martes, 25 de abril de 2017


ELLA FITZGERALD. THE FIRST LADY OF SONG

Con el programa de esta semana iniciamos una corta serie, que tendrá su continuación el lunes próximo, dedicada a una excepcional artista, una de las grandes divas del jazz, The First Lady of Song, la deslumbrante Ella Fitzgerald, nacida hace ahora cien años, el 25 de abril de 1917, y fallecida hace otros veinte, en 1996.

Persuadido, como lo estoy en cada emisión, de que lo esencial de estos programas de homenaje -y, en general, de todos los demás- es disfrutar de la música del artista que pretendemos celebrar, voy a abreviar esta presentación para dar paso a una docena larga de canciones en las que sobresalen la sensibilidad, el estilo y la maestría vocal de nuestra invitada. Una Ella Fitzgerald frecuentadora de un vastísimo repertorio musical del que podría haber extraído “material” valioso no solo para estas dos entregas sino para una veintena de ellas. Esta noche, y siguiendo un muy vago y plagado de excepciones criterio cronológico, os ofrezco piezas entre las que destacan algunas de sus primeros años como intérprete, en los que la influencia de cantantes blancas como Connee Boswell y el apoyo de músicos como Chick Webb marcaron sus inicios artísticos.

Entre los añejos pero bellísimos temas os leeré diversos fragmentos extraídos de artículos y reportajes de prensa, incluso de la página web de la artista, debidos a distintos periodistas, aficionados y expertos en su obra (Jorge Hernández, Teresa Amiguet, Milagros Soler, Valentina Matarozzi, Alberto Grazioli, Giuseppe Videtti y su “descubridor” el músico Chick Webb), así como a la propia Ella Fitzgerald. Transcribo aquí, como cierre a esta presentación, uno de los textos, del italiano Alberto Grazioli, que nos habla del sorprendente vínculo entre nuestra invitada y Marilyn Monroe.


Marilyn Monroe le cambió la vida. Para mejor. No son sólo fueron Chick Webb, Louis Armstrong, Norman Granz o Dizzy Gillespie los que dieron lugar a un cambio en la existencia de la cantante. Mientras estaba de gira en los años 50, era víctima de discriminación debido a su origen étnico. Le pasó a muchos otros artistas afroamericanos en ese momento. Por ejemplo, en una ocasión, mientras estaba en un local para llevar a cabo una actuación, la policía irrumpió y arrestó a todo el mundo, dándole también un trato terrible a la cantante. Y una vez en comisaría, aún tuvieron el valor de pedirle un autógrafo.

Quizá alguien se pregunte: ¿qué pinta Marilyn en todo esto? Los cantantes negros estaban a menudo limitados a pequeños locales, a los pequeños clubes, lejos de la oportunidad de actuar frente a una gran audiencia. Sólo por el color de su piel. En la década de los 50 era un honor poder actuar en el Mogambo, en Hollywood. Lo hizo Frank Sinatra y también era frecuentado por gente de la talla de Clark Gable, Charlie Chaplin, Humphrey Bogart, Lauren Bacall y Lana Turner. Ella no podía acceder al local exclusivo sólo por discriminación racial. Marilyn contactó directamente con el propietario del restaurante y le dijo que quería a Ella actuando en su club: si aceptaba su petición, reservaría una mesa, todas las noches, justo enfrente del escenario. El hombre estuvo de acuerdo, y esta gestión permitió a Ella ser conocida y comenzar con dignidad una carrera que acabaría por alcanzar fama mundial.

martes, 18 de abril de 2017


TRADUTTORE, TRADITORE

Bienvenidos a un nuevo trimestre, bienvenidos a una nueva emisión de Buscando leones en las nubes, que vuelve a las ondas tras las ya finalizadas vacaciones de Pascua. Esta semana, y para abrir esta última etapa de la programación por este curso, en lo que constituye la edición número 560 de nuestro espacio, volvemos a Lost in translation, el atractivo libro de Ella Frances Sanders que ya protagonizó nuestra emisión postrera del trimestre pasado.

Se trata, como quizá recordaréis, de un compendio de más de cincuenta términos de una treintena de idiomas, que tienen en común la dificultad, más aún, la imposibilidad de su traducción (quien traduce, traiciona: traduttore, traditore, en el dictum clásico sobre el tema), al referirse, en la breve concisión de una sola palabra, a un conjunto de evocaciones, vivencias, sobreentendidos, derivaciones, sugerencias, alusiones, implicaciones, resonancias, sentimientos, emociones, subtextos, intenciones, sentidos ocultos o latentes, elementos del contexto y referencias implícitas, de tal amplitud y complejidad que hacen inviable la traslación literal a otras lenguas.

A esa difícil tarea se enfrenta, sin embargo, la autora, ofreciéndonos sus versiones, entrañables y poéticas, rezumando sensibilidad y un sutil sentido del humor, tal y como podréis comprobar en la selección de trece vocablos que he elegido para conformar el espacio de esta semana. Unos términos que, como adelanté hace quince días, se presentan en su pronunciación castellana, ante mis limitaciones al enfrentarme a la fonética del parsi o el malayo, el gaélico o el árabe, el finés o el húngaro, algunos de los idiomas presentes en la emisión.

Los evocadores significados de las voces escogidas aparecen entre unas no menos sugerentes canciones, como siempre envueltas en una atmósfera íntima y recogida, muy delicada y agradable de la que espero podáis disfrutar, interpretadas por Jill Johnson, Jimmy Scott con Till Brönner, Rumer, Leyla McCalla, Jane Siberry, Teresa Salgueiro, Matthew y Jill Barber, Scott Hamilton, Tony Joe White, Sarah Jane Morris con Antonio Forcione, Neko Case con K.D. Lang y Laura Veirs, y Leonard Cohen.

martes, 4 de abril de 2017

 
LOST IN TRANSLATION
 
Como cierre de las emisiones de este trimestre, Buscando leones en las nubes os ofrece un programa que gira, como lo hará el primero tras las vacaciones de Semana Santa, sobre un librito muy atractivo y que, pese a su modestia, me parece valioso y sugerente, abierto pues a una lectura profunda y penetrante, a reflexiones trascendentes y, en todo caso, a una agradable experiencia lectora. Se trata de Lost in translation, la obra -sin nada en común con la película del mismo título que dirigió Sofia Coppola- de la escritora e ilustradora Ella Frances Sanders, que vio la luz el pasado año en la editorial Libros del Zorro Rojo en la imposible traducción de Sally Avigdor. A partir del próximo miércoles 5 de abril podéis leer una completa reseña del libro en el blog de mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro.
 
Y si, a propósito de la traducción, he hablado de imposibilidad es porque Lost in translation es un compendio de más de cincuenta palabras, escogidas entre el léxico de una treintena de idiomas (entre otros el japonés, el noruego, el alemán, el sueco o el árabe, pero también algunos no tan difundidos como el malayo, el yidis, el tagalo, el urdu, el sánscrito o el farsi, e incluso los más exóticos wagiman, tulu, yámana o el bantú nguni), que no tienen una traducción exacta en el inglés en el que se redacta el texto original, ni tampoco en el castellano en que nosotros leemos el libro. La autora presenta cada vocablo con su versión a nuestro idioma, siempre aproximada ante lo inviable de la literalidad, entre muy sencillos dibujos, todos teñidos de un tono inocente y algo naïf, con los que ilustra el significado, casi siempre metafórico y muy poético, de cada término.
 
En la presente emisión os ofrezco una docena de esos términos, con mención del idioma al que pertenecen y con la entrañable propuesta de traducción que le da su autora. Son, como digo, en todos los casos, palabras que expresan sentimientos y experiencias, emociones y vivencias, de alcance universal, con las que, por tanto, resulta fácil identificarse, más allá de lo relativamente enrevesado o críptico de su formulación original. Quiero disculparme de antemano por mi forzosamente equivocada pronunciación al presentaros cada voz, pues como se puede imaginar no son el islandés o el inuit, el gaélico o el hawaiano lenguas con las que esté familiarizado. Opto, por lo tanto, por una versión fonética españolizada de cada vocablo, confiando en que, al margen de la incorrecta dicción, sea el sentido al que alude cada palabra lo que pueda interesaros.
 
Entre los textos, y como es norma en Buscando leones en las nubes, os dejo una selección de canciones, exquisitas y muy dulces, llenas de encanto y sensibilidad, que se acomodan de maravilla a la delicia de los fragmentos leídos. Sus intérpretes: 9Bach, Sandy Denny, Izaline Calister, Gregory Porter, Valerie June, Mark Eitzel, Hope Sandoval, Philip Henry con Hannah Martin, Flo Morrisey con Matthew E. White, Eleanor McEvoy, Amos Lee y Heather Bambrick.

martes, 28 de marzo de 2017



… Y VICEVERSA

La emisión de esta semana de Buscando leones en las nubes, que es la segunda y última de la breve serie que comenzamos el lunes pasado, tiene a El azar y viceversa, la hilarante novela de Felipe Benítez Reyes, presentada hace casi un año en la editorial Destino, como protagonista exclusiva.

Al igual que hace siete días, son doce los fragmentos del libro que comparecen en el programa, todos ellos textos repletos de sentido y abiertos a la reflexión, girando, en su mayor parte, sobre el amor y algunos temas adyacentes, como el paso del tiempo y los recuerdos, las ilusiones y los sueños, sobre todo los inalcanzables y los incumplidos.

Entre los divertidísimos, y pese a ello algo tristes, pensamientos del escritor gaditano, os ofrezco una docena de canciones, como de costumbre intimistas y melancólicas, cálidas y deliciosas temas, rezumando belleza y sensibilidad, interpretadas por Eve St. Jones, Madeleine Peyroux, Rokia Traoré, Ben Sidran, Las Migas, Sarah Menescal, Mina, Vince Gill, Marisa Monte con Devendra Banhart, Bob Dylan, Paul Simon y Sara Watkins.


No sé si estará usted de acuerdo conmigo, pero creo que todos llevamos una triple vida, sustentada en tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos. La mezcla de los tres elementos suele resultar bastante mala, aunque conviene mostrarse optimista y hacerse cuanto antes a la idea de equilibrar de la mejor manera posible esa conjugación desconcertante.

Al fin y al cabo, no hay cosa que conozca uno mejor que su vida aparente y que su vida imposible, de igual modo que no hay cosa que cualquiera de nosotros conozca menos que su identidad más recóndita, ya que podemos interpretar nuestras acciones, dilucidar sus razones superficiales, incluso las intermedias, pero no su razón última, que no pasa de ser algo así como el brinco irreflexivo del arlequín: lo que hacemos y pensamos sin tener ni idea de por qué lo pensamos ni de por qué lo hacemos. Y es posible que ahí esté la clave de todo, o de casi todo: la existencia como una sucesión de piruetas aleatorias en el vacío.

Disfrutamos de la facultad de narrarnos, aunque a través de meras anécdotas, y de sobra sabe usted que una anécdota no es más que un entresueño disfrazado de realidad, un jalón pintoresco y más o menos coherente en la gran secuencia del sinsentido. Pero lo radicalmente abstracto, ¿cómo se cuenta? Ni los mejores filósofos sirven del todo para eso. Bien... Por suerte, no puedo creer en la predestinación: desde la cuna, yo iba para víctima colateral de la mecánica insensata del mundo, como la mayoría de la gente, pero el caso es que he sido una persona venturosa y hasta diría que tirando a feliz.

Con el paso inerte de los años, he aprendido algunas cosas, como es natural, y he vivido otras muchas, aunque, según ha demostrado esa ciencia exacta que es la desilusión, el mucho aprender no siempre sirva para la vida ni el mucho vivir enseñe en el fondo nada, ya que todo es un comienzo: cada día nos inauguramos. Los indefinidos. Los reescritos. Un documento con tachaduras y con una escritura urgente, pues la historia de cualquier existencia tiene menos que ver con la caligrafía que con la taquigrafía, y no sé si me explico: esto es el vértigo. Una carrera a ciegas en una casa de cristal, rompiendo cosas. Esto va tan rápido, en fin, que a veces tienes la impresión de que no va a acabarse nunca.

Para empezar, ¿qué sabe un adulto de su niñez? Pues me temo que poco más que un niño de su futuro. Con respecto al tiempo, estamos siempre entre dos fantasmagorías, y lo que nos sucedió ayer por la tarde no es menos neblinoso que lo que habrá de pasarnos mañana por la mañana. De todas formas, si no tiene usted inconveniente, le hablaré durante un rato, así por encima, de esa masa de niebla que he ido dejando atrás, a pesar de que comprendo que la niebla es un mal asunto de conversación.

martes, 21 de marzo de 2017


EL AZAR…

Buscando leones en las nubes vuelve a girar esta semana en torno a una única obra literaria, pues después de las emisiones centradas en Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout, y El camino estrecho al norte profundo, de Richard Flanagan, vamos a dedicar dos programas consecutivos a El azar y viceversa, la magnífica y divertidísima novela de Felipe Benítez Reyes.

En el mes de diciembre pasado, y en mi otro espacio en Radio Universidad, Todos los libros un libro, presenté una extensa reseña sobre el libro del autor gaditano. A ella me remito ahora por si queréis conocer con más detalle los pormenores de la interesante novela. Podéis leerla en el blog del programa, todoslibrosunlibro.blogspot.com. Os dejo aquí ahora un breve fragmento del libro.

Doce sugestivos fragmentos de esta obra, profundas reflexiones penetradas de un sutilísimo humor, integran la emisión de hoy, en la que se presentan acompañados de otras tantas canciones, todas ellas desenvolviéndose en la tónica melancólica habitual de Buscando leones en las nubes. Las irónicas e inteligentes, las penetrantes y casi siempre muy divertidas palabras del gaditano aparecen así entre las deliciosas canciones de Richard Hawley, Nakany Kante, Van Morrison, Lana del Rey, Lambchop, Fiorella Mannoia, Leonard Cohen, Natalie Merchant, Joan Chamorro con Andrea Motis, Norah Jones, Tekla Waterfield y Corinne Bailey Rae.


«Un día muy lejano, la mar se nos morirá», me decía mi padre, entre la pesadumbre y la videncia catastrofista, y yo imaginaba que el cadáver de la mar sería una superficie mansa y estática, sin oleaje y silente, hasta que fuera consumiéndose, evaporándose hasta la última gota, y dejara al descubierto una planicie sin fin atestada de esqueletos de ballenas y de cascos de embarcaciones náufragas, de calaveras y tesoros, como una tierra novedosa y espectral de promisión. Pero el caso es que la mar sigue ahí, envenenada pero viva, y que mi padre se me murió muy pronto. Lo tengo en la memoria como una especie de presencia volatizada, con esa indefinición de todo lo que se mueve en la línea medianera entre lo fingido y lo verdadero, aunque le dio tiempo a revelarme algunos de los secretos de la mar, que pueden ser insondables si uno no consigue establecer un patrón para ese misterio en movimiento perenne, y en eso la mar se parece mucho a la vida, por lo que ambas tienen de prodigios inestables. El patrón que me sugirió era sencillo, aplicable a la mar inmensa y, por extensión, a las cosas restantes del universo, incluidas las intangibles: dejarme fascinar por todo sin caer en la ansiedad de pretender poseerlo, de querer interpretarlo ni de procurar trascenderlo. («No estamos en el mundo para que nos den un diploma de especialistas en el mundo», me repetía.) Adopté ese patrón y no me ha ido mal, aunque reconozco que con demasiada frecuencia el pensamiento se me va por sus caminos peculiares, que suelen ser los propios de los laberintos.

Miguel Escribano Beltrami, que así se llamaba mi padre, trabajó de muchacho en la tienda de tejidos de mi abuelo y luego apenas un par de años en una caja de ahorros, tarea que complementaba con la de llevar la contabilidad pequeña de algunos comercios. Murió a los treinta y cuatro años, cuando yo tenía doce, y nunca he sabido resignarme a esa esfumación suya tan temprana. Es una figura borrosa de la que me acuerdo casi a diario: una especie de pincelada de humo en el aire, con su traje de alpaca gris —que es con el que casi siempre me lo represento, no sé por qué, ya que tenía otros, claro está— o a veces, más raramente, con la guayabera blanca de los veranos, que venía a ser el disfraz de indiano próspero de casi todos los padres, que con aquella prenda introducían una reminiscencia de ultramar en nuestros meses de calor. El tiempo traza, eso sí, perspectivas deformantes: cuando llega el momento en que recuerdas a tu padre difunto como alguien más joven que tú, la secuencia lógica del tiempo se desarticula y tienes la impresión desatinada de que el huérfano es él. Afortunados, en fin, quienes puedan recordar a sus progenitores como unos viejecillos que se despidieron poco a poco de la vida, porque en esa nostalgia habrá al menos un método, aunque es posible que no menos dolor. Tampoco menos extrañeza: la muerte es siempre rara.


martes, 14 de marzo de 2017


EL CAMINO ESTRECHO AL NORTE PROFUNDO

Una semana más, tras la anterior emisión dedicada a Me llamo Lucy Barton, el libro de Elizabeth Strout, Buscando leones en las nubes vuelve a centrarse en una obra literaria para entresacar de ella todos los textos que conformarán el programa, los cuales aparecerán acompañados, como es habitual en nuestras emisiones, de un conjunto de canciones siempre algo tristes y melancólicas pero bellísimas, caracterizadas por su tono intimista y su aire recogido y delicado.

Hace algunos meses, a finales de 2016, os presentaba en mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro, mi reseña de El camino estrecho al norte profundo, una espléndida novela del australiano Richard Flanagan editada en nuestro país por Penguin Random House. Me remito a mis palabras de aquella ocasión, que podréis consultar en el blog del programa, todosloslibrosunlibro.blogspot.com, para completar la información sobre el libro que hoy protagoniza Buscando leones en las nubes.

Os diré ahora, tan solo, que en el medio de una dramática historia sobre la construcción de una línea férrea levantada por Japón en la Segunda Guerra Mundial, que debería unir -con intenciones bélicas- Bangkok, capital de Tailandia, entonces Siam, y Rangún, que lo es de Birmania, hoy Myanmar, atravesando centenares de kilómetros de intrincada selva, punteada por bloques de montaña y caudalosos ríos, en unas condiciones auténticamente inhumanas para los prisioneros encargados de la ardua tarea, verdaderos esclavos explotados hasta la muerte por sus captores, el autor inserta el conmovedor relato de una emotivo y apasionado amor vivido en su juventud por el personaje principal, Dorrigo Evans, que se enamorará de la mujer de su tío, la bella Amy, en una fugaz experiencia que marcará toda su vida y le acompañará hasta su muerte. En el presente programa escucharéis una selección de textos del libro en la mayoría de los cuales es precisamente esta historia amorosa la que constituye el motivo principal.

Y entre ellos, como he señalado, unas cuantas preciosas canciones, todas muy dulces y algo tristes, rezumando belleza y sensibilidad, interpretadas por Angus y Julia Stone, Maria Taylor, Hélène, Maria Luiza, The Colorist con Emiliana Torrini, Lisa Simone, Seth James con Jessica Murray, Eve St. Jones, Joana Serrat, Grant-Lee Philips, Silvia Pérez Cruz, Van Morrison y Norah Jones.


Yo no creo en el amor, dijo ella. No, no creo. El mundo es demasiado pequeño, ¿no cree, señor Evans? Tengo una amiga en Fern Tree que da clases de piano. Tiene un don para la música. Yo en cambio no tengo nada de oído. El caso es que un día me contó que cada habitación tiene su propia nota musical, solo hay que buscarla. Se puso a hacer gorgoritos mientras se paseaba de aquí para allá, y de pronto la habitación le devolvió una nota, como si hubiese rebotado en las paredes y se hubiese elevado desde el suelo para llenar el espacio con una melodía perfecta. Un sonido precioso. Como si uno arrojara una ciruela y le devolvieran todo un huerto. No se lo creería usted, señor Evans. Era como si esas dos cosas tan distintas, una nota y una habitación, se hubiesen encontrado mutuamente. Sonaba... como si encajaran. ¿Estoy diciendo tonterías? ¿Cree usted que a eso nos referimos cuando hablamos del amor, señor Evans? ¿A la nota que vuelve a nosotros, que nos busca aunque no queramos ser encontrados? ¿Qué un buen día conocemos a alguien y todo lo que define a esa persona nos resulta extrañamente familiar, como una vieja melodía tarareada, como si todo encajara de pronto? Es algo precioso. No me explico demasiado bien, ¿verdad? Las palabras no son mi fuerte. Pero así éramos Jack y yo. En realidad no nos conocíamos demasiado. No estoy segura de que me gustara todo en él. Supongo que también había cosas en mí que le desagradaban. Pero yo era esa habitación y él era esa nota, y ahora ya no está. Y no hay más que silencio.

martes, 7 de marzo de 2017


ME LLAMO LUCY BARTON

La excusa que esta semana motiva y explica nuestro espacio es la inminente celebración, mañana, 8 de marzo, del Día Internacional de la Mujer. Como sabéis nuestros habituales seguidores, en las fechas cercanas a esta “conmemoración” suelo hacer girar el programa sobre alguna manifestación de la literatura o la música creadas por mujeres.

Y así ocurre una vez más en esta ocasión, en que he escogido como centro del programa un libro, Me llamo Lucy Barton, escrito por una mujer, la espléndida Elizabeth Strout y presentado en España por la editorial Duomo, y que tiene a otras dos como protagonistas, una directa y principal, la propia narradora, la Lucy Barton del título, y otra más indirecta aunque también fundamental, su madre, con la que Lucy habla, en un diálogo pospuesto durante años, al encontrarse la hija, una escritora de mediana edad, en un sanatorio en el centro de Manhattan en el que convalece de una intervención quirúrgica que se ha complicado y que la ha obligado a permanecer en su cama hospitalaria más tiempo del previsto.

En la novela, a partir de las conversaciones entre madre e hija, mantenidas en cinco intensas jornadas, ésta repasa su vida, los recuerdos de la infancia, el matrimonio con su ahora exmarido William, que se ha vuelto a casar y con el que mantiene un apacible contacto, la relación con sus hijas, Chrissie y Becka, que durante su internamiento permanecen con su padre, el trato con algunos amigos y, por encima de todo, la ambivalente relación con su madre, conflictiva y tortuosa en muchas ocasiones, llena de amor siempre. He seleccionado una docena de fragmentos del libro que permiten, de un modo alusivo y vagamente impresionista, formarse una idea de su atmósfera, de su espíritu.

Entre los textos, doce canciones que tienen a la maternidad, a las relaciones materno-filiares, a las madres en definitiva, como motivo central, interpretadas por Lyambiko, Tindersticks, Suzanne Vega, Pink Floyd, Micah P. Hinson, Ayo, Eels, Jill Sobule, The Dixie Chicks, John Lennon, Basia y la cantante etíope Ejigayehu “Gigi “ Shibabaw, cuya extraordinaria voz cierra el programa con la canción Mother is sent away, que aparece en la banda sonora de la película “Endurance”, en la que se narra la vida de Haile Gebrselassie, el atleta ya legendario atleta de Etiopía. Desconozco el significado de su letra, cantada en el amárico del país africano, pero se trata indudablemente de una nana que, en el contexto de la película, ilustra una escena en la que la madre de un Gebrselassie niño, muy enferma, debe ser transportada de su poblado al hospital. La familia entera, ante el destartalado vehículo que la llevará quién sabe si para nunca volver, sale a despedirla mientras el niño llora y la conmovedora nana suena ofreciéndole, como siempre hace la voz de una madre, un espacio de protección y consuelo, de abrigo y ánimo.

Espero que el programa os interese, hasta el punto de que os despierte el deseo de leer esta magnífica novela, Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout, en su integridad.

martes, 28 de febrero de 2017


TU CABEZA EN MI ALMOHADA

Termina febrero y nuestro espacio pone fin también a su breve serie de tres programas dedicados a los haikus en un contexto más general que nos ha llevado, desde principios del año, a centrarnos en emisiones con un hilo conductor común, el de la brevedad, presente en textos literarios de géneros disímiles pero en cierto modo fronterizos como el aforismo, el microrrelato o, en el caso de estas últimas semanas, el poema japonés por excelencia, la expresiva combinación de tres versos, con cinco, siete y cinco sílabas respectivamente, que constituye el emblema de la expresión literaria del país nipón.

Aunque la referencia al mundo oriental que parece encerrar la mención al haiku es solo indirecta, pues la selección de poemas que llevamos presentándoos desde hace quince días y que hoy llega a su término tiene como protagonista a una escritora española, la valenciana y muy “sorollesca” en su obra Susana Benet, autora de La enredadera, una delicadísima colección de haikus, llena de emoción y sensibilidad, que presentó el pasado 2015 la también espléndida editorial Renacimiento.

Para mi propuesta de esta semana he escogido poemas en los que aflora el amor, un amor que es evocado de un modo siempre leve y muy sutil, en versos de una singular delicadeza, conmovedores, respirando encanto y ternura, dulzura y melancolía.

Y entre ellos, como es costumbre en Buscando leones en las nubes, canciones también bellísimas, que se mueven en nuestras habituales pautas de placidez y recogimiento, de sosiego y exquisita tristeza. Sus intérpretes son Sarah Harmer, Chiara Civello con Ana Carolina, Natalia M.King, Van Morrison, Leonard Cohen, Richard Hawley, Norah Jones, Flora Purim, Sade, The Be Good Tanyas, Anohni, Billy Bragg con Wilco, Justin Townes Earle y Cassie Taylor que cierra la emisión con un tema muy tierno: voy a apoyar mi cabeza en tu almohada hasta caer dormida.

La cama, un cuadro de Toulouse-Lautrec de 1893, complementa esta entrada.

martes, 21 de febrero de 2017


SALTANDO CHARCOS

Nuestra propuesta de esta semana gira, como hace siete días, sobre un libro muy atractivo, La enredadera, una espléndida colección de haikus debidos a la exquisita sensibilidad de una muy estimable poeta, la valenciana Susana Benet. El libro, publicado por la editorial Renacimiento y que os recomiendo vivamente, cuenta con un prólogo del profesor de la Universidad de Sevilla Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, del que os dejo un breve extracto al término de esta entrada.

De las muchas decenas de intensos y concentrados versos que recoge la antología, he seleccionado para la emisión de hoy, catorce muestras representativas, que giran esta vez, de una manera más o menos directa, en torno a la infancia, los recuerdos, la memoria, la vejez y el paso del tiempo, en unos versos llenos de delicadeza y emoción.

Muy bella es también la música escogida, una canciones recogidas e intimistas, todas con un muy apreciable tono de melancolía que, como los poemas, espero puedan gustaros. Jim O’Rourke, Andrew Bird, Elisa, Isabella Taviani, Lwela Kasulwe, Jain, The Divine Comedy, Rickie Lee Jones, Arlo Guthrie, Sara Watkins, Seth James, Annie Lennox, Ben and Ellen Harper y Anita O’Day son sus intérpretes.

Una espléndida y muy conocida fotografía de Henri Cartier-Bresson, Derrière la Gare de Saint Lazare, fechada en París en 1932, acompaña este comentario, con ese salto entre charcos, lleno de reminiscencias de la infancia, que alude al poema de Susana Benet del que este programa toma el título.


Susana Benet es maestra en administrar el asombro, esa visión humana situada entre la ingenuidad y la sorpresa. Algunos de sus haikus son una especie de adivinanza, que estalla en sorpresa, normalmente en el verso pentasílabo de cierre.
Son asimismo muy destacables los rasgos locales aquí presentes -en este poemario- de la comunidad valenciana: naranjas, flores, sol, huerta, color… Son referencias claras, que corroboran el entronque local de esta poesía, abierta -por otra parte- a la universalidad. Hay haikus en este libro que me han recordado espontáneamente las pinturas de Joaquín Sorolla, como en estos casos:

Patio interior.
La luz del sol
tendida entre las sábanas.

Rojas cerezas.
Entre las ramas verdes
mi mano blanca.

De Sorolla se ha dicho (…) que ha sido un artista “capaz de pintar la brisa marina”; y que, asimismo, logró “hacer que sus cuadros olieran a mar”. Pienso que estas apreciaciones son muy apreciables al haiku de Susana.

Ella misma parece que se dirige a nosotros, lectores de su antología, cuando dice a ritmo de haiku:

Todo el que entra
a admirar mi jardín
sale con flores.

martes, 14 de febrero de 2017


MI VIDA EN LOS ESCOMBROS

Buscando leones en las nubes vuelve en esta ocasión, y tras el paréntesis de hace siete días, con la emisión dedicada a Carole King, a la serie, de perfiles no demasiado nítidos, que iniciamos a principios de enero con la brevedad como tema central, partiendo de la cortedad de unos días invernales que, progresivamente, van creciendo y alejándose así del motivo que justifica la elección de los motivos de nuestro espacio.

En cualquier caso, esta noche y las de los dos próximos lunes serán los haikus, esos escuetos poemas de origen japonés que concentran, en su peculiar pauta rítmica -tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente-, algunos de los grandes temas de la literatura poética de la cultura nipona, los grandes protagonistas de nuestras emisiones. Unos programas que, sin embargo, serán poco o nada “orientales”, pues la selección de cerca de cuarenta haikus que os ofreceré a partir de hoy y durante tres semanas, están extraídos de una espléndida antología de una poeta española, Susana Benet, valenciana por más señas (y la precisión no es irrelevante, pues mucho del espíritu mediterráneo aflora en su obra), que publicó el pasado 2015, en la ejemplar editorial sevillana Renacimiento, sus “haikus reunidos”, en una edición preciosa, de título La enredadera, que cuenta con el atinado prólogo de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, de la Universidad de Sevilla.

Agrupados libremente por mí en tres ejes temáticos de fronteras imprecisas, en la emisión de esta noche os propongo una muestra que presento bajo la rúbrica de “los vagamente existenciales”, con una especial presencia en todos ellos de la naturaleza y las estaciones, el silencio y la espera, la felicidad y el tiempo, el recuerdo, la soledad y el sentido de la vida.

Confío en que tanto la evocadora belleza de los poemas como el plácido recogimiento al que inducen las canciones que los complementan, interpretadas por Mina, Lisa Simone, Tracy Chapman, Bert Jansch, Joana Serrat, Skye, Martha Wainwright, The Blue Nile, Damien Jurado, Susanna and The Magical Orchestra, Amanda Rogers, Liane Foly, Holly Cole y Andrea Motis con Joan Chamorro, puedan interesaros.

martes, 7 de febrero de 2017


CAROLE KING. TAPESTRY

Esta semana interrumpimos la nebulosa serie que desde principios de año estamos dedicando a la brevedad, y que ha contado con programas centrados en las punzantes reflexiones sobre el amor de Stendhal, también en los microrrelatos, y que continuará con otras emisiones que girarán sobre los haikus y los aforismos, entre otras manifestaciones literarias de lo fragmentario y lo sucinto, de lo escueto y lo concentrado, para dedicar el espacio a un alegre recordatorio y un exultante homenaje a una cantante que me entusiasmó en mi juventud y que cumple ahora, dentro de unos días, setenta y cinco fecundos años.

Se trata de Carole King, nacida, en efecto, el 9 de febrero de 1942, y que ya había comparecido en Buscando leones en las nubes hace un par de cursos cuando dedicamos un programa al que había sido su marido, y compositor con ella de infinidad de grandes temas de los sesenta y setenta del pasado siglo, Gerry Goffin, fallecido el 19 de junio de 2014.

Yo descubrí a Carole King en 1971, a través de Tapestry, su álbum más destacado, que había visto la luz a principios de ese año. Como era habitual para casi todos los jóvenes en aquellos días, en los que el acceso a la música era, por la escasez de publicaciones y, sobre todo, por lo exiguo de nuestras asignaciones semanales, muy limitado, los discos que se podían adquirir eran pocos y muy escogidos, y una vez comprados los exprimíamos hasta conocerlos de un modo exhaustivo, extrayendo de ellos todos sus matices, identificando cada acorde, cada nota, cada recurso musical, anticipando así, en cada nueva escucha, giros, timbres, énfasis, vacilaciones, entonaciones, agotando todas sus posibilidades, disfrutando de la música como, al menos yo, no he vuelto a hacer desde entonces, y mucho menos en estos tiempos de sobreabundancia y fugacidad, de delirante exceso de oferta y su corolario, la superficialidad en la escucha.

Tapestry fue uno de aquellos elepés escogidos, en el que me adentraba una y otra vez, en unas ceremonias casi iniciáticas en las que, con el milagro de la música que sonaba, leía simultáneamente las letras -en aquellas hojas interiores que acompañaban a los discos- en un inglés para mí desconocido y que repetía por el mero encantamiento fonético de sus sugerentes e ininteligibles sonidos, tan, sin embargo, adictivos. Aún ahora, cuarenta y cinco años después, me asaltan sus textos al escucharlo y, cuando acaba una canción, afloran ya en mi memoria, inconscientemente, las primeras notas de la siguiente, un efecto inevitable de aquellos vinilos que se entendían -se vivían- como una obra completa, autónoma, unitaria y no, como ocurre en la actualidad con los discos, como un disperso recipiente de canciones aisladas.

Mi homenaje a Carole King se plantea ahora, por lo tanto, como un recuerdo nostálgico de aquella adolescencia tan lejana, para lo que voy a ofreceros, íntegro, Tapestry, con sus doce canciones sonando en su orden original y precedidas de sus letras, traducidas ahora sin demasiado respeto a la literalidad y sí muchas aportaciones de la intuición.

Confío en que esta doble celebración, la de la deslumbrante figura artística de Carole King, y la de la muy melancólica y algo lacrimógena evocación de mi primera juventud, pueda resultaros interesante.

martes, 31 de enero de 2017


EL HILO ROJO

Esta semana, Buscando leones en las nubes continúa con la serie, de difusos perfiles, que desde el comienzo de este año estamos dedicando a diversas manifestaciones literarias caracterizadas por su brevedad, acompañando así, desde la radio, la propia evolución de las estaciones, con estos días invernales, los más cortos del año, en los que la triste oscuridad ocupa la mayor parte de la jornada.

En los tres lunes precedentes os ofrecí muy sucintos fragmentos de la obra de Stendhal, textos con el amor como motivo principal. Hoy, en cambio, quiero centrar nuestra emisión en los microrrelatos, con una decena larga de muestras de las llamadas narraciones mínimas, todas espigadas de entre las muchas recogidas en Velas al viento, un estupendo libro publicado en 2010 por la editorial Cuadernos del Vigía, y en el que se presenta una amplísima selección de los cuentos que acoge Fernando Valls en su blog dedicado al género, La nave de los locos.

Arropados por una magnífica colección de canciones, intimistas y delicadas, los once cuentos que aparecen en el programa han sido escogidos por su interés y calidad, aunque, como es obvio, he debido tomar en consideración también otras razones más prosaicas, como, entre otras, su acomodación a las necesidades de tiempo que siempre atenazan nuestras emisiones. José de la Colina, Juan Armando Epple, Federico Patán, Pedro Herrero, Juan Romagnoli, Julio Ricardo Estefan, Rubén Abella, Manu S. Vicente, César Gavela, Óscar Sipán y Pedro de Miguel son los autores de los cuentos, cuya lectura suena entre las preciosas piezas de Lura, Ryley Walker, Sarah Menescal, Corinne Bailey Rae, Conor Oberst, Maya Isacowitz, Chris Isaak, Sarah Jarosz, Brad Mehldau, Isobel Campbell y Norah Jones, en casi todas ellas presente un sutil y elegante “toque” acústico.


Soledad. Pedro de Miguel

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.

No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

martes, 24 de enero de 2017


LOS PLACERES DEL AMOR

Esta semana cerramos la breve serie de tres emisiones centradas en el libro Diccionario del amor, en el que el experto Pierre-Louis Rey selecciona más de cuatrocientas citas, con el amor como tema, rastreadas con paciencia y erudición, con conocimiento e inteligencia, de la obra de Stendhal, el decimonónico escritor francés, que se ocupó con asiduidad del asunto amoroso, tanto en novelas y relatos como en su correspondencia o sus diarios, habiendo dedicado incluso un ensayo, Del amor, al persistente objeto de su interés y preocupaciones.

Vuelven a ser catorce, como el lunes pasado, los fragmentos que ahora os presento, arropados por la deliciosa música de una variada muestra de intérpretes que han publicado sus últimos discos en fechas recientes: Rokia Traoré, Austin Basham (a quien olvidé citar en la emisión), Mina con Adriano Celentano, Martha Wainwright, Teresa Salgueiro, Frida Hyvönen, Paul Simon, Rodrigo Leâo con Scott Matthew, Wallis Bird, Spain, Melanie Marod, Ingrid St-Pierre, Fantcha y Mark Kozelek.

Os dejo, para completar esta entrada, con un par de breves pero muy significativos fragmentos del estudio de Ortega y Gasset sobre el amor en Stendhal.


Se exagera, evidentemente, el poder de fraude que en el amor reside. Al notar que a veces miente calidades que, en realidad, no posee el ser amado, debíamos preguntarnos si lo falsificado no es más bien el amor mismo. Una psicología del amor tiene que ser muy suspicaz en punto a la autenticidad del sentimiento que analiza. A mi juicio, lo más agudo en el tratado de Stendhal es esta sospecha de que hay amores que no lo son. No otra cosa significa su ilustre clasificación de las especies eróticas: amour-goût, amour-vanité, amour-passion, etc. Es harto natural que si un amor comienza por ser él falso en cuanto amor, lo sea todo en su derredor y especialmente el objeto que lo inspira.

Sólo «el amor-pasión» es legítimo para Stendhal. Yo creo que aún deja demasiado amplio el círculo de la autenticidad amorosa. También en ese «amor-pasión» habría que introducir especies diferentes. No sólo se miente un amor por vanidad o por goût. Hay otra fuente de falsificación más directa y constante. El amor es la actividad que se ha encomiado más. Los poetas, desde siempre, lo han ornado y pulido con sus instrumentos cosméticos, dotándolo de una extraña realidad abstracta, hasta el punto de que antes de sentirlo lo conocemos, lo estimamos y nos proponemos ejercitarlo, cómo un arte o un oficio. Pues bien: imagínese un hombre o una mujer que hagan del amor in genere, abstractamente, el ideal de su acción vital. Seres así vivirán constantemente enamorados en forma ficticia. No necesitan esperar que un objeto determinado ponga en fluencia su erótica vena, sino que cualquiera servirá para el caso. Se ama el amor, y lo amado no es, en rigor, sino un pretexto. Un hombre a quien esto acontezca, si es aficionado a pensar, inventará irremediablemente la teoría de la cristalización.

Stendhal es uno de estos amadores del amor.

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En el vocabulario platónico, «belleza» es el nombre concreto de lo que más genéricamente nosotros solemos llamar «perfección». Formulada con alguna cautela, pero ateniéndonos rigurosamente al pensamiento de Platón, su idea es ésta: en todo amor reside un afán de unirse el que ama a otro ser que aparece dotado de alguna perfección. Es, pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior. Que esta excelencia sea real o imaginaria no hace variar en lo más mínimo el hecho de que el sentimiento erótico -más exactamente dicho, el amor sexual- no se produce en nosotros sino en vista de algo que juzgamos perfección. Ensaye el lector representarse un estado amoroso -de amor sexual- en que el objeto no presente a los ojos del que ama ningún haz de excelencia, y verá cómo es imposible. Enamorarse es, por lo pronto, sentirse encantado por algo (ya veremos con algún detalle qué es esto del «encantamiento»), y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección. No quiero decir que el ser amado parezca íntegramente perfecto -este es el error de Stendhal. Basta que en él haya alguna perfección, y claro es que perfección en el horizonte humano quiere decir, no lo que está absolutamente bien, sino lo que está mejor que el resto, lo que sobresale en un cierto orden de cualidad; en suma: la excelencia.

martes, 17 de enero de 2017


EL AMOR ES COMO UNA FIEBRE

Esta semana continuamos con Diccionario del amor, el magnífico libro presentado por la editorial Alba, en el que Pierre-Louis Rey, el reputado especialista en la obra del francés Stendhal, escoge más de cuatrocientas citas, entresacadas de distintos textos del autor, dedicadas todas ellas a distintas aproximaciones al fenómeno amoroso.

Catorce de esas muy sucintas reflexiones, de naturaleza aforística en casi todos los casos, aparecen en el programa de hoy, complementadas por otros tantos temas musicales, profundos y repletos de melancolía, intimistas y recogidos, delicados y rezumando sensibilidad, con los que se completa una emisión que espero sea de vuestro agrado.

Silvia Pérez Cruz con el Trío de Javier Colina, Ed Harcourt, Joana Machado, Grant-Lee Philips, Regina Spektor, Stephen Steinbrink, Grise Cornac, Youssou N’Dour, Ima, Bert Jansch con Loren Auerbach, Mor Karbasi con Richard Bona, Angel Olsen, Andrea Motis con Joan Chamorro y el estupendo Richard Hawley han sido los intérpretes de los temas musicales en los que hemos envuelto los penetrantes textos del escritor francés.

Os dejo con un texto extraído de Del amor, la obra “canónica” de Stendhal sobre el tema de nuestro programa de esta semana.


Nos complacemos en adornar con mil perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce a exagerar una prosperidad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros.

Si se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas, resultará lo siguiente:

En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundidades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, aparecen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslumbradores; imposible reconocer la rama primitiva.

Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones del objeto amado.

Un viajero habla de los bosques de naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días abrasadores de estío; ¡qué dicha gustar este frescor con ella!

Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siempre con ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección para atribuírsela a la mujer amada.

Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumentan con las perfecciones del ser amado y de la idea de que este me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del primer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro se emplea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya carne tendrá que reparar sus fuerzas enseguida, so pena de caer bajo el hacha del enemigo.

En el otro extremo de la civilización, no dudo que una mujer sensible llegara al punto de no hallar el placer físico sino con el hombre a quien ama. Es lo contrario del salvaje. En los pueblos civilizados, la mujer dispone de tiempo y de ocio, mientras que al salvaje le apremian de tan cerca sus ocupaciones, que se ve obligado a tratar a su hembra como a una bestia de carga. Si las hembras de muchos animales son más afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está más segura.

Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre apasionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin embargo, la atención puede estar distraída aún, pues el alma se cansa de todo uniforme, incluso de la felicidad perfecta.

martes, 10 de enero de 2017


DICCIONARIO DEL AMOR

Buscando leones en las nubes vuelve con vosotros en estos inicios de 2017 deseándoos un feliz año nuevo. Desde 1999 nuestro espacio multiplica sus emisiones (nos acercamos ya a las quinientas cincuenta) con una oferta variada de música y literatura que elijo siempre con la pretensión, espero que cumplida en la mayor parte de los casos, de proporcionaros entretenimiento y diversión, de haceros reflexionar, de emocionaros y provocar vuestro disfrute.

Esta semana abrimos un ciclo, de perfiles algo difusos, en el que la cortedad de estos días invernales se corresponde con la brevedad de los textos seleccionados, de tal manera que es esta, la concisión, el concentrado laconismo de los fragmentos literarios elegidos, la nota más destacada de unas emisiones que girarán sobre géneros distintos, todos ellos de expresión muy sucinta, como el aforismo, el haiku, la sentencia o el microrrelato, que irán apareciendo aquí en semanas sucesivas.

En el caso de hoy iniciamos una serie de tres programas dedicados a Diccionario del amor, un estupendo librito publicado en 2008 en el muy refinado sello Alba Editorial. Se trata de una colección de cerca de cuatrocientas frases o párrafos muy breves tomados de la obra de Stendhal, tanto de sus novelas como de sus relatos, su diario, su correspondencia o su inevitable tratado sobre el tema, Del amor. El libro, que se presenta en traducción de María Teresa Gallego Urrutia, cuenta con un breve pero sustancioso prólogo de Pierre-Louis Rey, que ofrece también, al término de la obra, una elemental pero sugestiva biografía amorosa del escritor francés, un esclarecedor listado de personajes -reales y de ficción- citados en los textos, con mención de su procedencia literaria, y por último un repertorio de temas tratados que, organizados por orden alfabético, van desde un inicial Absurdo hasta el Werther postrero, pasando por una larguísima serie que incluye varios cientos de interesantes ítems.

Trece de estas reflexiones integran el programa de hoy, que se completa con otras tantas canciones extraídas de discos publicados en los últimos meses y que me han acompañado en mi trabajo y en mi ocio desde antes del verano. Sus intérpretes, todos magníficos, son Madeleine Peyroux, Lisa Simone, Norah Jones, Leonard Cohen, Kate Rusby, Van Morrison, Zenet, Laura Fygi, Enzo Avitabile, Ben Sidran, Karine Aguiar con Adonias Souza Jr., Nina Bradlin y Melissa Etheridge.