que dirigió Anthony Mann en 1954; The Benny Goodman story, realizada por Valentine Davies en 1956; Alta sociedad, la película del mismo año de Charles Walters; y Chantaje en Broadway, del inglés Alexander Mackendrick, cerrando en 1957 este primer repaso a los films con temática jazzística.

Los intérpretes de los temas musicales, obviamente uno por película, son el pionero Al Jolson, Jimmie Lunceford y su Orchestra, Ethel Waters, Lena Horne, Mary Martin, Jimmy Dorsey con su orquesta, en la que sobresalen las voces de Bob Eberly y Helen O'Connell, Doris Day, la Glen Miller Band, Benny Goodman, Bing Crosby con Grace Kelly y la Chico Hamilton Band.

Debo señalar, como comentario final de esta entrada, que Aguilar es un crítico despiadado, bajo cuya inclemente mirada caen fulminadas casi todas las obras que comenta. Siempre disconforme, permanentemente insatisfecho, casi ninguna película le complace totalmente, de modo que, como podréis comprobar, en sus textos escatima los elogios, convirtiéndolos de continuo en una sucesión de quejas, reproches y objeciones. Pese a ello, su erudición, su profundo conocimiento de la materia objeto de su estudio y, sobre todo, su apasionado amor por el jazz, permiten disfrutar del libro y, en consecuencia, espero que también de estos programas cuya muy larga presentación cierro aquí ya sin más demora.