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martes, 22 de octubre de 2013


ANTONIO MUÑOZ MOLINA. SEFARAD. EL DESARRAIGO Y LA EXTRAÑEZA

Quienes nos escuchasteis la semana pasada recordaréis que dedicamos el programa en su integridad a Sefarad, una de las más notables novelas de Antonio Muñoz Molina. Y ello es así porque hemos querido aprovechar la muy cercana entrega de los Premios Príncipe de Asturias de 2013 (la ceremonia tendrá lugar en Oviedo el próximo viernes, 25 de octubre), que en su modalidad de Letras han recaído en el escritor y académico jienense, para celebrar nuestro particular homenaje a un autor que siempre me ha interesado, desde un ya lejano 1987 en que leí deslumbrado Beatus Ille, una primera novela que aparte de su brillantez literaria está muy unida sentimentalmente a algunos importantes episodios de mi vida. Con la misma voluntad de reconocimiento y celebración, os anticipo que mañana, miércoles 23, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro, se dedicará por entero a otra gran obra de Muñoz Molina, La noche de los tiempos.
 
Pero centrándome en Sefarad, que es, como digo, el libro que esta semana nos ocupa, era tan grande el interés que su lectura me despertó en su momento y tantas las ideas, las reflexiones, las impresiones, las sugestiones que había suscitado en mí, que no me podía resignar a ofreceros una única emisión sobre él. Por lo tanto, en esta edición de Buscando leones en las nubes, al igual que en la de hace una semana, todos los textos -como siempre llenos de vida, de ilusión, de tristeza, de pasión- que aparecen en el programa estarán extraídos de dicha novela, y podréis escucharlos envueltos, como siempre, en melodías muy dulces y emotivas, llenas de encanto y sensibilidad, que os permitan degustarlos como merecen y os despierten el interés por leer el libro en su integridad y, de paso, el resto de la obra de Muñoz Molina. Chris Botti, Khadja Nin, Josefine Cronholm con Ibis, Rossana Casale, Zizi Possi, Karen Dalton, Gigi Shibabaw con John Powell, Damien Rice con Lisa Hannigan (cuya magnífica The Blower's Daughter, con un fondo de imágenes de Closer, la excelente película de cuya banda sonora formó parte la canción, acompaña esta entrada), Sara Tavares y Peter Gabriel son los intérpretes de los temas que suenan en la emisión.
 
Al igual que hace siete días, os ofrezco, como complemento a esta entrada, una entrevista del escritor con la periodista Soledad Gallego-Díaz, publicada en El País el 18 febrero de 2013.
 
 
"Recuérdalo tú y recuérdalo a los otros". El verso de Luis Cernuda obsesiona desde hace tiempo a Antonio Muñoz Molina. “Recordar y contar lo que uno ha visto, esforzándose por no mentir y por no halagar y por no dejarse engañar uno mismo por el resentimiento o por la nostalgia, es una obligación cívica”, opina. El escritor se ha esforzado en cumplir de forma precisa con esa obligación de ciudadanía: “Esforzarse en mirar las cosas como son y contarlas tal como fueron” es el corazón del nuevo libro que acaba de publicar, Todo lo que era sólido (Seix Barral), un ensayo que parte de la relectura de periódicos de un pasado próximo y del asombro que le produjo comprobar todo lo que había olvidado.
 
PREGUNTA: El olvido de lo inmediato, de lo ocurrido hace cinco, diez años, le provoca consternación.
RESPUESTA: La memoria de lo inmediato es muy difícil. Lo he comprobado con este libro. Yo he trabajado muchas veces con periodos de tiempo más alejados del presente y no me había dado cuenta de lo rápido que desaparece la memoria cercana. Cuando fui al periódico EL PAÍS a repasar números de hace veinte años, o menos, me di cuenta de esa rapidez devastadora. No sé por qué ocurre. Será quizá porque uno vive los acontecimientos políticos con una parte muy superficial de su conciencia. Uno sabe que las cosas cambian. Tiene conciencia de que si vuelve a una ciudad que no ha visitado en 20 años, muchas cosas habrán cambiado. De lo que no te das cuenta es que si vuelves a los cinco años, también han cambiado, muchísimo más de lo que crees.
 
P: Lo que se propone en el libro es atestiguar. Al darse cuenta de que olvidamos tan rápido, cree que es necesario explicar ese pasado tan reciente a los jóvenes de hoy.
R: Sí, porque si no lo hacemos, ni los medios de comunicación ni el sistema educativo van a dar ese testimonio. Lo que se fomenta es que se viva solo en el presente. Un presente que no se entiende, porque se hace creer que las cosas, tal como están ahora, han existido siempre. Que los valores que hay ahora han existido siempre. Y eso no es verdad.
 
P: No eran los mismos hace muy poco tiempo.
R: No nos estamos refiriendo a la época del esclavismo. Por eso me esfuerzo en el libro en atestiguar sobre mi propia experiencia, sobre las cosas que ahora me parecen perfectamente comunes y que eran impensables para mí mismo hace nada. La cuestión de las mujeres, por ejemplo, el salto impresionante que se ha producido en ese tema. Yo he vivido en un mundo, en un país, en el que una persona progresista, un varón progresista, no consideraba en absoluto necesario levantarse de la mesa al terminar de comer. Se tuvieran las ideas que se tuvieran, en la práctica ocurría así.
 
P: Ya recogerían ellas…
R: Ese es exactamente el tránsito de lo impensable a lo imperceptible. Cosas impensables, que ocurren y que al cabo de muy poco tiempo ya son imperceptibles. Cuando yo era adolescente, o en mi primera juventud, ¡pensar que pudiera haber matrimonios homosexuales! Era impensable. Hay que acordarse de la izquierda, de la hostilidad puritana que demostraba hacia los homosexuales. Pasaba en todas partes. Y de pronto, lo impensable se convierte en imperceptible. Para un chico de hoy, para mi hijo, tener amigos o parientes homosexuales es normal. No se da cuenta. Eso te llena de sorpresa y te llena también de esperanza.
 
P: En el libro se asombra también de la gran violencia verbal que existió en el debate político de los últimos años y en la imposibilidad de llegar a acuerdos básicos. ¿Es eso específicamente español?
R: Sí. Yo creo que en ese sentido hay cosas específicas nuestras. En Estados Unidos, por ejemplo, hay una lucha política muy fuerte. Pero hay zonas de debate que están fuera de ese enfrentamiento. En España no hay ningún acuerdo básico. Eso es lo asombroso. Hasta en Italia existen esos pactos. Recuerdo cómo se celebró en 2011 el 150º aniversario de la unidad de Italia. Con festejos. La unidad de Italia es un proyecto progresista. Para nosotros no. Por la capitulación de la izquierda, hemos programado nuestro cerebro para pensar que la unidad de un país es automáticamente reaccionaria. No tiene por qué ser así. El proyecto de la República italiana era un proyecto progresista. Es un proyecto cívico poner a los ciudadanos por encima de los grupos, territoriales o étnicos, o lo que sea.
 
P: ¿Existió ese acuerdo cívico durante el debate constitucional?
R: Creo que lo primero es distinguir entre la gente común y las élites. Hay una cosa en la que he pensado mucho, sobre la que he intentado estudiar desde hace tiempo: la diferencia entre el extremismo de la élite y la gente común. Lo he estudiado respecto a la Guerra Civil. Cómo el extremismo político está limitado a una élite muy concreta que se aprovecha de situaciones sociales dolorosas y que crea una dinámica propia que acaba arrastrando a la sociedad entera. Eso es muy importante. Evidentemente, la élite política o cultural, o lo que sea, es la parte más visible de la sociedad. Puedes pensar que son una representación fehaciente de la sociedad, pero puede resultar que no. A mí, por ejemplo, me irrita mucho eso de las dos Españas. Algo que manejaba tanto la élite de la derecha como la de la izquierda: que en 1939 había dos Españas y que el levantamiento de una contra la otra provocó una guerra civil. Pero si lo estudias con más cuidado, ves que hay un proceso de radicalización política en ciertas élites que arrastran a todo el sistema político y que acaba arrastrando a una población que, en su mayor parte, es ajena a eso.
 
P: Esto otorga una gran responsabilidad a las élites.
R: Claro, una responsabilidad enorme. La irresponsabilidad de las élites las pagan los pueblos enteros, y eso tiene que ver también con la idea de que la historia es, digamos, inevitable. La Guerra Civil ocurre porque era ine¬vitable, nos dicen. Pues no, la Guerra Civil se produce por varias razones. Durante mucho tiempo, la élite política se dedicó a exacerbar al máximo el enfrentamiento y la violencia. Ahora se quiere idealizar aquella época. “Ahora no hay parlamentarios”, se llegó a decir; los de la Republica, esos sí que eran unos verdaderos parlamentarios. Y se olvida el hecho de que se ponía una caja a la entrada del Congreso para que esos parlamentarios depositaran sus armas de fuego.
 
P: ¿Cómo es posible entonces que existieran esos acuerdos básicos en el periodo de la Transición y que ahora nadie parezca concederle el más mínimo valor?
R: Primero, por esa incapacidad que hemos comentado de mirar los hechos y de ver las cosas que tienes delante de los ojos. Vamos a ver, ¿cuántos periodos de libertad y de progreso ha habido en la historia de España y qué duración han tenido? Me refiero a la historia contemporánea. ¿Cuántos periodos de estabilidad política? ¿Cuándo, en la historia real de nuestro país, ha habido más gente que haya progresado más, en libertad, que haya conseguido un grado mayor de bienestar y libertad? El término de comparación no es el ideal paradisiaco. Lo que vale es la comparación con lo que ha sido nuestro país y la comparación con los países de nuestro entorno. Y en esa comparación vuelvo a la misma pregunta: ¿en qué otro periodo ha habido algo parecido a lo que ha ocurrido en todos estos años en España? Se le puede preguntar a un nacionalista catalán o a un nacionalista vasco en qué periodo de la historia, no de la mitología, Cataluña ha disfrutado de mayor autogobierno, ha disfrutado más de su lengua, de sus propias instituciones. O el País Vasco. En qué periodo. No en qué leyenda. Se junta la falta de crítica y la falta de lealtad. Por una parte falta la crítica verdadera y lúcida. Y por otra parte falta lealtad al sistema. Muchas personas, con voces muy visibles, han cooperado mucho en ese descrédito del sistema democrático. Y además, de una manera muy cínica, jugando con el prestigio gratuito del radicalismo. No solo no se recuerda el pasado reciente, sino que además se falsifica. El olvido lo que hace es favorecer la falsificación.
 
P: La consecuencia ha sido el descrédito cada vez mayor de ese periodo.
R: El descrédito era lo que convenía a la casta política de ahora para legitimar sus propias hegemonías. Porque la hegemonía de la clase política autonómica se basa en la negación de cualquier espacio común, de cualquier tejido común. Además, es algo práctico, porque eso les permite ocultar su corrupción y su incompetencia. El tipo de hegemonía que ellos quieren es lo que le interesa a los partidos. En la Transición se cometieron muchos errores. Efectivamente. Pero uno de ellos, del que no se habla y sobre el que yo insisto en mi libro, es la fuerza que se concedió a los aparatos políticos de los partidos y a la primacía de esos partidos políticos sobre la Administración.
 
P: Esa es una de las tesis fundamentales del libro, ¿no?
R: Sí, creo que eso es así. Los partidos no quisieron crear una Administración, un sistema público de funcionamiento que sirviera para todos, sino unas redes clientelares de las que ellos se alimentaran y en las que ellos prosperaran.
 
P: ¿Dónde estaban los intelectuales españoles cuando ocurrió todo eso?
R: Habría que hablar de los intelectuales en un sentido amplio, incluir a los periodistas, ¿no? Pero no se trata del prestigio intelectual. Cuando escribía el libro me daba cuenta de que el eje sobre el que todo eso se desarrollaba era la falta de control, dentro de la legalidad. Yo tengo la experiencia de haber trabajado en la Administración en momentos cruciales. Cuando sale a la luz pública un caso de corrupción, nadie pregunta, como cuando un enfermo llega a un hospital: ¿qué ha pasado? Antes de llegar aquí, ¿qué le pasó? Una vez más, volvemos a la incapacidad de crear cosas comunes, la falta de voluntad de crear espacios comunes.
 
P: ¿De dónde viene esa incapacidad?
R: Tiene que ver con una particularidad española, de la que también hablo en el libro: lo difícil que es en este país la disidencia verdadera. Tenemos una idea falsa de nosotros mismos, según la cual somos gente vehemente, que dice lo que piensa y que eso nos distingue de los extranjeros. Pero aquí es muy difícil decir lo que se piensa. Vivimos en una sociedad en la que, por falta de tradición democrática, existe una incapacidad de aceptar con naturalidad las opiniones o las informaciones que contradicen la ortodoxia establecida por un grupo.
 
P: ¿Eso se relaciona con el sectarismo?
R: Sí. En primer lugar, aquí hay, y eso me parece ya un primer síntoma grave, un peso del opinionismo mucho mayor que en otros países. Pero además, cuando alguien escribe una columna, lo hace para mostrar a los suyos que es de ellos y que está auténticamente en ese bando. Y eso se muestra de dos maneras: una, atacando al que se supone que es del bando contrario, y dos, no poniendo ninguna pega, o si acaso una pega menor, al bando al que se supone que perteneces.
 
P: ¿Los intelectuales no ofrecen un escudo contra eso?
R: Creo que el término intelectual se aplicó por primera vez a Zola, en el caso Dreyffus. Pero si lees las posiciones de personas supuestamente de alta cualificación intelectual, sus posiciones públicas, y haces una lista, el resultado es pavoroso, porque con muchísima frecuencia han optado, y no solo en España, por las posiciones más insensatas. Hay que tener mucho cuidado con esa figura del intelectual. Yo creo que es básicamente una figura francesa, latinoamericana, de Europa del sur… Esa figura casi no existe en el mundo anglosajón, porque allí creen que lo que necesitan son profesionales de la información.
 
P: Y funcionarios…
R: Exactamente, administradores. Administradores eficientes y buenos informadores. Gente que investigue un caso, investigue a fondo y saque los datos y los ponga a la vista. A mí me impresiona mucho que en Holanda haya una oficina, independiente de los partidos, cuya misión es evaluar el coste económico de las propuestas de los partidos en sus programas electorales.
 
P: ¿Quién financia esa oficina?
R: Es estatal. El equivalente al PP dice, por ejemplo: “Vamos a bajar los impuestos, pero vamos a impulsar no sé qué”. Y llega esa oficina y dice: “Si se bajan los impuestos, se deja de recaudar tanto”. Si la oposición dice: “Hay que dar asistencia dental a los emigrantes”, por ejemplo, llega la oficina y calcula: “Eso cuesta exactamente tanto”. Datos, eso es lo que nos falta. Lo que nos falta en España es conocimiento de la realidad. Y para eso lo que necesita son buenos profesionales. No necesita intelectuales iluminados. El llamado intelectual es importante sobre todo cuando fracasan muchas otras instancias. Pero si se piensa en el papel de los intelectuales europeos occidentales en la crisis del siglo XX, sobran los dedos de una mano para nombrar a los que tuvieron actitudes realmente inteligentes, democráticas, no sectarias y no partidistas. Con respecto a la Unión Soviética, de los grandes intelectuales europeos, ¿cuántos tuvieron una posición lúcida? Koestler, Orwell, Albert Camus, Raymond Aron.
 
P: En el libro reúne datos, informaciones, se asombra: yo lo vi, pasó esto.
R: He observado que las plantas generan toxinas para defenderse de los parásitos. La nicotina es el veneno que genera la planta del tabaco para defenderse de los insectos, por ejemplo. Pues bien, en la sociedad española, cualquier grupo genera toxinas que anulan la crítica. Y que anulan la objeción de la razón o de la realidad. Ahora todos nos reímos retrospectivamente del aeropuerto de Castellón o del de Ciudad Real. Pero la cuestión es cómo pudieron llegar a construirse.
 
P: ¿Fallaron los controles?
R: Sí. ¿Cuántos controles fallaron? Uno, el control técnico, porque se supone que una Administración tiene unos técnicos que evalúan el coste y la viabilidad de cualquier proyecto público que se emprende. Dos, el control de las cajas de ahorros que los financiaron. Alguien tuvo que decir: “Este préstamo es un riesgo demasiado grande”. Tres, el de los medios de comunicación, que seguramente dependían de páginas de publicidad. Y cuatro, el de la opinión pública. ¿Por qué falló este último? Porque fallaron los anteriores y porque entró en funcionamiento la toxina contra cualquier crítica. Si alguien, a pesar de todo eso, hubiera dicho: “Oye, este aeropuerto es una tontería”, inmediatamente habría quedado desactivado, porque si el aeropuerto era una iniciativa del Partido A, el que lo criticara sería probablemente del Partido B o sería acusado de serlo. Y porque el aeropuerto formaría parte de un discurso de autohalago colectivo. “Esto es lo que merecemos, nuestra comunidad merece esto”. Si criticas y vienes de fuera, te dicen: “¿Qué derecho tienes a opinar sobre esto tú que vienes de fuera?”. Y si vienes de dentro, peor, porque eres un traidor.
 
P: ¿Y eso se nos va a curar algún día? ¿Dejaremos de producir toxinas?
R: Ah, no lo sé. Pero por lo menos ahora el mecanismo está claro. Estamos de acuerdo en que el principal problema de España es la falta de controles independientes, diversos grados de control.
 
P: ¿La opinión pública forma parte de esa red de controles?
R: Claro, el último de esos controles es el de una opinión pública que no sea cautiva. Eso tiene que ver con lo que hablamos antes de la dificultad de llevar la contraria. Me acuerdo de cuando se iba a aprobar el absurdo nuevo estatuto de Andalucía. Ponerle alguna pega era directamente ser “de derechas”. De mí han escrito que he sido un traidor a mi tierra, un traidor a Andalucía. Me acuerdo de un artículo que publiqué y que provocó todo tipo de ataques. Se llamaba Andalucía obligatoria y se inspiraba en algo que me había contado mi hermano sobre un cursillo que tenía que hacer para su capacitación y que versaba sobre el espíritu rociero. Es curioso que en un país que se dice tan individualista exista una fuerte coacción del grupo, la coacción ortodoxa, como en la contrarreforma, la acusación de que “tú no eres de los nuestros”. España no es nada individualista. Mentira. Es una sociedad en la que el debate público es imposible. El debate público verdadero. Lo que se hace es el ladrido agresor. Todo está lleno de eso. Recuerdo otro ejemplo bastante reciente, la célebre cúpula de Barceló. Como la había aprobado el Gobierno socialista, a quien se oponía se le acusaba inmediatamente de ser del PP. Y como Barceló es un artista moderno, a quien opinaba que la cúpula era estéticamente una “patata” se le trataba de reaccionario. Yo hice un artículo en el que comparaba el coste de la cúpula de Barceló con el presupuesto anual del Instituto Cervantes, porque creo que, además de las opiniones, hay un factor que se debe tener en cuenta y que es el coste de un proyecto y la proporción con el coste de otras cosas. Si la cúpula cuesta entre 18 y 20 millones de euros y comparativamente el presupuesto del Instituto Cervantes de ese año era de 65 millones de euros, algo falla, ¿no?
 
P: ¿Coacción de grupo, de nuevo?
R: Ceguera partidista. Te da la comodidad, está claro. Conste que en el libro también hay un mea culpa, ¿eh? El hecho de estar muy centrados en determinadas cosas nos impedía ver muchas otras que estaban pasando. Hablábamos antes de intelectuales. En ese sentido, el único intelectual comprometido que había en España en 2007 era El Roto.
 
P: La lista de noticias que se recogen en el libro parece ahora increíble.
R: La experiencia de revisar ejemplares pasados del diario es precisamente el corazón del libro. Déjeme que cuente un caso que recuperé en esas lecturas. En 2007, un juez de Tenerife reconoció el derecho de un grupo de vecinos a que se bajaran los decibelios máximos del carnaval. No los decibelios del desfile. No, los de las furgonetas que, según la costumbre, se ponen en cualquier parte, en tu puerta, con altavoces a todo meter. En este caso, los decibelios eran tan brutales que el juez decretó que no se podía superar lo que marcaba la ley. Pues bien, hubo una reunión en el Parlamento canario que desautorizó al juez. En las emisoras de radio del Ayuntamiento se hicieron públicos los teléfonos y las direcciones de las personas que habían puesto la denuncia. A esas personas se les quemaban los portales, se las amenazaba de muerte. Y en los edificios cercanos terminaron por poner carteles que decían: “Nosotros no hemos participado en esa demanda”. Es terrible, ¿no? Me interesa mucho esa cosa brutal del totalitarismo de la fiesta. Es mucho más grave de lo que parece. Porque supone la falta de reconocimiento del derecho del otro a vivir su vida. Es una cosa escalofriante.

martes, 15 de octubre de 2013


ANTONIO MUÑOZ MOLINA. SEFARAD. ERES CUALQUIERA Y NO ERES NADIE

Esta semana abrimos una breve serie de dos programas dedicados a Antonio Muñoz Molina, el académico y escritor español que dentro de unos días recibirá el Premio Príncipe de Asturias de las Letras correspondiente a 2013, que le ha sido concedido, según declara el acta del jurado, por la hondura y la brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país, episodios cruciales del mundo contemporáneo y aspectos significativos de su experiencia personal. Una obra que asume admirablemente la condición del intelectual comprometido con su tiempo.
 
En Buscando leones en las nubes ya hemos ofrecido hasta tres programas centrados en el magnífico escritor jienense, dos con base en su novela El viento de la luna y un tercero vinculado al texto misceláneo Ventanas de Manhattan. En nuestra emisión de esta semana y en la del próximo lunes, y a modo de homenaje a uno de nuestros autores favoritos, vamos a recuperar otros dos programas de hace unos años, emitidos con ocasión de la aparición entonces de una obra mayor de la literatura de Muñoz Molina, la excepcional Sefarad, una magnífica novela que nos habla del exilio, del desarraigo, de hombres y mujeres expatriados, perseguidos, deportados. En esta edición escucharéis, pues, extraídos de ella, y envueltos en melodías delicadas y algo tristes, muchos textos sugerentes, muchas reflexiones emotivas, muchos pensamientos conmovedores con los que vamos a nutrir la parte literaria del programa. De entre ellos, y el hecho resulta ciertamente curioso, hay un pasaje de Sefarad en el que Muñoz Molina parece -sin pretenderlo, como es obvio- describir fielmente el objeto, el propósito de Buscando leones en las nubes e incluso la voluntad, el espíritu que me anima cuando elaboro los distintos programas. Uno de los personajes de la novela afirma: Tenía la cabeza llena de frases de libros, de películas o de canciones, y sentía que en esas palabras (...) estaba mi único consuelo posible contra el destierro en el que me hallaba confinado. En efecto, en cierto modo así soy yo y así es el programa que una semana tras otra llega a vuestras casas. Como ya os he comentado en más de una ocasión, Buscando leones en las nubes surge de mi pretensión -algo descabellada- de escapar de esa especie de destierro en el que me confinan las miserias del día a día a través de la belleza que encierran la música y la literatura; belleza que intento atrapar y mostraros en cada nueva emisión. Espero que participéis, pues, de la ternura y la desolación, la alegría y la desesperanza, la tristeza, la emoción, la melancolía y, en definitiva, la sensibilidad y el sentimiento que empapan esta, a mi juicio, gran novela de la que vamos a ofreceros una muestra en estos dos lunes consecutivos.
 
Entre los textos de Muñoz Molina suenan, como digo, preciosas canciones interpretadas por Vincent Delerm, Mo’ horizons con Leila Pantel, Amos Lee, Jon Mark y Johnny Almond, Diogal, Nina Nastasia, Coleman Hawkins, Inara George, Neil Halstead y Coldplay.
 
Os dejo como complemento a esta entrada un texto de Juan Cruz publicado en El País el 10 de febrero de 2013 con ocasión de la concesión a Muñoz Molina del Premio Jerusalén precisamente por esta su novela Sefarad.

 
Cuando terminas de leer Sefarad, el libro de Antonio Muñoz Molina, y repasas con él los libros que leyó antes o mientras narraba las historias de exilio y de ignominia que contiene ese volumen, comprendes por qué él tiene ese estilo desgarrado y melancólico ante lo que sucede, y sobre todo compruebas hasta qué punto el siglo XX, a algunos de cuyos desgarros se refiere, fue tan cruel, tan inhumano y precisó tantas voces para hacer coral el horror ante lo descrito. Y cómo esa historia se ha ido contando, desde distintas heridas, hasta completar, en el epílogo Nota de lecturas, un fresco que refleja la mirada asustada que él comparte.

Hace años, por una obra así, pero de carácter autobiográfico, por haber narrado el horror del siglo en primera persona, le dieron a Jorge Semprún el Premio Jerusalén. El español que un tiempo fue Federico Sánchez había escrito, entre otros testimonios, La escritura o la vida; flotaba en el aire del libro, y flotó hasta el final de la vida de su autor, aquella atmósfera cerrada a la que jamás volvieron los pájaros. Ahora le han dado ese premio a Muñoz Molina, por Sefarad, entre otros testimonios de su compromiso con el exilio y con la diáspora, por haber rastreado el origen del horror y por haber contado su desarrollo en las personas individuales, en los grupos o etnias que los sufrieron, en sus tierras y más allá de sus tierras, cuando empezó la persecución y mientras esta siguió, se consolidó y fue finalmente un objetivo mortal y ya cruelmente inolvidable.

Cuando le entregaron a Semprún ese premio que ahora recibirá Antonio Muñoz Molina, había alrededor, en Jerusalén, un aire de estupor, la guerra interminable seguía, el Estado de Israel proseguía su persecución de los palestinos, y estos seguían defendiéndose de esa persecución. Intelectuales israelíes, y políticos en activo, denunciaban esas persecuciones, y el propio Semprún se unió a ellos en la condena de los abusos que la política estatal mantenía vigente. Había allí un debate muy vivo; esa sociedad no estaba unánimemente conforme con lo que hacía su Gobierno; sigue siendo así, y decir lo contrario es tan solo animar a pensar que el silencio allí es la ley. No es verdad.

Ahora Muñoz Molina obtiene ese premio y le piden que lo deje, que no vaya a recogerlo. Me ha parecido la solicitud firmada por algunos colegas del escritor de Úbeda un propuesta fuera de lugar, pues, como el mismo premiado ha dicho, otros extranjeros como él, igualmente solidarios con los perseguidos de antes y de ahora, recibieron por méritos parecidos el mismo galardón, y ninguno de ellos -tampoco Semprún. se sintió impelido a rechazar el premio ni nadie asoció el emblema al Estado de Israel. Es el Premio Jerusalén, en este caso por haber escrito Sefarad.

“Y tú qué harías si supieras que en cualquier momento pueden venir a buscarte, que tal vez ya figura tu nombre en una lista mecanografiada de presos o de muertos futuros, de sospechosos, de traidores”. Sefarad habla de las diásporas, nos afecta a nosotros, los españoles, es una crónica general de los nombres propios señalados por la ignominia de los perseguidores. Aquí y en todo el mundo. Si por contar eso lo han premiado, si por advertir que eso que sucedió sigue sucediendo, aquí y en todas partes, ¿cómo no va a ir a recibir en Jerusalén o en cualquier sitio el eco que merece tan extraordinario poema de la diáspora? Que vaya a Jerusalén y que vuelva para contar qué vio.

martes, 12 de febrero de 2013


DESDE ESTA VENTANA TAN CERCA DE LAS NUBES

Hoy el programa que os ofrece Buscando leones en las nubes viene repleto de estupendas canciones e interesantes poemas que comparten un nexo común, el eje temático sobre el que gira la emisión de esta semana: las ventanas. Ventanas que permiten entrever interiores misteriosos, ventanas a través de las cuales contemplamos cuerpos que se aman, rostros cansados ante el espejo, hombres y mujeres derrotados, tristes, esperanzados, felices, ventanas que se abren a la vida, al amor, ventanas desde las que intuimos otras existencias posibles, ventanas que son límites, que son deseo y frustración, que esconden voluntades incumplidas, que son ensoñación y recuerdo, aspiración y promesa, ventanas tras las que se suceden nubes y lluvia, días sombríos y cielos azules, el resplandor luminoso del sol y la grisura insoportable de las ciudades mortecinas, ventanas que enmarcan noches oscuras, tardes tediosas, mañanas que insinúan la existencia de un paraíso que jamás se logrará, ventanas que nos protegen de la inclemencia de una vida que, pese a todo, añoramos y que, sin embargo, corre siempre más allá de ellas, ventanas que nos tientan con su ilusoria oferta de horizontes ilimitados, ventanas que nos seducen con el encantamiento alegre del frenético ritmo del mundo, ventanas que nos protegen del dolor de una felicidad inalcanzable. Ventanas que provocan reflexiones tan sugerentes y expresivas, tan melancólicas y desesperanzadas, tan soñadoras y tan tristes como las del poema de Cavafis, que os presento en traducción de José María Álvarez: En las habitaciones oscuras donde vivo/ pesados días, con qué anhelo contemplo a veces/ las ventanas.- Cuándo se abrirá/ una de ellas y qué ha de traerme-./ Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé/ hallarla. Y quizás mejor sea así./ Quizá esa luz fuese para mí otra tortura/ Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría.
 
Las ventanas, esas poderosas metáforas de nuestra deseante condición humana, protagonizan esta semana, pues, Buscando leones en las nubes y son un elemento esencial, definitorio casi, de la obra de Edward Hopper, algunos de cuyos cuadros ilustran muy convenientemente esta entrada.
 
El acercamiento literario al tema elegido aparece en las palabras de Charles Baudelaire, Juan Gelman, Andrés Trapiello, Cesare Pavese, Juan Luis Panero, Julia Uceda, Ana Rossetti, Mario Benedetti, Joan Margarit, Esperanza Ortega y José Luis García Martín. Entre ellas, espléndidas canciones interpretadas por Christina Rosenvinge, Lyambiko, Van Morrison, Eddi Reader, Townes van Zandt, Linda Rondstadt, Jane Birkin, Rigmor Gustafsson, Nina Becker, Jann Arden y Lhasa de Shela, a la que, desgraciadamente fallecida hace ahora tres años, homenajeamos con su Abro la ventana que aparece en la sección de vídeos.
 
Dejo aquí, para terminar, tres fragmentos de Ventanas de Manhattan, el libro de Antonio Muñoz Molina que ya mereció hace unos años un programa monográfico en Buscando leones en las nubes.
 
 
Me acuerdo de esa ventana frente a las torres art déco del Waldorf Astoria, iluminadas desde abajo por poderosos reflectores, envueltas en los torbellinos de la tormenta de nieve. Vivir bien cobijados y seguros, al amparo del temporal que azota el asfalto y las aceras diez pisos más abajo, las esquinas afiladas en las que salta el viento polar como un animal de presa, helando la cara y atravesando la ropa con una furia de agujas y cuchillas de hielo, traspasando los huesos del cráneo hasta el filo del desvanecimiento si uno no ha tenido la precaución de abrigarse la cabeza. La vida entera resumida en el espacio cúbico de una habitación de hotel, en la elementalidad narrativa de las leyendas sobre el origen del mundo: una mujer y un hombre temporalmente despojados de mañana y de ayer, de parentescos, de responsabilidades, de oficios, absueltos incluso por el temporal de nieve de las obligaciones del turismo, una mujer y un hombre solos en una habitación impersonal y confortable, como en esas habitaciones austeras que se ven tantas veces en los cuadros de Edward Hopper, con frecuencia desde un punto de vista situado en el exterior, al nivel de la calle o al de los trenes elevados que en otros tiempos cruzaban algunas avenidas a una altura de tres o cuatro pisos, mostrando a los viajeros reclinados junto a las ventanillas imágenes aisladas y veloces de la vida de la gente en el interior de los apartamentos. Alguien podría ver desde fuera, usando unos prismáticos en alguna de las ventanas del Waldorf Astoria, a esa mujer joven y desnuda que está conmigo en la habitación, seria y de pie frente a la ventana, como una mujer de Hopper, pelirroja, con una desnudez al mismo tiempo ensimismada y muy carnal, como olvidada de sí misma mientras contempla los copos de nieve que emergen de la oscuridad exterior traídos por el viento y se deshacen contra los cristales.
 
 
En mi tierra las ventanas mantienen con el exterior una relación difícil, de cautela y secreto: se abrían ventanas pequeñas en los muros muy gruesos, para resguardo contra el frío en casa sin calefacción, para protegerse en la penumbra de los calores del verano, y también porque el cristal salía caro. Había rejas en las ventanas, postigos, celosías heredadas de los harenes musulmanes, igual que la vocación de hermetismo de los muros encalados y muy altos, de la vivienda replegada sobre sí misma, abierta sólo al cielo desde el patio interior. Se entornaban las cortinas, se echaban las persianas, se aspiraba a ver sin ser vistos. Cuando a la caída de la tarde se iba a encender la luz, las mujeres decían: “Cierra antes los postigos, que no nos vea nadie”. Que un extraño nos pudiera ver desde la calle nos parecía una afrenta. La puerta de la calle no se cerraba en todo el día, pero era inimaginable que las ventanas no tuvieran rejas. Por eso me sorprenden y me gustan tanto las ventanas de Manhattan, anchas, rectangulares, despejadas, admitiendo espaciosamente el mundo exterior en los apartamentos, revelando en cada edificio, como en capítulos o estampas diversas, las vidas y tareas de quienes habitan al otro lado de cada una de ellas, los empleados en sus oficinas, los hombres solos o las mujeres solas que vuelven del trabajo y toman una cena rápida ante el televisor, la gente misteriosa que vive en los apartamentos más altos, de los que sólo se ve a veces un fragmento del techo con un ventilador, una luz que puede ser rosada o rojiza, como calculada para alumbrar quién sabe qué actos arrebatados o abominables.
 
 
Me he quedado horas junto a una ventana, sin hacer nada, mirando sólo hacia la calle, o hacia las ventanas del otro lado, capítulos o recuadros de existencias a las que me he ido habituando, sin desvelar nunca su enigma, viñetas de historias o decorados de escenas que sólo muy parcialmente sucedían ante mí. Por una ventana de la Octava Avenida, junto a la calle 14, veía frente a mí, en el tercer piso del edificio gigante de un banco, la ventana de una oficina en la que la luz tardaba mucho en apagarse, y en la que un hombre en mangas de camisa seguía trabajando en una mesa llena de papeles, consultando la pantalla de un ordenador y hablando al mismo tiempo por teléfono cuando los demás empleados ya se habían ido, desvelándose a veces hasta después de medianoche. Ese hombre solo, quizás angustiado por obligaciones o plazos, poseído por la pasión norteamericana del trabajo, esa única luz en tantos pisos de hileras de ventanas a oscuras, en el edificio tan grande, con torreones, arquerías románicas y almenas en la cima, como un castillo en la cumbre de una montaña negra y vertical o un monumento bárbaro al feudalismo del dinero.


Desde esta ventana tan cerca de las nubes

martes, 7 de septiembre de 2010


VENTANAS DE MANHATTAN

Empieza un curso más de Buscando leones en las nubes. Comienza una nueva temporada, la duodécima (la tercera con este blog activo), y desde aquí os doy mi más agradecida bienvenida. Espero que sigáis manifestando la misma atención e idéntica fidelidad que las mostradas hasta ahora.

En las ediciones de este mes de septiembre, y en tanto dura la provisionalidad en la emisora, hasta el comienzo general de la programación regular, lo cual tendrá lugar, probablemente, a principios de octubre, vamos a recuperar una serie de cuatro programas especiales, cuatro monográficos, que dedicamos, hace algunas temporadas y con ocasión de los ataques a las Torres Gemelas, de los que estos días se cumplen nueve años, a la ciudad de Nueva York. Se trata de programas que tenían, que tienen, en tanto los he reelaborado ahora para su nueva emisión, a Nueva York como protagonista principal en las dos dimensiones, la musical y la literaria, habituales en Buscando leones en las nubes.

En la edición de esta noche el hilo argumental -en los textos- lo constituye la lectura íntegra de un artículo de Antonio Muñoz Molina que con el título de Paseo por la ciudad fantasma se publicó en el diario El País al día siguiente de los atentados. El artículo, junto con otros textos de parecidos estilo e intención, se incluyó después, en 2004, en el libro Ventanas de Manhattan, publicado por la editorial Seix Barral. Se trata de un libro magnífico, que aunque no es una novedad literaria sí tiene, en cambio, en estos días de septiembre, una especial vigencia y puede ser leído hoy desde una perspectiva muy actual. Ventanas de Manhattan, teniendo como protagonista principal a la ciudad de Nueva York y no estrictamente al ataque terrorista que destruyó las Torres Gemelas en el World Trade Center, sí se centra, sin embargo, en una parte importante de su desarrollo, en los efectos que produjo en el propio Antonio Muñoz Molina, pero sobre todo en la ciudad y en el mundo en general, el brutal atentado, por lo que hoy, cuando estamos recordando el noveno aniversario de aquel infausto 11 de septiembre, su lectura puede resultar, como os digo, especialmente interesante y significativa.

Ventanas de Manhattan es un híbrido, una mezcla de novela, reportaje periodístico, documento sociológico, libro de viajes, diario, y hasta, si se me apura, ensayo histórico. Antonio Muñoz Molina, trasmutado en personaje, nos describe la ciudad, se pasea por ella, por sus gigantescos edificios, nos muestra sus iconos emblemáticos, nos descubre, con su habitual prosa evocadora y envolvente, sus rincones más desconocidos, también los más comunes y frecuentados por los turistas, nos presenta a sus gentes, nos acerca sus tesoros culturales y artísticos, nos contagia su atmósfera, nos enseña su paisaje geográfico, pero también el sentimental, el emotivo, el espiritual, nos hace partícipes de su ritmo, de su música…

Leyendo el libro nos encontramos, como digo, con el Nueva York archisabido, el que forma parte ya de la memoria colectiva de las gentes, el de las películas y la publicidad y las series televisivas, el gran mito del siglo XX: los hormigueantes taxis amarillos, las escaleras de incendios, las nubes de vapor que ascienden de los abismos del metropolitano, los policías arquetípicos, la diversidad racial y cultural, la profusión de rascacielos, el puente de Brooklyn, la estatua de la Libertad, el Central Park, Broadway y Brooklyn, Harlem y el Bronx, los grandes museos. Pero Muñoz Molina nos pone en contacto también con otro Nueva York, quizá más real, o al menos tanto como el consabido: gentes anónimas que deambulan por la ciudad, pequeños jardines recoletos, mercadillos, bazares, puestos callejeros, calles secundarias de barrios oscuros, la cotidianidad más prosaica del ciudadano medio.

Pero en realidad Ventanas de Manhattan no habla sólo de estos dos Nueva York, el tópico de las postales y el realista de la vida diaria de sus habitantes, pues hay muchos Nueva York, y todos aparecen en las páginas del libro: el de la cultura, la arquitectura, las obras de arte y los museos; el de la literatura, las referencias de novelas y escritores que se han ocupado de la ciudad; el de los inmigrantes de mil y una nacionalidades; el nostálgico de sus amigos españoles, el actor Javier Cámara, los escultores Manolo Valdés o Francisco Leiro, el científico Valentí Fuster…; el de la música, los clubes de jazz, las salas de concierto, los teatros que albergan lo mejor de la música clásica, los músicos callejeros; y claro, como podrá percibirse en el programa, también el Nueva York del 11 de septiembre, del cual es Muñoz Molina testigo privilegiado, y a cuyo impacto en la ciudad dedica algunas excelentes páginas.

Del mismo modo, la música del programa tiene también a Nueva York como centro, como núcleo principal. Se trata de canciones en las que la gran metrópoli, sus gentes, sus calles, sus símbolos, sus miserias y sus glorias, la soledad y el bullicio, las decepciones, los fracasos, el entusiasmo de sus habitantes son los protagonistas. Concretamente, en la emisión de anoche, han sonado Laura Nyro, Simon y Garfunkel, Ralph McTell, Bob Dylan, Chris de Burgh, Bruce Springsteen, Jim Croce, Jon Mark con Johnny Almond, Cristopher Cross y Billy Joel, clásicos absolutos todos ellos, que recrean la ciudad en la que viven, la ciudad en la que sueñan, también un Nueva York inventado, un Nueva York imaginado, evocado, soñado.

Para la sección de vídeos he elegido esta vez imágenes de Nueva York en lugar de música sobre la ciudad. Se trata de una serie de cuatro vídeos aparentemente institucionales, aunque desconozco su origen y su autoría últimos. En cualquier caso incluye imágenes espectaculares, de una gran calidad, de los principales enclaves de la inmensamente atractiva capital del mundo.




Ventanas de Manhattan

domingo, 19 de julio de 2009


EL VIENTO DE LA LUNA
A pesar de que todo el mundo está aquí de vacaciones (yo mismo incluido), quiero ofreceros una nueva entrega (doble, además) de Buscando leones en las nubes, en parte por razones de oportunidad (como comprenderéis unas líneas más abajo), en parte porque no sé si podré reaparecer en el blog antes de septiembre (no descarto alguna recuperación agosteña de programas pasados) y seis semanas son muchas para dejar de alimentar a esta criatura que, como las plantas, se amustia y languidece si no se la provee de nutrientes con regularidad. Y ciertamente que resulta sustancioso, vigorizante y suculento el menú que ahora dejo aquí para solaz (eso espero) de los cuatro o cinco asiduos que seguís descargándoos programas pese a la tórrida y muy evidente desbandada estival.

El 20 de julio de 1969 el hombre pisó la luna (la prensa y los medios de comunicación nos bombardean estos días con reportajes variopintos sobre la efeméride). El crucial acontecimiento me sirve de excelente excusa para desempolvar un par de emisiones que salieron al aire en enero de 2007 y que tuvieron a la luna como protagonista principal. Se trata de dos programas, de una serie de cuatro dedicada a Antonio Muñoz Molina, centrados en El viento de la luna, la que hasta entonces era la última novela publicada (en la editorial Seix Barral) por el académico andaluz (se anuncia una nueva para el último trimestre de este año).

El viento de la Luna transcurre a lo largo de los días de julio de 1969 en los que la misión espacial del Apolo XI viajó a la luna, y que culminaron, el 20 de julio de ese mismo año, en aquel primer paseo de Amstrong y luego de Aldrin, por la superficie lunar. Recordaréis la famosa frase de Amstrong: Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad. Pues bien, en aquellos días, en Mágina, el inventado pueblo jienense en donde Muñoz Molina ha situado una gran parte de su obra, un chico de trece años, trasunto del propio autor, como lo es Mágina de su Úbeda natal, vive este suceso con la misma intensidad y apasionamiento con los que disfruta de las novelas de aventuras o los tebeos de ciencia ficción.

La novela juega en todo momento con el contraste entre dos planos. Por un lado se describe con precisión la atmósfera en la que se desarrollaba la vida gris, roma, sin expectativas, de un adolescente en la triste España franquista, un hijo de agricultores sin otra aparente perspectiva vital que la obediente reproducción de los esquemas de comportamiento marcados por su trayectoria familiar y por la mediocridad y las represiones de la vida provinciana. Por otro lado, ese adolescente sueña con las posibilidades -a las que la misión espacial y la conquista de la luna apuntan como metáfora- de una vida más plena, de una edad adulta y una madurez felices y logradas; una felicidad y un logro que el joven puede entrever, puede imaginar a través de la fascinación que encuentra en los libros y el cine. Y así, la expedición a la luna aparece como emblema de un futuro que -a los ojos del muchacho, casi un niño aún- se presenta como el advenimiento de una nueva era, no tanto para la humanidad entera, como señala el comandante Amstrong, cuanto para él mismo; una nueva era que sea a la vez clausura de un mundo antiguo y opresivo y apertura a una vida más verdadera, más intensa, más -podríamos decir- realizada. Hay a lo largo de la novela, pues, un juego constante entre la prosaica -y en ocasiones también poética- realidad adolescente y la fascinación por la aventura espacial como símbolo del sueño, del anhelo de libertad.

Me interesa resaltaros también que en El viento de la luna tiene un especial protagonismo el padre del autor, en otro rasgo claramente autobiográfico de la novela, y que el fallecimiento de su progenitor en los días de la escritura del libro llevó a Muñoz Molina a dedicárselo tiernamente a su padre. Y me interesa mencionaros este dato porque para mí, aún un niño en esos días, la llegada del hombre a la luna está también unida a la figura de mi padre que, entonces un hombre joven, más de lo que lo soy yo ahora, lleno de una inquietud, una curiosidad y un entusiasmo que hoy me resultan imposibles de asociar a su figura, intentó -vanamente, sin éxito alguno- convencer a sus hijos -yo, el primogénito, entre ellos- para acompañarlo a esas horas intempestivas en su presencia fascinada ante el televisor. No podéis siquiera imaginar (o quizá sí) la enorme fuente de reflexiones (sobre la dificultad de la existencia, sobre el sentido de la vida, sobre el paso del tiempo, sobre la desesperanza que nos trae la cercanía de la muerte, sobre la radical inutilidad de nuestros afanes) que supone para mí la nostálgica constatación del hecho de que mi padre, un anciano que parece haber dimitido de toda alegría e ilusión vitales, hubiera sido alguna vez un hombre lleno de estímulos, lleno de energía, lleno de vida, en el esplendor de su carrera, de su vida profesional y familiar… ¿he dicho esplendor?... sic transit gloria mundi.

La música que acompaña a los textos de Antonio Muñoz Molina la ponen unas cuantas canciones que hablan de la luna desde su mismo título. En algunas de ellas nuestro satélite ‘opera’ como referencia directa e inmediata, en otras se trata sólo de alusiones indirectas y más o menos metafóricas. En todos los casos, piezas preciosas, con ese tono lánguido y melancólico que tan bien se aviene con el estilo del programa y en esta ocasión, además, con la atmósfera del la novela del escritor andaluz. En la primera emisión los intérpretes fueron Billie Holiday, Celtic Fayre, Eels, Neil Young, Jazzamor, Grant Lee Phillips, Paul Simon, Tom Waits, Norah Jones y Sting. En el segundo programa, cantaron Alice, Lyle Lovett, Nick Drake, Nina Simone, David Gray, Petra Haden con Bill Frisell, Tindersticks, Ornella Vanoni, Sting (que recurrente, y al parecer algo obsesionado con la luna, repite), Mia Doi Todd, Nils Lofgren y Richard Hawley.

Mi poca disponibilidad de tiempo para confeccionar esta entrada (de hecho, lo esencial del texto que acabáis de leer repite lo que podréis encontrar en la introducción del primer programa) me impide ofreceros vídeos alusivos. Otra vez será (porque, os lo anticipo ya, habrá más ocasiones de hablar de la luna, de la noche en general en las emisiones de Buscando leones en las nubes del próximo curso).

Espero, vuelvo a insistir, tener ocasión de desembarcar aquí alguna otra vez a lo largo de este verano. En cualquier caso, y por si no es así, permitidme desearos a todos los que aún me leéis unas estupendas vacaciones. (También a los que ya no me leen, aunque ellos, sin duda, ya estarán disfrutando).


El viento de la luna I


El viento de la luna II