martes, 23 de junio de 2009

ANA MARÍA SHUA ENTRE SUEÑOS

El penúltimo programa de Buscando leones en las nubes por este curso se centra en Ana María Shua, la escritora argentina que pasa por ser una de las máximas exponentes, de las más destacadas figuras del microrrelato. El microrrelato es un género literario, si es que podemos llamarlo así -no sé si el término ‘género’ es algo desmesurado para nombrar una realidad que quizá no tenga tanta entidad-, con una consolidada tradición en la literatura. Prueba de ello es que de un modo u otro, con una denominación u otra, los mejores nombres de la historia literaria española (¡incluso Juan Ramón Jiménez!) han escrito microrrelatos (leed, en este sentido, el interesantísimo libro Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, publicado por la Editorial Libros del Pexe en Gijón, en el pasado 2007. La edición y el análisis preliminar corresponden a Teresa Gómez Trueba, a partir de los trabajos presentados en unas jornadas organizadas por la Cátedra Miguel Delibes en Valladolid). La voluntad de comunicar ideas, de transmitir emociones, de narrar historias de manera concentrada e intensa, es uno de los más nobles propósitos que ha movido a la literatura desde sus inicios, pensad en la poesía o en los cuentos como manifestaciones paradigmáticas de esta intención. Pero es que además, las fábulas y apólogos de la tradición oral, las máximas y aforismos, las frases lapidarias, con los que tantas concomitancias guardan los microcuentos, siempre han existido en la historia de la literatura y quizás los relatos hiperbreves sean su manifestación más actualizada, más acorde al sentir y al pensar del siglo XXI, de ahí su indiscutible éxito.

Por todo ello, por ese anclaje en algunas de las manifestaciones más destacadas de la expresión literaria universal, tienen razón quienes encuentran en el microrrelato mucho de estimable, de interesante, de fecundo. La ficción breve es, muy a menudo, emoción, es intensidad, es -casi siempre- humor, es investigación y recreación y reelaboración de pautas literarias tradicionales, es expresividad, es precisión. Hay muchos otros argumentos en favor de las narraciones hiperbreves, de los cuentos mínimos, de los microrrelatos, de la minificción, que de todas estas formas aparece denominado el género en foros diversos. El principal aliciente que ofrecen al lector estos cuentos brevísimos es que resultan ser un concentrado de alguna de las mejores virtudes que uno pide a los libros: intensidad, depuración estilística extrema, despojamiento, narración, belleza, en ocasiones mensaje o moraleja, siempre sencillez, ingenio, agudeza, poesía, imaginación, sorpresa, experimento.

Además, estas historias que se plantean, se desarrollan y se resuelven en un puñado de líneas encuentran acomodo, una ubicación natural, podríamos decir, en estos tiempos actuales de prisa, rapidez, fugacidad, velocidad, un mundo en el que no hay tiempo, aparentemente, para degustar novelas extensas y muy complejas, y en el que los lenguajes de la publicidad, del cine, de los videojuegos, de los sms, de la televisión, de Internet, están provocando, en cierto modo, dicho sea quizá con algo de exageración, un cambio antropológico en el que el cerebro del ser humano se convierte en un órgano multitarea (siempre lo fue, pero ahora la exigencia de la multifunción es desmesurada), con dificultades para la concentración, para la disciplina intelectual, pero muy diestro en cambio para ocuparse simultáneamente, signo de los tiempos, en enviar un correo, descargar una canción, consultar la prensa, mirar la televisión y, por qué no, leer un texto literario brevísimo. De tal manera, me atrevo a aventurar, que el extraordinario crecimiento y la muy notable difusión de los cuentos hiperbreves en las dos últimas décadas puede deberse, más que a una genuina fundamentación literaria, a los propios rasgos que definen, en cierto modo, el mundo actual, la rapidez, la brevedad, la inmediatez, la celeridad. Nuestras sociedades desarrolladas, en este frenético siglo veintiuno, ya no tienen tiempo para la reflexión en reposo, para la lectura demorada, para el sosiego y la tranquilidad. En nuestro mundo actual todo es urgente, todo cambia de continuo, nada persiste más allá de la efímera actualidad, que sólo dura dos días y se esfuma en un instante para dejar paso a otro acontecimiento igual de episódico, igual de irrelevante, igual de banal. Nada deja huella, nada se conserva, nada se mantiene, nada sucede realmente, pues todo pasa sin mostrar consistencia, sin arraigar, sin dejar estela de su veloz suceder. Y es en esta acelerada y fragmentaria realidad en donde el microrrelato encuentra su espacio natural. En estos días de pensamiento débil, de discursos poco elaborados, de argumentaciones supuestamente desarrolladas en tan sólo ’59 segundos’, el microrrelato florece, pues ofrece al lector de hoy píldoras de pensamiento, concentrados de emoción, síntesis de historias, en definitiva, un producto -y utilizo intencionadamente el término- de consumo sencillo y rápido, que guarda, a mi juicio, bastantes concomitancias con los engañosos cantos de sirena de los anuncios publicitarios; un producto, por tanto, de casi siempre fácil digestión, una opción literaria que se acomoda, que se pliega de un modo especialmente adecuado a estos oscuros y superficiales signos de nuestro tiempo.

Por ello es también verdad, y lo señala de un modo muy nítido, y muy combativo también, Andrés Ibañez en un polémico y muy contestado artículo publicado en el ABCD las letras y las artes el 22 de marzo de este año, es verdad, digo, que, salvo excepciones, muchos de los pequeños cuentos que se acogen a la denominación del género, y que se presentan bajo la etiqueta de minificción no son literatura, sino, en el mejor de los casos, meras frases ingeniosas, simples versos más o menos brillantes, ralos pensamientos supuestamente profundos, bromas literarias de dudoso gusto, y en el peor, burdas sucesiones de solecismos, clichés y sorpresas tontas, en palabras literales del crítico. Al modo en el que la permisividad artística imperante ha corrompido la misma noción de Arte y hoy cualquier estudiante de Bellas Artes, incapaz aún de dibujar en su cuaderno los trazos limpios de un rostro, perpetra ya instalaciones o inventa performances, cualquier mediocre aspirante a escritor, negado para construir un personaje, describir un paisaje, componer una trama, estructurar una historia, se atreve sin embargo a urdir en una tarde decenas de estos presuntos hallazgos literarios, y los presenta a certámenes varios… y así se multiplican los concursos, y los periódicos fomentan el género, y los medios de comunicación en general premian el cuento más breve, ocho líneas, cinco, dos, diez palabras, cuatro, una palabra… Hasta el punto de que, por qué no, estoy dispuesto a intentarlo yo mismo, aquí, sobre la marcha: Microrrelato. Autor: Alberto San Segundo. Título: Yo. Texto: ¡Egoísta! Et voilà, genial, heme aquí convertido en fiel representante del género de moda, intérprete genuino de ‘la esencia del arte literario’. Convendréis conmigo en que la tontería dominante ha contagiado también al muy digno territorio de la literatura.

Afortunadamente, cuando Ana María Shua se adentra en el universo de la minificción (ella ha escrito también novelas y poesía y cuentos y guiones y teatro) aprovecha todas las ventajas y no incurre en ninguno de los inconvenientes que acabo de reseñar. Sus microcuentos, recogidos recientemente en la inmensa (cerca de novecientas páginas) Cazadores de letras, publicado hace unos meses por la Editorial Páginas de Espuma, y que incluye sus cuatro libros de microrrelatos, la obra completa de minificción de la argentina, son, en general, espléndidos, llenos de referencias mitológicas, literarias, filosóficas; repletos de sabiduría, de humor; rezumando misterio, profundidad, poesía y belleza. De esos cuatro libros, el primero, de título La sueñera, contiene doscientos cincuenta brevísimos textos con los sueños como referente principal. De él he entresacado los relatos que constituyen el Buscando leones en las nubes de esta semana. De La sueñera ha escrito en El Cultural de El Mundo Ernesto Calabuig: La sueñera, primera obra de este volumen, un mundo de apariciones y evidencias privadas entre el duro insomnio, la vigilia, el sueño y el despertar: criaturas y temores de la noche, diálogo con quienes se fueron o con los objetos cotidianos que, en la oscuridad, cobran otra naturaleza: la silueta inquietante de la ropa en una silla, la rebelión de una sábana de poliéster, el crujido/lamento de una mesa, la bañera que parece tener vida propia, el rostro en el espejo, la cabeza de uno vuelta acuario donde se agitan y proliferan peces tropicales. Sueños que emparentan con raros mundos subacuáticos, cuya textura nos envuelve e inunda, maridos que, al despertar, forman parte de la pesadilla, cirujanos desconcertantes que nos tienen en sus manos, inquilinos que nos habitan, imposibilidad de huir, de ponerse a salvo...

Para acompañar los textos, como siempre, música preciosa y relajante, tranquila y con un punto de tristeza y melancolía. Canciones estupendas interpretadas por Melody Gardot, Kiran Ahluwalia, Neil Halstead, Eveline Hecker, Amos Lee, Eleni Mandell, Till Bronner, Rokia Traoré, Carol Duboc, Heather Nova, William Galison con Madeleine Peyroux y Holly Throsby.

En la sección de vídeos os dejo algunos de los artistas que han sonado en el programa. De Holly Throsby, un vídeo muy singular, grabado artesanalmente con una pequeña cámara, con la intimista y dulce voz de la cantante australiana creando una atmósfera muy recogida y agradable en la canción We're good people but why don't we show it? De la fascinante Kiran Ahluwalia, de origen hindú y canadiense de adopción y muchas veces invitada a pasearse por las nubes en nuestro programa, os ofrezco una muestra de su envolvente y seductora magia musical, Teray darsan. De otra de las chicas favoritas del programa, Heather Nova, el vídeo de River of life, una propuesta transparente y cristalina. De la maliense Rokia Traoré, Dunia, otra de sus muchas maravillas. Por último, otra chica, muy del estilo made in Buscando leones en las nubes, Melody Gardot, interpretando con intensidad Worrisome heart.






Ana María Shua. Entre sueños

8 comentarios:

Víctor Núñez dijo...

Ha despertado mi curisosidad por esta escritora.

"Un hombre es atacado. Se resiste. Es herido gravemente y hecho prisionero. Esto sucede en sueños. Durante varias noches consecutivas el hombre agoniza. Una noche llega la muerte antes que el despertar. El hombre sigue jugando, trabajando, enamorándose en la vigilia como si estuviera completamente vivo pero SUS NOCHES SON, desde entonces, VACÍAS Y SIN MEMORIA. Muchos años después, el hombre muere también de este lado del universo, para acceder a una muerte poblada de sueños extraños".

Curioso...
Enhorabuena!

Saludos,

Víctor

Anónimo dijo...

!Entre sueños!
Pensé que no era real lo que acabo de leer en los comentarios del programa anterior: qué pasa con Murakami?.... carrozas, carrozones.Mi autor favorito, seguidora empedernida y, vosotros, disertando sobre la edad.
Acabo de llegar del mar y me encuentro ,es verdad, "Entre sueños". Tendré que escuchar de nuevo lo que dices de ella,pero sé que la música que has elegido para ilustrar el programa es magistral ,versiones que superan incluso las originales, maravillosa.
Un saludo a todos. María .

Alberto San Segundo dijo...

Una entrada breve para saludar a Víctor y a María (y a todos los demás, aunque no hayáis dejado vuestros comentarios).

Os ofrezco también una cita de Stendhal, muy acorde con el tema del último programa: Lo que más me gusta es soñar.

(Lo suscribo íntegramente, yo, que soy un poco -un mucho- Antoñita la fantástica)

Anónimo dijo...

Solo soñando se puede seguir viviendo.Tambien soy un poco-un mucho-Antoñita la Fantastica.
nueve seis

Alberto San Segundo dijo...

Totalmente de acuerdo, enigmática nueve seis(¿o eres un hombre?, lo de Antoñita, ya se ve, no es definitorio... pero creo que eres una mujer).

Desde muy joven, mi edición es de 1976, me ha acompañado el Hiperión de Friedrich Hölderlin: El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

Desgraciadamente, pese al carácter 'antoñitil' del que hacía gala en mi anterior comentario -que también es cierto-, me he pasado la vida pidiendo limosna... aunque a veces, bastantes veces, muchas veces incluso, me posee el entusiasmo.

Postdata (super)pedante: entusiasmo procede del griego entheos (que lleva un dios dentro)... quod erat demonstrandum... a estas alturas ya... de pedantes al río

Anónimo dijo...

Hola a todos!!

Leo vuestros comentarios y me identifico con ellos, pero quiero ya dejar de soñar y de pensar cómo soy. Voy a escuchar el programa a ver si me relajo que, con tanto trabajo ahora, últimamente voy a remolque.
Por cierto, al hilo de cómo soy y de mi yo, con las vacaciones a la vista... con libros por leer, pelis y programas de Alberto que quiero "reescuchar" os recomiendo un libro que he comenzado "Lejos de mí" de Clement Rosset (del que hablaba Verdú en su blog), editorial Marbot Ediciones.¡Muy buena pinta!

Pues nada, a escuchar este programa. La verdad es que no me atrae el "microrrelato", pero sí la música que nos anuncias Alberto. Ya veremos...

Saludos

Anónimo dijo...

jajajaja.La postdata genial.Soy mujer y a pesar de soñar tambien como tu dices"pase ratos pidiendo limosna"y puedo asegurarte fueron los peores.Buen verano Alberto
nueve seis

Víctor Núñez dijo...

Con ansias por poder escuchar el último programa...

Saludos!