martes, 17 de abril de 2012


PREFIERO LO RIDÍCULO DE ESCRIBIR POEMAS A LO RIDÍCULO DE NO ESCRIBIRLOS

El pasado 1 de febrero, moría en Cracovia Wislawa Szymborska, una escritora genial, una poeta inmensa, Premio Nobel de Literatura en 1996, y a la que yo llevo leyendo con pasión desde el descubrimiento de su obra tras la concesión del galardón sueco, y más exactamente a partir de Paisaje con grano de arena, el espléndido libro que publicó en 1997 la editorial Lumen. La obra de la magnífica escritora polaca protagonizará el programa de esta semana y los de las tres siguientes. Cuatro emisiones en las que podréis escuchar cerca de cuarenta de sus poemas, escogidos de entre los que más me gustan de sus diferentes libros publicados en España. Menciono ahora, por si puedo despertar en vosotros el interés por su consulta, las referencias de los libros que he manejado para realizar la selección que completa estos programas.

En primer lugar, el citado Paisaje con grano de arena que publicó Lumen en 1997, con la traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. La primera antología aparecida en España de la poeta polaca, altamente recomendable como inicial aproximación a su obra, reúne cien de sus poemas en los que se muestran los rasgos más destacados de su universo poético: el amor, la ironía, el azar, la condición humana. Muy interesante también, no sólo por los poemas escogidos sino por su esclarecedor estudio introductorio, es El gran número. Fin y principio y otros poemas, que publicó Hiperión en 1997 en una edición al cuidado de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal. El volumen lo componen dos de los libros de Wislawa Szymborska, los considerados más valiosos y representativos de su obra, El gran número y Principio y fin, complementados por quince poemas de sus obras anteriores y cinco más que en el momento de la publicación en España aún no habían sido recopilados en libro por su autora. Contiene asimismo el texto El poeta y el mundo, leído por su autora en Estocolmo con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (que os ofrezco, íntegro, como cierre de esta entrada), así como un estudio preliminar: Wislawa Szymborska, poeta de la conciencia del ser, de la reconocida especialista Malgorzata Baranowska. En Poesía no completa el mexicano Fondo de Cultura Económica propuso, en 2002, una antología de la escritora polaca en la que se recoge una preciosa selección de poemas entresacados de siete de sus libros más algunos otros sueltos. Con introducción de Elena Poniatowska, y la traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, el libro constituye otra formidable puerta de entrada al peculiar y subyugante mundo de la poeta. Por último, Aquí, que vio la luz en Bartleby Editores en 2009, simultáneamente a su aparición en Polonia, presenta, en la traducción -de nuevo-  de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, un puñado de poemas en los que se muestra -como indican sus editores- esa aguda e irónica mirada que caracteriza a la poeta polaca. La memoria, el paso del tiempo, la belleza, el amor o el desamor, el dolor, los sueños, la humanidad -en suma- y los misterios de lo cotidiano, todo queda filtrado por una escritura sutil, intimista y clarividente, en apariencia sencilla, que la ha situado entre los poetas europeos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

Los poemas que he seleccionado para este primer programa contienen versos en los que he creído encontrar un rastro ligera o abiertamente autobiográfico y en los que, por lo tanto, la voz narradora -literaria- puede confundirse con la de la propia escritora -real-. Fotografías de familia y paisajes de la infancia, descripciones del alma y autorretratos existenciales, dibujos impresionistas de los propios sentimientos e indagación en sus orígenes como ser humano; también alguna exhaustiva enumeración de preferencias y opciones vitales, como en el magnífico Posibilidades que pone término a la emisión. A esta misma “categoría” más o menos autorreferencial pertenece el poema Retrato de mujer que no tuvo cabida en el programa y que os ofrezco ahora aquí.


Retrato de mujer

Tiene que ser para elegir.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena intentarlo.
Tiene ojos, si hace falta, a veces grises, otras azules,
negros, alegres, llenos de lágrimas sin motivo.
Se acuesta con él como primera de la fila, la única en el mundo.
Le da cuatro hijos, no le da hijos, le da uno.
Ingenua, pero da buenos consejos.
Débil, pero puede con la carga.
No tiene nada en la cabeza, pero lo va a tener.
Lee a Jaspers y revistas femeninas.
No sabe para qué es ese tornillo y construye un puente.
Joven, como de costumbre joven, constantemente joven.
Tiene en la mano un gorrión con el ala rota,
su propio dinero para un viaje largo y lejano,
un cuchillo, una compresa y un vaso de vodka.
A dónde va con tanta prisa, ¿no estará cansada?
Claro que no, sólo un poco, mucho, no importa.
O lo ama o está encaprichada.
En las buenas, en las malas y por el amor de Dios.


Para acompañar la belleza y el interés intrínsecos de los versos leídos, salen al aire también algunas canciones preciosas, que se desenvuelven en el tono intimista y recogido, delicado y algo melancólico al que ya estáis acostumbrados nuestros seguidores. Canciones interpretadas por Melody Gardot, Neal Casal, Diana Jones, Fionn Regan (del que os dejo el vídeo de North star lover, la bellísima canción emitida en el programa), Souad Massi, Leonard Cohen, Michelle Simonal, Carlinhos Brown, Sia, Mark Lanegan y Katie Melua.


El poeta y el mundo

Parece ser que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás... Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.
El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado -y puede ser que lo sea sobre todo ante sí mismo. Con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara un poco. Pero en nuestra ruidosa época resulta más fácil reconocer los propios defectos (basta con que causen impresión) que no las virtudes, porque están escondidas a mayor profundidad y no acabamos de creer en ellas... En diferentes encuestas o en conversaciones casuales, cuando el poeta tiene necesariamente que precisar su ocupación, se define de forma general como “literato”, o da el nombre de la profesión a la que se dedica por añadidura. La información de que tienen que vérselas con un poeta es recibida por funcionarios o por otros pasajeros del mismo autobús con cierta incredulidad e inquietud. Supongo que también el filósofo despierta parecida turbación. Este último está sin embargo en mejor situación porque, normalmente, tiene la posibilidad de adornar su profesión con algún título. Doctor en filosofía -eso sí que suena mucho más serio.
Además, no existen doctores en poesía. Eso significaría que es una ocupación que exige estudios especializados, exámenes aprobados con regularidad, disertaciones teóricas enriquecidas con bibliografía y notas y, por fin, la obtención solemne de diplomas. Esto, por su parte, significaría que para ser poeta no bastarían hojas de papel escritas, aunque fuera con los mejores versos; que sería imprescindible, y eso ante todo, un papelito sellado. Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nobel, Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación
oficial de que le era permitido ser poeta...
Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerle personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en su juventud. En países más felices, en los que la dignidad humana no se puede pisotear tan fácilmente, los poetas anhelan ser publicados, leídos y comprendidos, pero no hacen nada o casi nada para destacar de entre los demás en la vida cotidiana. No hace tanto, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba llamar la atención con ropas rebuscadas y con un comportamiento excéntrico. Esto, sin embargo, era siempre un espectáculo de cara al público. Llegaba el momento en que el poeta cerraba tras de sí la puerta, se quitaba de encima todas las capas, bisutería y otros accesorios poéticos, y se quedaba en silencio, en espera de sí mismo, ante una hoja de papel en blanco. Porque es esto lo que en verdad cuenta.
Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores de cine es presentar de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público. Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.
Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada... ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?
He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué es, en caso de que exista, los poetas de hoy dan una respuesta evasiva. Y no porque no hayan sentido lo beneficioso de este impulso interior. El motivo es otro. No es fácil explicar algo que uno mismo no entiende.
Yo también, al ser a veces interrogada sobre la inspiración, mantengo una prudente distancia respecto a lo esencial. Pero digo lo siguiente la inspiración no es un privilegio exclusivo de los poetas o de los artistas en general. Hay, ha habido y seguirá habiendo cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.
Personas como esas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz.
Así pues me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.
En este punto, sin embargo, pueden despertar dudas en el oyente. A los más diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos, que luchan por el poder con ayuda de unas pocas consignas, pero repetida a gritos, también les gusta su trabajo y también lo realizan con celoso ingenio. Claro que sí, pero ellos “saben”. Saben, y lo que saben les basta de una vez y para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.
Por eso tengo en tan alta estima dos pequeñas palabras: “no sé”. Pequeñas pero con potentes alas. Que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos y hacia extensiones en las que cuelga nuestra menguada tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas del jardín hubieran podido caer ante sus ojos como granizo y él, en el mejor de los casos, se habría inclinado a recogerlas para comérselas con apetito.
Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este, por otra parte respetable trabajo, habría transcurrido su vida. Pero ella se dijo “no sé”, y fueron exactamente estas dos palabras las que la condujeron, y no una sino dos veces, a Estocolmo, donde se galardona con el Premio Nobel a las personas de espíritu inquieto en constante búsqueda.
Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez, y otra, y más tarde estas pruebas consecutivas de su descontento con respecto a sí mismo los historiadores de literatura las sujetarán con un clip muy grande y las denominarán sus “logros”.
Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, el autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano. “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos.
Le dio su origen algún otro ciprés, parecido al tuyo pero no el mismo, y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir”! Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir de uno tan grande como tú.
El mundo, pensemos de él lo que pensemos, espantados por su inmensidad y por nuestra propia impotencia frente a él, amargados por su indiferencia a los sufrimientos -los de la gente, los de los animales, y tal vez también los de las plantas, pues de dónde la seguridad de que las plantas están libres de sufrimiento-; pensemos lo que pensemos de sus espacios atravesados por la radiación, de las estrellas, alrededor de las cuales se han empezado a descubrir nuevos planetas, ¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe; digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.
Pero en el término “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica. Nos sorprende lo que se sale de una norma conocida y ampliamente aceptada, de alguna incuestionabilidad a la que estamos acostumbrados. Pero he aquí que este mundo incuestionable no existe en absoluto. Nuestra sorpresa tiene vida propia y no resulta de la comparación con nada.
De acuerdo, en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “una vida corriente”, “un hecho corriente”... Sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.
Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.




Prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos

martes, 10 de abril de 2012


EL PAÍS SIN LÍMITES

En pleno descanso primaveral (en los centros escolares salmantinos, incluidos los universitarios, la Semana Santa se prolonga una semana tras el Domingo de Pascua), Buscando leones en las nubes irrumpe en los destinos de vacaciones de aquellos que las estéis disfrutando con una nueva emisión viajera consagrada en este caso, como hace siete días, al Gabón, el atractivo país africano en el que se centra un libro muy curioso, El pájaro de la lluvia. Un viaje a través del África Ecuatorial, escrito por el holandés Jan Brokken y publicado por la editorial Alba en traducción de Inge Lukken. En la anterior entrada de este blog encontraréis más información sobre los múltiples motivos de interés que alberga el muy recomendable libro de Brokken al que pertenecen todos los textos que escucharéis en la presente edición del programa: unos textos que recrean, sobre todo, la naturaleza salvaje de ese exótico territorio ecuatorial. Y así, a lo largo de la breve hora de emisión podréis adentraros en un país de fábula, algo mítico, el paradigma de la selva interior del exótico continente africano que todos, en nuestros sueños infantiles, asociamos a las arriesgadas aventuras de los grandes exploradores: la tierra color marrón rojizo; helechos que se elevan muy por encima de la altura de la estatura humana; grandes ceibas que dan, como setas gigantescas, sombra a la maleza y a la maraña de arbustos; infinitos bosques rebosantes de madera de ébano y caoba; árboles imponentes que dibujan enormes e impenetrables paredes vegetales de un verde deslumbrante; un sinfín de arroyos y torrentes; murallas arbóreas con aspecto inhóspito y atosigante a ambos lados de los ríos; arbustos flotando con las lianas suspendidas de las ramas inmóviles; plantas de papiro en las orillas pantanosas; troncos de árboles que se elevan decenas de metros apuntando al cielo como dedos extendidos; bancos de arena un color amarillento como de marfil; rápidos que adquieren un color rosa como la corteza de coco incandescente; gargantas de paredes que se elevan oblicuamente conteniendo la selva. Y todo ello, ese paisaje aterrador, envuelto en lluvias torrenciales que caen durante todo el día, el cielo plomizo o de un azul deslumbrante, el aire que vibra, la humedad asfixiante, el calor despiadado, la presencia intuida de los animales salvajes, el grito de un mono, el chillido desgarrador de un pájaro nocturno, la noche tropical, oscura como la boca de un lobo, un temor ancestral apenas mitigado por el amistoso paso de luciérnagas centelleantes. Y, de repente, el zumbido del silencio en los oídos, el silencio de la selva, el olor de la selva, la profunda y aterradora soledad de la selva.

Las sugestivas estampas extraídas de El pájaro de la lluvia aparecen envueltas en fantásticas canciones africanas, en una nueva muestra de la especial predilección que siempre manifiesta Buscando leones en las nubes por el continente negro. Sus intérpretes han sido la gabonesa Annie Flore Batchiellelys, el maliense Toumani Diabaté, la somalí Maryam Mursal, la Orchestra Baobab de Senegal, Busi Mhlongo, sudafricana, Ghorwane, de Mozambique, la etíope Aster Aweke, la caboverdiana Cesaria Évora (recientemente fallecida y que tendrá, vuelvo a insistir, algún programa de homenaje el curso próximo), la camerunesa Anne Marie Nzie y, para cerrar el programa con música de Gabón, la genial Patience Dabany que repite en ambos programas y que aparece también en la sección de vídeos con una doble intervención: más moderna y actual, discotequera en París, en Djazzé, y más tradicional y clásica en On vous connait, grabada en Gabón. En ambos casos, espléndida. No os la perdáis (y buscad en internet información sobre su peculiar trayectoria vital: os sorprenderá).

Os dejo, para cerrar esta entrada, con un cuento africano, un cuento nacido en uno de los cuatro grupos de los pigmeos efé, los bambuti (en singular mbuti), que viven en la República Democrática del Congo, cercana al Gabón en el que habitan los bongongo, otro grupo pigmeo que protagoniza uno de los textos del programa. El cuento, titulado El origen del fuego, está extraído de un libro formidable, Cuentos populares de África, que, en edición de José Manuel de Prada-Samper, acaba de publicar la editorial Siruela.

El origen del fuego

Hace mucho tiempo los chimpancés eran personas, pero hartos de ser víctimas de la picaresca y los robos de los bambuti terminaron por retirarse al interior de la selva, donde se volvieron salvajes y se convirtieron en las criaturas que son hoy. Antes de que eso sucediera, vivían en poblados, poseían extensas plantaciones de plátanos y conocían el uso del fuego.
Cierto día, mientras estaba de cacería, un mbuti se encontró con un poblado de chimpancés. Éstos recibieron al hombre con espléndida hospitalidad, y le ofrecieron plátanos, cuyo sabor le pareció delicioso. Al anochecer, el cazador se sentó junto a la hoguera de los chimpancés para calentarse. El agradable resplandor y el calor de las llamas siempre en movimiento le fascinaron, y a partir de ese día el hombre fue un huésped frecuente del poblado de los chimpancés.
Un día llegó al poblado vestido de un modo extraño. Los chimpancés adultos estaban atareados en sus plantíos, y allí sólo quedaban los niños que se divirtieron de lo lindo a costa del hombre, que llevaba colgada del taparrabo una larga cola de corteza machacada que iba arrastrando por el suelo. Cuando, como de costumbre, le dieron plátanos, el hombre se acuclilló junto al fuego con los demás, poniéndose tan cerca de la hoguera que su cola corría el peligro de prenderse en cualquier momento.
-¡Ten cuidado, mbuti! -le gritaron los niños chimpancé-, -¡tu mrumba se está quemando!
-No importa, Ya es bastante larga -respondió el hombre, fingiendo indiferencias, mientras masticaba medio plátano y al mismo tiempo miraba furtivamente su cola, que empezaba a humear. Entonces, de pronto, se levantó de un salto y salió corriendo a toda prisa.
Los atónitos niños chimpancé empezaron a gritar, ante lo cual sus padres regresaron apresuradamente de los plantíos. Cuando supieron lo que había pasado, supusieron de inmediato, que el hombre les había robado el fuego por medio de un engaño. Emprendieron rápidamente la persecución, pero él era demasiado ágil para ellos. Cuando los chimpancés llegaron por fin al campamento de los bambuti, las hogueras ardían alegremente por todas partes.
- ¿Por qué nos has robado el fuego en lugar de comprárnoslo honradamente? -les reprocharon a gritos a los bambuti.
Éstos, sin embargo, no se sintieron intimidados por el lenguaje insultante de los chimpancés, quienes regresaron a su poblado, totalmente burlados. Tan furiosos estaban por la desvergonzada ingratitud de los bambuti -que, como cuenta la historia, también les habían robado los plátanos- que abandonaron todas sus cosas y se retiraron a la selva, donde ahora viven sin fuego ni plátanos, y se alimentan de frutos silvestres.




El pais sin límites

martes, 3 de abril de 2012


EL PÁJARO DE LA LLUVIA

A lo largo de las vacaciones de Pascua Radio Universidad, que acomoda sus emisiones al calendario académico, interrumpe su programación. Es por ello por lo que los dos programas de Buscando leones en las nubes que coinciden con estas fechas, son grabados y sólo salen al aire en este blog. Y aprovechando, precisamente, el hecho de que estos períodos vacacionales suelen ser propicios para el viaje, y recordando yo estos días el último mío en Semana Santa, un estupendo recorrido por Gabón, del que ahora se cumplen tres años, he querido dedicar estas dos emisiones extraordinarias al curioso país africano, a partir de un interesante libro, El pájaro de la lluvia, que tiene como subtítulo Un viaje a través del África Ecuatorial, escrito por el holandés Jan Brokken, y publicado hace algunos años por la editorial Alba en traducción de Inge Lukken.

Los seguidores habituales de Buscando leones en las nubes ya conocéis mi fascinación por África, por los encantos y los misterios, por el deslumbramiento y la magia que encierran sus paisajes y sus gentes, sus costumbres y su música, sus tradiciones, su colorido, su comida, su naturaleza, su fauna, sus enigmáticos ceremoniales, sus máscaras, su arte… por, en definitiva, la intensa maravilla de la vida africana. Hace pocas semanas tuvisteis una nueva ocasión de comprobarlo con el especial dedicado a Senegal (cuyo proceso electoral, por cierto, en una disputada segunda vuelta, ha terminado, sorprendente y afortunadamente, con la victoria de la oposición). El libro que sirve de inspiración a estos dos programas, tiene también a África, en este caso particular al Gabón, como tema central, y constituye una buena aproximación a la historia y la cultura, pero también al presente, a la vida actual del bastante poco conocido país africano.

En El pájaro de la lluvia el autor mezcla de un modo muy sugestivo distintos géneros literarios, se mueve en escenarios también diversos y describe situaciones de épocas históricas diferentes. Jan Brokken viaja a Gabón, observa sus ciudades, se adentra en sus poblados, penetra en su naturaleza desbordada, surca ríos en piragua, sufre los avatares de un singular viaje en ferrocarril, conversa con sus habitantes y, sobre todo, reflexiona sobre el país que está visitando. En el libro nos ofrece la descripción de lo que ve en su viaje, y también el fruto de esas reflexiones, sus observaciones personales, entreverado todo ello con narraciones de los exploradores que desde el siglo XV se aventuraron en la selva gabonesa, con historias de misioneros, de ceremonias tribales, de ritos caníbales; con escritos de literatos que en el siglo XX tuvieron la oportunidad de vivir algunas temporadas en Gabón; con fragmentos de novelas; con multitud de curiosidades; con datos históricos muy variados; con la sangrienta y dramática historia de la colonización; con el relato del tráfico de esclavos y el rastro no siempre benéfico del paso de los europeos por aquellas tierras; con la descripción del dominio francés hasta la independencia de 1960; con el análisis de la ciertamente descabellada política local, hasta concluir en la actual democracia formal, en la que, sin embargo, un presidente autocrático, Omar Bongo, se perpetuó en el poder desde 1967, siendo, a su muerte en 2009 -pero este dato ya no está en el libro, que es de 2001-, sustituido por uno de sus hijos, tras unas elecciones controvertidas; con la mención de las repercusiones, no siempre positivas, del descubrimiento de ricos yacimientos minerales y más recientemente del petróleo en las tierras gabonesas.

Por el libro pasan escritores como Georges Simenon o Louis-Ferdinand Céline en cuyas vidas, e incluso en cuyas obras, el Gabón tuvo una cierta presencia; exploradores como Paul de Chaillu, el primer hombre blanco que se encontró cara a cara con un gorila; como Pieter Van den Broecke, que a principios del siglo XVII hizo cuatro viajes a África en busca de aventuras y negocios; como Lopo Gonçalves, el primero que trazó un mapa de la costa del África occidental, en 1474, y a quien se debe, según algunas tesis poco creíbles, el nombre del Gabón, al recordarle el estuario al que accedía por primera vez la forma de una capa, de un gabán; como los conocidos Stanley y Livingstone, con una aparición esporádica y menor en el libro; como el fascinante Conde Brazza, el gran descubridor del Gabón, empecinado en buscar a través de la selva y surcando río arriba el Ogooué, el enlace con el mítico río Congo; como Mary Kingsley, que recorrió en piragua ese río Ogooué y que, a finales del siglo XIX, protagonizó muchas otras peripecias en el continente negro. Nos encontramos también con científicos e investigadores, sobre todos ellos el médico Albert Schweitzer, que sería premio Nobel de la paz en 1952 y que en los primeros años del pasado siglo se instaló en Lambarené, un pequeño poblado en el interior del país, construyendo un hospital ejemplar, que he podido visitar en mi viaje reciente para poder apreciar los logros que consiguieron el coraje, el mérito, la valentía y la entrega de un personaje fascinante.

Y además decenas de anécdotas con los habitantes de las ciudades y los poblados del Gabón actual, personajes anónimos pero que con sus testimonios, con el perfil que Jan Brokken hace de sus personalidades, contribuyen a dibujar mejor el panorama de un muy singular país africano, de modo que quien no conozca ese continente pienso que va a sentirse atraído de inmediato por su encanto.

Pues bien, de todos estos fragmentos heteróclitos he seleccionado las estampas gabonesas con las que completar las dos emisiones. Y, como no podía ser de otra manera, la banda sonora de ambos programas es también africana en su totalidad, con canciones que proceden de diversos países del continente negro y no sólo de Gabón, cuya exigua producción musical no da para completar una emisión digna (hay bastantes músicos gaboneses pero, a mi juicio, pocos de calidad sobresaliente y, en cualquier caso, la mayoría de difícil acomodo en el estilo “recogido” y sosegado de Buscando leones en las nubes). En la edición de esta semana han sonado, Patience Dabany, del propio Gabón, Ballaké Sissoko, maliense, la etíope Gigi Shibabaw, la caboverdiana Lura, Asmara All Stars, la banda eritrea, Dobet Gnahoré de Costa de Marfil, Ismael Lô, senegalés, la camerunesa Kareyce Fotso, el congoleño Lokua Kanza y Pierre Akendengué, el gran clásico gabonés, que aparece en último lugar pues he querido que la apertura y el cierre de la emisión los pongan voces de nuestro país invitado. Su reivindicativa canción Africa obota, que hemos escuchado en el programa, protagoniza también el extraño vídeo de esta semana, con un fondo algo surrealista de imágenes del propio músico y mapas y fotos de África y Gabón.




El pájaro de la lluvia

martes, 27 de marzo de 2012


EN EL AIRE AROMAS DE JAZMÍN

La emisión de esta semana de Buscando leones en las nubes se centra en el reciente cambio de estación. Llega la primavera y, como quiere el tópico, llega con ella la renovación de la vida y de las ilusiones, llega la aspiración de la felicidad, la promesa del amor, la exaltación de los sentidos, llegan nuevas expectativas, que se esconden tras la calidez creciente del aire, se insinúa el ardiente deseo, atisbamos la pasión, el mundo renace y nosotros con él, todo recomienza, todo es inicio y esperanza, nuestra alma se expande, el cuerpo siente intensamente, y nos embarga la alegría de vivir.

Y de esa contagiosa marea de felicidad que desborda la naturaleza e inunda nuestras vidas hemos querido dar cuenta esta semana en Buscando leones en las nubes, con una docena larga de canciones optimistas y movidas, llenas de ritmo y entusiasmo, interpretadas por Coldplay con El Lele, Adele, Razia Said, Nina Zilli, Asa, Afrocubismo, Caro Emerald, Inna Modja, The Jolly Boys, Kurt Wagner con Cortney Tidwell, Judith Godrèche con Benjamin Biolay, Olivia Ruiz, Marisa Monte y Cyndi Lauper

Los fragmentos literarios escogidos para acompañar las alegres piezas musicales, escritos por Antoni Casas Ros, William Maxwell, Darío Jaramillo Agudelo, Antonio Soler, Philippe Claudel, Pedro Zarraluki, Ahdaf Soueif, Anne-Marie Garat, Niall Williams, Pablo D’Ors, Daniel Mason, Leonardo Padura, Ramón Buenaventura y Manuel Vicent (estos dos últimos citados en orden inverso, equivocadamente, en la emisión radiada), evocan esos estados de felicidad que a veces, sobre todo en esta época, nos asaltan. Se trata de textos en los que están presentes la belleza, el amor, las risas, la tibia caricia del sol, el perfume del jazmín, el encuentro de los cuerpos, el placer de los sentidos, los sueños y las quimeras de una vida plena por una vez posibles y todos los demás motivos para una dicha que la primavera nos hace creer a nuestro alcance.

He querido enfatizar este carácter vitalista que, por definición, encierra la primavera, y que estos días comienza a explotar en los campos exuberantes, con dos de los muchos cuadros con tema floral de Odilon Redon (del cual podéis ver estos días una magnífica retrospectiva en Madrid). Igualmente, os dejo aquí un par de poemas primaverales: el primero, bastante conocido, de Pablo Neruda, Con Quevedo, en primavera. El segundo, probablemente menos difundido y no expresamente centrado en esta estación, es Mi amor, de Edward Estlin Cummings, en traducción de Alfonso Canales.

He seleccionado para cerrar esta entrada el vídeo, de estética retro y magnífico, de Back it up, la animada pieza de Caro Emerald que ha sonado en el programa



Con Quevedo, en primavera (Pablo Neruda)

Todo ha florecido en
estos campos, manzanos,
azules titubeantes, malezas amarillas,
y entre la hierba verde viven las amapolas.
El cielo inextinguible, el aire nuevo
de cada día, el tácito fulgor,
regalo de una extensa primavera.
Sólo no hay primavera en mi recinto.
Enfermedades, besos desquiciados,
como yedras de iglesia se pegaron
a las ventanas negras de mi vida
y el sólo amor no basta, ni el salvaje
y extenso aroma de la primavera.

Y para ti qué son en este ahora
la luz desenfrenada, el desarrollo
floral de la evidencia, el canto verde
de las verdes hojas, la presencia
del cielo con su copa de frescura?
Primavera exterior, no me atormentes,
desatando en mis brazos vino y nieve,
corola y ramo roto de pesares,
dame por hoy el sueño de las hojas
nocturnas, la noche en que se encuentran
los muertos, los metales, las raíces,
y tantas primaveras extinguidas
que despiertan en cada primavera.



Mi amor... (Edward E. Cummings)

mi amor
tus cabellos son reino
cuyo rey es lo oscuro
tu frente es un vuelo de flores


tu cabeza es bosque vivo
lleno de pájaros que duermen
tus senos enjambres de abejas blancas
sobre la rama de tu cuerpo
tu cuerpo para mí es abril
en cuyas axilas está la aproximación de la primavera

tus muslos son caballos blancos atados a una carroza
de reyes
son el toque de un buen juglar
entre ellos hay siempre un dulce canto

mi amor
tu cabeza es un estuche
para la fresca joya de tu mente
en tu cabeza el pelo es un guerrero
que ignora la derrota
tu cabello en tu espalda es un ejército
con victoria y trompetas
tus piernas son los árboles del sueño
cuyo fruto es el verdadero alimento del olvido

son sátrapas de púrpura tus labios
cuyos besos ensamblan a los reyes
tus pulsos
son sagrados
custodios de las llaves de tu sangre
tus pies en tus tobillos como flores en vasos
de plata

tu belleza es dilema de las flautas

tus ojos son perfidia
de campanas metidas entre incienso





En el aire aromas de jazmín

martes, 20 de marzo de 2012


MUJERES SOÑADAS

Después del programa especial dedicado el lunes pasado a las mujeres, Buscando leones en las nubes continúa, una semana más, con su particular celebración del Día Internacional de la mujer (Nota aclaratoria: hace siete días hablé aquí del Día Internacional de la mujer "trabajadora" y se me ha hecho ver mi equivocación. Acepto, claro está, la corrección: si la denominación oficial no incluye la mención al trabajo es un error mío no haberla actualizado. Me resulta insólita, en cambio, la alusión a que ese mero despiste pueda interpretarse como un supuesto comentario machista -no ya mío, sino de cualquiera que haya incurrido en él. Haber declarado abiertamente mi defensa de la justa igualdad entre hombres y mujeres, de la indispensable equiparación de derechos y obligaciones, del necesario subrayado de la presencia de la mujer en la sociedad; llevar años abriendo este modesto espacio radiofónico a la ostensible presencia femenina… no resulta suficiente desde la perspectiva de la corrección política imperante. No, al contrario: si pese a todo ello, alguien escribe -por ignorancia de la denominación adecuada, como en mi caso, o por despiste o confusión o vaya usted a saber por qué- “Día internacional de la mujer trabajadora” y no “Día internacional de la mujer” es culpable indiscutible de un irredento machismo. Sencillamente, resulta de un reduccionismo difícil de entender. En fin… el rábano y las hojas).

El enfoque de este nuevo programa dedicado a la mujer en Buscando leones en las nubes es, sin embargo, algo menos femenino que el de la semana pasada Entonces, como quizá recordaréis, era la propia voz de las mujeres la que sonaba en los versos de algunas poetas jóvenes que daban a conocer su obra a través de blogs, páginas web, redes sociales y, en general, el universo de internet. En nuestra edición de esta semana, en cambio, quiero hablaros de las mujeres a partir de la mirada masculina y desde una perspectiva, además, muy particular. Mujeres soñadas he titulado el programa de esta noche y ello porque el nexo común a todos los poemas que voy a leeros es precisamente ése, el de las ensoñaciones, el de las quimeras que los hombres, sobre todo los más románticos e idealistas, los más ingenuos y fantasiosos, tendemos a construir a partir de un encuentro fortuito, de una mirada cruzada al azar, de una presencia intuida, del paso fugaz de una desconocida a nuestro lado, en la calle (como en la sugerente foto de Stanley Kubrick que acompaña esta entrada). El desencadenante de la emisión, la idea generadora de la que nace el programa me la dio un bello texto de Andrés Trapiello recogido en el último tomo (hasta el momento) de su diario, Apenas sensitivo, y que ahora os transcribo en su integridad:

Recuerdo aquella anécdota de los años mejicanos de Bergamín. Paseaba éste por la ciudad y se quedó mirando a una muchacha, descarándose con ella, como Petrarca ante la aparición de Laura. Le atraían las jóvenes hermosas, y él, que era tan viejo y tan feo como Bradomín, a ellas. Pero a diferencia de éste, no se sabe que Bergamín fuese un conquistador y no se conoce ninguna historia en la que él propusiera nada a ninguna de de aquellas adoratrices, ni mucho menos que se propasara con ninguna. Todo quedaba en el amor cortés, como pudimos verlo tantas veces. Y esas beldades, algunas de las cuales eran y siguen siendo amigas nuestras, acaso por ello mismo, porque sabían que todo había de reducirse a un ¡ay! y al campoamoriano “las hijas de las madres que amé tanto...”, se dejaban requebrar y aceptaban sus maliciosas dedicatorias en los libros, a modo de madrigales. A cambio sólo pedía de una manera implícita estar a su lado, a ser posible de dos en dos o de tres en tres, mejor que de una en una, y mirarlas. A la muchacha mejicana de la historia la descubrió caminando. Al columbrarla, se plantó en la acera y esperó a que llegara adonde él estaba. La muchacha se dio cuenta de lo que sucedía, claro, porque las chicas guapas desde que tienen quince años saben leer de una manera instintiva las miradas de los hombres e interpretar sus deseos. Lo que lean en esas miradas puede incomodarlas o no, conforme a un código que sin embargo no está escrito, pero están, como suele decirse, al cabo de la calle. A esta de la historia debió de hacerle gracia la estampa de aquel garabato flaco que era Bergamín y supo desde ese mismo momento que era, además, de los inofensivos y corteses, así que cuando llegó adonde Bergamín estaba, le sostuvo la mirada y le dijo, con ese desparpajo de las muchachas que lo dan todo en un instante sabiendo que al instante siguiente ya lo habrán olvidado: ‘¿Me va usted a soñar?’

Esas mujeres soñadas que nos ilusionan y entristecen, que nos impulsan y torturan, que se nos imponen desde nuestra pobre naturaleza de seres deseantes, aparecen en los poemas de Charles Baudelaire, Mario Benedetti, Pablo Neruda, Álvaro Valverde, Roger Wolfe, Miguel D’Ors, Felipe Benítez Reyes, José Luis García Martín, Vicente Gallego, Robert Desnos y Fernando Pessoa.

Y música de ensueño también para acompañar los poemas, preciosas y melancólicas canciones, grandes clásicos, piezas, todas ellas, intemporales, interpretadas por muy renombradas vocalistas de jazz, que contribuyen, con la seda de sus voces, como quiere el tópico, a crear un clima recogido, henchido de nostalgia y suavidad, que se aviene de maravilla con la dulce tristeza que impregna los versos de los poetas escogidos. Diana Krall, Helen Merrill, Nina Simone, Silje Nergaard, Ruth Cameron, Sophie Milman, Dorothy Dandrige, Beady Belle, Blossom Dearie, Stacey Kent (que aparece en la sección de vídeos con una magnífica versión de Jardin d’hiver) y Dinah Washington han sonado en la emisión.




Mujeres soñadas

martes, 13 de marzo de 2012


LA MANERA DE RECOGERSE EL PELO

Buscando leones en las nubes quiere festejar, un año más, el Día internacional de la mujer trabajadora, que se celebró el pasado 8 de marzo, con un par de programas íntegramente dedicados a las mujeres. Como sabéis nuestros seguidores más asiduos, se trata de una costumbre que venimos repitiendo, casi sin excepción, desde los comienzos de nuestras emisiones. Y en la raíz de nuestra decisión de vincular algún programa, en las fechas cercanas al 8 de marzo, al universo femenino, está, de entrada, el genuino interés que me mueve hacia la música interpretada por mujeres. Ése es el desencadenante primitivo: mi pasión por las vocalistas. Mis archivos contienen centenares de discos protagonizados por grandiosas divas del jazz, por frescas chicas del pop, por innumerables mujeres del country o del rock, por baladistas y cantantes femeninas recogidas de entre las músicas del mundo entero. Mostrar la maravilla que encierran esas voces es siempre el propósito originario de estos programas femeninos de Buscando leones en las nubes, y es por ello, para que disfrutéis con la belleza de sus canciones, por lo que en la edición de esta semana os ofrezco piezas de Andrea Corr, Fatoumata Diawara, Marisa Monte, Zoe Muth, Jacqui Naylor, Norah Jones, Fiorella Mannoia, Evan Rachel Wood, Camille, Rita Hosking, Aretha Franklyn, The Watson Twins y Sia, cuya poderosa versión del I got to sleep de los Kinks cierra esta entrada en la sección de vídeos.

Del mismo modo, aunque en menor medida, otro tanto ocurre con respecto al mundo literario. Leo, y con mucho placer, bastante poesía escrita por mujeres, de modo que no me resulta complicado seleccionar cada curso una muestra representativa de algunos de los poemas que más me han "llegado", que más han tocado mi sensibilidad, para acompañar las canciones que deseo compartir con vosotros. En esta ocasión he escogido poemas extraídos de Generación Blogger. La manera de recogerse el pelo, una antología realizada por David González y que vio la luz en la editorial Bartleby el pasado 2010. Hace unas semanas presenté el libro en mi otro programa en Radio Universidad, Todos los libros un libro. Entonces comentaba (y recupero aquí esa información -citándome de modo pretencioso; mis disculpas por ello) que en él se recogen poemas de trece mujeres, nacidas entre 1962 y 1984, veinteañeras pues, muchas de ellas, rondando los cuarenta la mayor; poemas caracterizados, como señala José Ángel Barrueco en el esclarecedor prólogo, por algunos rasgos comunes. El principal es que sus autoras son poetas que pertenecen al mundo de internet, que escriben en blogs y fanzines, revistas digitales y redes sociales, que se sirven de las herramientas informáticas no sólo para difundir sino también para escribir su obra (de hecho, el libro se acompaña de un curioso e ilustrativo dvd con información relativa a las trece escritoras). Son chicas que escriben poemas en sus casas, a las que no les sobra el dinero -ni las ganas- para hacer copias de sus versos, encuadernarlas, enviarlas a las editoriales y quedar a la espera de una dudosa respuesta que quizá nunca llegue a producirse. Mujeres que, por lo tanto, abren sus blogs y ofrecen al mundo digital, a medida que escriben, el fruto de sus intuiciones poéticas, de su creatividad, de su universo interior. Mujeres que, además, son radicales, duras, sin pelos en la lengua, luchadoras, conscientes y orgullosas de su condición femenina, que aflora indisimulada y combativamente en sus versos. Mujeres que escriben palabras, y sigo citando al prologuista, que nos hablan del mundo, de la fuerza de voluntad de las mujeres, de los hombres a los que aman, y los hijos a los que alumbran o pierden, de los parientes a los que añoran, del frío que sentimos cuando estamos desvalidos, de los sueños que se pierden en nuestras rutinas, de la rabia que origina la sociedad mediante sus injusticias y sus arrebatos de violencia, de la manera de mirarse al espejo y confesarse ante la pantalla del pc, del dolor y la herida, del sustento diario y el trabajo y los madrugones necesarios para resolver la hipoteca y el futuro y la comida de la familia. Por orden de aparición, en el programa han sonado las voces poéticas de Silvia Oviedo, Ester García Camps, Gloria Gil Romera, Déborah Vukušić, Lucía Fraga, Ana Vega, Ana Pérez Cañamares, Cristina Morano, Inma Luna, Lola Lugo, Nuria Mezquita, Isabel Bono y Begoña Paz.

Hay, también, claro, en mi insistencia en ofreceros, año tras año, estos programas femeninos (aunque, lo confieso, en un plano secundario), una cierta voluntad reivindicativa, un deseo de contribuir (en la muy pequeña medida que proporciona la exigua difusión de las emisiones y del blog) a la visibilidad (ese término tan de moda) de la producción artística, literaria y musical de las mujeres. Y, a propósito de visibilidad, no quiero dejar pasar la oportunidad de terciar (de modo inevitablemente polémico), en el debate que estas semanas se ha planteado en la sociedad española acerca de los usos supuestamente sexistas del lenguaje. Creo, como es natural, en la equiparación de derechos de hombres y mujeres, en la no discriminación en las relaciones laborales, en la igualdad de unos y otras (de unas y otros) en el acceso a puestos de responsabilidad y de gobierno, a los espacios del poder y la decisión. Defiendo la plena presencia de las mujeres en la vida pública y reivindico el deseable equitativo papel de los hombres en los espacios privados. Estoy de acuerdo, incluso, con enfatizar, de modo razonable y con sentido común, aunque pueda resultar algo artificial, los méritos de las mujeres para compensar los siglos de oscuridad femenina y los perjuicios que una sociedad fundamentalmente machista ha provocado en el actual reparto de papeles sociales. Entiendo, por fin, como necesaria la pretensión de subrayar la visibilidad de las mujeres en el habla, a través de un uso no “sexista” de la lengua (decir los profesores acudieron a la cena de fin de curso acompañados de sus mujeres, constituye, como se ha repetido estos días, una prueba evidente de una utilización anacrónica, discriminatoria y, en definitiva, injusta, de nuestro idioma). Pero de ahí a duplicar de modo estéril la extensión de las frases (con ese insulso y reiterado los ministros y las ministras, los diputadas y las diputadas, los consejeros y las consejeras... y así hasta el infinito) contrariando los principios de economía, eficacia y razonabilidad por los que nacen, crecen y se desarrollan las lenguas, hay un abismo que yo personalmente no estoy dispuesto a cruzar. Suscribo en su integridad el informe elaborado por el profesor Ignacio Bosque y refrendado por el pleno de la Real Academia Española de la Lengua, celebrado en Madrid el pasado 1 de marzo de 2012. El texto, presentado bajo el título Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, me parece una ponderada, sensata y bien argumentada defensa de la igualdad de la mujer en todos los ámbitos, y, a la vez, una esclarecedora y respetuosa crítica a los abusos políticamente correctos propugnados desde ciertos sectores, a mi juicio algo radicales, del feminismo más militante. Os dejo aquí, además, el texto íntegro de un artículo sobre la misma controvertida cuestión, escrito por Elvira Lindo y publicado en El País hace unos días, y con el que también me identifico al cien por cien.


Quiero

Con 31 años de experiencia laboral a mis espaldas creo que voy aprendiendo a sintetizar lo que quiero. Quiero, por ejemplo, que los directivos de los medios de comunicación sean escrupulosos en el tratamiento que se les da a las mujeres, no sólo desde la información o el editorial sino también desde las columnas. La chulería y el desprecio hacia la condición femenina aún tiene un sorprendente hueco celebradísimo en el columnismo español. Me gustaría que los sueldos de las mujeres igualaran a los de los hombres, que se considerara la promoción de las mujeres a puestos directivos si éstas cuentan con los mismos méritos que los hombres. Quiero que se respete la maternidad en los centros laborales porque es algo que, entre otras cosas, nos beneficia a todos. Quiero que en el trabajo se nos trate con igual consideración que a los hombres. Es posible que los varones no sean conscientes de ello pero es habitual percibir un trato condescendiente o paternalista que se nos concede, para colmo, como un regalo. Quiero que el sentido común que desprende el documento escrito por el filólogo Ignacio Bosque y suscrito por varios académicos sobre el lenguaje no sexista contagie de sentido común otras decisiones de la Real Academia, que entre elegir a un nuevo ilustre mediocre o a una nueva ilustre mediocre se suelen decantar con demasiada frecuencia por la primera opción. Es decir, que traten de predicar con los hechos; al fin y al cabo, es lo que están defendiendo en su escrito. No quiero que sindicatos, centros laborales dependientes de un ministerio o comunidades autónomas, etcétera, presionen a trabajadores o aspirantes a utilizar el lenguaje de determinada manera. Son tan fundamentales los aspectos que las mujeres deseamos mejorar que, francamente, estar incluida en un plural masculino que se entiende como genérico me importa bien poco.




La manera de recogerse el pelo

martes, 6 de marzo de 2012


LOS OJOS ARDIENDO COMO FAROS

Al igual que hace siete días, Buscando leones en las nubes os ofrece esta semana un emisión “cinematográfica” a partir de la excusa de la ceremonia de entrega de los Oscars celebrada el pasado 26 de febrero. Entonces -en la vertiente literaria del programa- os presentamos una primera serie de poemas de autores españoles que tenían en el cine, en el deslumbramiento, en la ilusión, en el encanto de la sala oscura, su centro, su motivo principal. E igualmente, en la parte musical de nuestra emisión, fueron saliendo al aire preciosas piezas de jazz pertenecientes a la banda sonora de algunas celebradas películas de la musicalmente fecunda historia del cine. Pues bien, esta semana continuamos, como os digo, con esa misma línea, en una segunda y espero que atractiva incursión literaria y musical de nuestro programa en el universo cinematográfico.

En el ámbito literario, seguimos con poemas extraídos de algunas muy interesantes antologías sobre el tema: los dos números de la revista Litoral consagrados al cine, publicados en el año 2003 con los títulos respectivos de La poesía del cine y Los poetas del cine. Además, la imprescindible recopilación Viento de cine. El cine en la poesía española de expresión castellana (1900-1999), que se presentó en 2002 en la editorial Hiperión, con una atractiva introducción e interesantes notas del también poeta y novelista José María Conget. En el programa de esta semana suenan versos de José María Álvarez, Manuel Sánchez Chamorro (que por un error mío repite en ambos programas; mi pretensión inicial era ofrecer nombres nuevos en cada una de las emisiones) Juan Luis Panero, Carlos Marzal, Pere Gimferrer, José Manuel Benítez Ariza, Amalia Bautista, Antonio Martínez Sarrión, Juan Bonilla, Luis García Montero y Pedro Sevilla.

En la vertiente musical os encontraréis con los sugestivos ecos de algunas piezas que pertenecen a distintas bandas sonoras de películas en las que el jazz, de manera principal y protagonista o secundaria y como mero acompañamiento o ilustración de fondo, forma parte del film. Se trata de The bed, con Herbie Hancock, en Blow up, el clásico de Michelangelo Antonioni basado en un cuento de otro escritor amante del jazz, Julio Cortázar; Laura, con el saxo de Charlie Parker en Bird, su biografía fílmica, otra gran película de jazz dirigida magistralmente por Clint Eastwood; On the sunny side of the street, con otro maestro, Lester Young, que suena en la excelente American Splendor, de Shari Springer Bermanen; I love you for sentimental reasons, recreada por la excepcional voz de Ella Fitzgerald que aparece en Paseando a Miss Daisy, de Bruce Beresford; Mood indigo con el clarinete de Bob Wilber contribuyendo a dibujar el ambiente del Nueva York de los años 20 en Cotton club, de Francis Ford Coppola. Theme from Susannah, en el que escuchamos al saxo de Ben Webster jugando entre las notas del piano de Oscar Peterson, en la música de la película Testigo silencioso, de Daryl Duke; That’s all it was, con la siempre delicada Eliane Elias, que aparece en Calle 54, de Fernando Trueba (del que os recomiendo también la banda sonora de su reciente y magnífica Chico & Rita, una conmovedora historia de amor en la Cuba de Batista, que se narra entre deliciosas e inspiradas canciones de jazz, con la notable presencia de Bebo Valdés como referencia musical esencial; de ella os dejo, en la sección final de vídeos, su canción principal, Lily, en la desgarrada interpretación de Estrella Morente); I wish I knew, con otro grande, John Coltrane, en El Rey Pescador de Terry Gilliam; Suzie & Jack, en la que el intimista saxo de Dave Grusin contribuye a crear la intensa atmósfera de Los fabulosos Baker boys, de Steve Kloves, con una Michelle Pfeiffer deslumbrante; Round midnight, con Thelonius Monk (al que olvidé citar en la emisión radiofónica), que suena en El demonio vestido de azul, la estimable película de Carl Franklin a partir de la novela del mismo título de Walter Mosley, cuya serie negra, publicada por Anagrama y protagonizada por el detective Ezequiel “Easy” Rawlins, os recomiendo vivamente; Body and soul, en la que el saxo aterciopelado (perdón por el topicazo) de Coleman Hawkins puede escucharse en El color púrpura, otra de las grandes obras de Steven Spielberg.




Los ojos ardiendo como faros